miércoles, 6 de junio de 2018

18º Capítulo (2a parte): El Sol. Visita a Vulcano.




Se sentaron en uno de los pequeños bares que hay en el Zoo, bien protegidos bajo una sombrilla, mientras contemplaban algunas de las instalaciones de pájaros y aves de rapiña, metidas en jaulas de gran altura. Una incongruencia, pensó, tener estas aves encerradas cuando necesitan espacios abiertos de montaña. Cansado de dar vueltas por el parque, había cerrado los ojos el titiritero, sintiendo en su interior el rumor de la pipa y los chillidos y los gruñidos de los animales del entorno, sonidos que daban vueltas como si quisieran entrar todos en la cazoleta para ser fumados y convertidos en no se sabe qué.

Cuando volvió a abrir los ojos, vio sorprendido que se encontraba en un paisaje desconocido, de rocas de color rojo oscuro, con un sol inmenso de una tonalidad rojo naranja llenando casi todo el cielo que tenía delante. A su lado Quinqué estaba como él sentado en la roca, ocupando la otra de las dos cómodas concavidades talladas en la piedra a modo de asientos.

- El Zoológico, Manuel, es el mejor lugar para despegar y hacer una visita al Sol. Ya sabemos que esto es imposible en la normalidad diaria de nuestra existencia y, sin embargo, fíjese como nos hemos acercado a él, sentados en este planeta que se llama Vulcano, inexistente para los astrónomos, ya que aún no ha sido descubierto, pero real para quienes lo conocemos y nos gusta visitarlo. Un lugar que a diferencia de Venus, cubierta de nubes malolientes y oscuras como el miedo, es más o menos tranquilo y sosegado, por una razón muy simple: su condición inexistente, hasta que no se demuestre lo contrario, lo hace dúctil y amigable. Además, en este planeta la procesión va por dentro, ya que el fuego que se le atribuye lo tiene en su interior con una particularidad insólita: tiene en los dos polos los cráteres de dos volcanes que echan humo, fuego y lava, como si fuera una gigantesca pipa de dos cazuelas que se dan la espalda y que están en perpetua combustión. Al encontrarnos ahora en su ecuador, y debido a la peculiar inclinación de su eje de rotación, disfrutamos de una posición inmejorable para contemplar el Sol.

La imponente bola de fuego que era ese sol rojizo imponía una temperatura elevada que sin embargo, gracias a la protección de la agencia Mercurio con la que había contratado su viaje, se dejaba soportar aunque no permitía fumar ningún cigarro, como sucedía en Mercurio y en Venus, que con una sola calada se consumían en un santiamén.

Y hablando en voz baja como solía hacer a veces Quinqué, dijo:

- Aquí vive Vulcano, un señor de fama horrenda, con un mal genio tal que todo se tambalea cuando se enfada. Pero no hay que preocuparse, porque el señor Vulcano suele vivir instalado en la Tierra, como hacen sus compañeros del Sistema Solar, trasladados todos a nuestro planeta, al ser allí donde se vive mejor. Como es lógico, Vulcano ha elegido emplazamientos que le son afines, tras haber instalado sus talleres de forja dentro de cuevas profundísimas, ya que siempre busca el calor y el fuego que dan los volcanes en actividad. No pocos terremotos proceden de sus arrebatos  y decomunales golpes de mazo. De momento, mejor no acercarse demasiado a él. Pero esto no nos priva de venir a su planeta y de disfrutar de estas vistas espléndidas.

Tener el Sol tan cerca le pareció casi un sacrilegio a Manuel. El astro considerado por los seres vivos de la Tierra como la fuente de la vida y su entidad más importante y poderosa, personalizada en los infinitos nombres de dioses y de héroes solares que lo representan, aparecía ante sí como la estrella que era, inmersa en una actividad delirante e inabordable, en una combustión continua de átomos que se fundían y se desintegraban y hervían como si fuera una sopa de materia primordial, de partículas de estas que se estudian una por una en la Tierra, y que aquí se juntaban en un borboteo tormentoso de materia ígnea, con gigantescas y espantosas olas de este plasma compuesto de hidrógeno y de helio ionizados, base de la materia solar. Había una sonoridad especial en aquella visión del sol, una superposición sutil y no tan sutil de silbidos y de violines desafinados sobre un cojín o más bien un colchón de truenos lejanos, como si el sol fuera una superficie de miles de inmensos timbales que repicaban con ritmos locos y enigmáticos. A veces el sonido recordaba el de estas trompetas largas que tenían los romanos, de una longitud inusual y retorcidas al modo de tubas, trompas y trombones de diámetros kilométricos y de vibraciones espeluznantes.

Pensó que la profanación sentida no era sólo por mirar el sol como quien mira una piedra o un trozo de materia cualquiera, con las ofensivas descripciones científicas que fijan con nombre conciso todo lo que se ve y se mueve, como hacen los profesores de gimnasia para inmovilizar a sus alumnos a golpe de silbato, sino que el sacrilegio mayor consistía en saber y concretar la edad del astro, así como su nacimiento y el anuncio de su muerte, en dimensiones colosales, sin duda, de miles de millones de años, números que establecían un inicio y un final. Así que el sol era una estrella más, que procedía de una aglomeración de materia estelar y que se convertiría en una Gigante Roja para acabar degenerando en una Enana Blanca, según decían los entendidos.

El señor Quinqué, que escuchaba el pensar de su cliente con deferencia, intervino como solía hacer cuando sufría algún desbarajuste, ni que fuera mental.

- Permítame que intervenga en su discurrir, Manuel, ya que lo he estado escuchando con atención y he visto lo rápido que se ha subido por los más altos conocimientos que hoy existen sobre las cosas de este mundo. Admirable al cien por cien, un trabajo imprescindible para la composición de su Extravagancia, sí señor, pero que hay que completar con otras ópticas que ayudan a discernir el entramado de lo que se ve y lo que no se ve, que no es poco. Porque fíjese cómo cambian las perspectivas cuando miramos el tiempo como una línea recta que no se desvía ni a la de tres, y cuando lo miramos como lo veía el señor Einstein, que en paz descanse, para quien los tiempos eran siempre diferentes según la posición de quien lo mira. Por eso conviene desplazarse aunque sea sólo por un rato a este planeta de naturaleza dudosa y por ello aún más interesante, y ver al Sol cara a cara, para así conocerlo mejor y entender algunos puntos fundamentales.

Se detuvo un momento el señor Quinqué, dirigiendo su mirada al Sol potente que mostraba las turbulencias de su superficie con figuras de una gran belleza, las cuales se desplazaban como si fueran olas de filamentos luminosos, siempre con el acompañamiento solar de los timbales y los trombones de varas, tubas y trompetas que no paraban de soplar.

- El espectáculo que nos ofrece el mirador de Vulcano no tiene parangón, eso es indiscutible, aunque yo me atrevería a compararlo con los efectos maravillosos de las Fuentes de Montjuic, sin duda una de las atracciones más potentes de Barcelona. Y qué decir sobre este dato del Sol visto como un astro que nace y muere, que la ciencia moderna nos aporta cuando miramos los libros actuales de astronomía, que son de un impacto difícil de superar. Ahora bien, si tenemos en cuenta que la especie de los humanos tal como la conocemos hoy en día, me refiero a la de los Sapiens Sapiens de los historiadores, se le suele dar unos doscientos mil años de existencia, y que la raza de los mamíferos a la que pertenecemos nació hace tan sólo doscientos millones de años atrás, ya me dirá qué significan estas distancias de tiempo si las ponemos junto a las de miles de millones que decía que tiene el Sol. Pura calderilla, Manuel. Esto no quiere decir que no las tengamos que tener en cuenta, ya que nos dicen muchas cosas, siendo la principal este molde que impregna desde un comienzo la vida y que procede de esta conciencia de que las cosas nacen y mueren, como nos indica el patrón del Sol. Y quizás sea ese molde la razón de que el Sol tenga como una de sus finalidades básicas la de individualizar todo lo que toca, es decir, darnos la sensación de unidad, y, por el despegue que nos produce el efecto de la luz y el calor, el deseo de levantarnos y de volar, en definitiva de hacer lo que nos da la gana. La libertad, don Manuel, es uno de los efectos más notorios del astro sobre las criaturas que viven bajo su influencia. Un corolario peligroso o al menos arriesgado, ya que en cuanto nacen unidades libres, unas se quieren imponer sobre las otras, según la fuerza y ??la potencia de cada cual, una filosofía de la vida que el señor Marte conoce a la perfección. Pero fuera como fuere, las cosas son así, y es gracias al Sol que estos patrones se imponen y perduran.

Escuchaba Manuel sin escuchar las razones discursivas del señor Quinqué, convincentes como siempre en un cien por cien partido por la mitad, según la nueva forma de pensar que poco a poco se le había ido imponiendo. Veía el Sol y quizás transportado por las palabras del guía, lo veía como un fuego eterno de los que nunca se apagan, a pesar de que un día se apagaría. Y se dio cuenta de que si lo miraba todo desde la Tierra, la eternidad solar estaba asegurada, pero si se lo miraba desde el Sol y desde los planetas que no estaban habitados, se imponía la perspectiva cósmica que habla de otros mundos, galaxias e incluso de otros universos, si es que alguna vez se llegaban a descubrir.
Se estaba haciendo de noche, pues vieron cómo la gran bola solar se ponía por uno de los lados de Vulcano, y de repente les embargó una paz desconocida. Se encontraban frente a la oscuridad del espacio abierto, que situados en aquel planeta tan próximo al Sol, era como ver todo el Sistema Solar que daba vueltas alrededor de su astro. Claro que Manuel no supo distinguir las estrellas que aparecían en el cielo, aunque se imaginó que los puntos más luminosos con cierto grosor podrían ser perfectamente Venus, Mercurio o la misma Tierra. Pero la sensación de estar como quien dice abrazando la totalidad del Sistema Solar desde su centro neurálgico fue tan fuerte, que el titiritero se quedó sin palabras durante un largo rato, con una emoción profunda que lo desbordaba.

- Esta es una de las visiones más potentes que podemos tener los terráqueos, Manuel, ya que el Sistema Solar es una realidad como un templo que sin embargo no se deja captar ni a la primera ni a la segunda ni a la de tres, dadas sus magnitudes y la profunda significación que tiene para nosotros. Por otra parte, saber que tenemos el Sol como quien dice pegado a nuestras espaldas, nos da a los humanos una seguridad y una conciencia de nosotros mismos que rara vez se consigue desde la Tierra. Desde aquí, Manuel, vemos como los humanos somos, a pesar de nuestras abismales diferencias, todos iguales, y que la familia de nuestros primos y hermanitos del Reino Animal, y del Botánico si me apura, al que pertenecemos, somos igualmente los privilegiados y comunes habitantes vivos de este Sistema Solar, lleno de planetas y de seres de muchas cualidades sobrenaturales, pero que envidian día sí y día también nuestras debilidades vitales, que nos permiten respirar el aire de la tierra, beber las aguas frescas de las fuentes, y fumar puros y pipas siempre que nos dé la gana. ¿No le parece que es admirable al cien por cien?

No pudo contestar Manuel las palabras del señor Quinqué, mudo como estaba por la emoción de la vista que se extendía ante él, aunque las sentía como si las hubiera dicho él mismo, después de haberlas, como quien dice, partido por la mitad. Palabras que entraban en su entendimiento como una sustancia indispensable para la construcción de la Extravagancia.

- Todo esto, señor Manuel, no hace más que enfatizar esta relación entre el Zoo y el Sol, al ser el zoológico un lugar donde los animales tomamos conciencia de nosotros mismos, cuando nos vemos encerrados en jaulas y obligados a vivir sin vivir, como es el caso de las monas, los leones, las jirafas y los loros que habitan en él. Porque visto así, tendrá que reconocer que en el fondo un Zoo no es otra cosa que un barrio más de la ciudad, en el que viven sus animalitos inquilinos en pisitos algo más pequeños unos y al aire libre los demás, de la misma manera que nosotros lo hacemos en las casas de al lado, unas jaulas de las que tenemos las llaves para entrar y salir, pero que no dejan de ser jaulas en el sentido estricto de la palabra. Y si me apura, el mismo planeta es una jaula de la que sólo podemos salir con escafandras y caros sistemas de respiración, a no ser que contrate los servicios de la Agencia Mercurio, por supuesto. Y es por ello que, para llegar a Vulcano y ver el Sol, no hay nada como ir al Zoológico y saltar, desde la evidencia de hermandad animal que allí experimentamos, directamente a la conciencia solar de estar todos cortados por el mismo patrón, a pesar de las diferencias abismales que nos separan, las cuales no dejan de ser la sal de la vida.

De repente, tuvo Manuel aquella inquietud en referencia a los difuntos que le perseguía desde que había iniciado los viajes con el señor Quinqué, el cual le había explicado cómo las personas que mueren iban saltando de planeta en planeta en una especie de camino al revés de la vida, obligados a separarse de lo que tanto habían estimado antes de irse al otro barrio.

- ¿Y los difuntos, señor Quinqué, también tienen relación con el Sol?

- No sería de recibo que no fuera así, Manuel. Ahora bien, ya habrá comprendido que este viaje al revés que dice usted que hacen los finados no tiene nada que ver con el que hacemos nosotros, que no dejamos de ser turistas privilegiados del Sistema Solar, gracias a la agencia Mercurio, que tiene esta especialidad. No, Manuel, los difuntos, que en paz descansen, más que viajar se expanden por decirlo de alguna manera por unas regiones que, cuando se está en la ultratumba, adquieren unas dimensiones muy diferentes, ya que pasar de la Luna a Mercurio, y de Mercurio a Venus, no se entiende desde las distancias en metros y kilómetros, sino como espacios o zonas de influencia y de aprendizaje que se van incorporando, con mayor o menor densidad y provecho. Y es de cajón que si pertenecemos todos a este Sistema Solar que nos acoge y nos hace, tengamos que llegar a esta esfera de gran poder y conocimiento que es el Sol, el cual contiene los patrones principales de nuestra condición humana y vital, así como la medida exacta de nuestra individualidad, de un grosor diferente para cada caso, ya que no tiene nada que ver el grosor de un general de brigada, de un turista de los que nos visitan cada día, de un poeta, de un empleado de correos, de un lobo, de una rana o de una hormiga. Una medida que no nos hace ni peores ni mejores, sino diferentes.

Se dio cuenta Manuel hasta qué punto vivos y muertos estaban más unidos de lo que pensábamos, como él bien sabía por sus propios muertos, aunque pertenecían a esferas de existencia diferentes por no decir opuestas, contradictorias incluso, y por ello con capacidad de generar simetrías paradójicas como las que él estaba creando con la Extravagancia, que juntaba aquellas dos maneras de ser sin ser, simetrías que al expandirse creaban campos que eran ampliaciones de los parámetros vitales, necesarios para moverse con libertad. Quizá por eso era tan importante visitar estos planetas más cercanos del Sistema Solar, los cuales le daban las perspectivas y corrientes de fuerza indispensables para que la Extravagancia no se quede en humo.

- Lo del humo, Manuel, tiene mucho que ver con el fumar, porque no es lo mismo el humo que sale de una combustión que se produce porque sí, a la buena de dios, que el que nace del fumar, el cual es, por pura definición, humo fumado. Éste, a diferencia del primero, es un humo de ida y vuelta, ya que nace pero vuelve desde el momento que hay alguien que lo ha fumado, el cual lo hace suyo y lo contempla, y por ello  contiene determinadas cualidades sutiles que le son propias. Al ser un humo que se sabe fumado se puede decir que es un humo autoconsciente, una condición sin duda superior de humo. Y eso es lo que explica que todos estos planetas la mayoría de los cuales sacan humo por la nariz o por cualquier otro agujero, por no hablar del sol, que en realidad es todo él una bola de fuego que no para de hacer humo, en forma de viento solar, claro, se explica como decía que todos estos astros anhelen lo que cualquier fumador de puros o pipa tiene por naturaleza: hacer humo que se sabe fumado. Por ello, Manuel, esta calidad de la autoconciencia se ha convertido en una de las sustancias más codiciadas en todo el Sistema Solar, lo que aclara el interés que les despierta la Tierra, que ha creado esta cosa que se llama Vida que no deja de ser una forma de crear conciencia que va evolucionando de menos a más, con su capacidad de fumar y de hacer humo fumado que tenemos la mayoría de sus representantes. Por eso es de cajón que si su objetivo es crear su Extravagancia, ésta pueda generar su propio humo fumado, a pesar de que el viento se lo lleve si no a la primera de turno, sí a la segunda.

Giraban las palabras de Quinqué como humo mental que se enroscaba por aquella atmósfera vacía de Vulcano, llena de radiaciones solares aunque ahora se encontraban de espaldas, contemplando lo que los astrónomos llaman la heliosfera, una especie de huevo cósmico que contiene todo el Sistema Solar y que nos protege de las potentes radiaciones e interferencias que provienen del centro de la Galaxia y de otros astros del entorno. Un huevo que en su proceso de maduración con aquel núcleo poderoso formado por el Sol había logrado vitalizar uno de los planetas, la Tierra, el cual gozaba de cielos azules, nubes, mares y playas para los turistas, lugares ideales para adorar al Sol bien protegidos por cremas solares, a pesar de que algunos se apropiaban del astro para fines comerciales, como era el caso del Sol de España, una denominación que había hecho mucha fortuna.

Escuchaba atento el señor Quinqué, satisfecho de ver que su cliente aprovechaba el viaje a Vulcano con profundas reflexiones de carácter cosmológico y publicitario, que a él tanto le gustaban.

- Es un gran mérito de su país haber inventado esta marca que nunca puede fallar, sí señor, ya que el Sol, en principio, lo tienen garantizado, salvo los días de lluvia y tempestad, que nosotros los guías aprovechamos para ir a museos y a otros lugares protegidos. Una denominación tan afortunada que pronto los países competidores no dudarán en ofrecer a sus clientes el 'mejor Sol de España' del mundo, aunque sea en Grecia, en Turquía o en la China, tal es la fuerza de la marca. Nosotros, desde la agencia Mercurio, jugamos siempre a favor suyo, ya que valoramos mucho los aciertos en estos asuntos del mercado. Por eso nos entristeció tanto la prohibición de los toros en Cataluña, al tratarse de una fiesta solar de las más antiguas que ligaba muy bien con el lema anterior. Una pena que los publicistas catalanes, considerados como los mejores del mundo, no hayan podido sacarle todo el jugo, disponiendo además de la intensa paleta de colores amarillos y rojos de la bandera catalana que tan bien se adaptan a los colores de la Corrida y de la bandera española. Pero tiempo al tiempo, Manuel, porque en estas cuestiones todo puede dar la vuelta y girar la tortilla por donde menos uno se lo espera.

Se dio cuenta Quinqué que Manuel había dejado de escucharle y decidió volver a la temática cósmica que había abandonado llevado por el entusiasmo de su vocación profesional.

- Ha dado en el clavo, Manuel, al hablar de la heliosfera como de un huevo, una manera de ver las cosas mucho más próxima a la realidad de lo que se puede imaginar, ya que en efecto se podría decir que la Galaxia no es más que un aglomerado de millones y millones de huevos de uno, dos o tres yemas, que son las estrellas que hacen de núcleo y alimentan al conjunto, que es la heliosfera de cada uno de ellos. Saber cuántos de estos huevos han acabado generando pollitos de vida es lo que todos queremos saber, y debemos suponer que debe haber bastantes, por no decir muchos. Pero tal vez no muchos o ninguno con las particularidades que tiene la Tierra, que ha sido capaz de generar fumadores de pipa y de puros. Y fíjese como el huevo que dice usted que encontró en su casa sin haberlo encargado a ningún gallinero, no deja de ser una especie de réplica en miniatura, aunque gordo, de este huevo gigantesco que es nuestro sistema solar, un huevo que al romperlo usted, se ha convertido en su pipa interior que le permite viajar por el espacio y recorrer el huevo cósmico de la heliosfera solar que nos ha tocado en suerte. Por eso dicen con mucha razón que lo grande es a lo pequeño como lo pequeño es a lo grande. ¡Ya ve, Manuel, cuán afortunado es!

Sentía Manuel el fraseo del señor Quinqué como si fueran palabras llegadas sueltas del espacio, tal vez pescadas al vuelo por aquel guía charlatán con cara de pájaro que le había tocado en suerte, palabras que enganchaba una tras otro como quien hace collares de sonidos y de significados, los cuales tenían que ver con el paisaje y las dimensiones cósmicas de la visión que tenían del Sistema Solar, que intuía realmente como una gran esfera que gira alrededor del Sol, con las pequeñas bolas alineadas de los planetas, sus lunas y los miles de meteoritos. Y pensó que ciertamente el huevo que había puesto en el Aposento no dejaba ser la proyección de su propio sistema solar, es decir, del pequeño mundo que había creado con sus marionetas, el cual, por la obsesión titiritera de dar forma exterior a lo que se mueve en la rotación interior de cada uno, se había proyectado sin él darse cuenta en un huevo. Al romperlo, hizo nacer como quien dice el pequeño mundo que contenía: se habían vitalizado sus marionetas y él mismo se había convertido, con la interiorización del huevo convertido en pipa, en su propia yema.

El señor Quinqué, que seguía los esfuerzos del titiritero para aclararse en este lío del huevo y de la yema, acudió en su ayuda.

- Tiene toda la razón, Manuel, de pensar en lo que piensa, y fíjese que la Extravagancia que se le ha metido entre ceja y ceja no deja de ser lo que esta yema pretende crear y alimentar, quiera o no quiera, porque una vez se ha iniciado esta mecánica, no hay quien la pare, como le sucede al Sol y a sus planetas que giran a su alrededor por la fuerza insalvable de la gravedad. La ventaja de su yema, si me permite decirlo con estas palabras, es que goza de una libertad que ya quisieran tener los planetas y las lunas, ya que usted, aunque dependa de la gravedad de la Tierra, puede realizar su extravagancia como le apetece y le da la gana, porque si no fuera así, dejaría de ser una extravagancia, del mismo modo que Gaudí hizo la suya, absolutamente disparatada, por lo que nunca será entendida por los barceloneses, la mayoría de los cuales gustan tocar de pies al suelo y no desviarse de la norma, salvo las excepciones de quienes, tocados por el arrebato, ponen su huevo y se convierten en la yema de su delirio extravagante. ¡Más claro el agua, Manuel!

Sin duda el calor que hervía en el interior de aquel planeta que era y no era, llamado Vulcano, explicaba el alboroto tumultuoso de las ideas que giraban como el humo de la pipa que fumaba sin fumar, humo de ideas que creaba la sustancia de aquella visión del Sistema Solar visto como un huevo. Cerró los ojos. La sonoridad de los conceptos se convirtió en palabras que chocaban como campanillas y cascabeles, con el ruido de fondo de los timbales y los vientos metálicos de la superficie del sol en la espalda, sonoridad que se transformó de nuevo en el concierto de gritos, silbidos y gruñidos de los animales del Parque Zoológico, con el ruido de fondo del tráfico que venia de las calles de al lado. 

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