domingo, 11 de marzo de 2018

5º capítulo: El origen de los orígenes






- Tú has puesto el huevo, Manuel, con nuestra ayuda.

Así empezó a hablar el Aedo, también llamado el Viejo o el Poeta, con la voz grave que siempre le había dado cuando necesitaba sus intervenciones. Una voz que salía como encajonada de aquella garganta de madera, de una boca que se abría y se cerraba de un modo mecánico, a través de las articulaciones que su constructor le había hecho.

- Todo esto viene de lejos, de cuando las cosas no eran como hoy son, y de cuando los mundos que conocemos todavía estaban por hacer. Escucha, Manuel, escucha el relato de los orígenes y de cómo hemos llegado hasta aquí.

Hace muchos, muchos años, tantos que medirlo en años sería como querer contar las gotas del océano, en el mundo no había nada, salvo el desorden originario donde los dioses, tontos pero poderosos, creaban estrellas, mundos y constelaciones.

Los primeros mundos fueron fríos e inhóspitos, fruto de las mentes primitivas de aquellos dioses primordiales, aburridos y previsibles, en los que la vida era muy difícil que naciera.

Pronto apareció una segunda generación de dioses juguetones y fantasiosos, los cuales crearon mundos bonitos y llenos de comodidades, ya que se ponían en el lugar de las criaturas que habían creado, con ánimos de disfrutar de sus inventos y maravillas.

Un tercer grupo de dioses, que compartían a la vez las características aberrantes de los primeros y las juguetonas de los segundos, crearon mundos contradictorios y complicados, los cuales se dividían siempre en dos, separando la noche del día, el negro del blanco, el frío del calor, la luz de la oscuridad...

Estos dioses rodearon a las recién creadas criaturas de todo tipo de seres, algunos amables y otros peligrosos y antipáticos. Uno de estos seres era la Muerte, que se presentaba irremediablemente a las criaturas vivas para llevárselas y dejarlas sin vida, tirándolas como quien dice a la basura.

Era imposible escapar a la Muerte, así lo habían decidido aquellos dioses crueles que lo hacían todo contradictorio y partido por la mitad. Y así como a la pálida luna le sucede la luz solar, a la oscuridad de la Muerte le sucedía el brillo de la vida.

Las cosas, sin embargo, no siempre salen como uno lo desea, y los mismos dioses tienen sorpresas y contratiempos. Un día, en los mismos inicios de la creación, unos dioses más juguetones de la cuenta, pusieron un huevo. Era una apuesta arriesgada, ya que cuando se pone un huevo, nunca se sabe lo que puede salir. Y es así como de aquel huevo primigenio nació una raza especial de criaturas, llamativa como pocas, que se diferenciaba de las hasta entonces existentes por el extraordinario uso que hacían de la mente.

Las formas de estos seres las modelaba su imaginación, de manera que cada una tenía una cara diferente, ya que nunca se estaban quietas y les gustaba cambiar de gusto y de aspecto. Estas criaturas éramos nosotros, Manuel, nuestros antepasados, los títeres. Gracias a nuestra imaginación creamos los paisajes que nos eran más queridos, con profusión de otros seres de compañía. Y, para redondearlo, inventamos la manera de vencer a la muerte, desafiando de esta manera a los creadores, que se vieron con un palmo de narices ante la osadía de aquellos rebeldes salidos del huevo, y que se atrevieron a ser libres y a proclamarlo, riéndose de los mismos dioses, atrapados como estaban en sus fuerzas imponentes.

Y es así como los dioses, enfadados como nunca antes lo estuvieron, castigaron a aquella raza de seres libres y desobedientes.

Agarrándonos con sus manos poderosas, nos pusieron guantes, hilos y varillas, de manera que a partir de aquel momento, sólo nos podríamos mover manipulados por otros.

Pero los dioses son demasiado perezosos para entretenerse a mover criaturas con hilos. Se inventaron para ello una raza de esclavos que llamaron titiriteros, encargados de mover a los antiguos rebeldes con sus guantes, hilos y varillas.

Fuimos entonces condenados a vivir en unas cajas cuadradas que se llamaron retablos, a merced del capricho y la voluntad de sus manipuladores, que eran los pertenecientes a esa raza de esclavos llamados titiriteros encargados de mover nuestros guantes, hilos y varillas.

Enseguida se vio, sin embargo, que aquella raza de esclavos, como la de los ratones, era insaciable y se reproducía con mucha rapidez. Tanto y tanto se multiplicaron que al poco tiempo se olvidaron de nosotros, los títeres por los que habían sido creados. Tomaron el nombre de humanos y su conjunto constituyó la Humanidad, la cual pobló los mundos llenándolos de ciudades que eran los hormigueros adonde vivían. Y robándonos los mundos de fantasía que habíamos inventado con nuestra imaginación, crearon las culturas y las civilizaciones, esquemáticas y simplificadas, así como verdades únicas, por lo que siempre estaban en guerra, ya que todos tenían la razón y la defendían hasta la muerte.

Se olvidaron así de nosotros, los títeres, convencidos de que eran libres y que podían ser como los dioses. Pero no lograron vencer a la Muerte, por lo que morían como moscas, ya que todo lo que nace, por narices, tarde o temprano tiene que morir. Pero en su delirio de grandeza, se olvidan de ella, convencidos de que la vida nunca se acaba.

Los títeres, en un comienzo, intentamos explicar nuestros trucos y secretos, pero no nos hicieron ningún caso. Nos encerraron bajo candado en sus retablos y nos obligaron a repetir siempre las mismas funciones, idénticas y aburridas. Ni los propios títeres se acordaban de las viejas historias, de cuando éramos libres y disfrutábamos del poder de la imaginación.

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