miércoles, 28 de marzo de 2018

13º Capítulo: El Aposento




El Poeta hizo un gesto imperceptible con la cabeza y todos los títeres que se habían reunido en el
Aposento se esfumaron por el taller. Sólo los dos pequeños héroes de la historia permanecieron en un rincón, encima de la urna donde habían vivido los últimos años, inmóviles con sus rostros de facciones desencajadas.

Pensó Manuel que debería estar en estado de shock, tras el despropósito de los hechos vividos y la incapacidad de comprender nada. Y sin embargo, no lo estaba, incluso todo lo contrario, se sentía eufórico y una curiosa clarividencia lo poseía, como si el hecho de que unos muñecos de madera se pusieran a hablar, a pensar y a transformar el espacio con imágenes que salían de la nada, fuera una realidad tan lógica como el huevo y todo lo que su aparición había precipitado.

Y supo Manuel que allí en el Aposento habían ocurrido unos misterios difíciles de explicar pero que tenían una razón de ser clara, una de esas razones que se entienden sin entender, que es una de las maneras que tenemos los humanos de entender las cosas, con la mayor de las tranquilidades y sin entender ni una jota.

Sobre la cuestión de quién había puesto el huevo, no tenía dudas al respecto: lo había puesto él y lo habían puesto los títeres, en uno de estos cruces que ocurren a veces, pocas, eso sí, en los que determinadas densidades acaban por cuajar y precipitarse mutuamente, como ciertos gases que al encontrarse crean sustancias nuevas, sólo que aquí la sustancia creada tenía la forma de un huevo. Pensó Manuel que era normal aquella irrupción del huevo, cuando hacía tanto tiempo que se movía entre las inacostumbradas ficciones de los títeres, al ser estos los escenarios naturales donde nacen y viven estos seres diabólicos, con unos orígenes que sólo tenían explicación si se sitúan en sus paisajes, cargados de misterios y sorpresas.

Desde siempre sospechó Manuel que aquella aventura con los títeres emprendida hacía tantos años, tenía puntos y apartes, momentos clave de cambio que daban sentido a la sucesión de los acontecimientos, a las décadas ininterrumpidas de trabajo en el taller donde realidad y ficción se confundían, y del que el Aposento era su centro neurálgico. Tal vez el mismo Aposento había puesto el huevo, al ser aquella habitación una especie de alma suya, poblada por todos los personajes que habían nacido de su imaginación.

Otra certeza fue saber que a partir de ese momento, debería bastarse solo. Quizás aquella era la significación profunda del huevo. Sentía que todo esto de los títeres había quedado atrás y que el huevo era un imperativo y un punto y aparte, una especie de mandato que venía de su propia persona: un imperativo que tenía que ver con esta capacidad de imaginar y de crear que le habían enseñado los títeres, llegados de mundos lejanos según decían. El huevo había dejado un agujero que conectaba la Tierra con estos mundos, un agujero delgado como una aguja, que de hecho había desaparecido al romperse la cáscara, pero que permanecía invisible y activo, como él sabía muy bien con una seguridad absoluta.

Miró hacia arriba y vio más allá del techo del Aposento. Su mirada subía en unas verticales que eran unas líneas de fuerza que se movían inciertas, esperando la mano que las situara en una dirección u otra. Allí donde ponía el ojo, nacían líneas de este tipo, rectas pero con ganas de curvarse hacia donde quisiera.

Mareado y asustado por aquella visión, se dio cuenta que el Aedo lo contemplaba impertérrito, con sus ojos de vidrio de una profundidad insondable.

- Se acabó, Manuel. Lo has entendido todo muy bien. Sepas que aunque desaparezcamos, nos tendrás a tu lado. No nos podemos escapar. Tus puntos de fuga son nuestros lugares de encuentro. Lo que importa es la mirada. Nosotros vivimos en la tuya y sólo en tí nos encontraremos. Ahora somos libres, pero dependemos de tu capacidad de levantar andamios. Por eso te hemos ayudado a poner el huevo.

- ¿Y Sam?

- Fue un intento fallido. Imposible aguantar aquella energía que Kalim y Kilam le habían despertado. Tenemos que ser más cautos, no nos podemos saltar las leyes terráqueas de la generación tan a la torera, Manuel.

- ¿Pero cuál era el Secreto del Gran Vivo?

- Debes saber, Manuel, que todos los humanos, a pesar de la degeneración de la que sois objeto, guardáis en las profundidades de vuestro ser el recuerdo de aquellos primeros títeres para los que habíais sido creados, dotados de unas energías primigenias, capaces de convertir en realidad la imaginación y de vencer a la Muerte. Kalim y Kilam encontraron el recuerdo de aquellos primeros títeres. Pero Sam no era la persona adecuada. Tanta fuerza lo mató.

Manuel encendió la pipa y el Aedo, seguido de Kalim y Kilam, salió del Aposento, vacío ahora de marionetas.

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