sábado, 21 de abril de 2018

8º Capítulo (2a parte): La otra cara de la luna.




(Superfice lunar. Fotografía de la NASA.)

La necesidad de construir la Extravagancia había cuajado como si fuera una de esas inspiraciones que te llegan de golpe, una idea sin dudas. Y quizás ésta era la explicación del huevo, porque puestos a pensarlo, ¿qué puede haber de más redondo, afirmativo y incontrovertible que un huevo?

Sí, tenía que reconocerlo, la ciudad se le había quedado pequeña. Se ahogaba desde hacía tiempo y por ello alzaría ahora las nuevas alturas. Más que escaparse, la solución era colocarse de otra manera. Plataformas de despegue y de amplia visión. De hecho, una vez instalado en la tumbona junto al señor Quinqué, y en el momento preciso en que el satélite apareció sobre la línea del mar en Oriente, se vio otra vez sentado en el hueco de piedra de la luna, en un cambio instantáneo de paisaje. Pero la Tierra no aparecía por ninguna parte.

- Estamos en la parte oscura de la luna, Manuel -aclaró Quinqué.

- Ya veo, Quinqué.

- ¿Qué busca en la Luna, Manuel?

- De entrada, ver el cielo con las estrellas sin que la luz de nuestro planeta lo tape. Y segunda, el otro día me habló de los difuntos. Siento curiosidad al respecto.

- Lo comprendo, Manuel, suele pasar a la gente de una cierta edad que, si me permite la franqueza, se siente un poco cercana a estas etapas postreras, con un pie ya en el otro barrio, como quien dice, y que uno quiera tener sobre el asunto algún que otro conocimiento. Pero no crea que las cosas se le aclararán así como así, no, Manuel, porque las cuestiones de la Ultratumba, pese a parecer muy sencillas, y en realidad lo son, no hay manera de entenderlas a menos que sea ??a palos, es decir, por la experiencia pura y dura, que en este caso no tiene vuelta de hoja, porque una vez la has diñado, por decirlo de una manera simpática, es imposible volver atrás. E incluso así, no hay dios que las entienda, estas cuestiones, créame. Es una de esas cosas que, si lo pensamos bien, tampoco necesita tanta explicación, porque es de cajón que todo lo que nace muere, por simple ley de vida, porque de eso se trata la vida, de nacer y morir, es decir, de ir siguiendo el ritmo de la generación que desde siempre se ha establecido de esta manera. El problema es que los humanos siempre queremos darle la vuelta a las cosas, y es lógico que así sea, porque no me diga que esto de nacer y morir no tiene sus enigmas, sobre todo cuando te toca a ti, quiero decir, a alguien que es consciente, porque las hormigas, los gatos o incluso los perros, a pesar de ser más humanos que los humanos, como todo el mundo dice, nacen y mueren con una aceptación total, sin necesidad de buscar tres pies al gato. Asumen que la vida empieza y acaba, y adiós muy buenas. ¿No le parece?

- Irrefutable, señor Quinqué

- Quiero ser franco con usted, Manuel, sepa que yo soy un guía turístico y mucho me temo no poderle ser de demasiada utilidad en estas cuestiones, que quizás necesitarían otra clase de guía, pero algo que he aprendido en mi profesión, sin quererme meter donde no me llaman, y sin querer caer en intrusismo de ningún tipo, por supuesto, es que una vez uno se ha ido al otro barrio, dejan de haber guías, en el sentido tradicional. Quiero decir que uno debe espabilarse por sí solo y bastarse con lo que ha aprendido de vivo, que es en definitiva su bagaje, porque si uno muere vacío, será un difunto vacío, como es de cajón que así sea, y si uno muere lleno, pues será un difunto lleno. Piense que las personas que mueren con expectativas elevadas, tal vez la suerte les permita pescar alguna, de las que se refieren a los temas del más-allá, mientras que si muere escéptico y descreído, lo lógico es que no encuentre nada, a pesar de que en estas cuestiones, la experiencia nos dice que las sorpresas están siempre al orden del día.

Se quedaron en silencio, rumiando las últimas obviedades que había desgranado el señor Quinqué, que dejaron muy pensativo al titiritero.

La cara oscura de la luna era, en efecto, oscura, con un entorno rocoso que parecía hecho de carbón, tan negro y oscuro se veía, pero en cambio, el cielo aparecía lleno de una tal actividad lumínica de las estrellas, que uno se quedaba atónito y maravillado ante semejante pigmentación luminosa en el firmamento. Contemplando aquel pedazo de cielo sin atmósfera de por medio, era fácil imaginar otros mundos escondidos en aquella infinidad de astros que se extendían por la inmensidad del universo, que no parecía tener fin. Recordaba Manuel las varias teorías sobre el Universo que había aprendido a lo largo de los años leyendo periódicos y revistas, y las distancias se le aparecieron aún más distantes y lejanas de lo que uno podía imaginar.

¿Cuántas constelación había a la vista? ¿Cuántas de estas estrellas pertenecían a la Vía Láctea? De hecho, poco alcanzábamos los humanos de estas dimensiones siderales, hechos como estamos a una escala tan pequeña y condicionados por ese ciclismo antes mencionado por Quinqué, la vida. Tal vez la vida era una simple forma provinciana de existencia, dentro de la grandeza del universo, propia de esta pequeña comarca que es la galaxia, y existían en otros lugares formas distintas, más sofisticadas aún y no sujetas a los ciclos de la vida, capaces de tener conciencia y pensar más o menos como nosotros.

Recordó entonces la historia de los títeres y lo que le había explicado el Aedo, y a pesar de la inverosimilitud del caso, tuvo que reconocer que aquellos seres hechos de madera bien podían escapar de los mecanismos de descomposición de la vida, aunque la madera también se estropea y se pudre, como todos aquellos ancianos de caras carcomidas lo demostraban, al provenir la madera de seres vivos como son los árboles. Pero siempre se puede sustituir un trozo podrido por otro sano, como hacen los robotistas, y como él hacía a menudo en el taller. Y sin embargo, a pesar de su pretendida inmortalidad y por el hecho de haber vencido a la muerte, aquellos viejos títeres habían regresado a nuestro sistema solar, incapaces de vivir lejos de la fragilidad de sus antiguos manipuladores, nosotros, los humanos, hechos de carne caduca. ¿Acaso no le habían ayudado a poner el huevo por la necesidad desesperada de estar cerca de los animalitos humanos? Era un tema que debería aclarar con el Aedo.

- Intuyo, Manuel, que la visión de esta inmensidad lo lleva a cuestionar no pocas cosas de nuestra existencia terráquea, como es de cajón que ocurra, siendo quizás éste uno de los efectos más recurrentes que produce la luna a sus visitantes. Sepa que siempre ha sido una tradición de los antiguos personajes importantes de nuestro mundo acudir a la luna para pensar, meditar y disfrutar de las horas. Bueno, en realidad estos asientos pertenecen al señor Mercurio, para quien trabajo, el cual suele hacer uso exclusivo de ellos cuando tiene ganas de fumarse un puro. Por eso nuestra agencia es la mejor para este tipo de viaje, algo que su amigo el Aedo bien sabe. Por cierto, ¿ve aquel astro que brilla en aquella esquina? Es el planeta del señor Mercurio. Es una suerte verlo, ya que al estar tan cerca del sol, cuesta mucho distinguirlo.

Recordó Manuel que Mercurio era el planeta que gira más cerca de nuestra estrella, a una velocidad espantosa y con unos días larguísimos, lo que propicia que en la cara que da el sol, haga un calor de espanto, mientras que en la otra cara, haga un frío que pela. Le comentó este aspecto al señor Quinqué, el cual contestó:

- Tiene toda la razón del mundo. Con franqueza, no es un planeta para pasar una temporada larga.
Con un par de horas y mientras se ponga en un lugar intermedio entre las dos caras, sería más que suficiente. Se comprende que el señor Mercurio tenga su segunda residencia aquí en la luna, tan cerca de la Tierra, su lugar predilecto. Dicen que todavía hay un planeta más cercano al sol, Vulcano, el cual, a pesar de su existencia insegura, es uno de los lugares más recomendables para visitar. Pero no antes de haber pasado por Mercurio.

- Quinqué, creo que se impone una visita al planeta del señor Mercurio.

- ¿Lo dice de verdad? Estoy asombrado, Manuel, no lo hubiera imaginado tan decidido. Pero ya sabe que estoy a su servicio y que por eso me han contratado. Eso sí, le pido que sea una visita rápida, cada día me cuesta más aguantar las temperaturas extremas, sean de frío o de calor. Y olvídese de los puros: allí, o se consumen en un periquete, o duran una eternidad, congelados como barras de hielo.

- ¿Y a nosotros, Quinqué, qué nos puede pasar?

- No sufra por ello, Manuel, la agencia Mercurio garantiza la seguridad de sus clientes.

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