domingo, 15 de abril de 2018

5º Capítulo (2a parte): El Castillo de Montjuic






Fue imposible volver a la rutina diaria del taller. Definitivamente, algo se había roto dentro de Manuel que le había ensanchado la percepción natural de las cosas. La ponzoña tóxica de la pipa que era la del huevo que había aparecido en el Aposento lo había transportado a los misterios interiores de aquel fumarse a sí mismo, mientras lo protegía a su vez de la locura. Podía la realidad andar hacia uno u otro lado, subirse él a la luna o viajar al planeta Marte, que todo lo encajaba, provisto de un sentido común que de común no tenía nada.

¿De dónde venía el señor Quinqué? Había una cierta lógica entre su aparición y la del huevo en el Aposento. Como si uno hubiera llevado al otro. Habían quedado para visitar el Castillo de Montjuic, un lugar donde hacía siglos que no iba. Parecía recordar que el ejército lo había entregado a la ciudad, y que ésta no sabía muy bien qué hacer con él, después de eliminar el museo de las cosas militares, atractivo y pintoresco como suelen ser este tipo de museos, una lástima.

Se encontraron al pie de las vagonetas que suben hasta lo alto del Castillo, impecable el señor Quinqué con su traje claro de verano color canela y una camisa blanca con el cuello al aire, así como un sombrero de paja común, un conjunto que parecía bastante fresco. También iba fresco él, aunque vestía de un modo más informal.

- ¡Mire, Manuel, qué vista más espectacular de Barcelona se ve desde estas vagonetas!

- ¡Es verdad, señor Quinqué! -lo decía mientras contemplaba la vista, que era realmente espectacular.

- Este ciudad es un verdadero regalo a los sentidos para quienes quieran gozar de ella. No es el caso de todo el mundo, ya que he constatado que muchos de sus habitantes la tienen por banal y demasiado dedicada a los turistas, lo que no deja de ser verdad, claro, pero piense usted el beneficio que se gana de este alud de visitantes.

- El problema, señor Quinqué, es que sólo se aprovechan unos cuantos, siempre los mismos, y la mayoría de la gente no ve un duro de todos estos beneficios, al contrario, la ciudad cada día está más cara...

- Una verdad como un templo, sí señor, pero yo no me refería a los provechos económicos, los cuales cuentan, obviamente, y coincido con usted que no deberían ser sólo para los cuatro espabilados de turno. La ciudad es de todos y todos deberían ser los beneficiarios del negocio. Yo me refería, sin embargo, a otros provechos, los cuales están fuera de toda duda y no tienen relación con el dinero.

- ¿A que se refiere?

- Mire, una ciudad cambia y amplía su forma de ser cuanto más diferentes son los ojos que la miran. Imagínese un lugar siempre visto por los mismos ojos: un aburrimiento como una casa, pues las personas tenemos la costumbre de repetirnos y ya se sabe que la sabiduría y la felicidad mundana, la que todo el mundo busca pero que tanto aburre, se consigue cuando hay previsibilidad en las cosas y en las rutinas cotidianas. Ahora bien, una ciudad que es vista cada día por miles de ojos diferentes, que proceden de países y culturas no sólo distintas sino hasta antagónicas, esta ciudad se enriquece de una tal  multitud de puntos de vista dispares que, si tiene suerte y no la desgarran entre todos, se convierte en una verdadera caja de sorpresas para quien vive en ella.

Tuvo que admitir que había una cierta lógica en el argumento del señor Quinqué.

- Barcelona es un ejemplo perfecto de esta multiplicidad de perspectivas que provoca, gracias a los millones de turistas que recibe. Piense que cada persona la ve de una manera diferente, ya que por muy masivo que sea el turismo, las personas, a pesar del efecto borrego ineludible, son por definición diferentes las unas de las otras, y por muy mínimas que sean estas diferencias, la suma de las mismas aumenta la distancia de los enfoques posibles, de modo que al fin y al cabo, el objeto observado, Barcelona en este caso, se carga de una tal plétora de disparidades, a veces chocantes y absolutamente estrafalarias, no lo niego, que no hay quien la reconozca, créame.

- Admirable! -no pudo más que añadir Manuel, ante la contundencia de los argumentos del señor Quinqué.

Hay que decir que al viejo titiritero, este tema del turismo nunca le había preocupado lo más mínimo, aunque lo conocía perfectamente, al ser un debate del que se hablaba en los periódicos todos los días y la gente lo comentaba a la hora del café.

- Ahora fíjese en el privilegio que tienen los barceloneses y todos los que vivimos en Barcelona, ??de disfrutar de una ciudad que es muchas a la vez, de modo que si uno se cansa de una, siempre tiene otra a mano, la cual se esconde como quien dice detrás de la primera y a la que se puede desplazar en un instante, sin tener que coger aviones ni barcos. Por eso le digo que vale la pena ver los lados luminosos de la situación, porque si sólo se fija en los oscuros, se pierde unas alegrías que le llegan gratis y sin tener que salir de casa.

Escuchaba admirado el titiritero la lógica optimista del señor Quinqué, y comprendió que al ejercer de guía, defendiera su profesión como los dentistas defienden la suya, a pesar de los malos momentos que estos te hacen pasar.

- Pero centrémonos ahora, Manuel, en este Castillo de Montjuic tan cargado de historia y que tiene la particularidad de encontrarse en una situación panorámica y estratégica sobre la ciudad de primer orden. No por nada se la ha utilizado varias veces para bombardearla, como seguramente sabrá, al disfrutar de esta posición tan idónea en cuanto al tiro de los cañones, que antiguamente y no tan antiguamente necesitaban una cierta altura y proximidad para garantizar el efecto del movimiento parabólico de los proyectiles, no como ahora, que los cañones disparan desde distancias siderales y con una precisión que estremece, admirable al cien por cien.

¿Quién podía negarle que tenía toda la razón del mundo?, pensó Manuel con una sonrisa.

- Por eso vale la pena entretenerse en su recinto, entrando por las varias puertas que permiten llegar hasta el corazón mismo del castillo, que es su patio magníficamente pavimentado con adoquines que le dan este aire antiguo y militar.

Y mientras hablaba Quinqué, cruzaron la primera puerta que hay tras pasar el foso, pasaron por taquilla y subieron las escaleras que conducen al primer nivel exterior del castillo.

Se maravilló Manuel de ver aquella construcción de piedra, que había visto mil veces en el pasado, de un aspecto profundamente cuartelario, y que ahora veía como si fuera la primera vez, influenciado seguramente por las palabras del guía, empeñado en sacar todo el jugo y provecho que podía de la ciudad que servía. Tuvo de repente una sospecha.

- Usted, Quinqué, no es de aquí, ¿verdad?

- Qué perspicacia la suya, que me ha pescado a la primera, y eso que ya empiezo a sentirme como en casa, créame. ¿Lo ha notado por el acento?

- En absoluto, su catalán es perfecto, mejor que el mío, le diría ...

- Pues entonces, ¿porque lo dice?

- Porque sólo alguien de fuera es capaz de mirar Barcelona como la mira usted, ya que los que somos de aquí, aunque yo también nací en otro lugar, la tenemos más que vista y amortizada según el caso y los años que llevamos encima. Y del mismo modo que las personas con la edad nos aburrimos de nosotros mismos, cansados ??de vernos siempre con la misma cara, muchos extendemos este aburrimiento a la ciudad, que cada vez nos satisface menos y la vemos siempre peor de cuando éramos jóvenes, ¿no le parece?

- ¡De cajón, Manuel, de cajón! Y me he dado cuenta de que mucha gente no soporta que los turistas la vean siempre tan alegre, bonita e interesante, cuando ellos ya hace tiempo que le quitaron todo el jugo que podían y ahora no aceptan verla cambiar porque los hace sentir extraños en su propia ciudad. Lo que comprendo y respeto. Ahora, yo le diría que poder sentirse extranjero en la ciudad donde se ha nacido, es el mayor de los privilegios que las urbes pueden ofrecer a sus ciudadanos, créame, y por eso a mí me gusta sentirme de Barcelona, ??aunque no lo sea, porque así me hago la ilusión de que soy un extranjero de verdad y no alguien de fuera que se ha adaptado y que ya empieza a ser un poco de aquí. ¿Me sigue, Manuel?

- Más o menos, Quinqué, más o menos. ¿Y se puede saber de qué país es usted?

- ¿Sabe que ni siquiera me acuerdo? Piense que la agencia del señor Mercurio tiene delegaciones en todo el mundo y yo estoy con él desde hace muchos años, por decirlo de una manera sucinta, tantos que ya ni sé cuántos son, y por eso tengo algunas dudas sobre mi ciudad de origen, aunque me parece que no nací en ninguna ciudad sino en una región de estas a las que la Historia acaba borrando del mapa y que ni usted ni yo sabríamos encontrar, por mucho que la buscáramos, porque si algo tienen las épocas actuales y las antiguas es que cambian la geografía de los estados y de las naciones como si fuera un juego de los más divertidos del mundo, para desgracia de sus poblaciones, que no sacan de ello diversión alguna, sino todo lo contrario, desgracias y penurias sin fin.

- ¿Así que ha trabajado en muchas ciudades con el señor Mercurio?

- El último destino fue Roma, imagínese qué ciudad, el centro del mundo para mucha gente, y con el Vaticano por en medio, una ciudad museo de las que uno nunca se cansa de visitar. Pero ahora toca Barcelona, ??Manuel, usted tiene la suerte o la desgracia, nunca se sabe del todo, de pertenecer a una ciudad que le ha tocado por destino ser de visita obligada. Muchos piensan que todo es un montaje de marketing urbano sumado a este fenómeno aleatorio que son los caprichos de la Historia, esta señora que disfruta mareando la perdiz de los infelices humanos que vivimos en la Tierra. Pero yo le puedo asegurar que los méritos de Barcelona son propios y originales, gracias especialmente a su arquitectura, que la hace única en muchos aspectos.

Se quedaron en silencio unos instantes, como si las alabanzas del señor Quinqué a la ciudad hubieran invadido los minutos y el espacio que ahora cruzaban lentamente en dirección al patio central del castillo, pavimentado con nobles losas de piedra, donde bajo los porches, además de las entradas del antiguo museo, había antiguamente algunas de las tiendas de souvenirs de Barcelona más preciadas por los entendidos. Ahora apenas sobrevivía un bar con una terraza medio en obras. Las demás dependencias permanecen cerradas.

Vio que el señor Quinqué se sacaba un cigarro del bolsillo y que parecía querer dirigirse hacia el pequeño bar que había en la sombra.

- ¿Quiere uno, Manuel?

- No gracias, fumaré una pipa.

Se sentaron en la terraza y los dos se pusieron a fumar. Pero al encender su cachimba, comprendió Manuel que la pipa que de verdad acababa de encender no era la de madera que colgaba de sus labios, sino aquella que llevaba dentro y que según sus impresiones, era el huevo del Aposento que se había convertido en marmita o cazoleta. El tercero que se lo miraba todo desde fuera se levantó de inmediato patio arriba, dejando a sus dos colegas de abajo entretenidos mientras el uno se fumaba al otro. Subió al patio de la parte superior y dentro de una de las garitas que hay en los cuatro lados de la azotea, vio una silueta moverse. No había duda, era Perico del Vaso Medio Lleno.

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