miércoles, 11 de abril de 2018

4º Capítulo (2a parte): La Luna




- Sepa, Manuel, que la Luna es un lugar al que acudir y conocer al menos una vez en la vida, es un destino que nosotros, desde la agencia del señor Mercurio, consideramos tan importante como lo puede ser Barcelona, ??París, Venecia, o la Meca por los mahometanos, que si uno no va, queda falto de algo importante, cojo, como quien dice, por lo que conviene ir al grano cuando antes mejor, sí señor. Piense que este satélite es uno de los miradores más importantes que tenemos en el Sistema Solar, ríase usted del Tibidabo o de Montjuic, un privilegio para los que tienen la suerte de pisarla, desde la que se tienen no sólo las mejores vistas de la Tierra, sino de todo el conjunto que forman los otros planetas, los cuales, a pesar de las muchas lunas que tienen algunos, no llegan a la suela del zapato de la que tenemos en la Tierra, descontando a Titán, por supuesto, la luna que da vueltas a Saturno, dos veces más grande que la nuestra, y con unas vistas espectaculares y muy interesantes, al encontrarse tan lejos del sol. Pero dejémonos de comparaciones y fíjese usted como la realidad supera las palabras por mucho que las queramos vestir de excepcionales.

Atendía Manuel sin atender y sin apenas darse cuenta que había pasado del banco de los jardines de Miramar a un asiento excavado en la piedra de un lugar que, en efecto, sólo podía ser la luna, según indicaba el paisaje que podía ver a su alrededor y por las visiones que se abrían a su mirada, de un cielo estrellado como nunca había visto. ¿Pero qué carajo había pasado? ¿Es que aquel diablo de Quinqué aparecido de la nada tenía razón y realmente se encontraban en la luna?

Consciente del estado en que se hallaba su cliente, que había saltado de la superficie terráquea a la lunar en un abrir y cerrar de ojos, y temiendo por su integridad psíquica y física, ya bastante alterada por el huevo que se había convertido en pipa y desde la que se estaba fumando sentado en uno de los bancos de Miramar, el señor Quinqué pronunció las siguientes palabras:

- Manuel, fíjese como de barato le ha salido este viaje, que con tan sólo un euro se ha saltado a la torera los gigantescos presupuestos de la Nasa que para enviar un cohete a la Luna se gastan el oro y el moro. La inversión que ha hecho usted, escasa y oportuna como pocas, lo ha catapultado por razones imperativas del contrato a las quimbambas o al quinto pino, como se dice aquí. Sí señor, la Luna es un lugar tranquilo e ideal para sentarse y pensar bien las cosas, porque no hay nada para el buen estudio que alejarse de los escenarios habituales pero sin perderlos de vista, ya que si uno se va a Marte o al aún más lejano Titán o Plutón, allí se quedaría con un palmo de narices, al no disponer de ninguna referencia que le sea familiar, mientras que aquí puede seguir viendo la Tierra con los continentes y las ciudades, que de noche dejan ver el derroche de sus luminarias. Por otra parte, le revelaré un pequeño secreto que le puede ser de utilidad, por si las moscas y porque nunca se sabe, y es que aquí en la Luna suelen venir los finados de nuestro mundo, ya que es costumbre y una tradición de la ultratumba que los difuntos, una vez se han quedado sin función en la Tierra, pasen aquí una temporada. No tema, porque al no disponer de cuerpo, del que se han desprendido al morir, como todos sabemos de sobras, no molestan ni siquiera se les ve, a menos que se fije mucho y tenga una cierta experiencia. Y aunque muchos muestren señales de estar francamente enfurecidos al tener la impresión de que pálida señora les ha estafado, para nosotros, los difuntos son la gente más pacífica del mundo, a no ser que queramos entrar en las razones de quienes no consiguen morir del todo, atrapados por sus emociones, siempre absurdas y endiabladamente enardecidas, las cuales pueden arrastrar a la ruina al más sensato de los mortales.

Escuchaba Manuel, absorto y mudo como una tumba, las palabras de aquel guía que le había llevado a la luna. No entendía nada y se encontraba en un elevado estado de shock, pero sabía que en algún lugar debería haber alguna explicación, ya que las cosas en este mundo no suelen pasar porque sí, sino que siempre hay alguna razón detrás de los hechos, por muy rebuscados y absurdos que sean estos.

Y entonces se vio por un momento sentado en el banco de Miramar, metido en aquella atmósfera del huevo y de la luna, y comprendió que quien había subido a la luna era 'aquel' de arriba, el que se veía como se estaba fumando a sí mismo, siendo una de sus características la libertad que gozaba de subirse adonde le apetecía, aunque reconoció que la compañía del señor Quinqué había sido muy oportuna.

De repente se sintió poseedor de una facultad que le ensanchaba de golpe los horizontes de su mirada, y sintió que algo en su interior se desgarraba, una especie de funda que hasta entonces lo cubría y que ahora reventaba como un globo viejo y cansado de serlo. Podía subir a las alturas que quería e indagar por los lugares que hasta ahora tenía prohibidos, por absurdos y alejados que fueran, y comprendió la necesidad de tener a alguien que lo pudiera orientar, dadas los colosales magnitud de las distancias y de los enfoques.

Se vio de nuevo sentado en el asiento de piedra de la luna, con el señor Quinqué a su lado que había encendido un puro, contemplando la imponente Tierra que brillaba como el astro lleno de vida que era. Y esa imagen fascinante del planeta lo poseyó, atrapado por su belleza y por los poderosos lazos que le unían a ella. Permaneció extasiado y en silencio, absorto en la contemplación, mientras de vez en cuando le llegaban los agradables aromas del cigarro que estaba fumando el guía.

Al cabo de un buen rato, oyó la voz de Quinqué:

- Manuel, veo que se ha aclimatado más deprisa de lo que pensaba en el entorno de la luna, un lugar de los mejores para venir a descansar un rato y fumarse un puro. Pocos encontrará más apropiados, créame. ¿Le apetece un cigarro?

No era una especialidad que conociera demasiado Manuel, pero dada la excepcionalidad del caso, consideró que no perdería nada, sobre todo ahora que había sustituido la pipa de madera para la pipa interior del huevo que lo fumaba por dentro.

- Probaré uno, Quinqué.

Éste le ofreció un habano, y después de darle fuego, peroró del siguiente modo:

- Comprendo que siendo usted un fumador de pipa, Manuel, mire con distancia y un poco de recelo e incluso escepticismo, el cigarro habano, pero le puedo asegurar que no se arrepentirá. Debe saber que el eslabón secreto y el gran logro de los doctores en pipa que fuman sin pipa alguna, no es otro que llegar al estado de aquel que se fuma un puro. Es un proceso que tiene que ver con la percepción de un curioso paralelismo: darse cuenta de que la Tierra es también una cazoleta que quiere entrar en combustión. Fíjese que si usted, convertido en pipa, anhela fumarse a sí mismo, ¿que daría la Tierra para ser ella también fumada por alguien con conciencia de fumador? ¿Y qué otro fumador puede existir que no sea usted mismo, al darse cuenta del paralelismo que le une al planeta, convertido en una pipa ansiosa de ser fumada?

Asintió Manuel, convencido de que entendía los razonamientos lógicos del señor Quinqué, que se expresaba con una convicción tranquila, que le recordó algunos de sus antiguos maestros de escuela, de cuando todavía se podía enseñar fumando en clase, como algunos que había tenido de niño, señores tranquilos y escépticos pero dotados de sólida vocación y amplios conocimientos, épocas que habían pasado a la historia.

- Ahora bien, fíjese, Manuel, que para fumarse la Tierra, que no tiene ni boquilla ni tampoco los mecanismos de descenso y de ascenso de la mecánica propia de su pipa interior, lo que se necesita es sobre todo movilidad y la libertad de ir adonde se quiera, para llegar a tener una buena perspectiva. Y es aquí donde entra de lleno el arte de fumarse un puro.

Se le quedó mirando Quinqué, para ver si lo había comprendido, y al ver que el otro asentía como si en efecto lo hubiera entendido todo a la perfección, continuó hablando.

- Para entender este proceso, hay que saber lo que es y vale un puro, el cual reúne unas cualidades tales que de alguna manera sintetizan al planeta Tierra en su conjunto, sin que éste pueda quejarse. No por nada los que se dedican a esta especialidad fumadora lo consideran como uno de los peldaños superiores de las Artes del Humo, sin llegar a las alturas de la pipa, por supuesto. Para estos afortunados mortales, el puro habano reúne una paleta de sabores inagotable que podríamos resumir de la siguiente manera: sabor a trópico, a mar, a tierra fértil preñada de vida, a viaje trasatlántico, a loro que sabe hablar, que canta el himno de España y que dice que el Barça es una caca, a mulata, a muelle de todos los puertos del mundo, a vieja imprenta de caja y molde, a político honrado, a militar antiguo y valiente, a catalán, a anarquista español, a las Ramblas de Barcelona y a Buda indoamericano.

¡Irrefutable!, pensó Manuel excitado por la rara euforia que brotaba de las palabras del señor Quinqué, similar a la del humo de la pipa que era el huevo que se le había metido dentro.

- Fumar un puro es por tanto fumar la Tierra y fumarse a sí mismo, y con él se fuma al mundo entero, sí señor, mientras contempla las estrellas que le hablan de otros mundos. Entonces, Manuel, la Tierra se lo paga aumentando las calorías de su combustión, un calor que pone como quien dice a su alcance. Se comprende que los astros que nos son cercanos, empezando por la luna, los otros planetas del Sistema Solar y el Sol imponente, sean todos ellos pipas encendidas que no tienen quien las fume, que es tanto como decir que no tienen quien las piense, por lo que contemplan al fumador de puros con envidia y esperanza, ya que de repente intuyen que algún día aquel humano también los podrá fumar a ellos, aunque sea con el artificio del puro, o quizás de algún otro instrumento de placer y de combustión aún por inventar. Y estos pensamientos interiores de los astros nos conducen entonces a mirar hacia la Galaxia, que aparece como una gigantesca caja de puros que nos invita a ser abierta y explorada, aunque sea con la imaginación. ¿Me explico, Manuel?

- ¡Más claro, el agua! ¡Siga, siga, Quinqué!

- Fíjese, y esto es una de las cosas más curiosas que existen, como este estadio avanzado de quien se fuma un puro, debido a las resonancias sensitivas que se le suponen, los entendidos lo asocian al planeta Venus, esta diosa de rango superior que rige los mecanismos de la atracción y la repulsión, y que sabe muy bien cómo atraer la riqueza y el bienestar que da la feminidad a su entorno, gracias en parte a la brillantez con la que destaca de noche en el firmamento, como todos podemos comprobar. Los misterios que Venus guarda en su parte oscura tienen que ver con los que descubre aquel que se fuma un puro, el cual es recompensado en su hazaña por el aliento de la diosa, siempre ambiguo y perfumado. Huelga decir que el fumador se protege gracias al humo aún más poderoso de su habano, que habla de los minerales de la tierra pero que contiene el fuego del Sol almacenado en las hojas del tabaco cubano.

Calló un momento Quinqué, echando humo por la nariz y abstraído en su relato, como si fuera el mismo cigarro el que le dictaba las palabras que hacían referencia a las intimidades del puro que se estaba fumando.

Y entonces, mientras chupaba el humo y la sabrosa textura mojada del habano que le había dado el señor Quinqué, sintió Manuel la extraña sensación de estar fumándose no sólo a sí mismo, sino a la luna sobre la que permanecía, y a todo su planeta, la propia Tierra, que permanecía frente a él con la plenitud del astro lleno de vida que es, y que manifestaba con esta presencia lozana, el placer de sentirse fumada por ella misma a través del cigarro del humano que la estaba fumando. Comprendió también que la combustión del cigarro tenía que ver con la conciencia o más bien con la autoconciencia que tenía de sí mismo, de la luna y de la Tierra, siendo una sustancia que se convertía en el tabaco en combustión y en el humo especial que salía, creando un ciclo de correspondencias sustantivas, es decir, que tenían que ver con aquella sustancia de la conciencia. Un humo que el viento no se llevaba sino que era absorbido por un curioso proceso de ósmosis invisible para él, por la luna y por la Tierra.

Permanecieron horas y horas en los asientos, alargando ese cigarro que parecía no acabarse nunca, hasta que algo superior a él le obligó a cerrar los ojos, saciado de aquella plenitud fumadora de la Tierra que tenía enfrente. Al abrirlos, vio que se encontraba de nuevo en Miramar, bajo el círculo de la Luna que iluminaba el jardín donde permanecía sentado en el banco, con el señor Quinqué a su lado.

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