lunes, 9 de abril de 2018

3º Capítulo (2a parte): En Miramar





Al día siguiente, tras pasar unas horas en el taller, volvió por la tarde a la playa y se sentó en la roca de siempre. De inmediato, notó que se le encendía la pipa, no la de los labios sino la que sabía que era el huevo que ahora llevaba dentro. Y el mismo proceso de multiplicación interior se disparó, dándole aquella visión exterior del 'tercero' que se mira desde arriba. En el acto se puso a caminar por la orilla del mar, al ser aquella curiosa dinámica fumatoria un motor que lo impulsaba al movimiento.

Recorrió la playa y se metió por el barrio marinero de la Barceloneta, que cruzó como uno de estos sonámbulos que caminan por las azoteas con los ojos cerrados, aunque él los tenía bien abiertos, los ojos. Y mientras miraba de no perder pie y seguir las normas habituales de los peatones que no quieren ser atropellados por los coches, aquel otro que miraba desde arriba subió por balcones y terrazas, como un canguro aéreo que se ríe de la gravedad y de la lógica, saltaba como un conejo travieso más pendiente de las alturas que de los bajos, de los que ya se encargaba la parte de las suelas de sus zapatos tocando el suelo, sin dejar la protección de las aceras.

De esta manera inexplicable llegó a Miramar, después de saltar toda la franja del Puerto, las Ramblas y el Paralelo, donde su disociación de personas pareció calmarse, mientras se sentaba, en plural, en uno de los bancos de los jardines que miran al mar. El día caía sobre la ciudad y pronto se fue imponiendo el azul cada vez más oscuro del atardecer. La noche salía lentamente del mar, una presencia de capas oscuras. La acompañaba el silencio y el frescor de la hora, más un susurro discreto de pájaros y turistas.

Entonces, una luz imponente irrumpió sobre el perfil lejano de la Barceloneta. Pensó que tal vez fuera una de estas celebraciones que se hacen en Barcelona con tanta frecuencia, para atraer la atención del mundo y distraer a sus habitantes. Pero la incógnita duró poco: era la luna que se levantaba de su cama con plenitud inaudita, un globo gigantesco de luz que subía sobre el horizonte.

Sintió que la luna lo atrapaba. El satélite se había fijado en él, sin duda alguna.

Tuvo que bajar al huevo que quemaba en su interior para recordar que se estaba fumando desde la pipa que sacaba el humo de su propia combustión, para dejarse poseer otra vez por la angustia que se transformaba en euforia, y así poder encajar aquella llamada de la luna que nacía.

Se hallaba inmerso en la atmósfera del huevo, que vació el jardín, una niebla que sólo él podía respirar, mientras veía como la luna cogía altura.

En un instante, el astro se impuso como realidad única. No había nada más en el entorno. El silencio era tan grande, que casi le dolían los oídos.

Y entonces lo vio. Estaba sentado a su lado, en el banco del jardín de Miramar. Un señor bien vestido de traje y corbata, con un rostro que se estiraba un poco hacia delante, una nariz y una boca que parecían afilarse en una cabeza de pájaro, los ojos saltones y el cabello negro brillante peinado hacia atrás.

- Buenas noches.

Había aparecido por sorpresa, como alguien que pertenecía al paisaje, a la hora y a la luna que lo centraba todo.

- Buenas noches, contestó Manuel.

- Me llamo Quinqué, Josep Quinqué, para servirle a usted.

- Encantado, señor Quinqué, mi nombre es Manuel.

- ¡Mucho gusto! ¡Qué noche más bonita!

- ¡Es verdad, señor Quinqué!

- Luna llena, de las más llenas de este verano.

- Parece que sabe mucho, usted, de lunas...

- Un poco. Las lunas son más interesantes de lo que nos pensamos.

- Yo sólo conozco una.

- Si, sí, es lógico, pero sepa que de lunas hay muchas. ¿Sabe de cuántas dispone Marte?

- No sabía que tuviera lunas ...

- Dos, Deimos y Phobos, pequeñas pero curiosas. Pero quien nos gana a todos es Júpiter. ¿Quiere que le diga cuántas tiene?

- Si me lo pone tan fácil ...

- ¡Sesenta y siete!, claro que las hay de todo tipo, unas son simples asteroides, desecho cósmica que el astro ha recogido, para distraerse y para sus múltiples necesidades, ya me comprende, pero incluso entre los simples asteroides, algunos son nombres de peso. Fíjese que dos de ellos se llaman Héctor y Aquiles.

- La primera noticia.

- Nadie lo sabe, pero en cambio, cada día sabemos más sobre los planetas que nos rodean. Piense que son nuestros vecinos más inmediatos.

- Si usted lo dice...

De repente sintió un pánico atroz. Aquel individuo había aparecido de la nada, y tenía un aspecto de lo más extraño, con aquella cara de pájaro y vestido con un aire antiguo y pasado de moda.

- Oiga, ¿no será usted un títere de estos que se ha quitado los hilos de encima?

- Ja, ja, ja..., ¡qué cosas dice usted! No, no señor, soy guía turístico. Y usted, ¿a qué se dedica?

- Soy, o más bien era, titiritero. La verdad es que no le sabría decir qué soy ahora...

- ¡Titiritero, qué profesión más bonita! Debe de ser muy divertido ser titiritero, ¿verdad?

- Bueno, no tanto como parece. Oiga, ¿y qué hace usted aquí?

- Mire, voy a serle franco. Me envía un amigo suyo, se ha identificado como el Aedo. Pero yo trabajo para el señor Mercurio.

- ¿Así que usted conoce al Aedo?

- Así se ha presentado cuando ha venido a la agencia.

- ¿Ah sí? ¿Y en qué agencia trabaja usted?

- Ya se lo he dicho, la del señor Mercurio. Al parecer, le tenemos que asesorar sobre algunos trabajos que se trae entre manos.

- ¿Ah sí? ¿Y sobre qué asesoran, ustedes?

- Ya le he dicho que soy guía turístico. Barcelona es una ciudad espléndida, la reina del turismo europeo en estos momentos, se lleva todos los rankings, ¿sabe? Aquí hay mucho trabajo, no se lo puede imaginar. Se comprende que el señor Mercurio se haya querido instalar aquí, por supuesto.

- Claro, claro, es de una lógica aplastante. ¿Y se puede saber porque tiene esa cara de pájaro?

- Ya me lo han dicho otras veces, ¡sí señor! Cosas del oficio.

- Entiendo, señor Quinqué, ¿y donde se supone que usted me ha de guiar?

- A la luna.

- ¿A la luna?

- En efecto, es el encargo que me han hecho. Sepa, Manuel, que todo esto son habas contadas. El señor Poeta o Aedo, como dijo llamarse, nos explicó el tema del huevo cuando vino al despacho. Y a nosotros nos parece muy bien, porque como le decía Barcelona es hoy una ciudad única en el mundo por el acopio de sus visitantes y por la cantidad de cosas singulares que aquí ocurren, y nuestra obligación es servir al cliente por encima de todo. Ahora bien, como buen profesional que soy, debo cobrarle mi trabajo, no hacerlo sería ir contra este principio universal del salario que todos debemos cobrar, ya que sin sal, ¿qué haríamos en este mundo? Por supuesto, el señor Poeta ya nos ha dado un anticipo suficiente, pero en eso debemos ser exigentes con el protocolo, especialmente hacia su persona, que no se diga que usted no nos hubiera solicitado ni pagado nuestros servicios, por lo que le propongo lo siguiente: usted nos paga un euro, precio simbólico, ya ve, y como complemento, se compromete a tener siempre unas buenas cajas de puros habanos. No es necesario que sean primeras marcas, con unas brevas normales me basta. Usted que fuma en pipa, seguro que lo comprenderá. ¿Está de acuerdo?

Sin duda, los humos de la pipa que fumaba sin fumar lo habían envenenado a fondo, y supo que a partir de ese momento no tendría más remedio que seguir la lógica extravagante que se había impuesto en su vida. Aquel señor Quinqué era tan real y tangible como lo era él, pero procedía de una razón que no era la común, sino la que tenía que ver con el huevo y con aquellos relatos de los títeres que se habían sublevado en el Aposento. No tenía más remedio que seguirles la corriente, sobre todo ahora que se veía fumando desde arriba, sentado al lado de aquel señor con cara de pájaro.

- De acuerdo, señor Quinqué.


Le pagó el euro, encajaron las manos y el contrato quedó sellado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario