martes, 17 de abril de 2018

6º Capítulo (2a parte): El Consejo de Ancianos





Se acercó cuando Perico del Vaso Medio Lleno le hizo una señal que conocía muy bien.

- ¿Qué haces aquí, Perico?

- Vigilando, Maestro.

Hablaba el títere con su propia voz, la que había puesto a aquella serie de los Pericos, con matices para diferenciar a unos de otros, claro, ya que eran varios los personajes que llevaban este nombre, todos con sus particularidades a veces harto sutiles. Sabía también que junto a aquel Perico tendría que haber más.

- ¿Y el del Vaso Medio Vacío?

- En la garita de la esquina -indicó el ángulo del patio que se abría en diagonal.

Seguro que en las otras garitas también hay Pericos, pensó.

Se acercó a la garita izquierda, y vio a Perico Tranquilo, y, al otro lado, pescó el cuerpo nervioso de Perico Jaimito, incapaz de estarse quieto un instante. Todos movían sus mandíbulas de madera y le llegaba el ruido mecánico que hacían, que se confundía con el de las palabras.

Al pasar delante de la pequeña torre que se levanta en medio del ala noreste del Castillo, vio que la puerta se abría.

- ¡Eh, Maestro, por aquí!

Era Roc y Guinardó, un fantasma que había creado para una obra que pasaba en Barcelona. Hablaba en susurros y tenía un rostro poco definido. Pero en vez de vestirlo de fantasma clásico, le puso unas ropas elegantes de época, a la manera de esos fantasmas señoriales que habitan en los viejos palacios y casas nobles de dos o tres siglos de antigüedad. También le puso unas alas de vampiro, que llevaba juntas como si fueran una capa.

- Le esperan abajo...

Se metió por la puerta entreabierta, entró en la oscuridad fresca de aquella torreta que coronaba la azotea del castillo, y con la misma facilidad con la que se desplazaba por las alturas, comenzó a descender por unas profundidades que primero tenían el aspecto de unas escaleras de caracol que bajaban sin fin, para luego sentir la sensación de que era absorbido por una fuerza que lo llevaba muy adentro bajo la superficie de la Tierra. Y en un instante se encontró en una sala oscura iluminada por antorchas agarradas a las paredes que parecían excavadas en la roca. En el centro había un fuego sobre un altar o pedestal, y a su alrededor, se extendían en círculo una veintena o más de toscos sitiales de piedra sobre los que se sentaban viejos de edades indefinidas y de rostros trabajados por los siglos o por los milenios, casi todos de madera. De repente, reconoció aquellas caras: pertenecían a un grupo de cabezas que había creado una vez, en una época oscura y turbulenta, algunas de madera y otros de cerámica, sin saber qué eran ni a quien representaban, dejándose llevar por las manos y por un estado de ánimo depresivo y torturado. Las había olvidado completamente en un rincón del taller.

El Aedo, su vieja marioneta construída hacía años, también llamada El Poeta, con la que mantenía largas conversaciones sin palabras, permanecía en uno de los asientos. Su rostro, a pesar de la vejez de sus rasgos, era una talla clásica comparada con las demás, todas ellas gastadas y deformadas por el tiempo y por las gubias casi hasta la desfiguración, con las miradas profundas de unos ojos de vidrio que arrojaban chispas entre los tortuosos valles de los pliegues irregulares de sus caras.

- Manuel -habló el Poeta, que siempre se había caracterizado por ir directo al grano, con su voz grave y profunda-, los Ancianos quieren saludarte. Tú hablas hoy por mi boca. Los años nos juntaron y poco a poco llegamos a comprendernos. Gracias a ti se han abierto las viejas puertas, las que permanecían cerradas desde nuestra caída, cuando fuimos condenados a ser los esclavos de otros.

Se dio cuenta Manuel que el Aedo seguía con su delirio de la vieja historia de los títeres. Entonces, uno de los viejos más viejos de aquel consejo de ancianos habló con una voz que parecía surgir de profundidades abismales, en una lengua que desconocía pero de la que entendió todo, como si la hubiera utilizado en alguna ocasión y se le hubiera olvidado para siempre. Dijo el viejo:

- Humano, las garantías se han restablecido y el tiempo se ríe del pasado. Nosotros podremos volver a nuestros mundos y algunos quedarse aquí para siempre. La libertad es sagrada y nos burlamos de las distancias.

Le pareció que los demás hacían unos ruidos estrafalarios con las bocas, parecían reirse de las palabras con toses de lo que quizás fuera un chiste del viejo orador pero con unas risas que procedían de un borboteo de maderas podridas.

- El Tiempo impone sus reglas, pero nosotros vamos a lo nuestro. Hemos elegido Barcelona por razones evidentes. El Poeta nos ha convencido, estamos aquí para ayudarte. Tú eres el constructor.

Nos encontrarás en cualquier rincón, tal vez en Marte, donde vive el espíritu batallador del viejo dios guerrero. O en Venus, donde el fuego roe nuestras carnes de madera. Las condiciones son favorables.
Se hizo el silencio. Las confusas palabras parecían dar vueltas por las paredes de la sala de piedra, dotada de un eco que alargaba y modulaba los sonidos a voluntad y según un capricho desconocido.

- Desfallecer es imposible. El huevo nos ha unido para siempre. Pero ten en cuenta una cosa: poner el huevo es fácil. Construir la Extravagancia ya no lo es tanto. Que el Tiempo, el Fuego y la Fortuna te acompañen!

Dijo estas últimas palabras a modo de salmodia grandilocuente, que tuvo unos efectos sonoros remarcables, y que provocó un tal estallido de gruñidos y de asentimientos más o menos histriónicos de los demás viejos que el conjunto sonó como un concierto de castañuelas viejas y agrietadas con el que aquel consejo de ancianos saludaba y se despedía del humano Manuel.

Y mientras gruñían y gesticulaban cada uno a su manera, se fueron levantando para desaparecer en la oscuridad de los rincones de la cueva. Quedó el Aedo inmóvil. Con un gesto, invitó a Manuel a sentarse en uno de los asientos vacíos.

- Manuel, los ancianos querían darte las gracias. Lo puedes considerar un privilegio, pero como ha dicho el abuelo de los abuelos, queda mucho por hacer. ¿Estás contento del señor Quinqué? La agencia Mercurio es una de las más caras y solventes.

- Sí, de momento me está enseñando a fumar puros. Muy interesante, el señor Quinqué.

- No se levanta el Extravagancia sin ayuda. Pero tú eres el arquitecto, y eso es lo que cuenta. Y el tiempo corre, como ha dicho el abuelo de los abuelos.

- Y los Pericos?...

- Una buena intuición la tuya, nunca nadie sospechó el porqué construías tantos cuando normalmente los titiriteros sólo tienen un Perico. Sabías que un día te servirían, son listos y no hacen nada más que lo que tienen que hacer y por lo que tú los creaste. Búscame cuando me necesites, Manuel. Ya sabes que por mi boca habla tu pensamiento más profundo.

Se levantó y desapareció en la oscuridad como los demás.

Manuel se quedó en el asiento cabizbajo, la mente libre y disparada, y, al mismo tiempo, con ganas de ver al señor Quinqué y de fumarse un puro.

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