viernes, 25 de mayo de 2018

16º Capítulo (2a parte): La Independencia





Sentado en la tumbona de la Sagrada Familia, en aquella terraza aislada de los turistas, dudó Manuel si la visita al planeta de la diosa del amor había sido una alucinación o una experiencia real. Una pregunta de poca respuesta, desde luego, si tenía en cuenta que allí en Venus había descubierto aquella nueva manera de estar sin estar, una categoría de ser y no ser que empezaba a serle familiar. Incluso se preguntó si aquella reunión con el señor Quinqué y los títeres que habían acudido a su alrededor era también una reunión de las de estar sin estar. Se dijo que le daba igual, al tratarse de una novedad que iba a mejor, es decir, que enriquecía la experiencia de estar únicamente en un sitio, pues era preferible estar en dos lugares a la vez que en uno solo, aunque ambos fueran opuestos e incompatibles.

En ese momento, el Perico de Can Raspall, el más alocado de la familia polichinesca, que hacía rato miraba una bandera catalana que colgaba a lo lejos en un edificio, dijo:

- ¡Visca Catalunya!

Algunos de los Pericos contestaron con un Visca, y otros replicaron con un ¡Viva España!. No pasó desapercibido el grito al señor Quinqué, que preguntó a su cliente:

- ¿También cree usted en la Independencia, Manuel?

Quedó sorprendido el interpelado ante aquella pregunta que era como si procediera de otro mundo. Entonces recordó que la Sagrada Familia estaba en Barcelona, y que Barcelona era la capital de Cataluña. Recordó también que los periódicos hablaban estos días de la Independencia con polémica y pasión, ya que unos estaban a favor y otros en contra. Pero él, metido en lo del huevo y la pipa que fumaba sin fumar, del asunto no tenía ni jota.


- Veo por el silencio de su respuesta, que la Independencia le cae un poco lejos, señor Manuel.

- Supongo que sí, Quinqué, la verdad es que no he tenido tiempo de pensar en ello y no sabría qué decirle.

- Lo comprendo, pero también le tengo que decir que ustedes, los catalanes, están viviendo momentos curiosos y fascinantes que nosotros, desde la agencia del señor Mercurio, nos miramos con mucha atención. Un tema que tenemos muy estudiado y una causa por la que tenemos todas nuestras simpatías, como no podría ser de otro modo, aunque también le tengo que decir que esto de la Independencia es un camino sin salida o, aún mejor, de ida y vuelta, y que desde el punto de vista de la economía de fuerzas y del balance de resultados, es preferible ir directamente a la vuelta sin necesidad de pasar por la ida.

- ¿Qué quiere decir, Quinqué?

Los Pericos escuchaban al guía turístico con verdadero interés, como si el tema les interesara de verdad.

- Según nuestros estudios de campo y las prospecciones de futuro hechas con el señor Mercurio, hemos llegado a la conclusión de que cualquier sociedad con ganas de dar su opinión y de vivir con la plenitud de sus fuerzas los años que se nos acercan, de una intensidad dramática fuera de duda, es bueno que se afirme en sus diferencias. Esto, Manuel, es incontestable. Se trata de una necesidad que los catalanes sienten desde hace décadas, por no decir siglos, lo que explica y justifica el grado de convencimiento de los convencidos. Ahora, también le tengo que decir que esta necesidad de afirmación la sienten no sólo los catalanes, sino toda la multitud de pueblos que viven en España y por extensión en toda Europa, que es muy grande, a pesar de ser pequeña. Y lo que vemos en un futuro no muy lejano son muchas sociedades emancipadas y con ganas de emanciparse aún más, que necesitan aliarse entre sí para conseguir sus objetivos y para asegurar el normal funcionamiento de las cosas. Quiero decir que una parte de los catalanes, que no son todos, se han lanzado con mucha prisa a correr este camino de la emancipación que luego deberán reemprender hacia atrás, para buscar las alianzas indispensables dentro y fuera, para asociarse a las demás sociedades emancipadas o que se quieren emancipar, según el ritmo de las olas históricas. Por eso digo que en vez de hacer un camino de ida y vuelta, quizás hubiera sido mejor ahorrarse la ida, reducir las prisas, economizar energías, y avanzar con más pausa. ¿No le parece?

Tuvo que reconocer Manuel haberse perdido con las explicaciones de Quinqué, un galimatías para su entendimiento. Pero no así el Perico de Can Raspall, que saltó al acto para decir:

- ¡Jamás de los jamases! ¡Tenemos prisa para ser independientes, o ahora o nunca!

Algunos le secundaron con aplausos y otros estallarron con gritos en contra, argumentando que España era un país avanzado, moderno y tolerante, mucho más europeo que la misma Europa, y que querer separarse de ella era un disparate, lo que sorprendió mucho a Manuel, que nunca habría
sospechado este doble convencimiento patriótico de sus títeres, que en definitiva no dejaban de ser una parte de sí mismo. Así que, ¿ésto es lo que yo pienso al respecto?, se preguntó con un carcajada.
Quinqué, que parecía interesado en la cuestión y que demostró estar bastante al día, contestó:

- Permitidme que os dé toda la razón y que os diga que la prisa, en este caso, no es favorable a la calidad de los resultados. Pensad, queridos amigos míos -se dirigía con un tono muy mimoso a los títeres, como niños a los que hay que hablar con suavidad y paternal afección-, que los ciclos y los ritmos vitales de los deseos y de las emociones difieren entre las personas y es difícil encajarlos en realizaciones colectivas de una sociedad complicada como es la catalana. La Historia, lo hemos visto el señor Mercurio y yo, avanza de una manera similar a como lo haría un mar azotado por una multitud de vientos opuestos en sus direcciones, de modo que mientras un grupo de olas va hacia un lugar, otro lo hace en dirección contraria o paralela pero sin encontrarse, y es un trabajo imposible por no decir ilusorio que un buen número de olas sigan el mismo rumbo para que el objetivo perseguido suba entonces a su lomo.

Le contestó Perico Perico, quizás el más obstinado de los polichinelas:

- Pero si esto es lo que está ocurriendo, señor Quinqué, con la actual disyuntiva política que cuenta con un gobierno central controlado por políticos que sólo les interesa contentar a su clientela sin nunca resolver el problema. Sería difícil encontrar un mejor momento para tensar la cuerda y resolver la cuestión, ¿no le parece?

Quedó impresionado Manuel de cómo su Perico razonaba sobre una cuestión tan complicada como ésta, de la que él no podría decir nada de significativo. Quinqué, que también parecía muy admirado de la respuesta, con su tono amable y pausado, le dijo:

- Lo ha explicado muy bien, señor Perico Perico, creo que ese es su nombre, ¿verdad?, pero fíjese que ante de hablar del gobierno español, habría que tener en cuenta a esta mitad de catalanes que están subidos a la ola de los que no se quieren separar, una marejada contradictoria que se neutraliza con la que se le opone. En cuanto al gobierno central, cabe decir que es reprobable en muchas cosas, como lo son todos los gobiernos del mundo, pero piense que esto no quiere decir que ellos sean el Estado, que es un aparato más grande y complicado que sus políticos de turno, un engranaje de engranajes que regula la globalidad de las leyes del país, y que dispone de una inercia que no está hecha de emociones ni de deseos sino de posos gobernados por el tiempo y por las guerras, que suelen ser de una solidez considerable.

Se levantó en aquel momento el Aedo, que se había mantenido callado en un rincón y, sacando humo de su pipa sin tabaco, dijo:

- En verdad en verdad os digo, que nos podemos entretener en estas cuestiones todo lo que queráis, pero sin olvidar que nuestro objetivo es huir de este planeta y de estos seres tan faltos de imaginación que son los humanos. Para nosotros, señor Quinqué, tomar partido en este asunto es como apostar en una carrera de caballos, pues el juego ha sido siempre un divertimento cósmico difícil de superar. Es comprensible que nos apasionemos para uno u otro corredor, porque entre nosotros los hay de todas las tendencias, como es fácil suponer.

- Tiene toda la razón, sí señor, y añadiré que la Tierra es hoy en día un casino cósmico de los más solicitados, visto desde las personalidades del Sistema Solar que juegan en él, claro. Y sino que se le pregunten al señor Mercurio, por no hablar de la señorita Venus o del aguerrido Marte, al que un día me gustaría presentarle, Manuel. En este sentido, el pulso de Cataluña con España es una de las mesas de juego de apuestas medianas, con una inclinación a perder jugadores día sí y día también.

Se hizo un silencio extraño, que Manuel no pudo más que calificar de 'cósmico', aunque también había un cierto deje de comicidad en la conversación mantenida entre Quinqué y sus títeres. En efecto, la puesta de sol tiñó solemnemente el cielo de rojo, y un viento que venía del mar silbó al cruzar las cuatro torres más cercanas del templo, como si estas fueran unos instrumentos llenos de agujeros que modulaban el sonido a modo de cuatro graves y poderosas columnas de aire. Salía una música que cada uno interpretó a su manera: Manuel la oyó como una poderosa conjunción de los cuatro elementos que iban más allá de los propios elementos, y los Pericos, que solían confundir los sonidos con los colores, vieron en la mitad de ellos con absoluta claridad las cuatro barras de la bandera catalana, mientras la otra mitad vio los colores de la bandera española multiplicada por dos. Quinqué, que se daba cabal cuenta de lo que cada uno sentía, sonrió contento al comprender que todo el mundo era feliz con lo que veía.

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