domingo, 25 de marzo de 2018

12º Capítulo: El Secreto del Gran Vivo



Estaba muy excitado Manuel en compañía de sus títeres y marionetas, convertidos en el público de aquel teatro inverosímil que tenía lugar en el Aposento, donde los dos títeres Kalim y Kilam acababan de serrar la cabeza del pobre titiritero y se habían colado en su interior.

- ¡Pero eso es un disparate!

Así estalló Manuel, aunque tenía que reconocer que se lo estaba pasando pipa, ante la acción tan enloquecida de aquel par de títeres que había comprado en los Encantes.

El Aedo, que no perdía de vista al viejo titiritero, dijo:

- Estos dos pioneros del espíritu, pues así es como debemos considerarlos, lograron aquello por lo que habían sido enviados a la Tierra. Una empresa casi imposible, y gracias a su gran imaginación, pudieron superar todos los peligros.

- ¿Pero cuál era el objetivo? ¿Qué buscaban en el interior del titiritero?

- Dejemos que nos lo acaben de explicar Kalim y Kilam...

Vieron entonces como la escena se transformaba por completo. Allí donde antes estaba el retablo que se iba transformando en los diferentes decorados de la historia, ahora vieron de repente una gran tela iluminada por detrás y en la que se insinuaban formas y figuras que no podía ser otra cosa que el interior del cuerpo o del alma del pobre Sam. Así lo dedujo Manuel al ver las siluetas de los dos títeres, Kalim y Kilam, que se paseaban por entre las sombras de aquel espacio fantasmagórico, perdidos en unos interiores de los que no sabían nada y que hablaban de las profundidades de aquel humano caído en desgracia y resucitado como titiritero.

Las dos sombras subieron en una especie de barca de Caronte, ya que el remero recordaba la conocida silueta del conductor mitológico de los muertos, aunque del significado de aquella barca no supieran nada. Sonaba una música apagada hecha de retazos de sueños y recuerdos, que se confundían y mezclaban en una sopa sonora de canciones y melodías diezmadas por el tiempo.

Cruzaron por espacios complicados y peligrosos, donde irrumpían figuras de monstruos, de demonios con sus tridentes, de arquitecturas espantosas, pero donde también estaban las figuras de los dioses antiguos, los que han acompañado siempre a los humanos a lo largo de su existencia. Se adentraban por unas entrañas arquetípicas de gran profundidad que conectaban con los fuegos interiores de la tierra, allí donde Vulcano forja armas, hierros y bronces, y donde Plutón guarda sus tesoros. Vieron como Kalim y Kilam iban penetrando en estos abismos mitológicos, mientras por las esquinas emergían figuras de dioses con cabezas de animales, templos remotos de la antigüedad y otras presencias indefinibles que hablaban de unos orígenes aún más arcaicos y primigenios.

Llegaron a un fondo insondale de oscuridades milenarias. Y de repente, estalló un grito feroz, inhumano, un grito que emergió de un chorro de energía que rompió la visión de aquellas sombras fantasmagóricas donde hasta entonces se habían movido Kalim y Kilam. Y la figura de un Sam pletórico de vida, los dos brazos alzados con ambos títeres en las manos, salió de las telas rasgadas gritando con aquella nueva voz que le había había brotado de la nada, la que los dos títeres habían encontrado en su interior recóndito, el Secreto del Gran Vivo, como lo habían denominado. Vieron la figura del titiritero transfigurada, poseída de una luz interior, exultante en su grito de triunfo.

Y después de contemplar la figura vitalizada del titiritero resucitado, toda la escena desapareció de golpe y los dos títeres Kalim y Kilam regresaron a su tamaño real en el interior del Aposento, mientras las demás marionetas, el Aedo y el mismo Manuel estallaban en aplausos, enardecidos ellos también por el grito frenético con el que había terminado la función.

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