jueves, 3 de mayo de 2018

12º Capítulo (2a parte): El plan



Playa del Bogatell, Barcelona. Foto de Thomas Crabtree, extraída de Google Earth


Solía Manuel acudir a la playa cuando necesitaba pensar para entender las cosas incomprensibles de este mundo. Tenía motivos para ello. Sin embargo, tampoco pretendía aclararse al cien por cien, como diría su amigo el señor Quinqué, sino que sólo buscaba un cierto grado de serenidad. Le bastaba con pasear por la playa y dejar que las olas le mojaran los pies. El concierto cosmológico, por calificarlo de alguna manera, presenciado en el teatrillo de Pueblo Español todavía resonaba en sus oídos.

Con ánimos de pescar la primera luz del sol, se levantó temprano. Hacía uno de esos días que a veces hay en Barcelona, de una calidad sublime de cielo fresco y limpio sin una nube, como si unos vientos del norte hubieran acudido por encargo para limpiar las nieblas de polución, que son una de las vergüenzas de la ciudad, y llevarse de paso la humedad pegajosa tan característica del verano barcelonés.

Todavía faltaba un rato para salir el sol, y gozaba Manuel del frescor del agua que le activaba la circulación de la sangre. Deseaba situarse y reirse un poco de sí mismo. Mirarse con ironia era su mejor medicina, un viejo remedio catalán que tenía la virtud de conducirlo a la tranquilidad, para pasar de aquí a la euforia. Y mientras iba rompiendo con los pies las olas del mar, sintió que el estado eufórico empezaba a poseerlo. No había nadie más en la playa, salvo algunos jóvenes viajeros que dormían en sus sacos de dormir y dos o tres parejas que se habían escapado de la discoteca y buscaban la unión carnal de la madrugada. Igualmente algunas señoras que conocía bien porque eran las primeras a extender la toalla, instaladas ya en sus lugares de costumbre. Solían tener una cierta edad y se bañaban esperando la salida del sol mientras cantaban con voz potente alguna canción española o una aria de zarzuela.

Estos encuentros con los habituales de primera hora no le molestaban en absoluto sino que, por el contrario, lo excitaban y le hacían sentirse mejor. Se había olvidado incluso del Aposento, del Huevo y del señor Quinqué, aquel personaje que lo había guiado a la Luna al coste bajísimo de un euro más una caja de puros. Repasaba por dentro los rasgos de la situación, con el recuerdo fresco del teatrillo del Pueblo Español y su representación de impacto. Quizá por eso necesitaba caminar por la playa, en este límite entre el mar, el cielo, la tierra y la ciudad, allí donde los mundos se cruzan y se encuentran, una zona también de confluencia cosmológica, como lo era la Luna en relación a la Tierra y al Sol, o Mercurio respecto al Sol y a los demás planetas. En esta pequeña franja de arena mojada, podía revivir en pequeño sus viajes con el señor Quinqué y situarlos en relación a su persona, con una cierta garantía de vivencia apacible y casera con respecto al orden cósmico.

Pensó que mientras unos necesitan comprar un piso para vivir y situarse en relación a los demás, él necesitaba la ciudad entera para disponer de bancos donde sentarse y tumbonas de observación, plataformas de despegue, playas apacibles para el paseo, bares adecuados para el intercambio de opiniones, lugares indefinidos donde poner teatros, o edificios singulares que conectaban con determinados astros y planetas. La razón eran los títeres, que le habían ensanchado el terreno de juego, no sin antes haber puesto el huevo, claro, el cual había dinamitado los viejos espacios y abierto otros nuevos.

Experimentó una inquietud intensa, la sensación de un estallido inminente, una premonición que le entraba por la nariz y le provocava temblores en todo el cuerpo. Y entonces lo vio: ¡el primer rayo del sol salía disparado del horizonte del mar! Fue un choque, un batacazo que explotó en su interior, una bomba sorda de luz blanca y poderosa. De repente, sintió que la pipa interior se encendía, o más bien, se incendiaba, como si el rayo de sol fuera una cerilla gigantesca que la hubiera puesto en un estado total de combustión. La euforia hizo que la corneta solar tocara diana al mundo entero, y su 'tercero', aquel que mira a los otros dos fumar y dejarse fumar, salió disparado como un cohete para saludar al sol, al día, a la ciudad y al mundo entero.

Y en ese momento mágico de la salida del sol, cuando la excitación subía sus enteros de entusiasmo, Manuel se dio cuenta que necesitaba un plan. Las cosas no se hacen sin un plan previo. Estaba acostumbrado Manuel a obrar a partir de dibujos y gráficos, así establecía las escenas de sus obras, que desplegaban el argumento con sus personajes. También era verdad que la mayor parte de las veces las ideas venían de las manos, cuando modelaba cabezas y cuerpos con el barro, o tallaba la madera para hacer salir las caras de ella. Por eso en el taller tenía tantos dibujos que se acumulaban a lo largo del trabajo de construcción.

Aquí, el asunto tenía un punto de partida: el huevo. Un cero del que empezaba todo. Cerraba una vida y abría otra. Un vacío que era el Big Bang de la Extravagancia, donde todo estaba escrito entre líneas en un espacio sin líneas. Es decir, en el huevo había un plan, sí, pero aún por eescribir, y si él lo había puesto, a él le tocaba escribirlo. Una escritura sin escritura, claro: su mundo estaba hecho de imágenes y de palabras que sonaban sin literatura.

Cuando rompió el huevo, estaba vacío. Un vacío lleno de una vitalidad capaz de levantar a los muertos o en todo caso de dar vida a criaturas de madera, que viene a ser un poco lo mismo. Un vacío que vivificaba los trazos de su imaginación, pues no otra cosa eran los títeres que habían nacido de sus manos. Ya podía el Aedo marearlo con sus cuentos de los orígenes y los dioses juguetones y sus huevos primordiales. Aquí sólo había un huevo que contaba, el suyo, el puesto en el Aposento.
Pensó que era normal que las criaturas nacidas de sus manos inventaran historias sobre el origen y escogieran sus destinos, como hacemos nosotros los humanos, que si no tenemos explicaciones para todo no estamos tranquilos. Lo entendía y lo respetaba. Cada uno con sus historias. Él ya tenía bastante con la Extravagancia.

¿Pero era eso un plan? Se dijo que sí y no. El huevo, trasladado a la pipa que fumaba por dentro, se había convertido en la Extravagancia, una palabra que servía más que nada para abrir un espacio. Su espacio, su ciudad. ¿Acaso no lo tenía antes? Tuvo que reconocer que no. Las cosas sólo se tienen cuando se inventan, pensó. Quizás eso es lo que le había llevado al huevo. En realidad, se lo tenía que inventar todo. Contaba con un trabajo previo, es cierto, todos esos títeres vivificados por el huevo y desperdigados ahora por la ciudad.

Pero el espacio que el huevo le había abierto y que él tenía que inventar, era un espacio distinto. Aquel huevo le había llevado aires de otros mundos que antes no conocía. Su extravagancia era la ciudad conectada directamente con los astros del espacio, de momento con la Luna, Mercurio y el Sol, pero intuía que las puertas estaban abiertas para nuevas exploraciones. El Sistema Solar, y más allá, la Galaxia, se abrían en profundidad a su visión. La Extravagancia tenía que ser extravagante por necesidad y definición, se dijo, de modo que todo concordaba.

Todo eso pensó Manuel en ese segundo del primer rayo de sol que había incendiado la pipa y lo había disparado cielo arriba. Se dio cuenta entonces que ya tenía bastante plan. Y cuando el sol salió del todo, apoyando su bola de fuego sobre la barriga del horizonte del mar, vio la ciudad encendida también de luz, y comprendió que todo era una cuestión de habas contadas, como habría dicho el señor Quinqué desde Mercurio. Ni pitos ni flautas, pensó conciso, la solución era la Extravagancia, en mayúscula, para hacerla más evidente y necesaria.

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