martes, 3 de abril de 2018

2a Parte: La Extravagancia. 1er Capítulo: La pipa


 


Atención. Tenemos que introducir aquí un elemento nuevo, esencial para entender la magnitud de los hechos que acontecieron tras el episodio del huevo. Nos referimos al elemento o factor 'pipa', este instrumento de embrujo que sirve para quemar tabaco y que era utilizado con frecuencia por el titiritero Manuel. Una consideración que viene a cuento porque, sin él sospecharlo, la pipa ha tenido un protagonismo inesperado en esta historia descomunal.

Regresemos al escenario de los hechos para preguntarnos cómo reaccionó Manuel una vez solo en el Aposento, afectado por aquella niebla de luz oscura que había salido del huevo.

Pues la verdad es que siguió abriendo el taller y trabajando como si nada hubiera ocurrido. Por suerte, no todas las marionetas habían desaparecido, lo que permitió un cierto aire de continuidad. Eso sí, vació las cuatro cosas que quedaban en el Aposento y lo cerró con llave. También dejó de recibir alumnos, y a los cuatro que tenía los fue despachando con amables excusas. A los pocos días el huevo había quedado en una simple pesadilla de agosto. Pero el Aposento no lo pisaba ni en pintura.

Un día, después de un largo paseo por la playa, acabó sentado en su roca, donde solía descansar con los pies en el agua. Al sacar la pipa, se dio cuenta que no tenía tabaco. Deberé fumar sin fumar, se dijo. Con la Matilde colgada en los labios, dejó que el rumor del huevo, que sentía en la cazoleta de la pipa, se mezclara con el del mar.

El vacío que se había apoderado de su espíritu se volvió en aquella hora tardía más vacío que nunca. Y el hecho de no tener la pipa tabaco aumentó esa sensación angustiosa, de sentirse tan poca cosa en la inmensidad del mundo, del universo entero.

Y de repente, ocurrieron dos cosas.

La primera fue saber con absoluta certeza que la angustia, espesa como nunca, era el mismo vapor de la luz oscura del huevo que lo había envenenado.

La segunda fue darse cuenta de que aquellos humos, que tenían el color de su angustia, salían de una cazoleta que no era la de Matilde, sino de otra pipa que llevaba dentro, más o menos a la altura de la barriga y aún más abajo, como si su propio cuerpo se hubiera convertido en una pipa que sacaba humo a todo gas, el humo de su angustia que era también el vapor de luz oscura del huevo de los títeres. ¡Se había convertido en el huevo que era la pipa que llevaba dentro! ¡Quemaba un combustible cuyo humo era la angustia que sentía!

Y entonces, la angustia mutó en euforia, la misma euforia que había sentido al contemplar la representación de Kalim y de Kilam.

Fue como un puñetazo, la revelación lo dejó estupefacto durante un largo rato, sentado en la roca junto al mar, mientras los bañistas plegaban velas y abandonaban poco a poco la playa.

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