lunes, 27 de agosto de 2018

Publicada la novela entera



El día 5 de agosto de 2018 se acabó de publicar en este blog el último episodio de la novela ‘El Titiritero, el Huevo, Barcelona y la Extravagancia’, cuyos sucesivos capítulos empezaron a salir el día 6 de marzo de 2018. 

El lector puede leer la obra entera ya sea en un único archivo (ver enlaces más abajo) o capítulo por capítulo (ver pestañas superiores del blog). Igualmente puede escoger a voluntad la versión en castellano o en catalán de la misma. 

Descargar novela entera en castellano aquí (archivo pdf)

Descarregar novel·la sencera en català aquí (arxiu pdf)

domingo, 5 de agosto de 2018

28º y último capítulo (2a parte): Dicho y hecho


 

Se sentaron en la misma mesa de las Ramblas donde les sorprendió el atentado de la funesta furgoneta asesina. Habían comido en un restaurante del centro y fue Quinqué quien insistió en regresar a aquella calle que tanto quería. Fumaban sus Brevas de Quintero con dos cafés delante. No muy lejos de donde estaban, un mar de flores cubría el centro de las Ramblas en homenaje a las víctimas, y una multitud de gente oraba a su alrededor,  como si se encontraran frente a un altar hecho de flores y velas.

- Vea, Manuel, hasta qué punto la extravagancia de la ciudad de Barcelona está íntimamente asociada al Tiempo, que para cumplir el trabajo que este suele hacer en meses y años, me refiero a curar las heridas y apaciguar las pasiones encontradas, aquí no ha tardado ni un día en realizarlas, como se puede ver en la respuesta de la gente local y de la de afuera, que han decidido convertir el horror del ataque criminal en la ocasión de saltar del uno al tres de la concordia en el tiempo de decir una avemaría. Una particularidad insólita, porque como le dije una vez, al Tiempo no le gusta asociarse a las extravagancias colectivas sino a las individuales, que le son más gratas. Y quizás sea éste uno de los secretos mejor guardados del carácter irresistible de la extravagancia de Barcelona, que al estar sustentada por individualidades fuertes como son las excentricidades de los arquitectos modernistas y de Gaudí en primera instancia, más la singularidad de las Ramblas, que como decíamos el otro día se caracteriza por ser una calle que pasa directamente del dos al tres de las diferencias exhibidas, es decir, que promueve y exalta que cada uno haga lo que le da la gana, ha seducido al mismo Tiempo en persona, lo que no es nada fácil.

Las Ramblas habían recuperado, en efecto, su pulso aunque se respiraba una atmósfera de excepcionalidad, como si todos los que la ocupaban, de dentro y de fuera, la miraran por primera vez, fijándose en unos detalles en los que antes nadie había caído: los camareros de bares y restaurantes, que habían ayudado a tanta gente, ahora vistos con una simpatía inmensa, algo impensable hace unos días; los vendedores de la Boqueria, los quioscos de flores o de periódicos, personas anónimas que sin embargo habían sido los primeros en auxiliar a las víctimas; ciertos aspectos del mobiliario urbano que habían quedado dañados por la furgoneta; las fachadas de los bares o los hoteles, donde tanta gente se había refugiado; y muchos otros detalles banales que ahora daban relieve y personalidad a la calle.

- También debo decirle, sin embargo, que los barceloneses deberían tener mucho cuidado en pedir más de la cuenta al Tiempo, especialmente en voliciones que no tengan nada que ver con la libertad individual y el respeto de las diferencias, porque de la misma manera que ahora ha actuado en beneficio de la ciudad, lo puede hacer en contra si se le exige ayuda para lo que no le gusta hacer, me refiero a las extravagancias impositivas. Por fortuna, el pueblo catalán, que en algunos aspectos sufre obsesivas inclinaciones colectivistas, tiene en cambio muy acusado el principio de la individualidad a ultranza, como han demostrado siempre sus espíritus más relevantes, que se han distinguido por llevar la contraria todos, pase lo que pase y caiga quien caiga. Es por ello que desde la agencia Mercurio somos optimistas respecto al futuro de la ciudad, que vemos siempre subida al carro de la excentricidad exaltada, gracias también a los continuos cuestionamientos de la que es objeto, a pesar de los conflictos y las discusiones que esto pueda generar. Ahora, si alguien me pidiera un consejo, yo le diría sin lugar a dudas: señores, opten por la extravagancia más acusada y huyan del punto medio. Y lejos de resignarse, opten siempre por el optimismo y la construcción.

Escuchaba Manuel sin escuchar, ya que si por un lado tenía muy presente los hechos ocurridos en las Ramblas, aún lo estaban más los que había vivido en su propia extravagancia, muy diferente de la de Barcelona, pero a la vez bien particular. Había sobrevivido al encuentro con Vulcano y a la implantación de los dos títeres Kalim y Kilam, que ahora sabía estaban para siempre asociados a su persona. Le irritaba saber que todo había sido una función representada en el Teatro de los Mundos de sus títeres, un teatrillo que sin embago era la misma vida. Y sabía que sin haber cambiado nada en apariencia, su persona había dado una vuelta de campana como una catedral. Toda la Extravagancia se había como quien dice concentrado en aquellos dos títeres y en sus dos manos, que encarnaban esa capacidad de hacer lo que uno quiere. Había incorporado el 'dicho y hecho' de los dos títeres, cuando los vio actuar en las manos del pobre Sam. 'Dicho y hecho', un principio absurdo que sin embargo se había incrustado en su persona, como si le hubieran implantado un nuevo órgano del que no sabía nada y del que lo tenía que aprender todo.

- Tiene razón de pensar lo que piensa, si me permite inmiscuirme en su pensamiento, y le tengo que decir que no es nada fácil disponer de estas facultades, sobre todo cuando uno vive fuera del mercado de las ambiciones, como es su caso. Imagínese el peligro que sería que los grandes ambiciosos de este mundo disfrutaran de los atributos del 'dicho y hecho', es decir, que tal como se piensa y se dice un deseo, se hace y se cumple. Por desgracia, tal es el caso de algunos de los más aclamados ególatras del planeta, que disponen de la mecánica y la aplican para sus intereses. Claro que una cosa es la mecánica y la otra el 'dicho y hecho', el cual por fortuna no se deja atrapar así como así cuando se le quiere utilizar para objetivos malos y despreciables. Y es que aquí hay un pequeño secreto, si me permite de nuevo meterme donde nadie me lo pide, que hay que saber y no deja de ser importante: entre el Tiempo y el 'dicho y hecho', que es tanto como decir la Voluntad, no hay trecho alguno sino una correspondencia directa e inmediata, que tiene que ver con lo que comentábamos el otro día en el Born, cuando decíamos que era un sitio que permitía juntar el tiempo con la voluntad. Pues esto es en realidad su 'dicho y hecho', que ocurre cuando la conciencia percibe y se hace suya el concepto del tiempo asociado al de la voluntad, que de alguna manera sustituye al espacio sin sustituirlo, para no ofender ni llevar la contraria al señor Einstein y a su teoría de la relatividad.

Y a pesar de que las palabras de Quinqué le entraban por un oído y le salían por el otro, como era su costumbre, sabía perfectamente Manuel que todo aquel asunto tenía que ver con la voluntad y con el tiempo, conceptos que desde siempre le habían intrigado y que en definitiva habían causado la preocupación obsesiva que acabó por poner el huevo de su extravagancia. Pero ahora el huevo y el Aposento habían quedado a años luz, como si aquella implantación de los dos títeres en sus manos hubieran rematado la aventura de la extravagancia, una aventura que en realidad había dado una vuelta sobre sí misma, ya que si por un lado había terminado, por el otro acababa justo de empezar.

- Fíjese, Manuel, que al igual que al tiempo le gusta llevar la contraria a las obsesiones colectivas y a sus delirios patrióticos y totalitarios, también lo hace lo que llamamos Voluntad o su 'dicho y hecho', el cual no se deja utilizar por quien se escapa de la órbita del libre albedrío de las personas, una a una. Claro que uno puede hacer de ello caso omiso, actuando con pretensiones colecivas que no respetan la libertad individual,  pero el precio que deberá pagar será muy alto, básicamente caer en la desgracia y la degradación, porque de esto no hay quien se escape. El 'dicho y hecho' no deja de ser una herramienta para su propia extravagancia, Manuel, como siempre lo ha sido para los que han destacado en sus facetas singulares, como Gaudí con su Sagrada Familia, o, sin ir tan lejos, el gran José Tomás, un torero de los que alzan en la plaza faenas que son como catedrales del arte de la vida y de la muerte. De modo que lo mejor es insistir en su empeño extravagante, el cual, aunque considere que ya no tiene nada más que enseñarle, en realidad tan sólo acaba de empezar, como usted mismo insinuaba hace un momento.

Miró Manuel de reojo al señor Quinqué, que con su cara de pájaro y los ojos saltones que le eran propios, sacaba humo del cigarro como una locomotora. Y sintió hacia él una profunda estima, que se hizo extensiva a todas las personas que en ese momento paseaban por las Ramblas, la mayoría turistas, siguiendo aquel principio de fraternidad universal que el guía turístico seguía por imperativo profesional y por vocación. Y pensó que gracias a él, lo que había nacido en el entorno de los títeres, se había extendido y se sustentaba ahora en la ciudad donde vivía, que tenía su propia extravagancia como era el caso también de las Ramblas. Y ver aquella suma de extravagancias encima de la suya, que se extendía más allá del planeta por el Sistema Solar, le dio una potente sensación de plenitud, como si hubiera cambiado de ciudad e incluso de país por no decir de planeta. Comprendió que a partir de entonces sus diferentes espacios se abrirían en el mismo acto del ir y del hacer, siguiendo la nueva lógica inaugurada del 'dicho y hecho ', hacia el pasado y hacia el futuro a la vez.

- Lo ha entendido a la perfección, Manuel, y permítame añadir que a pesar de la saturación y las discusiones sobre el tema, la ciudad de Barcelona sigue y seguirá siendo, en mi opinión, el mejor destino para pasar unas buenas vacaciones. No sólo por sus playas, todas con duchas y barridas cada día, sus lugares insólitos y de gran relieve arquitectónico y cultural, las Ramblas que laten como el corazón que es de la ciudad, y la Sagrada Familia y otros edificios y lugares extraordinarios, sino también porque es el mejor lugar para comprar puros a buen precio y poderlos fumar mientras uno pasea por sus calles, sin hacer ni pensar en nada. Motivos más que suficientes para garantizar una estancia placentera y provechosa al cien por cien.

- ¡Estoy plenamente de acuerdo con usted, sí señor!

- ¿Y qué le parece, Manuel, si nos levantamos y rambleamos con nuestros cigarros encendidos para demostrar al mundo que lo que decimos es real y no una utopía extravagante?

- ¡Dicho y hecho, señor Quinqué!

28è i últim capítol (2a part): Dit i fet





Seien a la mateixa taula de les Rambles on els va sorprendre l'atemptat de la furgoneta assassina. Havien dinat en un petit restaurant del centre i va ser en Quinqué qui va insistir en retornar a aquell carrer que tant s'estimava. Fumaven les seves Breves de Quintero amb dos cafès al davant. No gaire lluny d'on eren, un mar de flors cobria el centre de les Rambles en homenatge a les víctimes, i una munió de gent orava al seu entorn, com si es trobessin davant d'un altar fet de flors i espelmes.

- Vegi, Manuel, fins a quin punt l'extravagància de la ciutat de Barcelona està íntimament associada al Temps, que per fer la feina que aquest sol acomplir en mesos i anys, em refereixo a curar les ferides i apaivagar les passions encontrades, aquí no ha trigat ni un dia a realitzar-les, com es pot veure en la resposta de la gent local i de fora, que han decidit convertir l'horror de l'atac criminal en l'ocasió de saltar de l'u al tres de la concòrdia en el temps de dir una avemaria. Una particularitat insòlita, perquè com li vaig dir una vegada, al Temps no li agrada associar-se a les extravagàncies col·lectives sinó a les individuals, que li són més grates. I potser sigui aquest un dels secrets més ben guardats del caràcter irresistible de l'extravagància de Barcelona, que en estar sustentada per individualitats fortes com són les excentricitats dels arquitectes modernistes i d'en Gaudí en primera instància, més la singularitat de les Rambles, que  com dèiem l'altre dia es caracteritza per ser un carrer que passa directament del dos al tres de les diferències exhibides, és a dir, que promou i exalta que cadascú faci el que li dóna la gana, ha seduït al mateix Temps en persona, cosa que no és gens fàcil.

Les Rambles havien recuperat, en efecte, el seu pols tot i que es respirava una atmosfera d'excepcionalitat, com si tots els que l'ocupaven, de dins i de fora, la miressin per primera vegada, fixant-se en detalls que abans mai ningú hi havia caigut: els cambrers de bars i restaurants, que havien ajudat a tanta gent, ara vistos amb una simpatia immensa, quelcom d'impensable feia uns dies; els venedors de la Boqueria, dels quioscos de flors o de diaris, persones anònimes que tanmateix havien estat els primers a auxiliar a les víctimes; certs aspectes del mobiliari urbà que havien quedat danyats per la furgoneta; les façanes dels bars o dels hotels, on tanta gent s'havia refugiat; i molts altres detalls banals que ara donaven relleu i personalitat al carrer.

- També li haig de dir, però, que els barcelonins haurien de tenir molta cura en demanar més del compte al Temps, especialment en volicions que no tinguin res a veure amb la llibertat individual i el respecte de les diferències, perquè de la mateixa manera que ara ha actuat en benefici de la ciutat, ho pot fer en contra si se li exigeix ajuda per allò que no li agrada fer, em refereixo a les extravagàncies impositives. Per fortuna, el poble català, que en alguns aspectes pateix obsessives inclinacions col·lectivistes, té en canvi molt acusat el principi de la individualitat a ultrança, com han demostrat sempre els seus esperits més rellevants, que s'han distingit per portar la contrària a tothom, peti qui peti. És per això que des de l'agència Mercuri som optimistes respecte al futur de la ciutat, que veiem sempre pujada al carro de l'excentricitat exaltada, gràcies també als continus qüestionaments de la que és objecte, malgrat els conflictes i les discussions que això pugui generar. Ara, si algú em demanés un consell, jo li diria sense cap mena de dubte: senyors, optin per l'extravagància més acusada i fugin de la mitjana i del punt mig. I lluny de resignar-se, optin sempre per l'optimisme i la construcció!

Escoltava en Manuel sense escoltar, ja que si d'una banda tenia molt present els fets ocorreguts a les Rambles, encara ho estaven més els que havia viscut en la seva pròpia extravagància, molt diferent de la de Barcelona, però a la vegada ben particular. Havia sobreviscut a la trobada amb Volcà i a la implantació dels dos titelles, Kalim i Kilam, que ara sabia estaven per sempre associats a la seva persona. L'irritava saber que tot plegat havia estat una funció representada al Teatret dels Mons dels seus titelles, un teatret però que era la mateixa vida. I sabia que sense haver canviat res en aparença, la seva persona havia donat una volta de campana com una catedral. Tota l'Extravagància s'havia com qui diu concentrat en aquells dos titelles i en les seves dues mans, que encarnaven aquella capacitat de fer el que un vol fer. Havia incorporat el 'dit i fet' dels dos titelles, quan els va veure actuar a les mans del pobre Sam. 'Dit i fet', un principi absurd que tanmateix s'havia incrustat a la seva persona, com si li haguessin implantat un nou òrgan del que no en sabia res i del que ho havia d'aprendre tot.

- Té raó de pensar el que pensa, si em permet immiscir-me en el seu pensament, i li haig de dir que no és gens fàcil disposar d'aquestes facultats, sobretot quan un viu fora del mercat de les ambicions, com és el seu cas. Imagini's el perill que seria que els grans ambiciosos d'aquest món gaudissin dels atributs del 'dit i fet', és a dir, que tal com es pensa i es diu un desig, es fa i es compleix. Per desgràcia, tal és el cas d'alguns dels més aclamats egòlatres del planeta, que disposen de la mecànica i l'apliquen per als seus interessos. Clar que una cosa és la mecànica i l'altra el 'dit i fet', el qual per fortuna no es deixa atrapar així com així quan se'l vol utilitzar per a objectius roïns i menyspreables. I és que aquí hi ha un petit secret, si em permet de nou ficar-me on ningú em demana, que cal saber i no deixa de ser important: entre el Temps i el 'dit i fet', que és tant com dir la Voluntat, hi ha una correspondència directa i immediata, la qual té a veure amb allò que comentàvem l'altre dia al Born, quan dèiem que era un lloc que permetia ajuntar el temps amb la voluntat. Doncs això és en realitat el seu 'dit i fet', que s'esdevé quan la consciència entén i es fa seu el concepte del temps associat al de la voluntat, la qual d'alguna manera substitueix l'espai sense substituir-lo, per no ofendre ni portar la contrària al senyor Einstein i la seva teoria de la relativitat.

I malgrat que les paraules d'en Quinqué li entraven per una orella i li sortien per l'altra, com era el seu costum, sabia perfectament en Manuel que tot aquell assumpte tenia que veure amb la voluntat i amb el temps, conceptes que des de sempre l'havien intrigat i que en definitiva havien causat la preocupació obsessiva que acabaria per posar l'ou de la seva extravagància. Però ara l'ou i la Cambreta havien quedat a anys llum, com si aquella implantació dels dos titelles a les seves mans haguessin rematat l'aventura de l'extravagància, una aventura que en realitat donava la volta sobre si mateixa, ja que si d'una banda s'havia acabat, de l'altra tot just acabava de començar.

- Fixi's, Manuel, que de la mateixa manera que al temps li agrada portar la contrària a les obsessions col·lectives i els seus deliris patriòtics i totalitaris, també ho fa allò que diem Voluntat o el seu 'dit i fet', el qual no es deixa utilitzar per qui s'escapa de l'òrbita del lliure arbitri de les persones, una a una. Clar que sempre hi ha qui en fa cas omís, actuant amb pretensions col·lectives que no respecten la llibertat individual, però el preu que haurà de pagar sempre serà costós, bàsicament caure en la desgràcia i la degradació, perquè en això no hi ha qui se n'escapi. El 'dit i fer' no deixa de ser una eina per a la seva pròpia extravagància, Manuel, com sempre ho ha estat per els qui han destacat en llurs facetes singulars, com en Gaudí amb la seva Sagrada Família, o, sense anar tan lluny, el gran José Tomás, un torero dels que aixequen a la plaça feines que són com catedrals de l'art de la vida i de la mort. De manera que el millor és insistir en la seva extravagància, la qual, malgrat consideri que ja no té res més a ensenyar-li, en realitat només acaba de començar, com vostè mateix insinuava fa un moment.

Mirà de reüll Manuel al senyor Quinqué, que amb la seva cara d'ocell i el ulls una mica sortits que li eren propis, treia fum del cigar com una locomotora. I va sentir envers ell una profunda estima, que es va fer extensiva a totes les persones que en aquell moment passejaven per les Rambles, la majoria turistes, seguint aquell principi de fraternitat universal que el guia turístic seguia per imperatiu professional i per vocació. I va pensar que gràcies a ell, allò que havia nascut a l'entorn dels titelles, s'havia estès i es sustentava ara en la ciutat on vivia, que tenia la seva pròpia extravagància com també era el cas de les Rambles. I veure aquella suma d'extravagàncies damunt de la seva, que s'estenia més enllà del planeta pel Sistema Solar, li donà una potent sensació de plenitud, com si hagués canviat de ciutat i fins i tot de país per no dir de planeta. Va comprendre que a partir d'ara els seus diferents espais s'obririen en el mateix acte d'anar i fer, seguint la nova lògica inaugurada del 'dit i fet', envers el passat i el futur a la vegada.

- Ho ha entès a la perfecció, senyor Manuel, i permeti'm afegir que malgrat la saturació i les discussions al seu entorn, la ciutat de Barcelona segueix i seguirà sent, al meu parer, el millor destí per a passar-hi unes bones vacances. No només per les seves platges, totes amb dutxes i escombrades cada dia, els seus indrets insòlits i de gran relleu arquitectònic i cultural, les Rambles que bateguen com el cor que és de la ciutat, i la Sagrada Família i altres edificis i llocs extraordinaris, sinó també perquè és el millor lloc per comprar puros a bon preu i poder-los fumar mentre un es passeja pels seus carrers, sense fer ni pensar en res. Motius més que suficients per garantir una estada plaent i profitosa al cent per cent!

- Estic plenament d'acord amb vostè, sí senyor!

- I què li sembla, senyor Manuel, si ens aixequem i ramblegem amb els nostres cigars encesos  per demostrar al món que això que diem és real i no una utopia extravagant?

- Dit i fet, senyor Quinqué!

lunes, 23 de julio de 2018

27º Capítulo (2a parte): Los intestinos de la Extravagancia




Salió disparado Manuel más adentro aún de su Extravagancia, por unas zonas inexploradas que se extiendían hacia los límites de lo humano, unos límites que se bifurcaban y se entrecruzaban en un montón de vueltas, afluentes y espirales que configuraban una malla que se estiraba a lo largo del tiempo y que en su conjunto constituye el tejido oculto de lo que somos y hacemos.

Supo entonces que lo que Vulcano le había implantado en las manos eran dos fuerzas distintas y opuestas, las que correspondían a aquellos dos rostros de Kalim y Kilam, que siempre habían sido un misterio para él, y que ahora actuaban como un par de motores que revolucionaban su alma, tirando con fuerza salvaje cada uno por su lado. Unas fuerzas que lo empujaban hacia adentro y que removían todo lo que podían remover. Creaban un caos conocido, ya que en el vértigo de la caída aparecieron los personajes que había el titiritero, con sus risas, gritos y voces que procedían todos de sí mismo, así como las historias donde habían actuado, con los decorados de paisajes que se cruzaban y se sucedían como si un loco maquinista teatral se entretuviera en subir y bajar telones, mientras accionaba todos los trucos y los mecanismos escénicos, con un alboroto de mil demonios y un trasfondo sonoro que sumaba las músicas utilizadas para las mil escenas compuestas.

Comprendió que aquellos dos rostros de Kalim y Kilam no eran más que la personificación de fuerzas interiores suyas, que se distinguían por su género y por la actitud que tenían de cordura y locura, intercambiables pero diferenciadas, una especie de polarización dinámica de su hacer, entre la risa y la parodia, la euforia y la tristeza, la alegría y la desgracia, el vivir y el morir. Se escondían tras sus creaciones escénicas y plásticas, eran parte de la dinámica que lo había alzado hacia las alturas de su profesión. Pero ahora actuaban como motores de destrucción, al derribar los edificios levantados.

Y entonces oyó sus voces:

- ¡Manuel, se acabó lo que se daba! ¡Lo que funcionaba antes, hoy no funciona!

- ¡Jugar a las oposiciones te ha dado un buen resultado, pero ya estamos hartos!

- ¡Tanto hacer para no ir a ninguna parte, es de burros!

- ¡Ala, a trabajar! ¿Es que lo tenemos que hacer todo nosotros?

- ¿Pero qué queréis que haga? ¡En ningún lugar está escrito que tenga que hacer más de lo que hago! –contestó.

- ¡Necesita órdenes por escrito!

- ¡Y se las da de titiritero independiente!

- ¡Tu obra está muerta, Manuel! ¡Tus personajes son difuntos que hablan como cotorras!

- ¡Al fondo, a las mazmorras de tu alma seca!

- ¡Al hoyo de tus miserias!

- ¡Eres un vivo en la sala de espera de los que ya no quieren estar vivos!

- Esperar, siempre esperar, ¿para qué? ¿Para morir? ¡Cuánta estupidez!

- ¡Todo lo que haces nace muerto! ¡Eres un cadáver viviente!

- ¡Es un titiritero de los de antes, aburrido, de los que siempre hacen lo mismo!

- ¡Ah, cómo os gusta encerrarnos en las jaulas que llamais retablos!

- ¡Apestas a cerrado!

- ¡Abajo va! ¡A los sótanos, a ver si nos lo sacamos de encima!

- ¡Sí, sí, a las cloacas del alma!

Y en efecto, se sentía Manuel arrastrado a un fondo que no tenía fin, hacia unos sótanos jamás visitados de su interior. Por ambos lados, veía las caras conocidas de algunas de las figuras que habían representado a los viejos dioses de los humanos, utilizados en algunas de sus obras: el perro Anubis, Thot el de cabeza de ibis, Apis el dios toro, el escarabajo solar Khepri, Poseidón con su tridente, y otros de nombres rebuscados y de aspectos pavorosos. ¿Qué hacían allí? ¿Se reían también? Sus caras aparecían y desaparecían superpuestas en la oscuridad del vacío. Y detrás, asomaban divinidades aún más antiguas y malévolas, aquellas que proceden de las regiones caóticas, con cabezas deformes y nombres horribles, que le hacían muecas.

Pensó aterrizado que su Extravagancia le había puesto una trampa, aquel viejo Saco de Truenos le había abierto una de estas trampillas que hay en los escenarios pero que daba a un agujero sin fondo, lejos de cualquier teatro y de la ciudad, mientras los dos seres primigenios que Vulcano le había clavado en la carne lo arrastraban hacia abajo sin piedad.

Se paró de golpe y porrazo. Había tocado fondo. A su alrededor, un atroz silencio y una oscuridad total. Quizás había llegado al callejón sin salida de sí mismo, donde ya no había nada más a descubrir ni ver ni tocar, una zona cero de su persona, hueca y vacía. Una angustia profunda, como nunca había sentido, lo poseyó. Quizás se encontraba en el agujero negro de la muerte, no la muerte de los que salen a pasear por la Luna y por el Sistema Solar sino la de los que están hasta las narices de vivir y simplemente quieren terminar y desaparecer en un cero total y absoluto. Un cero, sin embargo, que más bien era un bajo cero, de tan negro y angustioso que lo sentía. Impulsado por la sensación de haber llegado a algún final de su existencia, decidió detenerse, sin hacer caso a las dos fuerzas que lo habían empujado hacia las profundidades. Y entonces, sucedió algo inaudito: la angustia, después de llegar a su pico, se estabilizó. Poco a poco, el silencio absoluto se convirtió en un reposo que sólo podía ser un 'callejón sin salida'. El cero se había impuesto y se lo comía. Y por un agujero de la oscuridad, vio a la Muerte que se le acercaba, aquel rostro que conocía tan bien porque lo había tallado con sus propias manos. Se acercaba y parecía sonreír. Pero a Manuel no le hacía ninguna gracia. Sabía que no habría ninguna posibilidad de escapar esta vez, como tampoco habría ninguno de sus títeres con ganas de zurrarla con la cachiporra, la pálida se lo llevaría esta vez al pudridero o allí donde van a parar los que morían como él, atrapados por el cero.

Y mientras veía su fin perfectamente dibujado, como si lo hubiera planificado en alguno de sus espectáculos, notó que la angustia, estabilizada hacía rato, iniciaba aquella curiosa transformación que le era conocida, especialmente desde que había comenzado a fumarse en pipa, de pasar poco a poco a una absurda alegría, aquélla que no tardaría en subir hacia la euforia. En efecto, se sentía mejor, la Muerte se acercaba implacable, pero él no sólo estaba contento sino que se echó a reír, cada vez con más ganas, lo que sorprendió a la Señora, que se detuvo un momento confusa, para reiniciar de nuevo su marcha. La euforia fue subiendo y subiendo, con el rumor que siempre la acompañaba, un eco de mil timbales y trompetas que crecían en línea recta hacia la exaltación sonora, cuando de repente estalló en su interior una especie de explosión, una bomba que sin embargo no era más que aquel agujero negro donde se había metido que saltaba por los aires, una explosión que lanzó a la Muerte al quinto pino y que lo hizo salir a él disparado hacia arriba, buscando la luz de día mientras se encendían millones de kilovatios y se llenaba el ambiente de los decibelios de las orquestas que lo inundaban y lo incendiaban todo por dentro.

Horas tardó, pero al fin salió, cada vez más cargado de fuerzas, del agujero directamente a lo que parecía la torreta del patio del Castillo de Montjuic, con un grito que surgió de la garganta como nunca había gritado, llevado por aquella explosión de euforia que lo tenía en pie con los brazos estirados y los dos títeres de hierro candente calzados en sus extremos, ¡que ahora tenían el color y la textura del oro! ¡Se habían convertido en dos títeres de oro, que se movían blandos como la carne! ¡Eran, sin ninguna duda, Kalim y Kilam, quienes no paraban de hacer muecas con unos chillidos que se confundían con su grito! Y de pronto vio que los dos títeres desaparecían para dejar paso a sus manos que también se habían vuelto de oro. Las veía brillar a la luz de los focos del sol, con la extraña sensación de sentirlas vivas y trémulas. Las tuvo alzadas mientras sonaba a su alrededor la música festiva y exultante de mil instrumentos, con apotesosis de cuerdas y metales. Le pareció oír aplausos. Bajó las manos entonces para mirarlas de cerca, y vio que el oro ya no estaba y que volvían a tener el color y la textura de la carne. Respiró aliviado. Levantó la cabeza pensando que se encontraba en la torreta del Castillo de Montjuic cuando de repente vio que en realidad estaba en un escenario, cegado por los focos, que reconoció de inmediato como los del teatrillo del Pueblo Español donde sus títeres hacían función. Estos llenaban la platea y aplaudían con sus manos de madera. Atónito vio que Quinqué ocupaba la primera fila junto al Aedo, que subió a saludarlo.

- ¡Fantástico, Manuel, fantástico, el Secreto del Gran Vivo, una gran función!

En un rincón estaba el viejo Saco de Truenos que desapareció en la oscuridad de los laterales. Quinqué subió también para felicitar al titiritero.

- ¡Felicidades, Manuel, ha sido un placer verlo en el escenario! ¡Nunca me hubiera perdido esta función! ¡Impresionante la escena con Vulcano y los dos títeres soldados en sus manos, de antología, Manuel, de antología!

Buscaba por la sala a Kilam y Kalim, quienes no aparecían por ninguna parte. Los Pericos y los demás títeres empezaron a vaciar la platea.

- ¡Creo que nos merecemos un ágape, Manuel, aunque sólo sea para podernos fumar después unos buenos puros!

El viejo Poeta se acercó a quien le había hecho y le tendió la mano. Encajaron y el títere desapareció por la platea.

27è Capítol (2a part): Els budells de l'Extravagància




Sortí disparat Manuel encara més endins de la seva Extravagància, per unes zones inexplorades que s'estenien fins als límits de l'humà, uns límits que es bifurcaven i s'entrecreuaven en un fotimer de voltes, d’afluents i d’espirals que configuraven una malla que s'estirava al llarg del temps i que en el seu conjunt constitueix el teixit ocult d’allò que fem i som.

S'adonà llavors que allò que Volcà li havia implantat a les mans eren dues forces distintes i oposades, les que corresponien a aquells dos rostres de Kalim i de Kilam, que sempre havien sigut un misteri per a ell, i que ara actuaven com un parell de motors que revolucionaven la seva ànima, tirant amb força salvatge cadascun pel seu costat. Unes forces que l'empenyien cap endins i que remenaven tot allò que podien remenar. Creaven un caos conegut, ja que en el vertigen de la caiguda van aparèixer tots els personatges que havia creat el titellaire, amb els seus riures, crits i veus que procedien totes de sí mateix, així com les històries on havien actuat, amb els decorats de paisatges que es creuaven i es succeïen com si un foll maquinista s'entretingués a pujar i baixar telons, mentre accionava tots els trucs i els mecanismes escènics, amb un xivarri de mil dimonis i un rerefons sonor que sumava les mil músiques utilitzades per a les mil escenes composades.

I de sobte va comprendre que aquells dos rostres d'en Kalim i d'en Kilam no eren més que exterioritzacions de forces interiors seves, que es distingien pel seu gènere i per l'actitud que tenien de seny i rauxa, intercanviables però diferenciades, una mena de polarització dinàmica del seu fer, entre el riure i la paròdia, l'alegria i la tristesa, la joia i la desgràcia, el viure i el morir. Havien estat al darrere de les seves creacions escèniques i plàstiques, part de la dinàmica que l'havia alçat vers les altures de la seva professió. Però ara actuaven com motors de destrucció, en enderrocar els edificis aixecats. I llavors va sentir les seves veus:

- Manuel, s'ha acabat el bròquil! El que funcionava abans, ara ja no rutlla!

- Jugar a les oposicions t'ha donat un bon resultat, però ja en tenim prou!

- Tot aquest fer per no anar enlloc, és de rucs!

- Au, a pencar, gandul! És que tot ho hem de fer nosaltres?

- Però què voleu que faci? Enlloc està escrit que hagi de fer més del que faig! –va contestar.

- Necessita ordres per escrit!

- I se les dóna de titellaire independent!

- La teva obra està morta, Manuel! Els teus personatges són difunts que parlen com cotorres!

- Avall va, a les masmorres de la teva ànima seca!

- Al forat de les teves misèries!

- Ets un viu a la sala d'espera dels que ja no volen estar vius!

- Esperar, sempre esperar, per a què? Per morir! Quanta estupidesa!

-Tot ell que fas neix mort! Ets un cadàver vivent!

- És un titellaire dels d'abans, avorrit, dels que sempre fan el mateix!

- Com us agrada tancar-nos a les gàbies que dieu castellets!

- Fas pudor de resclosit!

- Avall va! Als soterranis, a veure si ens el traiem de sobre!

- Sí, sí, a les clavegueres de l'ànima!

I en efecte, es sentia Manuel arrossegat a un fons que no tenia fi, a uns soterranis mai visitats al seu interior. Pels costats, veia les cares conegudes d'algunes de les figures que havien representat els vells déus dels humans, utilitzats en algunes de les seves obres: el gos Anubis, Thot el de cap d'ibis, Apis el déu bou, l'escarabat solar Khepra, Posidó amb el seu trident, i altres de noms rebuscats i d'aspectes horribles. Què feien allà? Se'n reien també? Les seves cares apareixien i desapareixien superposades en la foscor de la baixada. I al seu darrere, treien el nas divinitats encara més antigues i malèvoles, d'aquelles que procedeixen de les regions caòtiques, amb caps deformes i noms terribles, que li feien ganyotes.

Va pensar aterrat que la seva Extravagància li havia posat una trampa, aquell vell Sac de Trons li havia obert una d'aquestes trapes que hi ha als escenaris però que donava a un forat sense fons, lluny de qualsevol teatre i de la ciutat, mentre els dos éssers primigenis que Volcà li havia clavat a la carn l'arrossegaven cap avall sense pietat.

De sobte, s'aturà en sec. Havia tocat fons. Al seu entorn, un atroç silenci i una foscor total. Potser havia arribat al cul de sac de si mateix, on ja no hi havia res més a descobrir  ni a tocar, una zona zero de la seva persona, buida de tot. Una angoixa profunda, com mai havia sentit, el posseí. Potser allò era el forat negre de la mort, no la dels que se'n van a passejar per la Lluna i pels Sistema Solar sinó la mort dels que estan fins als nassos de viure i simplement volen acabar i desaparèixer en un zero total i absolut. Un zero, però, que més aviat era un sota zero, de tan negre i angoixant que el sentia. I empès per la sensació d'haver arribat a alguna mena de final de la seva existència, va decidir aturar-se, indiferent a les dues forces que l'havien conduït fins a les profunditats. Succeí llavors quelcom d'estrany: l'angoixa, després d'arribar al seu pic, s’estabilitzà. A poc a poc, el silenci absolut es convertí en un repòs que només podria definir de 'cul de sac'. El zero s'havia imposat i se'l cruspia. I per un forat de la foscor, va veure la cara de la Mort que se li acostava, aquell rostre que coneixia tan bé perquè l'havia tallat amb les seves pròpies mans. S'acostava i semblava somriure. Però a en Manuel no li feia cap gràcia. Sabia que no hi hauria cap possibilitat d’escapat aquesta vegada, com tampoc hi hauria cap dels seus titelles amb ganes d’estomacar-la amb el garrot, i que la pàl·lida se l'emportaria al podrimener o allà on van a parar els que morien com ell, atrapats pel zero.
I mentre veia la seva fi perfectament dibuixada, com si l'hagués planificat en algun dels seus espectacles, va notar que l'angoixa, estabilitzada feia una estona, iniciava aquella curiosa transformació que li era coneguda, especialment des de que havia començat a fumar-se en pipa, de passar a poc a poc a una alegria absurda, la qual no trigaria gaire a enfilar-se vers l'eufòria. I en efecte, se sentia millor, malgrat veure que la Mort se li acostava implacable, però ell ja no sols estava content sinó que començà a riure, cada vegada més fort i en veu alta, cosa que va sorprendre a la Senyora, que s'aturà un moment confosa, per reiniciar de nou la seva marxa. L'eufòria anà pujant i pujant, amb la remor que sempre l'acompanyava, un ressò de mil timbales i trompetes que creixien en línia recta vers l'exaltació sonora, quan de sobte esclatà dins seu una mena d'explosió, una bomba que tanmateix no era res més que aquell forat negre on s'havia ficat que saltava pels aires, una explosió que engegà la Mort a la quinta forca i que el va fer sortir disparat cap a dalt, buscant la llum de dia mentre s'encenien milions de quilowatts i s'omplia l'ambient dels decibels de les orquestres que l'inundaven i ho incendiaven tot per dins.

Hores trigà, però a la fi va sortir, cada vegada més carregat de forces, del forat directament a allò que semblava la torreta del pati del Castell de Montjuic, amb un crit que li sortí de la gola com mai havia cridat, dut per aquella explosió d'eufòria que el tenia dempeus amb els braços estirats i els dos titelles de ferro roent calçats als seus extrems, que ara tenien el color i la textura de l'or! S'havien convertit en dos titelles d'or, que es bellugaven tous com la carn! Eren sense cap mena de dubte en Kalim i Kilam, els quals no paraven de fer ganyotes amb uns xiscles que es confonien amb el seu crit! I de sobte va veure que els dos titelles s'esfumaven per deixar pas a les seves mans que també s'havien tornat d'or!

Les veia brillar a la llum dels focus del sol, amb l'estranya sensació de sentir-les vives i trèmules. Les va tenir alçades mentre sonava al seu entorn la música festiva i exultant de milers d'instruments, amb apoteosis de cordes, metalls i timbales. Li va semblar oir aplaudiments. Va baixar les mans llavors per mirar-les d'a prop, i va veure que l'or ja no hi era i que tornaven a tenir el color i la textura de la carn. Respirà alleugit. Aixecà el cap pensant que es trobava a la torreta del Castell de Montjuic quan de sobte va veure que en realitat era en un escenari, cegat pels focus, que va reconèixer d'immediat com els del teatret del Poble Espanyol on els seus titelles hi feien funció! Aquests omplien la platea i aplaudien amb les seves mans de fusta. Atònit va veure que en Quinqué ocupava la primera fila junt amb l'Aede. Aquest pujà a saludar-lo.

- Fantàstic, Manuel, fantàstic,  el Secret del Gran Viu, una gran funció!

En un racó hi havia el vell Sac de Trons que desaparegué en la foscor dels laterals. En Quinqué va pujar també per felicitar al titellaire.

- Felicitats, senyor Manuel, ha estat un plaer veure'l en un escenari! Mai m'hagués perdut aquesta funció! Impressionant l'escena amb Volcà i els dos titelles soldats a les seves mans, d'antologia, Manuel, d'antologia!

Buscava per la sala a Kilam i Kalim, els quals però no apareixien per enlloc. Els Pericos i els demés titelles començaven a buidar la platea.

- Crec que ens mereixem un àpat, ni que sigui per poder-nos fumar després uns bons puros!

El vell Poeta s'acostà a qui l'havia fet i li allargà la mà. Encaixaren i el titella desaparegué per la platea.

domingo, 22 de julio de 2018

26º Capítulo (2a parte): Bajo tierra





Se encontró con el Aedo en el Castillo de Montjuic, un lugar donde las marionetas parecían sentirse a gusto. Había mucho espacio vacío y además estaba cerca del Pueblo Español, donde tenían su Teatro de los Mundos, como lo había llamado el Poeta, lugar donde Manuel sospechaba que residían sus títeres. Se sentaron en la torreta superior del patio del castillo, desde donde había contemplado varias veces el cielo nocturno y subido a la Luna.

Tenía aún frescas las imágenes de las Ramblas abiertas en canal por el atentado, del que los periódicos habían explicado todos los detalles. Aquella bajada a la realidad de Barcelona y del mundo le había trastornado más de lo que se pensaba. Había visto como determinadas líneas de conexión hasta entonces invisibles, se hacían patentes al relacionar geografías y conflictos alejados entre si.

Se había excusado el señor Quinqué ese día, por el trabajo que tenía en la agencia, debido a los retornos inesperados de muchos turistas y a los cuidados que algunos de los afectados necesitaban. Según le explicó, toda la agencia se volcó en asistir y ayudar a los visitantes, al considerar que se trataba de una situación de urgencia y que la prioridad era satisfacer las necesidades de sus clientes.

Se sentía Manuel un 'vivo que aún está vivo' al comprender que había escapado por un pelo de la muerte, o tal vez de una cadera rota, o de ser un cojo de por vida. Y eso le dio una sensación de urgencia en cuanto a la Extravagancia. Lo que se empieza debe terminarse y muy en su interior sabía que le quedaba todavía un paso importante para rematar el trabajo. La clave la tenían los títeres, por supuesto, y por eso había acudido a la cita en la torreta, con el Aedo al que también llamaba Poeta sentado en la tumbona de al lado.

- Es es hora de ir al grano, ¿no crees Aedo?

Este permanecía callado y quieto como el muñeco que era, con su pipa en la boca que sacaba humo sin quemar tabaco. Manuel había encendido un puro, entregado de lleno al nuevo hábito que le había enseñado Quinqué.

- ¿Llevas más puros? -preguntó de pronto el Aedo.

- ¿Quieres uno?

- No, sólo quería saber si llevas más.

- Sí, tengo la petaca llena.

- Entonces podemos bajar.

Se levantó de la tumbona y él lo siguió. Roc y Guinardó los esperaba y juntos bajaron las escaleras. Al llegar a la puerta, el fantasma la abrió y se hizo a un lado para dejar pasar a los otros dos. La cerró de nuevo.

Vivió entonces la misma bajada rápida que ya hizo una vez, como si alguna fuerza lo succcionara hacia la cueva donde días atrás se había encontrado con la parodia de aquel consejo de ancianos hecho con los títeres más oscuros y retorcidos de su autoría. Pertenecían a un espectáculo fallido aunque les había dedicado mucho tiempo. Sentado en uno de los gastados tronos de piedra, les esperaba el más viejo de los viejos, de rostro tosco y desencajado con unos ojos de cristal que brillaban en la profundidad de sus arrugas. Ni se acordaba del nombre que le había puesto.

- ¿Quién eres? - le preguntó.

- Soy el Sin Nombre, pero me puedes llamar Saco de Truenos.

Y mirándolo fijamente, le espetó:

- ¿Estás preparado?

- Sí, terminemos cuanto antes.

No tenía ninguna idea sobre qué significaba terminar, pero era eso lo que sentía Manuel. Vio que el Poeta hacía un signo con la cabeza. El viejo Saco de Truenos, constituido simplemente por una cabeza de madera, dos rústicas manos que parecían ramas mal cortadas, y un vestido medio desgarrado de color ceniza, con dos pies aún más mal cortados que las manos, se dirigió a la parte oscura de la cueva. Se apoderó de la antorcha que colgaba en la pared y se metieron por un agujero.

No sabría decir cuánto caminaron, no mucho, calculó Manuel, porque pronto salieron a la luz del día. Se encontraban en las afueras del cementerio de Montjuic, en la cara sur de la montaña, a poca distancia del castillo. La vista del mar era espectacular, con el puerto de carga de la ciudad abajo.
Cruzaron una puerta y se encontraron dentro de la necrópolis, en una de sus partes más altas y nobles.

No lo conocía tan bien el titiritero como la del Poble Nou, pero sí que había venido varias veces a enterrar a algún pariente, y siempre le había admirado la excelente posición de aquel cementerio con vistas al mar. Lástima que sus habitantes no pudieran disfrutarlo, aunque tal vez se equivocaba. Sin embargo, no vio ninguna silueta como las que había visto en el otro cementerio, y se olvidó de la idea.

Llegaron a una tumba sin lápida, una especie de nicho más alto que los demás. El Poeta movió la piedra y ésta se giró como si fuera una puerta.

- Te dejo con Saco de Truenos, Manuel.

Vio sorprendido que el Poeta le abrazaba, en realidad abrazaba sus piernas, ya que no le llegaba a la cintura. Con la mano le tocó la cabeza. El Aedo lo miró fijamente a los ojos y sin decir nada más, dio media vuelta y se fue. Le había parecido ver una lágrima en los ojos de cristal de su marioneta, algo imposible, pero también era imposible que hablara y que sacara humo de una pipa de atrezzo.

Saco de Truenos, con la antorcha en la mano siempre encendida, lo esperaba junto a la tumba abierta.

- ¿Estás preparado? -le volvió a preguntar con voz grave y ronca.

- Sí, vamos!

Oyó el cloc de la piedra que volvía a su sitio y la oscuridad los tragó. Avanzando paso a paso, cruzaron varias galerías que el títere de madera examinaba de frente y de reojo, como si temiera algún peligro. Vio Manuel que el pasillo se inclinaba cada vez más. Llegaron a un punto que parecía un laberinto de corredores que se trenzaban sin orden alguno, con algunas calaveras y huesos incrustados en las paredes.

- ¡Esto es un mareo, Saco de Truenos!

- Xisssst ... -dijo el interpelado, con un dedo en los labios.

Y de pronto la vio cruzar por uno de los pasillos.

- La has visto? -preguntó el títere

- Sí.

- ¡Malo!

- No temas, Saco de Truenos.

Volvió a sacar la nariz esfumándose detrás de una vuelta. Se detuvo Manuel.

- La esperaremos aquí.

El títere no contestó, pero no dejaba de mirar por todas partes. Se encontraban en una plazoleta con nichos llenos de huesos y calaveras.

Y entonces apareció. Era la Muerte, la marioneta que él había construido y vestido con tanta elegancia, con su hoz de mango de madera y hoja de acero. Recordaba todos los detalles que le había puesto, una de sus marionetas más impactantes. Se había quitado los hilos como las demás y ejercía sus funciones en los aledaños del cementerio.

- Hola, Muerte. Me alegro de verte.

Vio que Saco de Truenos tenía la antorcha cogida como si fuera un garrote, pero también veía a la Muerte muy atenta a los movimientos del viejo, de quien conocía todos los trucos.

- Hoy no habrá batallas, amiga mía. Tú y yo nos conocemos desde hace tiempo. Los dos sabemos que todo tiene un comienzo y un final. Pero todavía no ha llegado mi hora. Déjanos pasar, por la vieja amistad que nos une.

Oyeron el silbido ronco de la Muerte, el sonido con el que Manuel la había hecho hablar años atrás cuando salía en sus espectáculos, una especie de voz con sordina que casi no se entendía.

- Pasa.

Sabía que no habría más ocasiones. El trato distinguido y respetuoso que le había dedicado recibía ahora su recompensa.

- Gracias Muerte. Espero no verte pronto.

No se inmutó el esqueleto, falto como estaba de sentimientos por imperativos profesionales, como habría dicho Quinqué, y al acto desapareció entre los pasillos de aquella cueva del cementerio.

Saco de Truenos, que había contemplado la escena siempre con el garrote de la antorcha a punto, cogió por el pasillo que bajaba con más pendiente.

- ¡Nos espera un largo camino, Manuel!

Bajaron y bajaron pendiente abajo hasta que llegaron a unas grutas de techo alto con fuegos en las esquinas. Y de pronto sintió voces extrañas, o más bien gemidos lastimosos. Y forzando la vista en la penumbra, vio uns cuerpos delgados y estirados entre las llamas. Abrían las bocas y los ojos con señales de terror.

- ¿Qué es eso, Saco de Truenos?

- ¡Estamos en el infierno, Manuel!

- No me digas que esto es el infierno, estamos a dos pasos del cementerio.

- Es una antesala de los infiernos, un servicio de la necrópolis, para los que se resisten a morir y necesitan estar cerca de los vivos. Aquellos que deberían ir de cabeza al infierno, por ineptos y por malandrines, se entretienen en estos fuegos donde purgan sus penas, antes de dejar este mundo de una manera definitiva. No les tenemos que hacer demasiado caso, Manuel.

Comprendió entonces que el mundo de los difuntos era más complejo de lo que creía y que uno podía esperarlo todo en estos ámbitos, sujetos como estaban los difuntos a las creencias de cada uno. Se dio cuenta que el desinterés que mostraba Saco de Truenos por aquellos condenados denotaba el desprecio que sentían los títeres por la truculencia de la imaginación humana, poco creativa según ellos y demasiado concentrada en mirarse el ombligo. En eso estaba bastante de acuerdo, pensó.

Aquel infierno de transición, por decirlo de alguna manera, tenía unas extensiones bastante grandes y tardaron horas en cruzarlo, con un repertorio impresionante de torturas y de lamentos de los condenados, lo que impactó profundamente al titiritero. Pero saber que respondían más a condenas queridas aunque inconscientes de los afectados, y no a ninguna decisión ajena, permitió a Manuel continuar su camino.

Llegaron a una zona que parecía estar al aire libre, por la claridad que reinaba y por la altura de las paredes, pero al mirar hacia arriba, descubrieron un techo lejano con espectaculares estalactitas. Le recordó a Manuel los dibujos de viejas novelas que leyó de niño, como Viaje al Centro de la Tierra, de Julio Verne, tal era el esplendor de aquellos espacios interiores del planeta. De repente se encontró caminando por entre montañas con profundos barrancos de los que salían humos sulfurosos. El camino era tortuoso y tuvieron que descansar un par de veces, quizás más para contemplar el paisaje que por necesidad. Avistó en las alturas unas aves que parecían de la familia de los murciélagos pero de dimensiones descomunales. Por suerte, ninguno de ellos se interesó por los dos viajeros. Al cabo de muchas horas, volvieron a adentrarse por una cueva estrecha que se los tragó tierra adentro.

Oyeron entonces un ruido crecer, un ritmo de golpes de metal contra metal envuelto en un rumor de fondo que recordaba el crepitar del fuego, aunque el conjunto parecía interpretado por lo que sólo podría calificarse de decenas de orquestas infernales, tal era la disonancia y la intensidad de los timbales y los metales. Y sin solución de continuidad, entraron en una inmensa cueva interior de la montaña, de techo altísimo y que estaba ocupada por lo que parecía una forja y el herrero trabajando en ella, cubierto sólo con un delantal y armado de un inmenso mazo de hierro. Marcaba con el mazo el ritmo de la caótica música, y el fuego que salía de las profundidades parecía adaptarse a los golpes y a sus gritos salvajes. Al darse cuenta de que alguien entraba en sus dominios, se detuvo y la música cesó de inmediato, salvo el runrún grave del fuego hecho de miles de violoncelos y contrabajos rascando sus arcos con furia.

- ¡Te he traído al titiritero, Vulcano!

Se aterrorizó Manuel al ver el rostro de aquel personaje que respondía al nombre de Vulcano y que se ajustaba a las funciones que le eran propias: cejas que parecían bigotes, dos ojos grandes y lacrimosos en estado de furia a punto de estallar, cabeza rapada al cero, una nariz digna del más feroz polichinela y una barba negra como el carbón, un aspecto tan salvaje que a su lado todos los piratas de la historia parecían niños de escolanía. Sudando como si saliera de una ducha, dejó las herramientas y se secó las manos en el delantal roñoso que llevaba. Vio que era bajo y que cojeaba un poco.

Por un instante se preguntó  si no estaría en alguna obra de títeres de esas que representan a los viejos personajes de la mitología, con sus fisonomías arquetípicas y referencias clásicas. Pensó que el decorado se parecía a los que había utilizado para escenas luciferinas de cuevas infernales en sus obras. Quizás toda la Extravagancia no fuera más que un montaje que se había empeñado en hacer, en el que las cosas y las personas eran y no eran lo que decían ser, como aquel Vulcano de aspecto estrafalario, el cual sin embargo no había salido de su taller del Poble Nou ni tampoco parecía estar hecho de madera.

El aludido Vulcano miró fijamente al titiritero, quién se sintió vaciado por dentro como si alguien hubiera entrado por sus ojos y hubiera hurgado en el interior por sus cuatro costados. Y con una voz ronca que parecía salir del fuego, dijo:

- ¿Tienes puros?

Sorprendido pero a la vez contento de poder satisfacer su petición, Manuel sacó la petaca que llevaba, bien cargada de cinco Brevas de Quintero, y ofreció una al herrero. Este cogió dos:

- Una por ahora y otra para después.

También le ofreció una a Saco de Truenos, que aceptó para sorpresa del titiritero. Con unas enormes pinzas de hierro cogió Vulcano una brasa y encendió el cigarro. Manuel utilizó su encendedor, con el que también dio fuego a la marioneta. Pronto los tres sacaban humo como unas chimeneas.

- Ah, qué maravilla! -exclamó Vulcano cerrando los ojos y echando humo por la nariz y por las orejas, una habilidad que nunca había Visto.- ¡Nada como un puro habano! ¡La próxima vez tienes que traerme una caja entera, Saco de Truenos! Sin duda es Mercurio quien te ha llevado a Vulcano, mi planeta.

- Sí, he ido con el señor Quinqué.

- ¡Quinqué, un buen elemento! Mortal, veo que eres del gremio del hacer, y llegar hasta aquí no es fácil. No me negaré a lo que me pide Saco de Truenos. ¡Sube a la silla de piedra!

El títere indicó a Manuel que lo siguiera hasta un trono rústico de piedra, con muchas señales oscuras, como si se hubiera encendido fuego encima. No le gustó nada ese detalle, pero poseído por el convencimiento irracional de su Extravagancia, se sentó con el puro en la mano.

Permanecieron un rato sin hacer nada, simplemente saboreando los cigarros. Comprendió Manuel la importancia que tenían los puros habanos en la órbita de su Extravagancia, influencia sin duda del señor Quinqué, para quién un cigarro reúne todos los sabores de la Tierra en un grado superlativo. Quizás esto explicaba que Vulcano, que en su planeta no puede fumar puros porque se consumen en un santiamén, haya elegido instalarse en la Tierra para ejercer de herrero en sus profundidades. El cigarro le permitía saborear los potentes aromas del sol que se acumulan en la hoja de tabaco, al tiempo que sumaba los sabores de la tierra, que en realidad contiene los de los demás planetas, ya que el nuestro es el único que reúne la infinita variedad de formas y elixires que da la vida y de la que es capaz de generar el Sistema Solar, motivo por el que los señores de los diferentes planetas la han elegido para residir o pasar las vacaciones.

Entró Manuel en un estado que no sabría cómo definir, ya que de repente toda la escena de la cueva se convirtió en un espacio inconcreto, lejos de la Tierra, que le pareció ser Vulcano, aquel planeta inexistente del que era oriundo el señor de la barba y del mazo, sobre todo al ver la bola del Sol como la había visto aquella vez en que acudió con el señor Quinqué. Pero al mismo tiempo, se sentía también en las profundidades de su planeta, sentado en ese trono de piedra ante un fuego que procedía de sus fondos telúricos. Fuego que se juntaba al del Sol que veía desde su asiento en Vulcano, el casi planeta aún por encontrar. Como la física y la química no eran su fuerte, no se entretuvo en analizar los fuegos sino que simplemente vio las similitudes, y comprendió que aquel fuego era el mismo, en su estado de sutileza humana, que empujaba a las personas cuando se empeñan en emprender algo. Pero también se dio cuenta de que por mucho que se empujara con más o menos fuerza, aquel fuego de la voluntad era para la mayoría de los mortales como el viento que sopla cuando le da la gana. Y de pronto comprendió que quizás muy en el interior de las personas había algún tipo de depósito de este fuego primordial que encendía el Sol y calentaba la Tierra.

Y en ese momento vio, desde la distancia de aquel mirarse a sí mismo situado en dos lugares diferentes, como Vulcano le calzaba en las manos dos títeres de hierro fundido, aún incandescente, que se ajustaban y se fundían en la carne, en sus manos y en sus dedos, con un dolor de una intensidad inusual que sin embargo sentía lejano y ajeno, ya que si lo hubiera sentido de verdad no hubiera durado ni un minuto, tal era la mordedura de aquel fuego de hierro fundido que se incrustaba en su cuerpo. Notó que Saco de Truenos lo sujetaba por detrás con una fuerza que nunca le habría supuesto, clavándolo al trono de piedra, mientras Vulcano ejecutaba su trabajo. Miró a los dos títeres de metal, que se movían como si acabaran de ser fundidos y el metal aún estuviera vivo y blando, y de pronto pareció reconocer sus caras: ¡eran Kalim y Kilam o una réplica suya, no había error posible! Aquellos dos títeres traviesos que habían forzado a Sam escapar de la muerte, ¡eran los mismos que le estaban implantando en su carne!

Y entonces vio horrorizado como Vulcano se armaba del mazo y empezaba a moldearle las almas de los títeres para soldarlos a sus dos brazos y manos. Y mientras lanzaba gritos de dolor como nunca jamás había emitido, y huyendo quizás de aquella escena de horror visual, ya que en realidad lo miraba todo de lejos y el dolor físico lo tenía circunscrito a una parte de su cuerpo que gemía sin gemir, afectado profundamente a pesar de la independencia del dolor que sentía en sus dos manos y brazos, Manuel salió disparado por unos espacios que pertenecían y no pertenecían a su persona, amplificados por la Extravagancia en la que se hallaba inmerso.

26 Capítol (2a part): Sota terra






Havia quedat amb els seus titelles al Castell de Montjuic, un lloc en el qual semblaven sentir-se a gust. Hi havia molt d'espai buit i a més estava a prop del Poble Espanyol, on tenien el seu Teatre dels Móns, com l'havia anomenat el Poeta, lloc on Manuel sospitava que hi residien els seus titelles. Per la seva banda, a la torreta superior del pati del castell estava el seu punt d'observació, on hi havia anat diverses vegades per contemplar el cel i fer alguna excursió a la Lluna.

Hi seia ara amb les imatges encara fresques de les Rambles obertes en canal per l'atemptat, del qual els diaris n'havien explicat tots els detalls. L'havia trastocat més del que es pensava, una baixada de morros a la realitat de Barcelona i del món. Havia vist davant seu com determinades línies de connexió fins llavors invisibles, es feien de sobte patents en relacionar geografies i conflictes allunyats entre sí.

S'havia excusat el senyor Quinqué aquell dia, per la feina que tenia a l'agència, a causa dels retorns inesperats de molts turistes i de les atencions que alguns dels afectats necessitaven. Segons li explicà, tota l'agència s'havia entregat a la feina d'assistir i ajudar els visitants, en considerar que es tractava d'una situació d'urgència i que la prioritat era satisfer les necessitats dels seus clients.

Se sentia Manuel un 'viu que encara està viu' en comprendre que en efecte havia escapat d'un pèl de la mort, o potser d'un maluc trencat, o de ser un coix de per vida. I això li donà una sensació d'urgència pel que feia a l'Extravagància. Allò que es comença s'ha d'acabar i molt dins seu sabia que li quedava encara un pas important per rematar la seva feina de construcció. La clau la tenien els seus titelles, per descomptat, i per això era a la torreta, amb el Poeta assegut a la gandula del costat.

- És hora d'anar al gra, no trobes Aede?

Aquest romania callat i quiet com el ninot que era, amb la seva pipa a la boca que treia fum sense cremar tabac. En Manuel havia encès un puro, entregat de ple al nou hàbit que li havia ensenyat en Quinqué.

- Tens més de puros? -li preguntà de sobte l'Aede.

- És que en vols un?

- No, només volia saber si en portes més.

- Sí, tinc la petaca plena.

- Llavors podem baixar.

S'aixecà de la gandula el Poeta i ell el seguí. En Roc i Guinardó els esperava i tots plegats van baixar les escales. En arribar a la porta, el fantasma l'obrí i es feu a un costat per deixar passar als altres dos. La tancà de nou.

Va viure llavors aquella mateixa baixada ràpida, com si alguna força el xuclés cap avall fins arribar a la cova on feia dies s'havia trobat amb la paròdia d'aquell consell d'ancians fet dels titelles més foscos i recargolats de la seva autoria. Pertanyien a un espectacle fallit tot i que els hi havia dedicat molt de temps. Assegut en una de les poltrones de pedra els esperava el més vell dels vells, de rostre tosc i desencaixat amb uns ulls de vidre que brillaven en la profunditat de les seves arrugues. Ni se'n recordava del nom que li havia posat.

- I tu qui ets? - li va preguntar.

- Sóc el Sense Nom, però em pots dir Sac de Trons.

I mirant-lo fixament, li etzibà:

- Estàs preparat?

- Sí, enllestim quan abans millor.

No tenia cap idea de què volia dir això d'enllestir, però era realment el que sentia en Manuel. Va veure que el Poeta feia un signe amb el cap. El vell Sac de Trons, constituït simplement pel seu cap de fusta, dues rústiques mans que semblaven branques mal tallades, i un vestit mig estripat de color cendra, amb dos peus encara més mal tallats que les mans, es dirigí a una concavitat que donava a un túnel fosc com la nit. S'emparà de la torxa que penjava a la paret i s'endinsà pel forat.

No sabria dir quan caminaren, no gaire, calculà en Manuel, perquè aviat sortiren a la llum del dia. Eren a les afores del cementiri de Montjuic, a la cara sud de la muntanya, a poca distància del castell. La vista del mar era espectacular, amb el port de càrrega de la ciutat a baix. Van creuar una porta i es trobaren de sobte dins de la necròpolis, en una de les seves parts més altes i nobles. No la coneixia tan bé el titellaire com la del Poble Nou, però sí que hi havia vingut diverses vegades a enterrar algun parent, i sempre l'havia admirat l'excel·lent posició d'aquell cementiri amb vistes al mar. Llàstima que els seus habitants no ho poguessin gaudir, però potser s'equivocava. Tanmateix, no va veure cap silueta com les que havia vist a l'altre cementiri, i s'oblidà de la idea.

Arribaren a una tomba sense cap làpida, una mena de nínxol més alt que els demés. El Poeta va moure la pedra i s'adonà que girava com si fos una porta.

- Et deixo amb en Sac de Trons, Manuel.

I sorprès, va veure que el Poeta l'abraçava, en realitat abraçava les seves cames, ja que no li arribava a la cintura. Amb la mà li tocà el cap. L'Aede el mirà fixament els ulls i sense dir res més, girà cua. Li havia semblat veure una llàgrima als ulls de vidre de la seva marioneta, cosa impossible, però també era impossible que parlés i que tragués fum d'una pipa d'atrezzo.

Sac de Trons, amb la torxa a la mà sempre encesa, l'esperava, la pedra de la tomba oberta.

- Estàs preparat? -li tornà a preguntar amb la seva veu greu i ronca.

- Sí, som-hi!

Sentí el cloc de la pedra que tornava al seu lloc i la foscor els cruspí. Avançava a poc a poc el titella de fusta, mentre creuaven diverses galeries que examinava de front i de reüll, com si temés algun perill. S'adonà Manuel que el passadís subterrani s'inclinava cada vegada més. Arribaren a un punt que semblava un laberint de corredors que es trenaven sense cap ordre, amb algunes calaveres i ossos incrustats a les parets.

- Això és un mareig, Sac de Trons!

- Xisssst... -va fer l'interpel·lat, amb un dit als llavis.

I de sobte la va veure creuar per un dels passadissos.

- L'has vista? -preguntà el titella

- Sí.

- Malament!

- No pateixis, Sac de Trons.

Tornà a treure el nas esfumant-se darrere d'una volta. S'aturà en Manuel.

- L'esperarem aquí!

El titella no contestà, però no deixava de mirar per tot arreu. Era una mena de placeta amb nínxols plens d'ossos i calaveres.

I llavors va aparèixer. Era la Mort, la marioneta que ell havia construït i vestit amb tanta elegància, amb la seva falç de mànec de fusta i fulla d'acer. Recordava tots els detalls que li havia posat, una de les seves marionetes més impactants. S'havia tret els fils com les demés i complia amb la seva feina als voltants dels cementiri.

- Hola, Mort. M'alegro de veure't.

Va veure que Sac de Trons tenia la torxa agafada com si fos un garrot, però també veia la Mort molt atenta als moviments del vell, del qual coneixia tots els trucs.

- Avui no hi haurà batalles, amiga meva. Tu i jo ens coneixem des de fa temps. Els dos sabem que tot té un començament i un final. Però encara no ha arribat la meva hora. Deixa'ns passar, per la vella amistat que ens uneix.

Oïren el xiulet ronc de la Mort, el so amb el que en Manuel l'havia fet parlar anys enrere quan sortia als seus espectacles, una mena de veu amb sordina que quasi bé no se l'entenia plena de recança.

- Passeu.

Sabia que no hi hauria més opcions. El tracte distingit i respectuós que li havia dedicat rebia ara la seva recompensa.

- Gràcies Mort. Espero no veure't aviat.

No s'immutà l'esquelet, mancat com estava de sentiments per imperatius professionals, com hauria dit en Quinqué, i a l'acte desaparegué entre els passadissos d'aquella cova del cementiri.

Sac de Trons, que havia contemplat l'escena sempre amb el garrot de la torxa a punt, va enfilar pel túnel que baixava amb més pendent.

- Ens espera un llarg camí, Manuel!

Baixaren i baixaren pendent avall fins que van arribar a unes grutes de sostres alts amb focs encesos pels cantons. I de sobte sentí unes veus estranyes, o més aviat uns gemecs llastimosos, i forçant la vista en la penombra, va veure una mena de cossos prims i estirats entremig de les flames. Obrien les boques i els ulls amb signes de terror.

- Què és això, Sac de Trons?

- Som a l'infern, Manuel!

- No em diguis que això és l'infern, som a dos passos del cementiri!

- És una avantsala dels inferns, un servei de la necròpolis, pels que es resisteixen a morir i necessiten estar a prop dels vius. Els que haurien d'anar de cap a l'infern, per rucs i per malandrins, es poden entretenir en aquests focs on purguen les seves penes, abans de deixar aquest món d'una manera definitiva. No els hem de fer massa cas, Manuel.

Va comprendre llavors que el món dels difunts era més complex del que es pensava i que un s'ho podia esperar tot en aquests àmbits, subjectes com estaven els finats a les creences de cadascú. S'adonà que el desinterès que mostrava Sac de Trons per aquelles realitats denotava el menyspreu que sentien els titelles per la truculència de la imaginació humana, poc creativa segons ells i massa concentrada en mirar-se el melic. En això hi estava força d'acord, pensà.

Aquell infern de transició, per dir-ho d'alguna manera, tenia unes extensions força grans i van trigar hores en creuar-lo, amb un repertori impressionant de tortures i de laments dels condemnats, el qual impactà profundament al titellaire. En saber però que responien més a condemnes volgudes tot i que inconscients dels afectats, i no a cap decisió aliena, va permetre a en Manuel continuar el seu camí.

Arribaren a una zona que un hauria dit ser a l'aire lliure, per la claror que hi regnava i per l'altura de les parets, però en mirar enlaire, descobriren un sostre llunyà fet d'espectaculars estalactites. Li recordà a Manuel els dibuixos de velles novel·les que llegia de petit, com Viatge al Centre de la Terra, de Julio Verne, tal era l'esplendor d'aquells espais interiors del planeta. De sobte es va trobar caminant per entre muntanyes amb profunds barrancs dels que sortia fums sulfurosos. El camí era tortuós i van haver de descansar un parell de vegades, potser més per contemplar el paisatge que per necessitat. Albirà a les altures unes aus que semblaven de la família dels rats penats però de dimensions descomunals. Per sort, cap d'ells s'interessà pels dos viatgers. Al cap de moltes hores, tornaren a endinsar-se per una cova estreta que se'ls empassà terra endins.

Sentiren llavors un soroll créixer, un ritme de cops de metall contra metall envoltat d'una remor de fons que recordava el crepitar del foc, interpretat però pel que només podia qualificar de dotzenes d'orquestres infernals, tal era la dissonància i la intensitat de les timbales i dels metalls. I sense solució de continuïtat, entraren en una immensa cova interior de la muntanya, de sostre altíssim i que estava ocupada pel que semblava una forja i el ferrer que hi treballava, cobert només  amb un davantal i armat d'un immens mall de ferro. Marcava amb el mall el ritme de la caòtica música, i el foc que eixia de les profunditats semblava adaptar-se als cops i als seus crits salvatges. S'aturà en adonar-se que algú entrava als seus dominis i la música cessà en sec, llevat del rum-rum del foc fet de milers de violoncels i contrabaixos rascant els seus arcs amb insòlita fúria.

- T'he portat el titellaire, Volcà!

S'esparverà Manuel en veure el rostre d'aquell personatge que responia al nom de Volcà i que s'ajustava a les funcions que li eren pròpies: selles que semblaven bigotis, dos ulls grans i llagrimosos en estat de fúria a punt d'explotar, cap rapat al zero, un nas digne del més ferotge putxinel·li i una barba negra com el carbó, un aspecte tan salvatge que al seu costat tots els pirates de la història semblaven nens d'escolania. Suant com si sortís de la dutxa, deixà les eines i s'eixugà les mans en el davantal ronyós que portava. Va veure Manuel que era baix i que coixejava una mica.

Es preguntà per uns instants si no es trobava dins d'alguna obra de titelles d'aquestes que els personatges representen les velles històries de la mitologia, amb fisonomies arquetípiques i referències clàssiques. Pensà que el decorat s'assemblava als que havia utilitzat per escenes luciferines de coves infernals en les seves obres. Potser tota l'Extravagància no era més que un muntatge que s'havia entestat a fer, en el que les coses i les persones eren i no eren allò que deien ser, com aquell Volcà d'aspecte estrafolari, el qual però no havia sortit del seu taller del Poble Nou ni tampoc semblava estar fet de fusta. 

L'al·ludit Volcà mirà fixament al titellaire, el qual es va sentir foradat com si algú hagués entrat pels seus ulls i l'hagués furgat per tots quatre cantons. I amb una veu ronca que semblava sortir del foc, exclamà:

- Tens puros?

Sorprès però alhora content de poder satisfer la seva petició, en Manuel va treure la petaca que duia, ben carregada de cinc Breves de Quintero, i n'oferí una al ferrer. Aquest n'agafà dues:

- Una per ara i una per després.

També n'oferí a Sac de Trons, que acceptà per sorpresa del titellaire. Pescà una brasa  Volcà amb unes pinces i s'encengué el cigar. Manuel utilitzà el seu encenedor, amb el que també donà foc al titella. Aviat tots tres treien fum com unes xemeneies.

- Ah, quina meravella! -va exclamar tancant els ulls i traient fum pel nas i per les orelles, una habilitat que mai havia vist.- Res com un puro havà! La pròxima vegada m'has de portar una caixa, Sac de Trons! Sens dubte és Mercuri qui t'ha dut a Volcà, el meu planeta.

- Sí, hi he anat amb el senyor Quinqué.

- Quinqué, un bon element! Mortal, veig que ets del gremi del fer, i arribar fins aquí no és fàcil. No em negaré a allò que em demana Sac de Trons. Seu a la cadira de pedra!

El titella va indicar a Manuel que el seguís fins a un tro rústic de pedra, amb moltes senyals fosques, com si s'hi hagués encès foc al damunt. No li va agradar gens aquell detall, però posseït pel convenciment irracional de la seva Extravagància, s'assegué amb el puro a la mà.

Van romandre una estona sense fer res, simplement assaborint els cigars. Va comprendre Manuel la importància que tenien els puros havans en l'òrbita de la seva Extravagància, influència sens dubte del senyor Quinqué, segons el qual un cigar reuneix tots els gustos de la Terra en un grau superlatiu. Potser això explica que Volcà, que al seu planeta no pot fumar puros perquè es consumeixen en un tres i no res, hagi escollit instal·lar-se a la Terra per exercir de ferrer a les seves profunditats. El cigar li permet assaborir els potents aromes del sol que s'acumulen a la fulla de tabac, i alhora s'hi sumen els sabors de la terra, que en realitat conté tots els dels demés planetes, ja que és el nostre l'únic que reuneix la infinita varietat de formes i sabors que dóna la vida i de la que és capaç de generar el Sistema Solar, motiu pel qual els senyors dels diferents planetes l'han triat per residir-hi o passar-hi les vacances.

Entrà Manuel en un estat que no sabria com definir, ja que de sobte tota l'escena de la cova es convertí en un espai inconcret, lluny de la Terra, potser al mateix Volcà, el planeta aquell inexistent del qual era oriünd el senyor de la barba i el mall, sobretot en veure la bola del Sol com l'havia vist aquella vegada en què hi va acudir amb el senyor Quinqué. Però alhora, se sentia també a les profunditats del seu planeta, assegut en aquell tro de pedra davant d'un foc que procedia del seu fons tel·lúric. Foc  que s'ajuntava al del Sol que tenia al davant assegut a Volcà, el quasi planeta imaginari. Com que la física i la química no eren el seu fort, no es va entretenir a analitzar els focs sinó que simplement en va veure les similituds, i comprengué que aquell foc era el mateix, en el seu estat de subtilesa humana, que empenyia a les persones quan s'obstinen a emprendre alguna cosa. Però també s'adonà que malgrat empenyia amb més o menys força, aquell foc de la voluntat era per a la majoria dels mortals com el vent que bufa quan li dóna la gana. I de sobte va comprendre que potser molt a l'interior de les persones hi havia alguna mena de dipòsit d'aquest foc primordial que encenia el Sol i escalfava la Terra.

I en aquest moment va veure, des de la distància d'aquell mirar-se a si mateix instal·lat a dos llocs diferents, com Volcà calçava a les seves mans dos titelles de ferro colat, encara incandescents, els quals s'ajustaven i es fonien a la carn així com a les mans i als seus dits, amb un dolor d'una intensitat inusual que tanmateix el sentia llunyà i aliè, ja que si l'hagués sentit de veritat no hauria durat ni un minut, tal era la mossegada d'aquell foc de ferro colat que s'incrustava al seu cos. Va notar que Sac de Trons el subjectava per darrere amb una força que mai li hauria suposat, clavant-lo com qui diu al tro de pedra, mentre Volcà executava la seva feina. S'hi va fixar i va veure els dos titelles de ferro, que es movien com si els acabessin de fondre feia poc i el metall encara estigués viu i tou, i de sobte li semblà reconèixer les seves cares: eren en Kalim i en Kilam o una rèplica seva, no hi havia error possible! Aquells dos titelles trapelles que havien salvat a Sam de la mort per engegar-lo més tard a l'altre barri, eren els mateixos que li estaven implantant a la seva carn!

I llavors va veure esgarrifat que Volcà s'armava d'un mall i donava cops a les ànimes dels titelles per soldar-los-hi fermament als seus dos braços i mans. I mentre llançava un crit de dolor com mai havia fet, i fugint potser d'aquella escena d'horror visual, ja que en realitat s'ho mirava tot de lluny i el dolor físic l'havia circumscrit a una part del seu cos que gemegava sense gemegar, afectat profundament tot i la independència del dolor que sentia als seus dos braços i mans, en Manuel sortí escopetejat per uns espais que pertanyien i no pertanyien a la seva persona, amplificats per l'Extravagància en la que es trobava immers.