martes, 24 de abril de 2018

9º Capítulo (2a parte): Mercurio




Dijo Quinqué que tenía que aprovechar el momento en que Mercurio era visible, ya que su proximidad al sol lo hacía un planeta difícil de captar. Se armaron ambos con dos de las brevas compradas por el titiritero y las encendieron, echando humo en la atmósfera vacía de la Luna como dos locomotoras. Cerró los ojos Manuel, disfrutando del cigarro, que había aprendido a fumar con la mente, al tratarse de un artefacto de hacer humo tan cargado de resonancias terráqueas. Los minutos pasaron.

Cuando los volvió a abrir, se dio cuenta que estaban en otro lugar. Habían pasado a un paisaje bastante parecido al de la Luna pero con unas diferencias notables: hacía un calor de mil demonios, y el Sol, el astro mayor de nuestro Sistema Solar, con un diámetro considerablemente mayor del que vemos desde la Tierra, permanecía a un lado del cielo. Notó la velocidad del puro en acabarse: con una única calada, se extinguió como cigarro.

- Mercurio es uno de los lugares ideales para ver el Sol de cerca. No nos estaremos mucho rato, ya se lo dije, demasiado calor. Lugar perfecto para broncearse, eso sí, ideal para los turistas que aman la playa y el sol de España. Con apenas cinco minutos, adquirirían el color que en la Tierra tardan un mes en obtener. Deformación profesional, qué quiere que le diga, Manuel, pero no puedo dejar de pensar en mis clientes. Sin duda sería un negocio redondo para el señor Mercurio y su agencia, desde luego.

El Sol visto de tan cerca era un misterio total. Sin mirarlo directamente, al ser imposible resistir su potente radiación, supo que el astro que daba vida al planeta Tierra era el enigma principal de nuestra existencia. Una incógnita tan grande como lo puede ser el mismo Universo, esta totalidad repleta de billones y billones de soles que los astrónomos, con paciencia de santo, exploran y miden como si fuera posible contabilizarlos todos. Por un momento pensó si este Universo tan grande no era más que un juego para entretener a los humanos, ofreciendo la parte visible de los soles y sus chasquidos luminosos, con los cortejos planetarios que los acompañan, mientras esconde toda aquella parte que los científicos llaman oculta, la materia y la energía oscuras, la que no se ve pero que contiene una masa también 'oscura' ...

Esta oscuridad le excitaba. Era la misma oscuridad que rodeaba todo lo que vemos, fuera y dentro de la Tierra, una zona negra que él se imaginaba como una página en blanco donde los pioneros irían escribiendo sus relatos de aventuras.

- Tiene toda la razón en pensar lo que piensa, Manuel, lo he adivinado por su mirada intensa hacia el astro y hacia la oscuridad que le rodea, ya que al no haber atmósfera en Mercurio, tampoco están los cielos de color azul que tenemos en la Tierra. Por eso es tan importante visitar aunque sea una vez este planeta. Fíjese que además de ser uno de los mejores observatorios para contemplar el Sol, también lo es para pensar la Luna, ya que son muchas las relaciones que existen entre los dos astros, que uno diría que son hermanos por las semejanzas físicas que tienen, siendo la Luna la lógica segunda residencia habitual del señor Mercurio cuando necesita descanso y reflexión, mientras la Tierra puede considerarse como su lugar de trabajo. Piense que el señor Mercurio podría estar todo el día fumando puros y tocándose la barriga en su observatorio de la Luna, en cambio prefiere ser fiel a quiénes siempre ha considerado sus clientes, según establecen los múltiples acuerdos contractuales firmados a lo largo del tiempo, ya que si algo tiene el señor Mercurio como sagrado, es el cumplimiento de un contrato, sea del tipo que sea. Una persona muy atenta siempre a las transacciones comerciales y a la valoración de las monedas, sí señor!

-¡ Ya veo que son unos grandes profesionales, señor Quinqué!

- ¡Lo somos, lo somos, Manuel!

Se dio cuenta el titiritero que su guía hablaba con euforia, que supuso efecto de la proximidad del sol, que caliente las mentes y excita los cálculos de resultados. Pensó que la carrera de titiritero no le había dado demasiados dividendos, a pesar de la dedicación profunda y entregada a su profesión, por un simple motivo: nunca se había preocupado de ello. De alguna manera, daba por hecho que una carrera en la que uno hace lo que quiere, debe ser rentable por necesidad y obligación, no para enriquecerse, pero sí para ir tirando y vivir con una cierta normalidad. Y así había sido, en efecto, pero reconocía su poca dedicación a los asuntos mercantiles, siempre delegados a terceros y bastante desatendidos. Ahora vivía gracias a una pensión discreta que no le daba demasiadas alegrías pero que tampoco las necesitaba.

- Las cuentas de resultados son importantes, eso es evidente, pero sin que nos lleguen a obsesionar. Este es mi lema: vivir bien y dejar vivir. Los que para vivir bien no dejan vivir a los demás, lo cierto es que no son dignos de elogio, Manuel, creo que esto es de cajón. Y los que no quieren vivir bien y tampoco dejan vivir a los demás, estos son dos veces nefastos y censurables. Piense que en el campo de mi profesión, hay mucha gente así: personas que trabajan como burros y que ofrecen unos servicios indignos capaces de amargar la vida al más alegre de los turistas. Nos olvidamos que la economía es sinónimo de sabiduría, y que separar estos dos conceptos es tan aberrante como separar a dos amantes. Como decimos los catalanes, y permítame que me incluya, la pela és la pela, y Barcelona es buena si la bolsa suena, y tanto si suena como si no suena, Barcelona es buena. Esto es de cajón. Pero convendría insistir en que la bolsa suena si Barcelona es buena, porque si no es buena, quizás suene, la bolsa, pero sonará mal. Y por eso el señor Mercurio se encuentra tan a gusto en esta ciudad, porque por regla general es de las que sabe cuidar las dos cosas, con algunos altibajos, como es lógico y necesario, siendo la nuestra una de las agencias más activas y solicitadas de Barcelona. Una capital que lo ha sido siempre en cuanto a fumadores y venta de cigarros habanos, algo de suma importancia, como es fácil entender!

Sabía Manuel que el Sol en Mercurio pasaba muy despacio, por la larga duración de los días, lo que explicaba la excitación mental del señor Quinqué y la suya propia, que empezaba a sentir con fuerza.

- Ya veo que siente el calor, Manuel. Piense que la temperatura en este planeta pasa de los trescientos grados si es de día, lo que sería impensable en la Tierra, y cuando es de noche, baja a ciento setenta grados bajo cero, pero si aquí se soporta, es porque gozamos de las garantías que la casa Mercurio ofrece a sus clientes, ya que no sería de recibo dejar que nos achicharráramos a la primera de cambio. Eso sí, no se debe abusar de este privilegio, por lógicas razones de salud y de economía vital.

Y bajando la voz, como si le contara un secreto, añadió:

- Sepa que aquí el sol sale dos veces, ¿se lo imagina?, una curiosidad inusual, pues cuando sale, se esconde de nuevo para volver a salir enseguida y seguir su curso hasta llegar a la noche. Dicen que ésta es la razón de la duplicidad que se otorga al señor Mercurio, obligado a ver salir el sol por duplicado, lo que explica la atención que siempre ha mostrado hacia los demás, siendo la comunicación y el buen trato con la gente una de sus mejores cualidades. Lo que explica su interés por los turistas, los cuales suman a la condición de extranjeros el añadido del negocio, siendo una industria que no vende ni produce nada, sino que se basa en las buenas palabras y en las ilusiones del público y del producto, como hacen ustedes la gente del teatro, que venden humo y ficción. Por eso este planeta tiene tan poca cosa, al ser un paisaje de rocas y cráteres similar al de la Luna, como si fuera un escenario de los suyos pero sin decorados ni telón, ya que lo importante no es tanto la realidad de las cosas como las palabras que la cambian y se la inventan. Una zona de paso, yo diría, sobre todo para los difuntos que vienen de la Luna para seguir su curso mortal, tal vez con la intención de llegar al Sol, aunque antes haya que pasar por Venus, claro está ...

Se quedó Manuel pensativo al oír las palabras del señor Quinqué, que habían tocado un tema que le cocía por dentro desde que habían llegado a la Luna. Este tránsito de los difuntos por el satélite le había intrigado y supo entonces que era desde la distancia de Mercurio que debía enfocar la cuestión. Y de pronto comprendió el sentido de aquellos saltos que había hecho de la Tierra a la Luna, y de la Luna a Mercurio: disponer de perspectivas y de ángulos de observación lo bastante lejanos para poder captar el meollo de las cosas. Si era cierto que los muertos seguían este camino, mucho mejor hacerlo en vida para entender mínimamente la cuestión. Y por eso era importante la Extravagancia, que daba consistencia y sustancia al saber que guiaba los periplos de la vida y de la muerte.

En efecto, visto desde la Tierra, tiene su lógica que las almas de los difuntos permanezcan como quien dice flotando por los espacios cercanos a los escenarios de sus vidas, afectados por el deseo de permanecer cerca de sus seres queridos. Pero por otra parte, es comprensible que estos mismos difuntos sientan la necesidad profunda de alejarse de estos escenarios, que disfrutaron y sufrieron en vida, más que nada porque mantenerse pegados a ellos les parece algo insano y un despropósito total y absoluto. ¿Qué sentido tiene permanecer donde no pintas nada? De entrada, debe ser una gran sorpresa para muchas de estas almas constatar que una vez fallecidos, siguen con una cierta conciencia de los hechos. ¿Así que tenían razón los que propugnaban una vida más allá de la muerte?, se preguntan consternados. Claro que enseguida se dan cuenta de que de vida no tienen nada, ya que el cuerpo, que es lo que encaja en los parámetros de lo que se llama vida, no sólo lo han perdido sino que lo ven pudrirse a una velocidad de espanto. Entonces si no tienen vida, ¿qué tienen? Esta conciencia de seguir siendo alguien sin figurar en ninguna parte no deja de ser una contradicción y un imposible como una catedral. Una conciencia que no se puede mirar en ninguna parte, porque los espejos no la reflejan por mucho que los videntes insistan en ello. Y si una conciencia no se refleja, no tardará mucho en dejar de ser conciencia, al ser su principal característica el hecho de poder verse a sí misma, pues una conciencia que no se ve ni sabe que es una conciencia, se acerca a lo que son los animales o las piedras cuando vuelan por los espacios con ganas de entrar en la atmósfera de algún planeta o de colisionar sobre su superficie, las cuales son pero no saben que son. Y sin duda sentirán una inquietud casi desesperante de encontrar alguna superficie donde reflejarse y saber que se sigue siendo conciencia que se sabe consciente, es decir, autoconsciente.

El señor Quinqué, que lo miraba y parecía seguir sus razonamientos aunque se expresaba sólo con la mente, intervino en ese punto:

- Don Manuel, me deja usted sorprendido por la perspicacia de sus pensamientos, que dan al clavo en cosas de las que son muy difíciles de hablar, por la simple razón de que nadie sabe nada de ellas. Y explica que esto sea así por el hecho de encontrarnos en Mercurio, que del conjunto de los planetas, es el más mental de todos, sin duda por la proximidad del sol y por la fuerza que sus rayos dan a las radiaciones mentales, de por sí muy débiles, pero que aquí suben de nivel y de volumen, por lo que podía oírlo a la perfección como si estuviera hablando en voz alta. Es por eso que se considera al señor Mercurio como el más inteligente y previsor de las personalidades eminentes que habitan en nuestro Sistema Solar, armado como está por una capacidad mental de cálculo elevada a unas potencias difíciles de imaginar. ¡Admirable al cien por cien!

Manuel, animado por las palabras de Quinqué, continuó pensando con aquellas palabras que eran oídas por su guía como si fueran dichas en voz alta.

- Siguiendo lo que decía de la conciencia de los difuntos con ganas de perdurar, se desprende que al no encontrar donde reflejarse en los ámbitos de la vida, que son los que ocupan la totalidad del planeta Tierra, se vea obligada a mirar más allá, dirigiéndose a lo que le ofrece el cielo: de día el sol, y de noche la Luna y las estrellas. El sol poco les puede servir, a las almas: su potencia hace imposible mirarlo a la cara. Además, con tanta luz se sienten diluidas y tragadas por una fuerza mayor. Claro que es posible que muchas prefieran este destino de disolución lumínica, como hacían tantas almas en el antiguo Egipto, que se sumaban gustosas al cortejo de la barca de Ra. Ahora bien, las almas contemporáneas con ganas de pervivencia deben buscar la oscuridad de la noche y el brillo de las estrellas, que de alguna manera les permite reflejarse, aunque sea por unos fugaces instantes. Pero lo lógico es que sea la Luna la que se ofrece como espejo perfecto para las almas. Cuerpo anímico por excelencia, los humanos siempre la hemos tenido como un astro interior, que abre puertas escondidas a la imaginación de los poetas, los soñadores y los enamorados, quizá porque sabemos que en ella no hay nada, sin vida y sin atmósfera. Un astro con dos caras, la oculta y la visible, y que ha servido desde siempre para esconder los rostros opuestos de lo que somos y hacemos. Esto explica que la Luna actúe como una especie de remolino de empatía en relación a las almas, y que estas se dejen llevar con gusto a su vacío reflector, buscando la verificación de un mínimo de existencia. ¿No le parece, Quinqué?

- Estoy totalmente de acuerdo con usted, Manuel, aunque yo nunca lo hubiera expresado con estas palabras, por lo que me admira y me gusta aún más lo oído, porque no hay nada como escuchar las mismas cosas dichas con diferentes lenguajes, acentos y colores. Porque hay un misterio aquí escondido de los más divertidos del mundo, y es que en el fondo las cosas son como son y como cada uno las ve y las dice a su manera, sin que esta variación cambie para nada su significado y la verdad de lo que se dice, de una importancia tan prominente como relativa. ¿No lo encuentra admirable al cien por cien?

- Lo es, Quinqué, lo es. Y me pregunto porqué estoy hablando de cosas que no sé y de las que es imposible saber nada, ya que sobre lo que ocurre después de la muerte que yo sepa nadie todavía ha hecho un relato capaz de pasar por un examen riguroso de los hechos y pueda ser firmado por un notario.

- Quizás en esto se equivoca, Manuel, si tiene en cuenta que en este ámbito del Sistema Solar, el señor Mercurio ejerce como quien dice de Notario, al ser el escribano encargado de atestiguar y poner en letra escrita y hablada los hechos ocurridos. No por nada se le considera el inventor de la escritura.

- ¿Quiere decir que la razón de todo esto es por encontrarnos en este planeta tan cercano al Sol? ...

- En efecto, Manuel. Tenga en cuenta que Mercurio es un planeta que se parece mucho a la Luna en composición y personalidad, si descontamos estos rasgos de excitación mental que otorga la cercanía del sol. Esta semejanza hace que los dos planetas se reflejen y que desde uno y otro sea fácil averiguar algunos de sus secretos más íntimos. Por eso se dice que si se quiere mirar bien a la luna, vaya usted a Mercurio, y al revés, para ver bien a Mercurio, hágalo desde la Luna. Desde la Tierra, de nuestro satélite sólo vemos lo que inventamos y proyectamos en nuestras insensateces y nuestros delirios, base del arte y de la poesía, por supuesto.

- Quizá esto explique que los difuntos, al llegar a la Luna, sufran un descalabro monumental, al constatar el vacío que reina en ella, tan lejos de las plenitudes que le poníamos desde la Tierra. También permite imaginar que las almas de repente se empiecen a ver entre ellas, lo que si bien las salva de la inanición, al verse reflejadas las unas en las otras y por ello certificadas en su existencia, por el otro lado, caen como quien dice en un régimen de sociedad anímica que arrastra todos los vicios y las malas costumbres de cuando estaban vivos. Es decir, en vez de sentirse libres de las emociones enfrentadas y perniciosas, se ven en ellas inmersas, sin posibilidad de distanciarse de tanta sobreactuación, al menos en una primera instancia. ¡Un infierno!

Se hizo un silencio extraño.

- ¿Quiere decir, Quinqué, que todo esto lo digo porque en cierto modo lo estoy viendo en la Luna desde aquí?

- Así es, sí señor, esta es la razón, ya le he dicho que Mercurio es el mejor observador de la Luna, me refiero a una observación objetiva y real, sin las atmósferas de la imaginación humana, gracias al talante tan peculiar de este planeta que no se está de historias y por el que dos y dos son cuatro y déjese de tonterías.

- ¡Admirable, Quinqué!

- Y fíjese Manuel que este Infierno con el que hace un momento ha descrito la situación de los difuntos en la Luna, se acaba cuando consiguen reflejarse en otro espejo que los atrae más, que no es otro que Mercurio. Se produce entonces un fenómeno curioso: de repente la Luna ya no les interesa más. Han sabido extraer de ella su certificado de existencia, objetivo principal de su fuga de la Tierra, pero permanecer atrapados en los vaivenes emocionales de las otras almas les resulta insoportable. Necesitan otro espejo, que sólo les puede ofrecer Mercurio, el cual certifica la verdad de los números y de las habas contadas. Ahora bien, estas habas contadas no dejan de ser un choque y un espanto para muchos, no tenga la menor duda, dada la manía de los humanos en vivir fuera de la realidad, por encima o por debajo de sus posibilidades, sin llevar la contabilidad exacta de sus pérdidas y ganancias. ¿Se imagina usted la vergüenza y el choque que sienten muchos cuando se ven desnudos en su engaño, tan pegadas están sus almas a estas impostaciones falsas?

-¡Horrible, Quinqué!

- Ya veo que no es su caso, que rara vez ha estirado más el brazo de la manga, pero lo es de una gran mayoría de los mortales, ¡no se lo puede usted imaginar!

Callados, contemplaron las imágenes que emanaban de esta relación tan extraña entre la Luna y Mercurio. Vieron entonces el misterio de la doble salida del sol, ya que entretenidos en la conversación, no se habían dado cuenta del paso del tiempo y de como el sol se había puesto y volvía a amanecer por uno de los lados del planeta. Dijo Quinqué:

- Fíjese, Manuel, como de sabio es este mundo en el que nos encontramos, que es incluso capaz de ofrecer soluciones allí donde parece que no las hay. Porque este fenómeno tan insólito de la doble salida del sol da a los difuntos que ya se veían condenados a ser almas fallidas y miserables, una segunda oportunidad: si el sol nace dos veces, ¿por qué no podemos nacer nosotros una segunda vez, sin los efectos nefastos de la primera? Por otra parte, el doble amanecer del sol otorga a los difuntos una sensación de dualidad que incorporan de inmediato, cosa que les permite mirarse a sí mismos y tranquilizar sus dudas existenciales. Claro que una cosa es decirlo y otra hacerlo. Y dada la larga duración de los días en Mercurio, ya puede imaginar lo que dura esta pedagogía de la doble salida del sol. Una duración que la gran inteligencia previsora del señor Mercurio ha sabido utilizar para que los humanos aprendan al menos algo de matemáticas, que van bien cuando lo importante es saber contar y que cuadren los números y el balance de resultados, ¿no le parece?

Estaba atónito, Manuel, por sentirse absorto en unos pensamientos que le sobrepasaban, porque era obvio que él nunca habría llegado a estas alturas de elucubración metafísica por sí solo, al estar atada su imaginación a las marionetas, que se mueven desde arriba con hilos y pisan el suelo para mostrar su resistencia a la gravedad. Mundos que pese a su fantasía, son por definición objetuales y materialistas, hechos de materia sólida y ligeramente pesada, lo suficiente para poder contrapesar la fuerza alzadora del hilo.

Sintió que otros hilos invisibles estiraban sus pensamientos, hilos que parecían proceder del sol, como si el astro quisiera mover sus ideas que para él eran piezas de un rompecabezas desencajado y caótico que había que ordenar, algo imposible, desde luego, y por eso mismo, una tentación excitante para el sol, la entidad más potente del Sistema Solar. ¿Tenía conciencia el sol? Tendría la que da la inercia de su propia rotación, pensó, más la que nace de ser el centro de su sistema, una inercia de tiempo implacable a la que sin embargo puede que le faltara un poco de la negación propia de los humanos, con sus ideas y palabras, siempre tan puñeteras, que actúan como espejos sutiles que fragmentan al ser y terminan despertando el fenómeno no menos sutil de la autoconciencia.

Se sintió Manuel manipulado por el sol en su intimidad y comprendió las historias que se cuentan sobre los dioses que a lo largo de la historia han representado al astro, como el mismo Zeus, celoso y pendiente de los humanos, los cuales no le llegaban a la suela del zapato en potencia, pero que eran capaces de afirmar y negar una misma cosa sin que el mundo se derrumbara, rico en ardides, como aquel detestable Odiseo que se las ingeniaba para salirse con la suya, aunque sólo fuera un humano infeliz.

Si el Sol lo manipulaba, sería para obtener algún beneficio, pensó el titiritero, ya que estas potencias primordiales no están para monsergas y van a la suya con la misma vehemencia que lo hace la fuerza de la gravedad, que por mucho que te resistas a ella, te atrapa y te chupa como si no fueras nada. Fue un consuelo saber que su presencia en Mercurio no era la del cuerpo presente físico de la vida, ni tampoco la de cuerpo presente de la muerte, sino la que tiene que ver con la conciencia y con los misterios del humo y de la pipa que llamamos alma, hecha de una materia que responde a la gravedad y a la física mundana un poco como le da la gana, lo que debe sorprender y extrañar a los átomos de la materia física que componen la parte visible del Sol. Claro que tal vez tenga una parte invisible, su materia, de esta que los entendidos llaman oculta. Si hay tanta en el Universo, como dicen, también debe haber dentro del Sol, relleno como está de materia gaseosa ígnea.

- Veo, Manuel, que la proximidad del Sol le está afectando y que sufre la típica insolación de las que son habituales en estas latitudes del Sistema Solar. Ya le decía que aquí hay que andarse con cuidado, sobre todo los visitantes vivos, porque los difuntos parecen ser algo más refractarios a la influencia solar, y sólo después de haber aprendido suficientes matemáticas en las aulas del señor Mercurio, se hacen más sensibles a las radiaciones solares.

- Creo que sería bueno volver a la Tierra, señor Quinqué.

- Una idea muy acertada, sí señor.

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