viernes, 9 de marzo de 2018

3er Capítulo: El Huevo

 



¡Un huevo! ¿Qué hacía allí en el suelo del Aposento? ¿Quién lo había puesto? Y no era un huevo de gallina, de pato o de cocodrilo, no, ¡era un huevo que medía entre cinco o seis palmos!

"Yo no me he movido de aquí, llevo en el taller encerrado días, en compañía únicamente de mis títeres y de la pipa, dando vueltas y viendo como el tiempo pasa. Nadie ha entrado en el Aposento, ni yo he salido de él, pero alguien ha puesto un huevo".

Pensó que tantos días sin comer, fumando de vez en cuando y sólo con pan y el cántaro de agua, le habían jugado una mala pasada.

De repente le asaltó un apetito enorme, un hambre como hacía tiempo que no tenía. Al acto se puso la americana, se armó de un paquete de tabaco y salió volando del taller. Hacía un día precioso y la euforia que le había producido el hambre lo disparó al pequeño restaurante de la esquina.

Pidió tres platos, se acompañó de tres vasos de vino, despachó una ración generosa de entrecot con patatas fritas, y lo remató todo con un par de copitas de aguardiente. Al terminar, encendió la pipa y se relajó.

Bueno, seguro que lo he soñado.

Dio una vuelta por la playa. Cuando no veía las cosas claras, lo resolvía con Matilde, su pipa predilecta, o paseaba por la playa. O las dos cosas a la vez.

Al cabo de dos horas volvía a estar frente a la puerta del taller. Entró, atravesó la sala grande donde un bosque de marionetas colgaba con sus fundas, y se detuvo ante el Aposento. Respiró hondo, abrió y entró. El huevo seguía allí.

Este diablo de huevo, ¿de donde ha salido? Alguien lo tiene que haber puesto. Pero yo no he sido.
Las marionetas lo miraban de reojo, como siempre hacían, por otra parte, a merced del azar de cómo colgaban del techo.

El huevo... Se acercó. No era un huevo cualquiera. Media alrededor de un metro de largo y de diámetro tenía también su altura. Puso la oreja y escuchó  un murmullo en el interior. ¡Absurdo! Se apartó y lo miró con distancia. Era blanco pero con una cierta pigmentación parduzca.

Acercó la mano y lo tocó. Pasó los dedos y notó su textura lisa de una rugosidad milimétrica. Se sentó de nuevo y encendió la pipa.

"Este huevo lo ha puesto alguien".

Miró de reojo a sus Pericos. Esos personajes, a pesar de los hilos que les había puesto, eran los más cercanos a Pulcinella, el títere tradicional napolitano, que nace de un huevo puesto por él mismo, según cuenta la tradición. De joven había representado infinidad de veces aquel número clásico, uno de los más divertidos de sus polichinelas, pero los Pericos no decían nada, como es lógico.

¿Qué hacía allí ese huevo? Sabía que no había respuesta y que no le quedaba más remedio que aguantarse y esperar. Si había alguna explicación, acabaría llegando por sí misma.

Podría permanecer encerrado en el taller tantos días como quisiera. Era agosto y nadie vendría a importunarlo.

Transcurrió una semana. Nada cambió, pero el huevo había crecido, por lo menos dos palmos. Se levantó trastornado, buscó el metro y midió el huevo. Hizo marcas en el suelo para poder comparar.
Volvió a salir, paseó por la playa todos los días durante la semana siguiente.

¡El huevo había alcanzado metro y medio! Pensó que si seguía creciendo, no podría sacarlo del Aposento. Los pies de algunas marionetas ya lo alcanzaban. El rumor que salía del interior también crecía.

"¡Caramba! ¿Me estaré volviendo loco?"

A las tres semanas, se decidió. Ante todo, él era un animal de taller. Cogió el martillo y un cincel. Se acercó con las herramientas en la mano. Las levantó y apuntó al centro para darle el golpe definitivo.

Levantó el martillo y... no podía. Quería pero la mano no le obedecía. Se veía totalmente impedido de romper el huevo. Algo no funcionaba.

No había manera, por mucho que lo intentara, no conseguía levantar el brazo y empujar la mano para dar el fatídico golpe de martillo.

Encendió la pipa. Quizás Matilde le explicara la razón de aquel atasco de su voluntad. No contestó, pero le dio la distancia que buscaba.

Allí se encontraba, en medio del Aposento rodeado de todas aquellas personitas que lo contemplaban. De repente, se vio desde afuera, como si se hubiera puesto en los ojos de cristal del Aedo, una de sus más viejas marionetas, un personaje que representaba a un poeta anciano con el que solía dialogar en silencio. Había participado en muchos de sus espectáculos, con una función de narrador épico y distante. Desde los ojos de la marioneta, se vio con la pipa en los labios, paralizado por alguna extraña razón, y el hecho de verse a sí mismo ante un huevo aparecido de la nada desde la mirada irónica del Aedo, le pareció tan absurdo y cómico a la vez, que se echó a reír. Una risa loca lo poseyó como uno de esos ataques histéricos que a veces afectan a las personas, que se ponen a reír sin ton ni son y sin saber porqué, y levantando el brazo con toda la fuerza, dio con el martillo al huevo, que se rompió en mil pedazos con un barullo endiablado.

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