martes, 13 de marzo de 2018

7º Capítulo: Sam



Hizo una pausa el Aedo al ver la cara de pasmo de Manuel, que no se había perdido una palabra, abducido por aquel relato que le hablaba de mundos lejanos, secretos y desconocidos.
Encendió la pipa, que se había apagado después de fumar todas las palabras que había escuchado, ya que para él ese aparato de quemar tabaco y hacer humo era una especie de segundo cerebro que consumía todo lo que pasaba por su entendimiento. Aquella historia sin pies ni cabeza lo tenía agarrado por el pescuezo, atrapado por unas significaciones que no entendía pero que le removían los fundamentos más íntimos de su persona.

- ¿Y el huevo?

Se hizo un silencio.

En ese momento se acercaron Kalim y Kilam, los dos títeres que saltaban como dos monos agarrándose con las manos. Reían por los codos, excitados por no se sabía qué, y se acercaron a las manos de Manuel, como si quisieran que los calzara. El Poeta les hizo un gesto con la cabeza, y los dos pequeños títeres de rostros retorcidos escaparon subiendo por cuerdas y poleas.

- ¿Conoces a estos dos diablos?

- Kalim y Kilam. Es una larga historia la suya. Ellos fueron los primeros en regresar al planeta. ¿Quieres que te lo cuente?

No contestó pero sabía Manuel que se moría de ganas de escuchar su historia. Siempre le habían intrigado aquellos dos títeres, de los que era imposible adivinar la procedencia, fascinado por sus rasgos vigorosos que si algo recordaban eran las poderosas tradiciones rusas y centroeuropeas, de rostros marcados por la locura y la tragedia. Cargó la pipa Manuel y el Poeta empezó a hablar.

Hubo una vez un humano llamado Sam. Había nacido en el seno de una familia normal y se ganaba la vida como una persona cualquiera. Vivía en una ciudad moderna, como tantas hay en el mundo, y las cosas parecían ir la mar de bien. Diponía de un trabajo que no le gustaba, como todo el mundo: tenía un coche, vivía en un piso y miraba la televisión. Algo, sin embargo, no funcionaba. Aquella normalidad le deprimía. Sentía un vacío crecer en su interior. Le llenaba el alma y le sacaba el ansia de vivir.

A Sam le cayó un día el mundo encima. Nada le interesaba y la vida no tenía sentido alguno. Poco a poco dejó de ir al trabajo, empezó a beber y se olvidó de ir al supermercado. Se pasaba los días mirando la televisión y bebiendo cerveza, hasta que le cortaron la luz y lo sacaron del piso, porque hacía tiempo que no pagaba las facturas.

Pronto se encontró en la calle, sin deseos de vivir y sin saber adónde ir. Se puso a caminar por las calles de la ciudad y luego por las carreteras y los campos que la rodeaban. Entró por zonas abandonadas y peligrosas, ya que no tenía conciencia de nada y pensaba que morir sería lo mejor. Exhausto y con ganas de acabar de una vez, se metió donde seguro no podría salir: una tumba, el lugar donde los humanos entierran a sus muertos. Pensaba que allí la Muerte tendría que encontrarlo sí o sí. Todo hacía creer que tenía razón. Y sin embargo, no siempre las cosas ocurren como uno se espera....

Tirado en la tumba como un muerto aún vivo que aspira a serlo, sintió unos pasos que se acercaban. El miedo no le afectaba, ahora que había decidido terminar de una vez. Ya podía venir la misma muerte en persona, que él se quedaría allí esperándola. Los pasos cada vez estaban más cerca y al fin la vio. Una figura repulsiva que arrastraba una capa de color ceniza que cubría un esqueleto. Era la Muerte, claro, que venía a buscarlo. Sintió que lo llamaba, ¡Sam, le decía, ha llegado la hora! Bien lo sabía él, que había llegado la hora. La teatralidad de la situación le hizo reír, lo que no gustó nada a la Señora. Pero al comprender que la cosa iba de verdad, sacó sus últimas fuerzas para decir:

- ¡Estoy preparado, vamos!

La Muerte se acercó más. Sentía su aliento, un hedor a cerrado, procedente de cavernas profundas desprovistas de ventilación, cuando de repente oyó un 'cloc'. Un bastón le había dado con toda su fuerza en la cabeza redonda de la Señora. Esta se detuvo en seco. Un segundo golpe le acertó de lleno y casi le pareció a Sam oir un crujido, algo impensable, ya que de por si la Muerte es inmortal y debe ser inmune a los accidentes.

Y entonces lo vio. Un rostro distorsionado, ridículo y retorcido, el de un viejo de cara de madera que sin embargo parecía moverse con una agilidad pasmosa, con un garrote entre sus brazos con el que daba estopa a la pobre señora de la capa sucia y el cuerpo de esqueleto.

- ¡Fuera, fuera de aquí, vieja asquerosa, vete!

Con gritos desgarradores y a golpes de bastón, la aparición consiguió que la Muerte, soplando como una serpiente, se fuera. Sam se quedó aterrorizado. ¡Estoy soñando!, se dijo. Pero el golpe que recibió en la cabeza no fue ninguna ilusión. ¡Aquel espantajo lo estaba aporreando! Pocas fuerzas le quedaban al desahuciado humano como para resistir aquel ataque. Perdió el sentido en un santiamén.

No había tiempo que perder. Sabía la esperpéntica aparición que la Muerte no tardaría en regresar, y que aquel humano estaba más en el otro barrio que en éste. Sacó de sus bolsillos dos trapos sucios, una especie de guantes largos que tenían una cabeza en su extremo, y los calzó en las manos de Sam.

Con una aguja horriblemente gorda atada a un hilo de estos de zapatero, cosió los guantes a la carne del pobre moribundo, quien no sentía nada, aturdido como estaba por la somanta recibida. Una vez terminada la truculenta operación, levantó los dos guantes que le había puesto. Dos títeres sangrientos emergían de los extremos de los dos brazos del pobre Sam. La aparición emitió un grito que resonó por la tumba como procedente de otro mundo. Y en el acto, los dos títeres despertaron. El viejo del bastón los sacudió todavía un rato, y no después de someterlos a un baño de gritos y de tacos horripilantes, desapareció tragado por la oscuridad de la tumba.

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