lunes, 30 de abril de 2018

11º Capítulo (2a parte): La función





Giraron a izquierda y entraron por la calle del Palacio de Peñaflor, de Écija, con aquel balcón tan largo y bonito que sigue la curva del edificio en la parte andaluza del Pueblo Español. Vio al Perico desaparecer por un portal del Palacio y se acercó a él. La puerta estaba abierta y, al entrar, se cerró sola.

Siguió por un pasillo largo y poco palaciego hasta llegar a una puerta que decía: 'Sala de Teatro'. Empujó y se detuvo en el umbral, atónito: ante él vio una platea de un pequeño teatro barroco con un escenario al fondo, con los asientos ocupados por todos sus títeres y otros personajes familiares que no recordaba en ese momento, los cuales gritaban y se movían con un alboroto de mil demonios.

Dudó si dar media vuelta y echar a correr, pero pensó que la mayoría por no decir la totalidad de aquellas personitas eran criaturas suyas y que no había nada que temer. Tenías que acostumbrarse a ese tipo de situaciones, absurdas pero reales, que empezaban a formar parte del día a día.

Al aparecer Manuel, se detuvo el alboroto y algunos aplaudieron. Kalim y Kilam, colgados en  una de las barras de luces de la sala, se pusieron a chillar como los dos títeres impertinentes que eran, lo que puso en marcha de nuevo el griterío. En la primera fila se sentaba el Aedo con una pipa en la boca. Era una pipa de atrezzo, ya que los títeres no pueden fumar al no tener pulmones ni tráquea, pero el viejo poeta había conseguido sacarle humo no se sabía cómo. Se sentó a su lado Manuel.

- ¿Se puede saber qué hacéis aquí?

Rió el poeta con su característico cloc cloc cloc de la madera al chocar entre sí.

- Has llegado justo a tiempo. Estamos a punto de levantar el telón.

- ¿Ah si? ¿Y qué teatro es este?

- Tú nos lo has enseñado todo, Manuel. Este es el Teatro de los Mundos, la puerta de nuestra imaginación abierta a la ciudad, al mundo! ... ¡Nosotros hablamos por tu boca, Manuel, no te olvides de eso!

Había elevado el tono de voz el Aedo y se hizo un silencio repentino, ya que todos los títeres querían escuchar las palabras del más viejo y sabio de la pandilla. Subió despacio la escalerilla central que daba al escenario. Una vez arriba, levantó los brazos y dijo con la voz pomposa que tan bien conocía Manuel:

- ¡Mirad como los mundos fueron creados después del gran estallido que generó todo lo que existe!

Y entonces, mientras el Aedo se ponía a un lado, se oyó un rumor extraordinario que procedía del mismo escenario, que se llenó de espirales y de unos círculos que giraban en el aire y que adquirían formas extrañas pero reconocibles por algunos de sus rasgos animales y de figuras humanas. Se dio cuenta de que el rumor era una especie de música espectacular de estas que hacen chocar masas orquestales entre sí, con un escándalo de mil demonios, como si fueran olas que se rompían y se confundían en una confluencia sonora aterradora, sin coherencia ni armonía, pero dotada de una fuerza interior que surgía de la propia forma que le daba la energía que lo empujaba, cuyas formas se mezclaban y jugaban a tragarse mutuamente, con cascadas de chispas sonoras que tenían su traslación al escenario en miles de chasquidos luminosos. Todos en la platea de aquel Teatro de los Mundos, como lo había bautizado el Aedo, quedaron en silencio, clavados en los asientos como si fueran estatuas de piedra, tal era la impresión que producía la música y las imágenes que brotaban del escenario.

La voz del Aedo se impuso de nuevo en la sala:

- Mirad, mirad como los dioses crearon mundos, soles y galaxias cada uno con sus particularidades, aberrantes las unas, tranquilas y amables las otras, sin que nada ni nadie pudiera cambiar el orden de las cosas, las cuales sin embargo estaban siempre en movimiento y sometidas a cambio constante!

Vieron entonces como el espesor de aquellas formas que se creaban y estallaban en millones de chasquidos, se fue retirando al fondo del escenario mientras salían nuevas formaciones luminosas que recordaban los dibujos de las galaxias del cielo, las cuales aparecían y desaparecían en oleadas infinitas una tras otra, mientras la música evolucionaba hacia un despliegue insólito de formas sonoras cada una con su lógica y su ritmo, tal vez representando la singularidad de cada galaxia, que se sucedían, superponían y transformaban en un borboteo constante que parecía no tener fin.

Duró un largo rato aquella secuencia hipnótica de mundos que aparecían uno tras otro mientras sonaban las orquestas invisibles, hasta que la voz del Aedo volvió a oirse:

- Así los mundos se expandieron por el Universo. Pero los dioses, impacientes y caprichosos, generaron unos seres que sin disfrutar de la vida como nosotros la conocemos, eran listos, imaginativos y anhelaban la libertad. Estos seres fuimos nosotros, los títeres, sin las figuras que hoy tenemos, pero con las formas que nuestra imaginación nos daba, empujados por este deseo de ir siempre más allá, libres de los dioses y de sus imposiciones!

Hubo un estallido eufórico en el escenario, ocupado de pronto por miles de formas que se movían de mil modos diferentes, con sonidos articulados unos, no tanto los otros, estallido que despertó de inmediato el griterío de la platea, entusiasmados todos de ver aquel despliegue abigarrado de sus ancestros representados en aquel teatrillo insólito del Pueblo Español.

Manuel no pudo menos que gritar y aplaudir también, entusiasmado por lo que veía, sin importarle un bledo quién diablos se encontraba detrás de la representación. Estaba fascinado por las imágenes, pero sobre todo por la música, que salía como si hubiera en el escenario tres o cuatro orquestas de las sinfónicas de verdad, cuyos músicos, sin embargo, no se veían por ninguna parte. ¿Pero qué importancia tenían estos detalles?, pensó, mientras chupaba con fruición del cigarro que le había dado el señor Quinqué.

Enardecido como nunca lo había estado, Manuel echó un vistazo al teatro, dándose cuenta de la nobleza de sus ornamentos, con palcos preciosos cargados de dorados y cortinajes de terciopelo rojo, de pequeño tamaño, eso sí, pensados quizás para las dimensiones de las marionetas que los ocupaban. El techo contenía pinturas que representaban escenas mitológicas con personajes de la tradición de los títeres, con muchos arlequines, pierrots y polichinelas, mientras del centro colgaba una lámpara inmensa de lágrimas de cristal como las que hay en algunos salones de casas nobles. Los mismos asientos eran de madera tallada oscurecida por el tiempo y estaban forrados de terciopelo rojo. ¡Nunca hubiera sospechado que en el Pueblo Español hubiera un espacio como aquel! ¡Y nadie prohibía a nadie fumar!

El Aedo levantó de nuevo la voz con severidad potente.

- Nosotros éramos y somos la imaginación despierta de los dioses, ansiosos de disfrutar de todos los mundos que iban creando, los cuales cambiaban y se transformaban a una velocidad enorme, en direcciones a veces que nosotros inducíamos, sin poder nunca determinarlas con exactitud, de tan fuertes que eran las inercias creadas por las fuerzas primordiales que rigen los mundos.

Veían como aquellas formas de los títeres primigenios, con figuraciones que cambiaban cuando les apetecía, emitían unos sonidos que no eran exactamente voces pero que lo parecían, por lo que a la sonoridad de los instrumentos orquestales se sumó la de estas voces, con unas modulaciones extrañas que podían ir desde los tonos más graves a los agudos más estridentes, y que recordaban los gritos vivos y llamativos de la lengüeta, este peculiar instrumento que usan los titiriteros para poner voz a los héroes del teatro popular de títeres. El conjunto, sin embargo, tenía una dimensión cosmológica aterradora, como si el mismo Universo en persona hiciera sonar su propia orquesta compuesta de músicos e instrumentos oriundos de todas las galaxias y soles, para que resonara en el escenario de aquel Teatro de los Mundos. Le era imposible a Manuel definir la música, un rumor gigantesco y sutil al mismo tiempo, imagen de las corrientes subterráneas de todo lo que existe y que no para de moverse bajo la batuta de la imaginación del tiempo.

- ¡Pero, atención! ¡El rumbo imprevisto de los acontecimientos cósmicos coge a menudo caminos que pueden incluso dejar atónito al mismo Tiempo! ¡Amigos, los dioses se enfurecieron como nunca se habían enfurecido cuando vieron aquellas criaturas primordiales salidas de su propia imaginación disfrutar de su libertad y reírse de quienes los habían creado, quienes no pudieron soportar ser motivo de mofa y escarnio!

Vieron entonces el escenario transformarse por completo mientras aparecía una figura monstruosa y gigantesca, sin rasgos definidos y  provista de dos cabezas, unos brazos descomunales, manos que parecían raíces de árbol y piernas que se dirían columnas de la tierra alzadas en medio de potentes terremotos. En una de las manos llevaba una aguja inmensa como las que usan los zapateros pero del tamaño de un gigante, con un hilo atado en la punta. En la otra mano, agarraba el cuello de una de aquellas figuras pescada al vuelo de los primeros títeres.

La platea enmudeció al acto, ante la terrorífica imagen. El silencio se podía cortar con un cuchillo. ¡Y entonces, la mano del dios monstruoso alzó la aguja y la clavó en el títere, haciendo pasar el hilo por su cuerpo, mientras se oía un grito desgarrador, un grito que resonó por todo el Universo y que dio vueltas y más vueltas por la sala de teatro como un huracán enloquecido que juntaba todos los vientos y las flautas de todas las orquestas del mundo entero!

Mil gritos de dolor y de espanto brotaron de la platea, con el correspondiente concierto de castañuelas de las bocas de madera chocando entre sí, mientras el dios enfurecido clavaba una y otra vez la aguja atando al títere con los hilos que a partir de entonces limitarían los movimientos de las pequeñas criaturas que habían nacido para ser libres.

La voz potente del Aedo regresó y calmó el pavor que se había extendido en la platea.

- Así terminó nuestra época gloriosa, cuando vivíamos en libertad por los mundos que se iban creando, mientras indicábamos a los dioses los caminos a seguir. ¡Pero cuidado! Cuando los dioses nos pusieron guantes, hilos y varillas, y nos hicieron esclavos de esta raza de criaturas encargadas de movernos y de manipularnos, la que acabó formando la Humanidad, de alguna manera ataron ambos destinos. ¡Por eso estamos aquí! ¡Nuestra libertad será la de los humanos o no será! ¡Éste es el terrible hado de nuestra condición!

Los gritos se fueron allanando ante la gravedad de las palabras del Aedo, que miraba más allá del teatro, como si su pensamiento se encontrara aún en los espacios primordiales cosmológicos que había invocado con la palabra.

De repente, en el escenario apareció el huevo, el Aposento y el mismísimo Manuel sentado en su silla. Pero no era él sino una marioneta, la que había hecho una vez para representarse a sí mismo, y que ahora aparecía también liberada de los hilos en este Teatro de los Mundos. Se dio cuenta Manuel que su réplica de madera tenía la misma autonomía que tenían los otros títeres, y le angustió ver qué sería capaz de hacer y decir aquel doble suyo en el escenario.

El Aedo se acercó al Manuel marioneta, señaló al huevo y dijo:

- Manuel, tú has puesto el huevo, tú nos has convocado. Ahora, debes iniciar la nueva etapa.

La marioneta de Manuel se levantó y con el martillo en la mano, rompió el huevo tal como lo había hecho días atrás en el Aposento. El ruido espantoso del huevo al romperse generó esta vez una corriente sonora que sopló como un vendaval por todo el escenario y por la platea, mientras veía los vapores que entonces lo habían envenenado convertirse en esa luz primordial de tonos oscuros y brillantes de la que habían salido las mil formas de los títeres primitivos, las cuales volvieron a aparecer con sus sonidos infinitos, dando vueltas como almas enloquecidas. Poco a poco, el ruido se fue calmando hasta desaparecer del todo.

El escenario se vació y vio como la pared del fondo se abría a una de las plazoletas del Pueblo Español, concretamente la de la Fuente, llena de visitantes con un grupo de japoneses muy callados escuchando las explicaciones de otro japonés que hablaba con un micrófono en voz baja, al llevar todos auriculares que los conectaban uno a uno a las palabras del guía.

- ¡Admirable al cien por cien!

Era la voz de Quinqué la que sonaba a sus espaldas. Volvió la cabeza y lo vio sentado en la última fila.

- ¿Usted también estaba aquí?

- ¡No me hubiera perdido la función por nada del mundo, Manuel! Piense que al tener despacho en el
Pueblo Español, dispongo de una llave para entrar más o menos en todas partes, y, como es lógico, también en este teatrillo de títeres, aunque, la verdad, nunca lo había visto. ¡Admirable al cien por cien!

Los títeres se habían quedado quietos y callados como muertos en los asientos. El Aedo, que bajaba del escenario, se le acercó.

- Manuel, este es nuestro teatro. Haremos función siempre que quieras.

Desapareció por una puerta pequeña de la platea.

- Creo que podemos salir por aquí mismo, Manuel -le dijo el señor Quinqué, mientras se acercaba por el centro de la platea al escenario.- La Plaza de la Fuente es un lugar precioso, con uno de los mejores restaurantes, ideal para tomar algo y fumarse un puro.

Subieron al escenario y en seguida se encontraron en la Plaza de la Fuente. La puerta por donde habían salido del fondo del teatro no se veía por ninguna parte.

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