jueves, 31 de mayo de 2018

17º Capítulo (2a parte): El Zoo





Habían quedado en el interior del Zoo, frente al pequeño foso de monos que hay junto a los orangutanes, un lugar fácil de encontrar, según dijo Quinqué. Claro que para Manuel ir al Parque Zoológico de Barcelona era casi como ir a la Luna, ya que no lo había pisado desde niño. No sabía ni por donde se entraba. No tardó mucho, sin embargo, en encontrar las taquillas y después de pagar una cantidad que le pareció muy alta, se adentró en el recinto donde viven los animales. Aún era temprano y no había casi visitantes. Descubrió algunas hileras de escolares con sus profesores y los empleados del lugar que trabajaban armados de escobas y con maquinarias de limpieza. Incluso vio a dos señoritas de bata blanca, y pensó si serían científicas del gremio o quizás niñeras, de las que dan el biberón a las crías de chimpancé o de león, como había visto en algún reportaje.

Justo delante de la entrada vio a un avestruz y le extrañó aquella imagen polvorienta y elegante que lo miraba con el orgullo de quien se sabe el ave más grande del planeta. Un dinosaurio reciclado, pensó. Se miraron aunque se dio cuenta que la mirada del avestruz tenía algo de vacío, un poco adormecida pero con los ojos abiertos. De vez en cuando los cerraba, como si hiciera una cabezadita. Bendita señora, pensó. O tal vez era un señor? El plumaje, que le caía como un vestido pensado para ir a la ópera, sugería que era del sexo femenino. Según había leído en alguna revista, ahora los crían en granjas en Gerona mismo, porque de este animal se aprovecha todo. ¡Pobres bichos! Su nobleza no concuerda con el trato que reciben. Lo que viene a decir en definitiva que la nobleza, los humanos, nos la pasamos por el forro.

Pensando de esta guisa, llegó Manuel ante el foso de los primates, un espacio muy diferente de como él lo recordaba hacía miles de años. Quinqué, apostado en la baranda, contemplaba con atención una de las monas que se entretenía con una zanahoria.

- Buenos días, Manuel, siempre que vengo al Parque Zoológico, me estremece pensar cuan cerca estamos de estos antepasados ??nuestros, los cuales parecen personitas humanas que un día dejaron de ir a clase de evolución natural, hartas de querer ser siempre más de lo que son, que es sin duda una de las características que tenemos los Sapiens Sapiens, como nos llaman los científicos. Comen cacahuetes y zanahorias y con esto les basta, vivir al día y no pensar en el mañana. Un buen plan de vida, ¡sí señor!

- ¿Viene muy a menudo al Zoo?

- ¡Siempre que puedo! No puede imaginarse cómo me gusta este lugar y los amigos que tengo. ¡Y no está prohibido fumar!

Miró Manuel al mono y también él sintió aquel escalofrío que se siente cuando estamos ante nuestros hermanos primates. Espejos que reflejan nuestras intimidades más arcaicas y profundas. Pensó que entre aquellos animales del Parque Zoológico y sus títeres no había mucha diferencia: ambos se movían con independencia y encarnaban partes ocultas de su persona. Los títeres porque los había creado él, y los animales porque pertenecían a ramas de un tronco evolutivo que también era el suyo. Quizás la diferencia era que los títeres podían hablar y los animales no.

- En eso se equivoca, Manuel -dijo Quinqué, que seguía los pensamientos de su cliente con atención.-
Se sorprendería ver con qué la facilidad algunos animales, cuando están en cautiverio, hablan y expresan sus pensamientos. Algo insólito, todo hay que decirlo, pero tan real y verdadero como que usted y yo estamos aquí.

Se dio cuenta Manuel que sólo encontrarse con Quinqué, había entrado en ese estado que ya empezaba a ser natural, de escuchar sin escuchar, como si aquel guía de la agencia Mercurio viviera en la categoría doble de estar y no estar. Una categoría que convertía el trato en cómodo y sencillo, ya que si estaba sin estar, no tenía que esforzarse demasiado en los aspectos del protocolo, que afectan tanto a la convivencia humana, uno de los motivos básicos que explican la epidemia de divorcios del mundo actual. Pensó que tal vez esto de ser y no ser era una opción más generalizada de lo que nos imaginamos, sentida por muchas personas sin ser conscientes de ello. Incluso pensó si no sería aquel estado la causa de tanta mala conciencia de la gente, criticada por desconectar más de lo debido.

- Sepa, Manuel, que esto de los animales es más importante de lo que parece.

- ¿Qué quiere decir, Quinqué?

- Fíjese que uno de los grandes problemas que tenemos los que nos llamamos humanos, es que con tantas cuestiones de significada elevación que ocupan nuestras vidas, desde las filosóficas de los filósofos pensantes hasta las psicológicas, las políticas o las deportivas que rompen marcas y van a por todas, nos olvidamos de hasta qué punto son sutiles las diferencias que nos separan de nuestros compañeros terráqueos, los demás animales, y de cómo estas sutilezas crean a pesar de ello unas fosas tan abismales entre ellos y nosotros. Es decir, somos animales, algo indiscutible, y al mismo tiempo, vea qué contradicción, no tenemos nada que ver con ellos. Y es esta distancia abismal que nos separa del primate, la que nos permite hablar y dialogar con nuestros compañeros de reino. Por eso es tan importante venir al Zoológico, al tratarse de un lugar que permite esta convivencia contra natura.

Escuchaba con atención el titiritero las palabras de Quinqué.

- Por otra parte, vea Manuel como al encontrarse las fieras del Parque encerradas en jaulas, se ven obligadas a aceptar una doble manera de ser, de la que no gozarían si estuvieran en libertad: quiero decir que son animales salvajes que viven a su aire pero a la vez dejan de serlo cuando están enjauladas. Esta oposición interior de su estado en prisión rompe la inercia de su vida colectiva, que ahora de repente se vuelve consciencia aislada e individual, aunque sean incapaces de expresarlo en voz alta, claro.

- Entonces, ¿cómo quiere que les hablemos?

- Esta es la cuestión, es evidente que sólo les podemos hablar sin hablar, una condición que usted conoce perfectamente, y que se hace posible al encontrarnos, ellos y nosotros, en la misma disposición de ser y no ser lo que somos.

- Esto es un galimatías, Quinqué.

- Fíjese que nosotros los humanos tenemos dos maneras de hablar: la colectiva en la que decimos obviedades y nos movemos entre lo conocido y lo compartido, y la individual en la que intentamos expresar algo particular. Si se fija, lo mismo les pasa a los animales encerrados, aunque ellos son incapaces de expresar esta condición individual fruto de su encierro. ¿Cómo hablan entonces?, se preguntará. Pues de la misma manera que usted habla con sus marionetas, unos trozos de madera que ha modificado al otorgarles un carácter y una personalidad. Así hablan los animales, Manuel, hablando sin hablar, con una mayor autonomía de la que puede imaginar, aunque sea usted quien les ponga la voz. Pero al ser y no ser lo que son, pasa como con sus títeres, que se han independizado y charlan por los codos cuando les da la gana.

Optó Manuel por aplicar aquella manera nueva de escuchar sin escuchar que había aprendido en sus viajes con el señor Quinqué, incapaz de entender una palabra de lo que le estaba contando. Y de repente un sonido extraño captó su atención. Venía de un lado, no muy lejos del foso de los monos, de una especie de jardín con piedras, riachuelo y vallas bajas. Se acercó y descubrió una tortuga gigante que tenía la cabeza levantada y lo miraba. ¿Lo miraba? Bueno, así se diría, cuando fijó la mirada en sus ojos centenarios de párpados arrugados. Y entonces sintió su voz ronca.

- Buenos días, señor Manuel.

- ¿Cómo sabe mi nombre?

- Me lo ha dicho su amigo, el señor Quinqué, que conozco desde hace tiempo. He escuchado su conversación que me ha parecido muy ilustrativa.

- ¿Ah sí? ¿Y se puede saber porqué?

Encontraba Manuel un poco impertinente el tono de la tortuga, que se había puesto a hablar sin pedirle permiso y dirigiéndose a él con su nombre.

- Porque me ha hecho reflexionar.

- Así que usted reflexiona...

- Sí, las tortugas reflexionamos mucho, ¿no lo sabía? Piense que llevo en este Zoo muchos años, aunque he vivido en muchos más antes, desde que me pescaron en las Islas Galápagos, donde nací. Comprenda que he pasado la mayor parte de mi vida en zoológicos, con muchas horas sin hacer nada y todas para pensar, ¿no le parece?

- Sí, en eso tiene razón. Veo que es usted una tortuga muy viajada. ¿Y cómo se llama?

- Las tortugas no tenemos nombre, aunque como siempre he vivido encerrada, he tenido unos cuantos. Me puede llamar, Isabel, es el nombre de mi isla.

- Encantado Isabel.

Tenía que reconocer Manuel que estaba encantado de hablar con una tortuga, pese a la angustia que le había causado al principio. Además, la encontraba muy educada e inteligente. Se dio cuenta de que tenía un acento ligeramente americano, tal vez por haber vivido en países de habla anglosajona.

- ¿Es verdad que ustedes, las tortugas, son sabias y viven mucho tiempo?

- La verdad es que no lo sé, pero así lo he oído siempre. Piense que nosotras vivimos el tiempo de una manera especial.

- ¿Ah si? ¿De qué manera?

- Lo llevamos encima, el tiempo. Es el caparazón, que también es nuestra casa. Ya ve, tenemos el esqueleto fuera, cubierto por estas placas córneas que nos protegen. En ellas está escrita nuestra memoria. La verdad, es que no sabría decirle la de capas que llevo encima.

- ¿Así que usted es el tiempo que arrastra consigo?

- Soy tiempo vivo y fósil, si así le gusta más. De hecho, no hay que engañarse, señor Manuel, todos los animales somos tiempo muerto, salvo cuando hablamos, como hago ahora con usted. A cada palabra que cruzo con usted, me siento rejuvenecer. Por eso me gusta tanto hablar.

- Es extraño, siempre se ha dicho que los animales tienen una vitalidad superior a la nuestra...

- Es el consuelo del rebaño, Manuel. Cuando ustedes, los humanos, van en rebaño, entonces tienen la misma vitalidad que nosotros: cero.

- Es usted muy radical, Isabel...

- Ya que me han hecho sabia, déjeme al menos decir lo que pienso.

De repente, la tortuga calló. Quizás era demasiado vieja y ya tenía suficiente con el esfuerzo de aquellos minutos de conversación radical, la de un espécimen de Testudinidae, como decía el cartelito del Zoo, que había vivido más de la cuenta y filosofaba en voz alta. O tal vez la conversación nunca había existido, al ver a Isabel comportarse como una tortuga cualquiera, gigante y lenta, con el tiempo de sus años encima, una carga que pesaba más de cien kilogramos. La vio arrancar unas hierbas de su jardín y masticarlas con una parsimonia de tortuga secular.

- ¿Lo ve, Manuel, como se puede hablar con los animales? He seguido su conversación y me ha parecido muy interesante, ¡sí señor!

Tenía razón y no la tenía, ya que así debía escuchar a su guía, que era y no era lo que decía ser.

En ese momento, vio a Kalim y a Kilam trepar por las ramas del foso de los primates, gritando como dos loros histéricos con sus voces cargadas de una estridencia que jamás había oído. ¿Pero qué hacían allí aquellos dos títeres enloquecidos? Se dio cuenta de que nadie más los veía, salvo él y el señor Quinqué, tras haber comprendido que sus títeres sólo los podía ver él por vivir inmerso en la atmósfera del huevo, siendo Quinqué la excepción que acompañaba la regla. Pero los habitantes del foso, y no sólo ellos, sino los chimpancés, gorilas y orangutanes que había en los alrededores, sí que los oyeron, ya que de pronto se pusieron todos a chillar con unos alaridos aterradores, lo que enseguida atrajo la atención de los visitantes de la mañana, excitados de ver que podrían disfrutar de algún tipo de espectáculo imprevisto y gratuito. Como es lógico, también acudieron algunos empleados atraídos por el griterío.

- Kalim, Kilam! ... -intentó Manuel poner un poco de cordura a los dos títeres. Pero sabía que no le harían ningún caso: a diferencia de los demás del grupo, estos dos no eran de su cosecha, sino que los había encontrado por azar en los Encantes de la ciudad y, según le había dicho el Aedo durante la representación en el Aposento, eran los dos títeres primordiales que habían encontrado el 'Secreto del Gran Vivo', y por eso tenían aquella energía inusitada.

Pero lo más curioso fue la reacción de los monos: saltaban y chillaban excitados por los chillidos de los dos títeres, que jugaban con ellos a correr y a perseguirse, sin nunca dejarse pillar. Pero no sólo los monos. También los orangutanes, que siempre muestran un comportamiento cívico y calmoso, saltaban agarrados a las cuerdas y a los troncos, con las bocas abiertas mostrando sus dientes, mientras chillaban como poseídos. Finalmente, hartos de tanta bullicio, Kalim y Kilam escaparon de la zona y desaparecieron saltando de rama en rama por los árboles, para divertirse por otros rincones del Parque.

Miraba Quinqué con mucho interés la reacción de los primates, que habían alcanzado un estado de paroxismo, con sonidos que rara vez se oían en una visita normal al Zoo.

- Don Manuel, acabamos de presenciar algo insólito e inusual, ya que nunca habría pensado que estos simios tan entrañables serían capaces de ver y oír a sus títeres, que tienen como característica principal ser visibles sólo para nosotros dos, ya que a los demás mortales les está vetada su visión. Lo que nos indica la enorme sensibilidad de estos seres consideradas salvajes con capacidad sin embargo de captar realidades que están por encima y por debajo de las frecuencias humanas habituales. ¿No le parece extraordinario?

Escuchando sin escuchar, tenía que admitir Manuel que el señor Quinqué tenía toda la razón del mundo.

- Vea como estos primates han sabido conectar a través de lo que tenemos ellos y nosotros de común, esta sensibilidad especial para vivir emociones profundas desde sus extremos más opuestos, y como estos dos seres a los que llama Kalim y Kilam y que parecen salidos del Infierno, han despertado en ellos una agitación de sus almas hacia un despegue que sólo pueden intuir y al que no están en disposición de alcanzar, si no es a través del alboroto y del griterío más desvergonzado. Sin embargo, una vez pasado el estímulo, verá como poco a poco la inercia de su condición física se abate sobre ellos, el peso de una fatalidad envejecedora que, una vez vividos los fulgores de la procreación, los arrastra en dirección a la muerte.

Se sintió entonces la voz lejana de la Tortuga Isabel:

- Es lo que le decía antes, Manuel.

Y así fue. Unos minutos después de la desaparición de Kalim y Kilam, las monas volvieron a sus rutinas de zanahoria, cacahuetes y de quitarse las pulgas las unas a las otras. Los orangutanes regresaron a sus posturas inteligentes, con la habitual indiferencia hacia los simios humanos que se entretienen en mirarlos. La paz biológica de su condición de primates regresó a sus pellejos, atentos, eso sí, a los movimientos del público, por si a alguien se le ocurría lanzarles alguna manzana o un trozo de pan.

Huyendo de la multitud que se había acercado al espectáculo de los monos, se dirigieron a otra sección del Parque Zoológico.

- Ya le dije antes que adoro este lugar, no porque me gusten los animales enjaulados, algo que detesto, cómo no, sino porque es una ocasión única para poderlos ver y visitar. Sí, Manuel, se trata de una convivencia que nuestra forma de vivir en ciudades nos priva y de la que sólo gracias a los zoológicos podemos gozar, aunque sea a dosis pequeñas y algo contra natura. Pero no me negará usted que vivir en ciudad ya es de por sí una buena contra natura, lo suficiente grande como para que no nos tengamos que poner remilgados en esta cuestión.

- Quizás tenga razón, señor Quinqué, pero yo aquí no veo muchos turistas.

- ¡Ni que lo diga, Manuel, ni que lo diga! No puede imaginarse cómo me esfuerzo para que vengan pero sólo se dejan convencer las familias con niños, y no siempre, créame. Pero ello también salva al Zoo de la sobrecarga que hoy afecta a la ciudad, por lo que no hay bien que por mal no venga.

Se acercaron al Terrario, un espacio cubierto que según decían los carteles, reunía las mejores colecciones de anfibios y de reptiles de Europa.

- Uno de los lugares más interesantes del Zoo, señor Manuel. Aquí es como si reculáramos  millones de años atrás, con estos bichos que parecen salidos de un agujero del tiempo.

Una iguana los saludó. Aquella especie de animal fósil que no se sabía si estaba o no estaba vivo, tal era su quietud, no se inmutó ante las dos personas que se acercaron al cristal de separación. La atmósfera era de una humedad exagerada y comprendió Manuel que se había recreado una climatización idónea para este tipo de animales.

- ¿Cómo se imagina usted que debe pasar el tiempo para estos animales?

- Es verdad, parece que lo tengan parado, el tiempo.

- No hay que olvidar que son animales de sangre fría, no como nosotros, que no paramos todo el santo día. Sólo cuando reciben el calor del sol se animan un poco, sino se quedan inmóviles, como ahora, aunque aquí les ponen bombillas para que se animen. Quizás añoran el sol, eso sí.

- He oído que se han puesto de moda como animales de compañía, a pesar de que en muchos lugares de América los cazan y los comen, por la finura de su carne.

- Una salvajada. Es como alimentarse de tiempo, imagínese, masticar milenios con salsa de tomate, su carne puede ser muy buena, pero comerlos debe envejecer un montón de años. Fíjese que la alimentación tiene que ver con el sol, por eso nos gusta la carne de los animales calientes, así como las plantas, que están hechas como quien dice de luz.

En ese momento oyeron una voz muy grave que parecía venir de unas profundidades insondables.

- La luz es nuestro alimento. Cuatro moscas y un poco de sol nos bastan.

¡Era la iguana que les hablaba! Así lo entendió Manuel a la primera, inmerso como estaba en aquella atmósfera que recordaba una selva tropical. Se quedaron callados los dos a ver si el animal les decía algo más.

- Somos tiempo vivo y lento que deglutimos a lo largo de los años. Somos los ojos de la tierra cuando se mira a sí misma. Nuestra curiosidad de milenios es infinita, pero siempre miramos atrás.

Escuchaban mudos los dos humanos, pero parecía que la iguana ya se había cansado de hablar.

- ¿Las he oído de verdad, Quinqué, estas palabras, o las he soñado?

- No lo creo, Manuel, yo también las he escuchado. ¿Sabe que es muy raro oír hablar a una iguana, uno de los animales más mudos que conozco? ¡Considerémonos bien afortunados!

- ¡Inaudito, Quinqué!

- No crea, piense que es mucho lo que nos une a toda esta población de personitas vivas. Sí, nosotros disponemos de una conciencia despierta que ellos no tienen, lo cual es cierto, y somos capaces de contar, sumar y restar, además de muchas otras cosas, claro, sin embargo compartimos con ellos una multitud de cosas que si las conociéramos, quedaríamos maravillados, créame. Imagínese lo sutiles que pueden ser las sensaciones de esta iguana, por no decir sus emociones, que al ser de sangre fría, deben tener una frecuencia de vibración de un refinamiento que nosotros jamás alcanzaríamos.

Paseaban por los pasillos oscuros del Terrario, con ventanas que mostraban bichos aún más extraños que la iguana, hasta llegar a las serpientes, la mayoría de ellas enroscadas y casi invisibles.

- Fíjese en las serpientes, estas señoras de la evolución animal, que caminan arrastrándose y no por ello se las debe considerar ni viles ni rastreras, sino que su orgullo se manifiesta a través de su indiferencia, de las más abismales que existen. Lo que se explica si tenemos en cuenta que fue una serpiente la que puso el huevo primordial del que nacieron todos los dioses.

Una pitón enroscada movió la cabeza y los miró un segundo para desaparecer al cabo arrastrando su cuerpo con sutiles contracciones de su parte baja sobre la piedra.

- Dudo que digan nada, Manuel. Estas serpientes no necesitan hablar. Saben que las palabras de todos los idiomas del mundo provienen de su susurro silencioso, que cuando quieren pueden convertir en el más estridente de los silbidos. Pero yo diría que sólo se expresan cada mil o un millón de años, por decir una cifra aproximada. Y cuando lo hacen, es porque algo importante cambia en el mundo.

En la sección de anfibios se detuvieron ante un grupo de ranas que croaban alegremente.

- Estos sí que son unos bichos de lo más extraordinario que, junto a los escarabajos peloteros, tengo en gran predilección. Sobre todo por su croar, un canto que ya querrían muchos músicos, instrumentistas y compositores poder imitar.

- ¿Y qué tienen los escarabajos de extraordinario?

- ¡Don Manuel, eso son palabras mayores! La sabiduría y la tozudez emprendedora de estos coleópteros excepcionales no tienen parangón en el Reino Animal: cuando pasan por los caminos arrastrando su pelota, nos muestran unas aptitudes de parsimonia y de esfuerzo contenido pero tenaz que ya quisiéramos tener los humanos. Son pura aristocracia, Manuel, de las más refinadas de este planeta. Su relación con el sol es indiscutible, por lo que los antiguos egipcios lo veían cada mañana subir la bola del sol en el horizonte, garantizando la luz del día. Sin tener nada que ver, es el animal solar por excelencia, para quitarse el sombrero, créame.

Habían salido del Terrario, después de pasar encima de unos fosos con agua llenos de cocodrilos, y la luz del sol volvió a acometerlos.

Retornaron en dirección a los primates, cruzaron las jaulas de los simpáticos chimpancés y se detuvieron ante las ventanas acristaladas de los gorilas, una de las secciones de más éxito del Zoo.

- Aquí vivía mi viejo amigo Copito de Nieve, uno de los señores más entrañables del zoológico.

¿Quien no conocía a Copito de Nieve? Hasta Manuel lo recordaba, aunque nunca lo vio en vida.

- Estos son sus hijos, unos sabios, Manuel, se pasan el día pensando sin pensar, algo que los humanos todavía no hemos logrado. Quizás el Pensador del escultor Rodin, al ser de piedra, se les acerca un poco.

En efecto, uno de los gorilas permanecía sentado mirando al público con el puño bajo la barbilla, como hacemos nosotros cuando queremos pensar en profundidad.

- Pensar sin pensar. Este es el drama y a la vez el milagro de los primates que viven en el zoológico, que a pesar de las horas que pasan en pensar, no piensan nada, en el sentido que nosotros llamamos al pensar, claro. Rumiar, deben rumiar, aquello que sus emociones más profundas les deben aportar, como hacen las vacas con la hierba. Y quizás algún día les nazca alguna idea. No tardaremos mucho en ver a los humanos colonizar estas voluntades libres, dormidas en los instintos de su conciencia colectiva. Lo harán con la ingeniería genética, Manuel, y no tardaremos mucho en verlo. Una ignominia. Será recrearse en el pasado muerto, para insistir en una civilización que tiene ganas de nacer muerta, pero así somos los humanos de contradictorios, que mientras unos quieren ir hacia arriba, los otros insisten en ir hacia abajo. Yo, la verdad, prefiero tirar por enmedio huyendo de los extremos, los cuales sin embargo están aquí para quedarse. Por eso me gusta ser guía turístico, porque es la manera más barata, idónea y sencilla de conseguir una media que, movida por la apertura y la curiosidad, mira un poco en todas las direcciones, aceptando lo bueno y lo malo de esta vida.

Hacía rato que Manuel le escuchaba sin escuchar, enfrascado en la imagen del gorila que en efecto pensaba sin pensar, como decía Quinqué. Comprendió que esta condición común de hacer y no hacer lo que hacían le unía a todos los animales del Zoo, una característica que tenía que ver con la conciencia, despierta en nosotros en cuanto a los pensamientos, pero dormida en sus aspectos emocionales más profundos, al revés de los animales, que tenían esta segunda muy despierta, mientras la de las ideas permanecía en un sueño de posibilidades lejanas. Y, del mismo modo que nosotros disponemos del 'tercero' que es y no es, surgido de nuestros extremos, también ellos deberían tener su propio 'tercero' que hace y no hace, habla y no habla, aunque sea como un estallido fugaz que sale impulsado por nosotros, los humanos. O tal vez era nuestro propio 'tercero' el que tenía la capacidad de serlo también de los animales, lo que explicaba que, aún sin tener nada que ver con ellos, les cedamos palabras y pensamientos.

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