domingo, 17 de junio de 2018

20º Capítulo (2a parte): El Cementerio del Poble Nou





Hubo un tiempo, hacía bastantes años de ello, que solía pasear Manuel  por este cementerio, el más viejo de la ciudad, no sólo porque estaba enterrado su padre, sino porque le gustaba su silencio y la decadencia de sus partes monumentales, allí donde se acumulaban estatuas y mausoleos. Recordaba el viejo sector de las tumbas protestantes, desaparecido en una de las obras de remodelación, un lugar lleno de encanto, con palmeras enanas y tumbas reventadas por el tiempo, donde la mayoría de  nombres eran ingleses y alemanes. Había también las hileras de nichos subterráneos, galerías oscuras y siniestras, que hablaban de una época en que la ciudad creció como a escondidas, de modo que debieron ampliar el cementerio por abajo. Ahora mostraba un aire más o menos renovado, con muchos nichos vacíos, al detenerse los pagos de muchas familias de los finados. Él siempre pagaba religiosamente la tasa municipal del nicho donde residía su padre y algunos parientes lejanos. Un año lo arregló con un jarrón de flores de plástico para que no las tuviera que cambiar cada año, bien cerrado con llave tras un cristal que le daba un aire distinguido.

La verdad es que cada vez había menos entierros al estar de moda la incineración entre las familias modernas, y pensó que pronto los cementerios serían una reliquia del pasado, un anacronismo de los viejos tiempos en que la muerte se asociaba a los huesos y a los esqueletos. Los vivos modernos no querían saber nada de estas estructuras calcáreas del cuerpo que duran más que la carne, les producen asco y angustia. Prefieren la purificación del fuego, que les parece más limpio, moderno y expeditivo. Si te vas al otro barrio, mejor ir sin lastre. Así pensaba su madre, que siempre lo había tenido muy claro. Manuel prefería el nicho, como su padre, sin saber porqué, por tradición familiar quizás, por llevar la contraria, o para alargar los protocolos de la muerte y darles un poco de la teatralidad de antaño. Sin estos protocolos, no habría cementerios en el mundo, ni estos extraños cultos a los muertos que florecen donde menos te lo esperas. El mismo cementerio del Poblenou tenía a su Santet, un nicho donde estaba enterrado un joven que hacía milagros. Su padre, sin ser creyente, le mostraba siempre el nicho, lleno de exvotos en su entorno y con muchas señoras que lo visitaban a diario para renovar ramos de flores y añadir alguna estampita.

Sin darse cuenta había llegado frente al Santet. Se maravilló al ver que todo seguía más o menos igual. Las velas encendidas, los exvotos amontonados en los nichos y en los arbolitos de alrededor. Dos señoras charlaban de sus cosas mientras sacaban el polvo y ordenaban flores y velas. A un lado, apoyado en la pared, lo miraba el Aedo. No hacía ningún caso a las dos mujeres, convencido como estaba de que no lo veían. Pero una de ellas lo miró fijamente e hizo la señal de la cruz, mientras un gato negro se acercaba a la marioneta con los pelos erizados. Las dos mujeres desaparecieron con miradas de reojo al vacío donde se hallaba el Aedo.

- No te pueden ver pero las has asustado.

- Estas mujeres deben venir todos los días, es como si tuvieran un pie aquí y el otro en la tumba. No me extraña de que me hayan visto u olido. ¿Has ido a Mercurio?

- Sí, con el señor Quinqué. ¿Y tu qué haces aquí?

- Huesos y polvo... Este es el teatro del tiempo, Manuel, vamos al escenario.

Cruzó el Aedo los jardines de aquella sección interior de nichos y tiró por la galería lateral que conduce a la parte noble del cementerio, la de los mausoleos y las estatuas de reconocidos escultores.

Se detuvieron frente a un edificio estrecho donde se guardan los archivos más viejos de la gente enterrada, siempre cerrado a cal y canto. En el centro de un pequeño espacio había dos tumbonas, las mismas que los Pericos le habían puesto otras veces. Se sentó y enseguida se instaló a su lado el señor Quinqué, que acababa de llegar.

- Buenos días, Manuel, por nada del mundo me habría perdido la invitación del señor Poeta. Reconozco que es un lugar poco frecuente para asistir a una representación, pero siempre me ha gustado este cementerio, aunque todavía no he podido llevar a ningún grupo de turistas, una lástima. Es un lugar de turismo para la gente local, fíjese qué paradoja.

Aquí no hay ningún escenario, pensó Manuel, pero ya estaba curado de espantos y sabía que la irracionalidad de sus títeres no tenía límites. De repente, vio al Aedo subirse encima de una tumba y declamar los brazos en alto, con gestos de gran solemnidad.

- Oh Tiempo, viejo amigo de los años, tú que apagas y enciendes a voluntad los motores de la creación, para tus máquinas y engranajes que hacen que todo lo que vive, envejezca y muera! Deja que se abran las puertas de este pequeño Gran Teatro del Mundo, para que las criaturas sean libres de hablar y de decir lo que quieran, aunque sea por unos instantes!

Se escuchó entonces un rumor que fue creciendo hasta convertirse en una sonoridad organizada, como si mil engranajes y maquinarias rotas hicieran girar sus ejes, bielas y goznes en un estruendo de mil demonios, hasta que empezó a detenerse en un silencio que no era tal, sino un ruido en suspensión, con un salpicado de chirridos que sonaba como una lluvia que se detiene antes de caer y que se lamenta de su pena física de no llover.

Manuel encendió su pipa, contento de ver que en efecto el Poeta había preparado una función para ellos, mientras Quinqué hizo lo mismo con una de sus brevas, que enseguida empezó a sacar humo.

Arriba, vieron dos nubes oscuras a punto de reventar porque no podían llover, hinchadas como hacen a veces los niños cuando tienen la boca llena de agua y se les prohíbe escupirla. De repente, uno de las nubes habló:

- ¡Estoy harta de hincharme sin poder descargar! ¡Parece que el tiempo se ha parado y no nos deja llover!

- ¡Mira la sombra oscura que hago, las aguas que me pesan son frías y si no puedo llover, acabaré resfriándome!

- Me llega humo de abajo. ¡Si ellos fuman, nosotras también!

- Tienes razón, ¡encendamos nuestras pipas de vapor! ¡Así aguantaremos mejor!

Divertidos, los dos espectadores vieron como las nubes empezaban a sacar vapor que se elevaba cielo arriba. Se echaron a reír y enseguida se dieron cuenta de que eran acompañados por la risa de muchos de los títeres, que habían acudido también para ver la función.

- Muy originales sus títeres, Manuel!

- La verdad es que no sé qué se traen entre manos.

El Perico Perico, que permanecía sentado en un pequeño muro y que contemplaba también la función, dijo:

- Si es verdad que la ocasión la pintan calva, este es el momento de decir que todos estos años de actuación han sido distraídos y satisfactorios.

El Perico Partido por la Mitad saltó al oír las palabras de su compañero:

- Una satisfacción que debemos partir por la mitad. No todas las cifras son redondas.

- Yo me inclino por lo contrario. Ahora, lo que importa es escapar y tomar aire -dijo el Perico del Cohete en el Culo.

- ¡Como añoro las viejas aventuras! Nada como aquellos viajes por el Lejano Oriente en barcos y con divinidades que hinchaban las velas y nos hacían naufragar para acabar en manos de peligrosas tribus llenas de misterios...

Así se expresó Perico Soñador, el que fuera fiel compañero de Agustinet, uno de los personajes más queridos de Manuel. Agustinet, que se asomó detrás de su amigo Perico, dijo:

- Los bellos jardines del emperador de la China, el canto lírico de los pájaros y el cric-cric-cric de los grillos, fue la mejor música de aquellos tiempos. El paraíso, Manuel...

Se hizo un silencio prolongado después de aquellas palabras de Agustinet.

Se oyó entonces un estruendo ronco como surgido del interior de las tumbas. Y vieron consternados como el lugar se llenaba de personas más o menos configuradas, de una consistencia mitad sombra y mitad física, con claras muestras de indefinición. Aquellas apariciones no tenían nada que ver con sus títeres ni con nada conocido.

Comprendió Manuel que las palabras del Aedo habían abierto algunas puertas ocultas que dejaban salir a los fallecidos del cementerio, pues no otra cosa podían ser aquellas figuras. Se concretaban en formas que  deberían asemejarse a las que tenían antes de morir, evitando el desagradable espectáculo de los efectos de la corrupción.

Se le puso la piel de gallina al titiritero, al pensar si habría entre aquellos aparecidos algún rostro familiar, tal vez su padre o algún tío, o alguien que ignoraba que estaba aquí enterrado. Pero las caras se veían difuminadas y comprendió que se mantenía un cierto anonimato en aquella aparición colectiva. Los aparecidos no hacían nada, permanecían de pie, algunos estaban sentados entre las tumbas. Había muchos, con trajes de épocas diferentes.

Entonces oyeron una voz hablar:

- El tiempo ya no nos afana y aún seguimos aquí. La Tierra nos refleja y nos da continuidad. Sólo si se nos escucha podemos ser una ayuda. Una ayuda de corrección equilibrada.

Otro muerto levantó la voz:

- El gozo de presenciar la vida que ya no tenemos es nuestra cordura. Una cordura de muchas lágrimas y pesares. El arrebato es nuestra pasividad. No hacemos ni somos nada. Pero si no contamos en la vida de los vivos, os falta un halo de luz. La luz de nuestro futuro, que también es el vuestro. Si un día volvemos, con otras caras y cuerpos, seremos el presente vivo de vuestro futuro.

De repente se pusieron a hablar desde diferentes ángulos, cada una de las presencias con su voz propia:

- Somos y no somos, no hay dilema. Por eso estamos aquí. Pero estamos lejos, muy lejos. El trabajo lo hacéis vosotros, las palabras de este teatro son vuestras. Pero nuestra presencia es más real que la de los cuerpos que cose el tiempo.

- Cuando morimos nos vamos pero todavía estamos aquí. El espacio se nos traga y el tiempo nos detiene. El alma es la conciencia con la luz del fulgor que queda. Una presencia que es y no es, y se las ingenia para ser más.

- Somos aventureros sin aventura. La muerte devora la épica. Quedan la fortuna y la desgracia. El signo de los tiempos nos marca y nos empuja. Sopla el viento de la bienandanza, que enciende el fulgor de la conciencia, pero la desventura es una losa que nos traga. La fuerza de los vivos que empujan la desgracia es el soplo que apaga la ventura.

- No tenemos tiempo que perder porque ya lo hemos perdido todo. Estar sin tiempo tiene sus ventajas. No hay prisa, nadie se cansa. Pero la conciencia del fulgor de luz capta la urgencia de los vientos de ventura. La urgencia se hace necesidad. Con ella encendemos, por reflejo, las luces siempre débiles de la conciencia, indispensables para que soplen los vientos de la ventura.

Las palabras se trenzaban y hacían una especie de coral de voces que se sobreponía al flujo sonoro en suspensión que el Aedo había parado con su gesticulación teatral. El efecto resultante era estremecedor, como si fuera la misma ultratumba la que hablara desde el eco ronco del más allá.

Las voces se fueron apagando y con ellas las figuras de los finados que regresaron como por encanto a las tumbas, sin que se oyera ruido alguno por encima del continuo de tonalidad grave que sonaba.

De repente la voz aguda de una de las nubes exclamó:

- ¡Eh, de tanto fumar y sacar vapor, me he quedado sin agua!

- A mí me pasa lo mismo. Estoy tan fino que si he de llover, no haré ni un chorrito.

- ¡Nos hemos quedado vacíos, ¡huyamos antes de que sea demasiado tarde!

Y entre las carcajadas de los espectadores que provocaron sus palabras, las dos nubes oscuras desaparecieron del cielo dejando que el sol impusiera su lógica implacable de vida, luz y calor.

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