martes, 8 de mayo de 2018

13º Capítulo (2a parte): La Sagrada Familia





No fue ninguna sorpresa, porque ya Quinqué le había hablado varias veces de este monumento gaudiniano, siempre con altisonantes elogios, y por eso, cuando le invitó a hacer una visita a la Sagrada Familia, lo encontró como la cosa más lógica del mundo. Si había alguna extravagancia renombrada en Barcelona, ??esta era la iglesia de Gaudí, uno de los edificios más prodigiosos y alborotados del mundo. Encajaba como anillo al dedo con su reciente plan sin plan urdido.

Se acercó a la caseta de seguridad que hay delante de la puerta de la Pasión, y pidió por el señor Quinqué. El empleado le dijo que esperara, que vendría enseguida. Había mucho movimiento de grupos que buscaban a su guía, de guías que buscaban a su grupo, todos ellos con citas previas, ya que el acceso al Templo estaba muy regulado, para frenar la avalancha de visitantes siempre desmedida en agosto. Tuvo que reconocer Manuel que, salvo una vez que había llevado a alguien veinte años atrás, no había pisado la Sagrada Familia desde entonces, un lugar con el que muchos barceloneses viven de espaldas. La verdad es que no sabía muy bien porque, era una costumbre que cierta parte de la ciudadanía había instituido, con actitudes de mucha convicción crítica.

Se sintió de pronto muy excitado de visitar ese espacio turístico, como si sus ojos, trasladados a la óptica de los extranjeros que lo rodeaban, gozaran de una perspectiva exterior que por regla general los de Barcelona carecen.

- ¡Don Manuel, por aquí, por aquí!

Apareció Quinqué dentro del recinto, donde se movía como en casa, saludando a sus compañeros de trabajo que miraban móviles y listas en unos papeles colgados en un panel. Abrió una puerta metálica guardada por un miembro de seguridad y dejó pasar al titiritero.

- Hemos hecho bien en venir temprano, hoy es un día de esos que se puede decir que haremos pleno, según he podido comprobar y como ocurre cada día, por otra parte. Por fortuna, me he quitado de encima los compromisos que tenía, no hay nada como disponer de buenas amistades, Manuel, y las sustituciones aquí se pagan muy bien. ¡No se puede imaginar la demanda que hay! ¡Quizás muramos por ello, pero el éxito es rotundo!

Miró Manuel hacia la fachada de la Pasión, que tanta polémica ha despertado siempre entre las cabezas pensantes de la ciudad, que dicen que es una aberración y una pifia del escultor que se encargó de las esculturas, el señor Subirachs. Pero calló, ya que no tenía ganas de entrar en discusiones con su guía. Sentía una curiosidad creciente y tenía ganas de mirarlo todo desde la ingenuidad del neófito que era, pues tenía que reconocer que de este asunto no sabía nada.

- Manuel, siempre tenemos por costumbre, cuando se trata de hacer una visita con gente de gusto, empezar por las escuelas que Gaudí construyó para los hijos de los trabajadores. Ya sabe la importancia que daba a sus operarios, en este tipo de obra en la que se experimentaba sobre la marcha. Pues bien, el pequeño edificio de las escuelas construido en 1909, cambiado de lugar varias veces, es una verdadera joya, un ejemplo del genio compositivo y estructural de Gaudí, de cómo aprovechar el espacio al máximo con soluciones mínimas y originales, como es el uso del conoide para la curva de las paredes y del techo, una maravilla de estructura geométrica, que consigue una gran resistencia con simplicidad y enorme economía de medios. Para muchos arquitectos, esta escuela constituye uno de los edificios más interesantes de Gaudí, estudiado e imitado por los entendidos que le profesan verdadera devoción.

Entraron en aquella modesta construcción, provista de tres aulas que habían decorado como si todavía se dieran clases en una de ellas. Respiró Manuel un aire antiguo y precario, como es normal que sea un lugar destinado a educar a niños humildes de la clase trabajadora. El contraste entre esta humildad y el respeto y la atención que guías y visitantes profesaban al edificio, era realmente curioso y paradójico. El áurea de Gaudí creaba una alquimia que era capaz de transformarlo todo, como si entrar en ese recinto fuera estar en contacto con un prodigio que sobrepasaba los límites de la condición humana.

Pero la visión del interior de la basílica, ya plenamente acabada desde 2010, fue una especie de choque para Manuel. La altura de las columnas y el estallido de colores, texturas, geometrías y formas inspiradas en esqueléticas ramificaciones arbóreas, casi lo asustó. No estaba preparado el titiritero para ver espacios de aquella naturaleza y magnitud, acostumbrado a una vida austera y actuando siempre en espacios modestos, aunque sí había visto algunos edificios emblemáticos del mundo en sus viajes. Pero de eso hacía mucho tiempo y no podía encajar en ninguna parte el delirio arquitectónico que se le abría ante sí.

- Veo, Manuel, que le ha sorprendido ver esta profusión de formas que se alzan hacia el cielo sin pudor alguno, ya que si algo tenía Gaudí de característico era esta oposición radical entre la contención religiosa y casi anacoreta de su vida privada, especialmente de viejo, y la incontinencia desatada de su imaginación que iba tan lejos como le permitía la técnica. Porque lo más importante aquí es que en este edificio forma y función se juntan como anillo al dedo, quiero decir que a pesar de que todo parece una fantasía hecha de piedra, en realidad cada forma responde a su función exacta en el conjunto, de modo que salvo las esculturas, no hay aquí nada de gratuito. ¡Admirable al cien por cien, Manuel!

Supo así el titiritero lo que se explica a los visitantes sobre las innovaciones arquitectónicas del arquitecto de Reus, el estudio del equilibrio de fuerzas en el reflejo de sus maquetas hechas al revés, con los saquitos llenos de perdigones para simular peso y resistencias, y cómo utilizó formas que sacaba de la naturaleza y que él sintetizaba en composiciones geométricas, los hiperboloides, paraboloides, elipsoides y la espectacular helicoides en sus escaleras de caracol dejadas a vista que parecen tuercas gigantescas de esas que se utilizan para agujerear la tierra. O el uso del arco catenario, inspirado en la curva llamada catenaria que hace una cuerda cuando cae suspendida entre dos puntos. Cosas de las que había oído hablar Manuel, pero que ahora podía ver en su realidad monumental hecha de piedra.

Tuvo que sentarse en una de las sillas para los feligreses que hay en la nave central, y contemplar sentado las alturas luminosas de la basílica. El esplendor visual era tan variado y potente, que necesitaría días y semanas para discernir los detalles y sus significaciones, si es que tenían alguna como sospechaba.

- Fíjese, Manuel, como estas columnas que suben y se ramifican son los huesos vegetales de un bosque de piedra, y como el techo es la columna vertebral con sus vértebras de un cuerpo que se agacha para sostener sobre él las torres que deben subir mucho más arriba todavía de las que existen hoy. También se podría decir que estas columnas son las raíces óseas que sustentan los troncos de las torres centrales que subirán cielo arriba y que junto con las de las fachadas, constituyen este bosque monumental de piedra atornillada situado en medio de Barcelona que es la Sagrada familia, un bosque plantado por Gaudí en su día y que ha ido creciendo a lo largo de los años, bien regado últimamente por la afluencia turística.

Le importaban un rábano a Manuel las disquisiciones del señor Quinqué, que le entraban por un oído y le salían por el otro, pero escuchaba con agrado sus palabras, cuyo entusiasmo lo mantenía en ese estado feliz de mirada exterior y distanciada. Por dentro, una vocecita irónica se reía de que a su edad se dejara llevar por una situación tan banal como era descubrir la Sagrada Familia, un lugar que había visto e ignorado miles de veces al pasar por su lado. Pero hacía rato que notaba que su pipa interior empezaba a entrar en combustión, y supo también que todas aquellas ironías y los prejuicios que le llegaban del pasado acudían sólo para satisfacer las necesidades de combustión de la pipa, ávida de fumarlos, mientras quién se lo miraba desde la cabeza empezaba a sentir el conocido mareo que precedía a la bajada a la pipa, para iniciar de esta manera el proceso de desdoblamiento que no tardaría mucho en desembocar en el que mira desde arriba cómo el otro se fuma a sí mismo.

Soltó una carcajada que sorprendió y agradró al señor Quinqué y no tanto a los turistas que estaban sentados en las sillas vecinas, absortos como él en la visión de las alturas y descansando de tantas horas de ver y pisar piedra.

Entonces los vio: sobre las barandillas de los estrechos pasillos de los niveles superiores del recinto, distinguió  las cabezas de sus títeres, que parecían muy contentos de verse donde se veían y de  contemplar la masa de visitantes que entraba y salía del templo. Se movían nerviosos de un lado a otro, a veces se inclinaban sobre el vacío inmenso hecho de luz y piedra. Supo que sólo él los veía, ya que en ningún momento percibió algún signo de extrañeza entre los turistas y los escasos visitantes locales. Y de repente, se vio desde arriba también a sí mismo junto al señor Quinqué, que le susurraba al oído maravillas del lugar, con numerosos datos sobre la Sagrada Familia, que guardaba en la memoria para sospesarlas más tarde, ya que ahora estaba más interesado en pasear por aquellas alturas en compañía de sus Pericos y demás personitas que se habían escapado del Aposento.

Se dio cuenta que su guía ya no estaba abajo sentado a su lado, ni él tampoco, y al cabo de un rato, lo vio subir por una de las escaleras de caracol que colgaban rectas en el espacio de la basílica. No tardó en tenerlo delante. Al fondo, el Perico Perico le hacía señas indicándole una dirección. La siguieron sin decir una palabra y entraron por una puerta que se habría dicho surgida de algún cuento de las Mil y Una Noches, de piedra y con una forma exótica y descomunal.

- No crea que está soñando, Manuel, esta puerta es tanto de Gaudí como cualquier otro elemento arquitectónico de la Basílica, ya que su inventiva estaba condicionada por una imaginación que desbordaba todas las previsiones, inspirado decía él en la naturaleza, aunque yo pienso a veces si no se inspiraría en otros paisajes más lejanos y rebuscados aún, ya que su capacidad visionaria era de las que van lejos y no se detienen ante los obstáculos.

Y bajando la voz, añadió:

- Dicen que su inspiración era el clasicismo de la Grecia antigua, lo que dejaba boquiabierto a todo el mundo, ya que no hay nada que más se aleje de la austeridad noble y armoniosa del arte griego que las formas gaudinianas y el modernismo en general. Pero él replicaba que sólo estaba haciendo lo que habrían hecho los griegos si hubieran seguido viviendo y creando arquitectura a lo largo de los milenios. Según explicaba, la Sagrada Familia era el edificio que más se acercaba al Partenón si éste hubiera contado con el poso de los siglos y la experiencia acumulada que tienen hoy los albañiles catalanes. De ahí venía su obsesión en pintarlo todo de muchos colores, como hacían los escultores griegos e hizo él en la fachada del Nacimiento, huyendo del mal gusto actual por la piedra desnuda, que él veía muerta y que gusta tanto a los contemporáneos. ¡Admirable al cien por cien, Manuel!

Enfilaron por un pasillo interior que daba vueltas y más vueltas hasta que salieron a una especie de azotea o terraza que se abría en el interior del espacio en construcción encima del templo. Veía las ocho torres ya existentes despegar muy por encima de la ciudad y pensó cómo diablos acabaría todo aquello una vez terminadas las torres que faltaban, más la del medio que según le había dicho Quinqué, ascendería hasta los 173 metros, los mismos que tenían las alturas de Montjuic. ¡Un artefacto delirante y monstruoso!

- Lo es, lo es, Manuel, no puede imaginarse como lo es de delirante este edificio, motivo por el que entusiasma tanto a todo el mundo.

Comprendió que Quinqué escuchaba su voz interior, como había sucedido en Mercurio, que él había explicado por la proximidad del sol, y ahora calculó si no serían aquellas cuatro torres de piedra de la Pasión las que hacían de antenas del pensamiento.

 - Fíjese que muchos dicen que esta iglesia será en el futuro la catedral universal de la Iglesia Católica.

Parece ser que el Papa Benedicto XVI, en su visita de consagración el 7 de noviembre de 2010, quedó tan impresionado y fueron tan extraordinarias las palabras dichas en su admiración del templo, que todo el mundo dedujo que a la larga, la Sagrada familia estaría destinada a jugar un papel fundamental en el devenir del catolicismo. Es curioso que muchos años antes, otras personas, como el escritor Francesc Pujols, que conoció bien a Gaudí, profetizó que el Templo se convertiría, una vez terminado, en el monumento póstumo dedicado a la Iglesia Católica, cuyo final él calculaba en coincidencia con el de sus obras de construcción. Algo que sólo se puede entender por la impresión que causa a todo el mundo semejante atrevimiento arquitectónico. Yo, sin embargo, prefiero pensar que su futuro no puede ser otro que convertirse en la Catedral Universal de todas las iglesias y creencias religiosas del mundo, sean deístas o ateas, ya que hoy en día hay de todo en este mundo. Y no hay que irse muy lejos en el futuro para comprenderlo, sólo cabe fijarse en la procedencia de los millones y millones de visitantes que acuden, y se dará cuenta que pertenecen a todas las religiones y culturas de este planeta, sin que a nadie le importen los símbolos religiosos puestos por Gaudí y sus continuadores, salvo a los artistas locales, claro, por esta fijación en contra que le tienen. Al ser tan estrambóticos e incomprensibles muchos de estos signos, todo el mundo los hace suyos, inventándose los significados profundos que tienen y no tienen. ¿No lo encuentra irrefutable al cien por cien, Manuel?

Esta aseveración de Quinqué impresionó mucho a Manuel. Nunca había pensado que aquel templo tan familiar a los barceloneses pudiera ser en realidad un edificio vacío capaz de convertirse en la catedral de los habitantes del mundo entero, sean laicos o religiosos, fanáticos o librepensadores, creyentes o descreídos. Y la realidad aparentaba dar la razón al guía, que con su cara de pájaro parecía querer despegar en cualquier momento para darse un garbeo por entre las torres. También comprendió que aquel edificio era un monumento a la imaginación y al atrevimiento humano, una especie de celebración de la creatividad enloquecida, de la que Gaudí fue eminente practicante. Y quizá por eso interesaba y satisfacía a todos, menos a la inteligencia local, siempre terca en no reconocer los méritos de quién se sale de la mediana.

Se dio cuenta de que Perico Perico había instalado dos tumbonas en la terraza, del mismo estilo que las utilizadas en el mirador del Castillo de Montjuic, desde las que habían despegado por segunda vez a la Luna para saltar después a Mercurio. No podía menos que felicitarse de la eficacia de sus títeres, que habían comprendido a la perfección sus trabajos de asistencia, aunque sabía de sobre que no podía confiar demasiado en ellos, por la misma razón que tampoco acababa de fiar de sí mismo. Se sentaron. El señor Quinqué ya había sacado dos puros del bolsillo y al cabo de pocos minutos tenían los cigarros encendidos echando humo a raudales que se enroscaba como pequeños hilos de niebla por entre las filigranas del entorno. Y mientras disfrutaban de la triple combustión, la doble de Manuel y la del cigarro de Quinqué, se dejaron llevar por la grandeza de lo que veían, rodeados de piedra, grúas y palomas.

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