sábado, 10 de marzo de 2018

4º Capítulo: El Agujero




Lo había hecho, había machacado el huevo, pero sus ojos no veían nada. Con el golpe, había roto la pureza redonda de aquel artefacto caído de quien sabe dónde o puesto por quién sabe quién, y en su lugar vio una especie de niebla que emergía del vacío, del agujero en el aire que había dejado el huevo al romperse, unos vapores de color indefinido, entre el azul oscuro, el negro y el rojo, que iba llenando el espacio del Aposento. Era una niebla de pigmentos iridiscentes que salía de aquel agujero invisible y que picaba los ojos, los oídos y la piel, que parecía hecho de una textura de luz difusa, de las que sabemos que no vienen de ninguna bombilla ni del sol ni de la luna, ni tampoco de una composición química determinada, sino que nos lo imaginamos como un resplandor casi corpóreo que procede de un fuego lejano, tal vez de las estrellas, que es como solemos calificar la luz cuando no sabemos de dónde viene.

Entonces lo vio. El Aedo, desde cuyos ojos se había contemplado hacía un rato, subía por sus propios hilos y llegaba al mando que colgaba del techo. Despegaba los hilos de la madera donde estaban atados, desenredándolos uno a uno. Con la ayuda de las otras marionetas, fue bajando hasta saltar a tierra. Se plantó delante de Manuel, levantó una mano y dijo:

- Hola.

Permaneció Manuel sentado en su silla con Matilde apagada en los labios, tras apurarla hasta las últimas caladas. Atónito y callado como una tumba, contempló como todas las marionetas del Aposento se ponían en movimiento, con una lentitud exasperante al principio, luego con más brío, como si se fueran cargando de una energía que él sólo podía asociar a la luz oscura que había salido del agujero del huevo y que llenaba el aire de la habitación.

También él se sentía en un mundo extraño, como si aquel vapor lo hubiera traspasado hasta el tuétano, cargándolo de una energía desconocida, que tuvo la virtud de hacer soportable el pánico, eso sí, como si él fuera una marioneta más poseída por aquella curiosa vitalidad que animaba a los cuerpos inertes de madera, los cuales, en principio y por regla general, no tienen porqué estar en movimiento.

Pasó un rato y se dio cuenta que en el Aposento reinaba un alboroto insólito, ya que todas las marionetas hablaban a la vez con sus voces características, que no eran otras que las que él les había dado a lo largo de toda su vida. Barullo y agitación de todos aquellos personajes que habían salido de su imaginación y que ahora se movían y charlaban como cotorras a su alrededor.
Sólo el Viejo permaneció quieto y en silencio. Se había acercado a Manuel y apoyaba un codo en su rodilla, mientras lo contemplaba desde la mirada distante y profunda de sus ojos de vidrio.

Las figuritas de los títeres, ya liberadas de hilos y controles, habían abierto la puerta y se esparcían por el resto del taller. La niebla de colores difundidos fue llenando el interior de la gran sala del taller donde colgaban las otras marionetas enfundadas como jamones. Y enseguida, mirando de reojo a través de la puerta, vio como algunas de ellas empezaban a moverse y a bajar del techo, ayudadas por las que habían escapado del Aposento.

Los dos títeres comprados en los Encantes, Kalim y Kilam, eran los más animados de todos, saltaban de un lugar a otro agarrándose con las manos por las cuerdas y los ingenios que colgaban del techo, como si fueran monos en una selva.

Cargó entonces la pipa, le dio fuego con su encendedor de gasolina, e hizo una profunda calada. Miró al viejo, que permanecía siempre a su lado y finalmente dijo:

- ¡Aedo! ¿Puedes  explicarme qué demonios está pasando aquí?

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