jueves, 19 de abril de 2018

7º Capítulo (2a parte): El Observatorio




(Fotografía extraída de Google Earth. Autor: Jordi Torrejón)

Lo primero que hizo fue acercarse a un estanco y comprar un par de cajas de puros Brevas de Quintero. Le gustó el nombre y el color de los cigarros y al preguntar a la dependienta si eran buenos, ésta le dijo que no eran los mejores del mundo pero que en todo caso eran los favoritos de algunos fumadores recalcitrantes, por lo que sin dudarlo ni un minuto, se llevó las dos cajas.

Regresó de inmediato al bar de Montjuic, en el patio interior del castillo, donde el día anterior había dejado a su guía fumándose un puro. Allí lo encontró, sentado donde lo había dejado. Cuando Manuel le dio las dos cajas, cumpliendo así con las condiciones contractuales pactadas con el guía, éste se puso contentísimo. Abrió una de las cajas, sacó una breva, la olió y sonrió satisfecho.

- ¡Ha dado en el clavo, Manuel! Las Brevas de Quintero son una de mis marcas preferidas, tabaco fuerte, sin la calidad a veces demasiado exquisita y punzante de los Cohiba o de los Montecristo, tienen en cambio la profundidad vegetal preñada de sol de los que se hacen respetar por su potencia de fuego y humo, con un gusto de los que tardan en marchar, lo que permite distanciar la frecuencia fumadora en una o dos horas. Sus colillas se estiran en el tiempo debido a la humedad que cogen al disminuir, obligando a continuos encendidos, lo que siempre gusta sobre todo cuando se dispone de un buen encendedor, como es mi caso, un Ronson viejo pero que funciona como un reloj. Lástima que se le tenga que poner gas de vez en cuando, pero la gasolina de los antiguos mecheros acababa afectando el sabor del cigarro, a pesar de que uno se puede acostumbrar a todo. Pero créame, allí donde hay una buena cerilla, de las largas y de madera, olvídese de mecheros y encendedores. En definitiva, una Breva de Quintero es una muy buena elección, sí señor, y le invito a probar uno, aunque tardará un poco en valorar sus cualidades, ya que se trata de un puro de los que se hacen rogar para otorgar sus favores.

Aceptó Manuel la oferta con gusto.

- Fíjese, señor Manuel, que si hemos acudido a estas alturas de la ciudad, las Alturas de Montjuic, como la llamamos nosotros los guías, de 173m de altura sobre el nivel del mar, es que a pesar de no poder competir con los 512m del Tibidabo, se encuentran en cambio en una posición privilegiada con respecto a la distancia, ya que en apenas unos veinte o veinteycinco minutos a pie, yendo rápidos y siendo optimistas, eso sí, se alcanza desde las mismas Ramblas. Esto confiere a estas alturas unas ventajas evidentes en su condición de observatorio, no sólo del mar, del cielo y de las montañas lejanas, sino también de Barcelona, ??la cual se extiende mansa a nuestra mirada, ansiosa de ser medida, comprendida, abrazada y hasta le diría que fumada, al ser las ciudades organismos que sin ser vivos es como si lo fueran, con la particularidad de que su vida orgánica no lo es en sí misma, sino que depende de la mirada privada de cada uno de nosotros, por eso se dice que hay tantas Barcelonas como habitantes contiene, a las que yo añadiría las de sus millones de visitantes.

Hizo una pausa que sirvió para que los dos fumadores hicieran honores a las brevas que habían encendido y que comenzaban a desplegar sus humos de aromas imponentes.

- Es importante hacer esta distinción, ya que sería fácil equivocarse y pensar que las ciudades tienen vida propia, cuando la verdad es que no tienen ninguna. Ahora, esto no quiere decir que no sean organismos vivos para los que la miran y la habitan. Y aquí está uno de los asuntos más delicados en referencia al monopolio con los que ciertos autores, políticos y grandes corporaciones pretenden apropiarse de ellas, me refiero a las ciudades, obligándonos a visiones únicas que sirven a sus intereses, de las que tenemos que huir como del diablo. ¿Me sigue, señor Manuel?

- Perfectamente, Quinqué.

- Las personas normales de la calle, como es nuestro caso, debemos defendernos de estas pretensiones reductoras, lo que no piense que sea fácil, ya que las presiones son fuertes. Fíjese en mi caso, yo que soy guía profesional haría un pésimo servicio a mis clientes si sólo les mostrara aquellas cosas que se han establecido como comunes e indispensables, no señor, la profesión de guía hoy es una de las más serias y respetables que existen, siempre y cuando se actúe con la suficiente libertad de espíritu, por supuesto, haciendo lo que te da la gana en comunión con lo que le da la gana al cliente. No hacerlo sería traicionar los principios del turismo, que son los de la libertad individual, ya que no hay nada que más guste al turista que ir a su aire y sentirse libre de las obligaciones del día a día, sino, ¿por qué deberían sufrir tanto, los millones de personas que se desplazan de un lugar a otro, con las torturas de los viajes y de los aviones? Ya sé que me dirá que la masificación ha convertido en borregos a los turistas, y quien le negará que es una verdad como un templo, sí señor, pero a nosotros no nos interesan estas verdades que son más bien de orden sociológico y que sirven básicamente a los periodistas y  a los entendidos en la materia, así como al espíritu de queja, hoy por suerte mayoritario, porque la queja es importante, quién lo puede negar, ahora bien, a nosotros lo que nos interesa son los aspectos tangibles y vitales del asunto, aunque a veces se escondan bajo la hojarasca de los hechos. ¿Y qué hay de más real y de más vital que el espíritu de libertad y la visión particular de las cosas que cada uno pueda tener de este mundo?

Escuchaba con atención y un poco mareado las palabras del señor Quinqué, que sumadas al humo del puro, producían un efecto retorcido de contradicciones y un zumbido de notas que se pleaban entre sí, no para hacerse daño sino para producir sonidos complejos, de difícil catalogación, como si la boca de aquel guía que le había tocado en suerte fuera una especie de orquestina de instrumentos clásicos y nuevos que chocaban y competían en un galimatías retórico que no decía nada pero que tenía resonancias profundas en materias de índole oscura y jocosa.

- Y es en estas Alturas de Montjuic donde la panorámica observadora brilla con más intensidad sobre la ciudad de Barcelona, ¿y qué otro sentido puede tener este castillo construido con tanta gracia militar que la de ser el Observatorio desde el que la ciudad se mira a sí misma, si aceptamos esta pertenencia íntima de cada uno hacia la urbe que nos ha tocado en suerte? Le debo confesar que yo prefiero mil veces la cesta de la atalaya del Tibidabo, una de mis atracciones favoritas, donde subo siempre que puedo, con unas vistas alucinantes, pero mi obligación como guía es enseñarle a usted los lugares más adecuados de los existentes en Barcelona, huyendo de las preferencias personales, no por ello menos importantes.

Las palabras del señor Quinqué catapultaron aquel 'tercero' de Manuel que, armado con su Breva de Quintero, se levantó sobre los dos que se estaban fumando en el bar del patio del Castillo de Montjuic para desplazarse de nuevo a la azotea donde había visto a sus Pericos hacía un par de días. Se fue directo a la torreta que le había conducido a la reunión de los Ancianos y llamó a la puerta. Roc y Guinardó abrió y lo dejó pasar con sus susurros ceremoniosos. Pero en vez de bajar las escaleras, las subió dirigiéndose a la parte alta de la construcción militar que ofrecía la mejor vista del castillo.

A su lado estaba Perico Perico, el más recalcitrante y decidido de sus Pericos, que le acompañaba mudo apoyando sus manitas sobre el vacío que separaba las almenas de tipo triangular que coronan la torreta. Tenía la nariz curvada al modo de los títeres clásicos, unos pómulos prominentes y asimétricos, un mentón torcido y unos ojos de cristal un poco alocados. Los cabellos estaban pintados en el cráneo, muy bien peinados, y lucía un bigotito fino que le daba un cierto aire de responsabilidad, traicionada por las asimetrías del rostro y la mirada enloquecida.

- ¿Has visto, Perico? Éste será nuestro punto de partida. Desde aquí se ve Barcelona a la perfección, es importante tener una visión de conjunto. Quiero que lleves las cuentas. Instálate en esta azotea y evalúa las distancias.

Vio que a su lado se encontraba el señor Quinqué. ¿Había subido también por la escalera? ¿Le había abierto la puerta el fantasma?

- ¡Veo que es usted persona de decisiones rápidas, Manuel! El temple militar que inspira esta fábrica de piedra se ajusta al cien por cien al espíritu de la necesidad, soy muy consciente de ello. ¡Marte habla hoy por su boca!

- De entrada, Perico, pondremos aquí dos tumbonas y una mesita.

- Hecho, Maestro.

- Haré dibujos y mapas. ¡Mire, Quinqué, ya podemos sentarnos!

En efecto, Perico Perico ya había instalado las dos tumbonas que había pedido el titiritero. Nadie se preguntó de dónde habían salido. Se daba por supuesto que aquí las cosas se tenían que hacer rápido. Una mesita, con cuadernos y lápices, apareció de inmediato entre los dos asientos.

Sin duda habían entrado en la lógica de los viejos títeres, aquella de la que hicieron gala los dos traviesos Kalim y Kilam en su dramática historia del titiritero a la fuerza, cuando los decorados y las escenografías se montaban según indicaba la voluntad de los dos protagonistas. Pero aquí todo tenía una realidad abrumadora, por lo menos la correspondiente al tercero 'que se lo miraba desde arriba mientras se fumaba un puro'.

Pero no estaba por disquisiciones Manuel. La reunión con los Ancianos le había encendido un fuego que no estaba para bromas. Se imponía ejecución, lo que ligaba con su talante expeditivo, acostumbrado a hacer realidad las formas que surgían de la imaginación a través de las manos. Pero la etapa de los materiales y de los procesos lentos de construcción estaba superada. Había entrado en un dinamismo diferente, donde la necesidad se imponía sobre la posibilidad, a remolque ésta de la primera.

Sabía también que el Observatorio sería su plataforma de despegue.

- Siéntese, Quinqué. Lo mejor que podemos hacer ahora es esperar a que oscurezca.

Ocuparon las tumbonas. Para él, dejar pasar las horas no era perder el tiempo. Al contrario, se alimentaría del tiempo, el mismo que nutría el huevo de su pipa interior.

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