viernes, 27 de abril de 2018

10º Capítulo (2a parte): El Pueblo Español



Plaza Mayor del Pueblo Español. Foto de AndrésVilla, Google Earth


Había quedado con el señor Quinqué en uno de los bares de la Plaza Mayor del Pueblo Español, un lugar que hacía más de cuarenta años que no visitaba. No entendía el entusiasmo que su guía mostraba por aquel antiguo parque temático de la arquitectura y de la artesanía popular, arrinconado por la historia pero, al parecer, aún visitado por los turistas. ¿Qué se le había perdido en aquel reducto decadente de la vieja Barcelona? Y sin embargo, sabía que con el señor Quinqué, las sorpresas estaban aseguradas.

Cruzar las imponentes torres de Ávila por donde se entra en el Pueblo Español fue atravesar una cortina hecha de años y de recuerdos. Respiró una atmósfera antigua que contrastaba con el vestuario de la gente, lleno de pantalones cortos y camisetas de colores, bastante numerosa a aquella hora de la mañana. Ya tendría tiempo de ver los detalles desagradables de las innovaciones de estética plastificada que sin duda se habían implantado.

Lo descubrió en un bar sentado en un rincón de la plaza. Llevaba su inconfundible sombrero de paja y el conjunto fresco de verano que solía vestir.

- Buenos días, Manuel! Mire qué día más bonito nos ha tocado hoy, ideal para visitar este lugar entrañable sin tener que sufrir demasiado por el calor, fíjese en estas nubes tan alegres que nos cubrirán un poco del sol, ¡una presencia que ni pintada! ¡Pero siéntese, siéntese, aquí se está de maravilla!

- Es espléndido verlo tan contento, señor Quinqué, pero mientras venía hacia aquí, no dejaba de preguntarme por qué razón me ha citado en el Pueblo Español. ¡Llevaba más de cuarenta años sin pisarlo!

- ¿No le parece un motivo más que suficiente para venir? ¡Cuarenta años de abstinencia!, permítame que lo exprese así, porque no se me ocurre decirlo de otra manera. ¿Cómo es posible que no se sienta atraído por esta maravilla de la Barcelona de los años veinte?

Se quedó mudo el titiritero ante aquel comentario un poco exagerado del guía, pero que coincidía bastante con lo que sentía.

- No, no diga nada, Manuel, espere antes de hablar que la razón entre por la puerta grande de la evidencia. Piense que los prejuicios arraigados son muy difíciles de extirpar, y cuando menos se insista, mejor, ya que las palabras nunca son inocentes. Cuando uno critica u opina en contra o a favor, sea sobre lo que sea, son las mismas palabras las que luego se resisten a no querer cambiar de signo y de juicio, pues no todo el mundo conoce esta disciplina tan importante para nosotros, los que trabajamos con el señor Mercurio, de jugar con las palabras y girarlas al revés como un calcetín al que se le da tantas vueltas como a uno le entra en ganas. Porque nada hay más triste que las personas sean esclavas de sus palabras, que seguramente ellas nunca han proferido sino que han recibido ya dichas y bien cocidas, atrapadas por mensajes que corren por los aires como si fueran vientos y corrientes de aire que te resfrían y te crean una tortícolis de aúpa...

Dio Manuel un vistazo a la plaza y vio que nada había cambiado, salvo los pequeños cartelitos puestos por todas partes con números para las guías auriculares. También vio a turistas, extranjeros y nacionales, con los correspondientes aparatos de esos que te hablan al oído y te explican lo que ves, una moda en los museos de hoy en día.

- Déjeme explicarle porque considero el Pueblo Español uno de los puntos capitales de Barcelona en lo que se refiere al turismo, lo que demuestra la extraordinaria visión estratégica que sus grandes hombres han tenido desde las épocas más antiguas.

Sacó del bolsillo dos puros y pensó Manuel si no serían estos artefactos de hacer humo y quemar tabaco el combustible que hacía hablar al guía. En su caso, encender el cigarro y sentir como la pipa interior entraba en combustión, fue todo uno.

- Sí, Manuel, nos encontramos ante el caso insólito de un encargo que, en vez de ser tratado a la ligera, fue resuelto con una finura y una exigencia artísticas poco común en un país mediterráneo. Fíjese que los responsables, dos magníficos arquitectos y dos artistas de relieve, con un coche pagado por el Ayuntamiento, un Hispano-Suiza de estos tan imponentes y elegantes, se lanzaron a recorrer todo el país visitando 1.600 poblaciones ¿Se lo imagina, Manuel?, ¡1.600! Buscaban los edificios más curiosos e interesantes de cada lugar, no los más conocidos, fíjese en este detalle, mientras recopilaban cientos de fotografías y de dibujos hechos durante el viaje. ¡Admirable al cien por cien!

Sus ojos, con algunas lágrimas fruto de la emoción, parecían seguir las 1.600 poblaciones que habían recorrido los autores del Pueblo Español.

- Tenían una idea clara: crear un verdadero pueblo, un pueblo ideal, donde los diferentes edificios pudieran convivir y ajustarse entre sí a través de un plan urbanístico atractivo y coherente. Respecto a los contenidos, se mostraría la riqueza y la diversidad no sólo arquitectónica sino artesanal del país. Unidad y diferencia. ¿No le parece sensacional? Lo tenían que derribar seis meses después de acabada la Exposición, pero fue tal su éxito, que el Ayuntamiento decidió salvarlo como un capricho que la ciudad se regalaba a sí misma.

Echaban nubes de humo los dos, que subían por la atmósfera de la Plaza Mayor cuál signos de admiración que la agradable brisa de la tarde deshacía y se llevaba, como si el aire fuera una pipa de reciclaje con ganas de fumarse aquellos humos cargados del placer admirativo de sus fumadores.

- Fíjese de qué modo se anticiparon aquellos cuatro artistas al crear un primer parque temático avant la lettre, capaz de juntar arquitectura, sociedad y artes populares desde el respeto y una fidelidad hoy en día insólitas, todo hecho a escala humana y desde una mirada llena de buen gusto y de ponderación. Un conjunto escenográfico, como no podía ser de otro modo, que ha llegado hasta nuestros días, sobreviviendo a décadas truculentas de la Historia. ¡Un milagro colosal!

- Creo que estos contenidos hoy ya no son los mismos ...

- Tiene toda la razón, una lástima que se haya perdido este elemento básico que daba carácter al Pueblo Español, la artesanía, con apenas dos o tres talleres de verdad hoy en pie. Pero los tiempos cambian, Manuel, y añada usted la desafección que siempre han profesado los barceloneses hacia el lugar por su nombre: llamarse Español le ha dado mala prensa y una cierta animadversión, un sin sentido, cuando la mitad de la gente es de fuera y se siente española. Pero ya sabe que no hay bien que por mal no venga, pues esta retirada de los barceloneses, hoy menos acusada, todo hay que decirlo, ha permitido que el Pueblo Español haya pasado los años con discreción, lo que sin duda lo ha mantenido en pie y lo ha salvado, al evitar que ideas geniales de mentes preclaras lo hayan podido estropear, dándole la vuelta sin ton ni son.

- Y ahora, ¿qué contiene?

- Restaurantes y tiendas de souvenirs, ya sabe, el complemento de nuestra industria principal, con la fábrica de vidrio que se mantiene intacta con los vidrieros soplando sus tubos sin parar. Y por la noche, flamenco y discotecas. Nada del otro mundo, pensará, y tiene razón. Ahora bien, entra aquí en juego una consideración que, si me lo permite, creo necesario exponer.

Afirmó con la cabeza Manuel, sorprendido por el tono del señor Quinqué, que se había acercado hablando bajito para que nadie los escuchara mientras miraba de reojo.

- Vea como hoy en día el turista, procedente de clases más bien bajas y medias, si lo miramos desde una perspectiva generosa y distanciada, se ha convertido en una figura yo diría que entrañable de carácter humilde y popular, indispensable para llenar y dar cuerda a los servicios propios de la ciudad que los acoge, me refiero a los más sencillos y baratos. Creo, Manuel, y lo digo sin levantar la voz, que esta es la razón principal de la manía que se tiene aquí a los turistas: la clase media de la ciudad, empobrecida por la crisis, se ve reflejada en estas pobres criaturas de bajo coste y de un gusto dudoso, y ¿quién soporta verse reflejado en su verdad?

- Caramba, Quinqué, jamás lo hubiera pensado así...

- No lo dude, Manuel. Y ese es también el motivo de que el Pueblo Español guste a los turistas: aquí se sienten tratados como turistas de verdad, de aquellos ricos de antes, a diferencia de cuando pasean por el centro de la ciudad, donde saben muy bien que son considerados como una clase popular más, tan aburrida y deprimente como la local, y a la que todo el mundo pretende desvalijar.

Se quedaron en silencio, sopesando las graves afirmaciones lanzadas por el señor Quinqué, que miraba a los turistas con ánimos de saludarlos y de querer ayudarlos en lo que hiciera falta, aunque sabía que demasiada solicitud a veces era recibida con reticencia por los desconocidos, temerosos de ser estafados.

- Yo, Manuel, soy dos veces amable con los turistas, para contrarrestar los posibles malos tratos recibidos por sus enemigos populares, que los odian porque se ven retratados en ellos y no les gusta la imagen que ven. Pero no se debe culpar a nadie, ya que así es el orden de las cosas, que se equilibran por donde uno menos se lo espera, siendo el Pueblo Español uno de estos reguladores sociales que hacen que los extranjeros se sientan turistas sin tener que disimular, y que permite también a los locales representar el mismo papel, con lo que se crea un estado de ánimo de reconciliación y de una cierta hermandad universal, a pesar de las oposiciones crónicas que ponen color y gusto a la convivencia.

Se habían levantado y caminaban en dirección a las escaleras que reproducen las de Santiago de Compostela, muy retratadas por los visitantes. Pasaron antes por los porches renacentistas del magnífico Ayuntamiento, un edificio precioso copia del de Valderrobres, capital de la comarca del Matarraña, en Teruel, con un salón noble reproducción del Palau de la Generalitat Valenciana, suntuoso y muy solicitado para fiestas, bailes y bodas. Todo eso se lo iba explicando con entusiasmo el señor Quinqué, que cumplía implacable con sus deberes de guía.

- No es oro todo lo que reluce, Manuel. Los responsables actuales del Pueblo Español venden a veces su alma al diablo por cuatro duros, y algunas noches es imposible venir a pasear y fumarse un puro, al alquilar las instalaciones o el Pueblo entero a grupos que básicamente vienen a emborracharse, hordas salvajes de las que es mejor mantenerse a distancia. Un sin sentido que no se acaba de comprender...

Subieron por las escaleras de la capital gallega, admirando Manuel los detalles tan bien reproducidos por aquellos artistas del año 29, que se ajustaron a la realidad de los edificios escogidos con un mimo tan escrupuloso que resultaba entrañable y altamente naïf a los ojos torpes de la actualidad.

- Mire, mire, Manuel, aquella torre. ¿Sabe qué es?

- No lo recuerdo, Quinqué. Parece alguno de estos minaretes convertidos en campanarios que te encuentras por Andalucía ...

- Acertó a medias. No estamos en Andalucía sino en Aragón, provincia de Zaragoza, frente a la torre mudéjar del municipio de Utebo, la llamada Torre de los Espejos, cubierta como está por más de 8.000 azulejos. Una de las más bonitas y única en su género, obra del siglo XVI. Cuando tuvieron que reconstruirla después de la Guerra Civil, no tuvieron más remedio que venir a Barcelona para copiar la que tenemos aquí, en el Pueblo Español, y recuperar algunos detalles de su factura que se habían perdido. ¡Extraordinario al cien por cien!

Desbordaba excitación y entusiasmo el señor Quinqué ejerciendo sus funciones de guía, demostrando que era un profesional que vivía su oficio como si fuera la primera vez que visitaba ese lugar, cuando era obvio que había venido miles de veces.

Consideró Manuel que necesitaba separarse un rato de su guía, incapaz de seguir con suficiente convicción tanto entusiasmo, lo que sucedió de una manera natural, cuando el mismo Quinqué le indicó que necesitaba acudir un momento a su oficina, que por lo visto se encontraba en algún lugar del mismo Pueblo Español.

- El señor Mercurio quiere mucho este lugar y es de los pocos que ha logrado instalarse en él. ¡Un absoluto privilegio, como puede comprender! Mire, mi despacho está aquí.

Le dio un papel con unas indicaciones y desapareció entre un grupo de turistas.

Seguía fumando el puro Manuel, con la pipa interior sacando humo a todo trapo, como si el entusiasmo de Quinqué fuera combustible que iba directamente al huevo convertido en pipa, cargando la invisible pero potente cazoleta.

Se metió por la calle Arcos, una reproducción del típico callejón andaluz de muros blancos y balcones llenos de flores, donde se anunciaban tiendas de cristales y joyas así como un tablao flamenco, y alcanzó la plaza que daba al taller de soplar vidrio, un lugar que de pronto recordó de la infancia, de cuando solía venir con su padre a ver cómo se hacía el vidrio.

Se acercó y comprobó sorprendido que era exactamente igual a como lo recordaba, o al menos así le pareció, un verdadero taller con hornos encendidos donde operarios cubiertos de batas sucias ejercían su oficio ante la mirada de los visitantes, turistas y locales, admirados de que aún se conservaran lugares como aquél, un poco dejado de la mano de dios, pero orgulloso de seguir funcionando como si los años no contaran para él. Agarrado a la barandilla que separaba al público del espacio de trabajo, situado como un niño más que no se perdía ninguno de los movimientos de los vidrieros, inquieto y movedizo, vio al Perico del Cohete en el Culo.

Se saludaron con un gesto imperceptible. De repente, Perico se le acercó y con su voz chillona y estridente, dijo:

- ¡Sígueme!

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