viernes, 11 de mayo de 2018

14º Capítulo (2a parte): Disquisiciones de altura





Después de permanecer sentados en aquellas alturas de la Sagrada Familia en silencio un rato, quizá corto de reloj pero largo en el tiempo, Manuel comprendió que el objetivo del arquitecto Gaudí no era otro que construir su propia Extravagancia, de piedra en ese caso. También pensó si la Sagrada Familia no sería el molde mental de su plan, lo que descartó enseguida al recordar que nunca la había tenido en cuenta, aunque sí era verdad que la había visto siempre allí en su sitio, creciendo año tras año, como un ejemplo de desmesura ofrecido a la ciudad. Todo esto era un misterio que no acababa de entender, a pesar de intuir que no iba del todo desencaminado en alguna de sus suposiciones.

Tenía ante sí al Aedo, que parecía interrogarlo con la mirada, tan ansioso como él de encontrar respuesta a sus inquietudes. Fumaba aquella pipa de atrezzo sin tabaco, quizás de la misma manera que él fumaba su pipa por dentro. Quinqué, que permanecía callado a su lado desde hacía un buen rato, dijo:

- Creo que tengo la respuesta a su pregunta, Manuel.

Los ojos del Aedo se clavaron en el guía mientras su pipa sacaba un humo raro cuyo olor recordaba al del incienso.

- Construir la Extravagancia, como usted lo llama, una palabra curiosa que, debo confesar, nunca había oído antes con este significado, tiene que ver con lo que se considera una creación estrafalaria o fuera de lugar, que por su magnitud y singularidad, es capaz de atraer la atención de personas situadas en los extremos más opuestos de esta vida, por lo que se puede decir que una de sus características es la capacidad que tiene de acortar distancias y unir diferencias. Fíjese que este es el caso de edificios emblemáticos, como lo puede ser la Torre Eiffel y, por supuesto, la Sagrada Familia, esta iglesia monumental que no se parece a ninguna otra y que se levanta de un modo como en ninguna parte se ha visto antes, por muy monstruosa que la encuentren algunos. Y realmente podemos decir que debido a su poder de atracción, no hay distancias en el mundo que impidan que la gente venga y la visite, sean las personas como sean, amigas o enemigas o simplemente tan distantes como lo pueden ser dos personas distantes. Este es el misterio y casi le diría el milagro de su existencia, por lo que le decía antes de que la consideraba una catedral universal abierta a todos los credos e incredulidades inimaginables. ¿No le parece de cajón, Manuel?

Una luz se encendió en la mente del titiritero.

- ¿Quiere decir, Quinqué, que todos estos millones de personas que acuden a visitarla no son más que peregrinos atraídos por el misterio de esta capacidad invisible de unión, pero que lo hacen disfrazados de turistas?

- Ha dado en el clavo, Manuel, yo no veo otra explicación, por mucho que los periódicos nos hablen de sociología y de la industria del turismo. Piense que estamos en una época de incredulidades, en la que nadie cree en nada, por eso es normal que la gente peregrine sin que sean conscientes de ello o que lo quieran reconocer, ya que lo encontrarían ridículo y muy démodé.

- Entonces deberíamos concluir, Quinqué, que el éxito de Barcelona es también un fenómeno de peregrinaje camuflado, al haberse convertido la ciudad entera en una Extravagancia capaz de despertar este interés de la diversidad que busca la unión invisible?

- Es una manera de decirlo muy acertada, estoy totalmente de acuerdo con usted. Tendré que consultarlo con el señor Mercurio, no sea que se nos ocurra alguna nueva estratagema publicitaria.

- Pues sepa, Quinqué, que con palabras similares a las que acaba de utilizar para explicar la Extravagancia, yo ya había definido con anterioridad el teatro de marionetas, capaz de crear distancia para unir la diferencia. Piense que cuando actúa una marioneta, y esta es la base de nuestro arte, el muñeco de madera coge vida y se convierte en el sujeto principal para aquellos que estamos a su lado, seamos titiriteros o seamos espectadores, los cuales pasamos a un estado pasivo en relación al títere. La comunicación entre las personas se hace entonces desde la distancia que fuerza la marioneta, y por ello se puede decir que la forma que utiliza el teatro de títeres para unir y comunicar, es a través de la separación.

- ¿Insinúa quizás, Manuel, que la Sagrada Familia actúa como si fuera una marioneta gigante de piedra que une a la gente al convertirse en un centro activo frente al pasivo de las personas?

- Exactamente, con la peculiaridad de que Gaudí lo hizo todo de piedra y estático, garantizando así la máxima distancia y, por ello, la unión pacífica de la gente. En realidad, Quinqué, cada una de las puertas las he visto hoy como uno de estos retablos medievales cargados de figuras con muchas escenas y elementos teatrales, con tanta variedad que satura la mirada y asegura la atención de todo el mundo, impidiendo una visión única y propiciando que cada uno se haga las interpretaciones que le apetezcan. Y cuando se entra en el interior de la iglesia, el conjunto vuelve a ser de una espectacularidad que todos se la apropian a su manera.

- Dicen que la finalidad de estas largas columnas y la del bosque de plantas que suben y se abren en estas figuras geométricas tan esplendorosas sobre las que ahora estamos sentados, es la de funcionar como un órgano de piedra y de luz, con una música que suena por dentro y por eso mismo tan unificadora, ya que no hay nada que más unifique que la presunción de que todos escuchamos lo mismo oyendo en realidad cosas distintas o simplemente no escuchando nada.

- Pues si le añadimos la música, entonces tenemos que hablar de una inmensa ópera de marionetas de piedra, muda y estática, aunque quizás a la larga se les ocurra poner autómatas de piedra, como se ve que hacían los egipcios antiguos en sus templos... Seguramente esto hubiera gustado a Gaudí, que siempre defendía la vitalidad y el colorido de las figuras de la fachada.

- Si lo sigue diciendo en voz alta, no me extrañaría que le cojan la idea, Manuel, porque la encuentro muy acertada, ¡sí señor!

Se quedaron callados, tal vez imaginando el movimiento de las figuras de las fachadas, lo que no haría más que acentuar el atractivo del edificio. Manuel tenía la pipa interior encendida a todo vapor, y su mente hervía con preguntas y respuestas que se iban sucediendo, dando vueltas por las ocho torres como si jugaran al escondite.

- Comprendo que esto sea así en la Extravagancia de la Sagrada Familia, que cumple al pie de la letra sus funciones, ¿pero en mi caso...?

- ¿Se refiere a su Extravagancia?

- La misma. Piense que este es el objetivo del huevo y de la pipa que fumo cada día por dentro. Por otra parte, mis marionetas de madera están más vivas y animadas que nunca, como es fácil constatar...

El Poeta lo escrutaba con los ojos móviles según el sistema mecánico que había ideado al construirlo, con su pequeño y característico ruido que reforzaba la inquietud vital de la mirada.

- Quizá para asegurar el éxito de la Extravagancia: si están tan activos, será difícil que usted se olvide de la misma. Y si su función es unir la distancia que separa a los opuestos, ya sabrá usted dónde están estas diferencias, aunque le tengo que recordar aquí que existen muchas maneras de crear distancia y de ver las cosas desde lejos.

- ¿Se refiere usted a Mercurio y a la Luna?

- Por supuesto, Manuel. ¿Como sino separar, ver y reconciliarse con las diferencias interiores de cada uno, empezando por las mismas instancias que tienen que ver con la vida y la muerte, si no es a través de la distancia que nos dan los planetas, el sol, la luna y las estrellas?

- ¡Eso sería como una Sagrada Familia que ocupara todo el Sistema Solar, Quinqué!

- Y más lejos aún, pero siempre partiendo de una base sólida, que es allí donde ponemos los pies en el suelo.

- ¡La ciudad, Quinqué, Barcelona es el fundamento de la Extravagancia, ahora lo veo claro!

- Si usted lo dice...

Miró la extensión de superficie urbana que se extendía en dirección al mar, ya que aquella era la orientación de sus puntos de mira, una imagen que sintetizaba en formas geométricas una complejidad infinita, un microcosmos de interacciones inabordable aunque sintetizable desde el punto de vista de las pulsiones, como tanto se esforzaban en detectar los poderes y las empresas de telecomunicación del mundo, que basan su negocio en el conocimiento y el control de las pulsiones humanas. Y pensó que mientras los poderosos se interesaban por la sociología, los algoritmos y la computación de los fenómenos, a él y al señor Quinqué les interesaba más la cuestión desde perspectivas de ironía cosmológica, que era una manera de definir aquella atención a las distancias que se extendían y se acortaban a voluntad, gracias al mecanismo interior de la pipa que servía para fumarse a sí mismo.

Y como si el señor Quinqué lo hubiera escuchado, estallaron ambos en sonoras carcajadas, acompañados del cloc-cloc de los títeres que tenían al lado, atrapados también por el reventón de risa.

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