miércoles, 20 de junio de 2018

21º Capítulo (2a parte): Los muertos y el futuro





El cambio de luz en el cielo dio fin a la sesión, pero Manuel y Quinqué se quedaron clavados en las tumbonas, impresionados ambos por la magnitud de lo que habían vivido.

Al cabo de un largo rato, el guía turístico rompió el silencio.

- Debo decirle, Manuel, que sus títeres me han sorprendido por la calidad musical de la función, ya que no es normal obtener estas sonoridades sin las mejores orquestas del mundo. ¡No sé cómo lo hacen, pero me tienen muy admirado!

Un detalle que también había sorprendido a Manuel, quien ignoraba el origen de esta calidad sonora. Es verdad que, en sus años de titiritero, él había cuidado este elemento del espectáculo, con músicas que muchas veces hacía él mismo, pero nunca con esta maestría. Recordó la función vista en el teatrillo del Pueblo Español, con los choques orquestales de unas magnitudes fuera de serie.

- Sepa, Quinqué, que no encuentro explicación a este fenómeno. Ahora bien, tengo que decirle que desde la aparición del huevo, la música ha estado presente de un modo u otro.

- Ni que lo diga, Manuel, ni que lo diga, basta recordar nuestra última estancia en Vulcano, con un sol que parecía un batallón infinito de bandas de música valencianas. Y hay que tener presente aquí que tal vez su Extravagancia tenga un fuerte componente musical, algo por otra parte común cuando se viaja con el visto bueno de la casa Mercurio, ya que no hay nada como la música para explicar determinadas cuestiones que no se dejan fijar con las palabras, huyendo así de nuestra tendencia a clavar los contenidos con las banderillas de unos buenos significantes. No, no siempre es eso posible y por ello el Sol, en su deseo de hacerse entender, emite estas sonoridades bárbaras y grandilocuentes que lo dicen todo sin decir nada. Creo que la música constituye, hoy por hoy, el lenguaje conocido más elevado para expresar realidades que escapan a la comprensión humana, que es la terráquea por naturaleza. Y fíjese que si una crítica pudiéramos hacer a la extravagancia del señor Gaudí con su Sagrada Familia, es la falta de música real que produce, por mucho que él la considerara un órgano de piedra, que tal vez suene para determinados oídos muy evolucionados, pero no para el común de los mortales, para los que calla como un mejillón. Claro que también nos podría decir él que la piedra vibra cuando se manifiesta espiritualmente, que era su objetivo principal, y que al ser el espíritu una sustancia de las que son y no son, le podemos suponer todo tipo de cualidades, por muy dura que sea la piedra que la contiene.

- Quizá sí, Quinqué. Tendremos que volver a la Sagrada Familia para ver si emite alguna nota. Cuando fuimos, era el viento quien la hacía silbar. Ahora bien, ni en la Luna ni en Mercurio oímos nada.

- Tiene razón. Estos planetas, que podríamos calificar de psíquico y de mental, no son nada musicales, salvo la música que cada uno lleva dentro. Venus, en cambio, nos dejaba oir sus truenos descomunales y el estallido de las erupciones volcánicas, de ritmos barrocos y aleatorios, aunque con una sonoridad sensual y amortiguada por aquella atmósfera tan pesada que la cubre como una sordina. Respecto al Sol, yo me atrevería a definirlo como un gigantesco instrumento de música capaz de producir todos los sonidos que le pasan por la cabeza, sean de viento, de cuerda, de metal o de madera. Por eso ir a Vulcano es tan interesante, no sólo por las visiones espectaculares que nos ofrece sino porque es como sentarse en la sala de conciertos más grande del Sistema Solar, para escuchar la música del Sol, de un virtuosismo sin igual, con una fuerte predisposición al caos creativo y a las turbulencias del espíritu, eso sí.

Callaron un instante, mientras buscaban en vano el eco de aquella música tan sutil e inteligente que habían oído durante la representación.

- ¿Sabe qué le digo, Manuel? Que quizás la forma de su Extravagancia sea la de la ópera, lo que explicaría no sólo la calidad sonora de la que hablábamos, sino también las inmensas panorámicas que la acompañan, con unos esplendores tan espectaculares que recuerdan a los modernos teatros de ópera de hoy en día, ¿no le parece?

- Quizás sí, Quinqué, aunque de momento aún no he oído a nadie cantar…

El silencio del cementerio se impuso sobre el entorno de tumbas, gatos y mausoleos, sentados ambos en las dos tumbonas. Era un silencio mortecino, propio del lugar donde se encontraban.

Dijo el titiritero en voz baja:

- Oiga, Quinqué, ¿cree usted que los aparecidos eran muertos de verdad?

- Yo diría que sí, Manuel, aunque los he visto un poco borrosos. Quizás eran sus sombras, que en paz descansen, lo que tiene su lógica, teniendo en cuenta que a la mayoría no les deben quedar cuerpos demasiado presentables. Evidente que si tenían ganas de hablar y de ser percibidos, se hayan presentado de la manera más discreta y agradable posible.

Miró de reojo a su entorno para ver si alguien lo escuchaba, y constató que se habían quedado solos, sin ninguno de los títeres, esfumados desde hacía un rato. Y hablando bajito y acercándose a Manuel como a veces hacía, dijo al titiritero:

- Sobre esta cuestión los entendidos han elaborado varias teorías. Yo no las conozco todas, por supuesto, pero parece que una de las más conocidas dice que los fallecidos pueden, en ocasiones excepcionales, hacerse de cuerpo presente e interactuar con los humanos vivos de nuestra ciudad. Es un sin sentido como una catedral, todo hay que decirlo, pero se explica por el hecho de que así lo quieren estos fallecidos, que lo ven como una excepción que confirma la regla general, y con ello se quedan tan tranquilos. Dicen que al convertirse en difuntos con ganas todavía de seguir funcionando, aunque sea desde la ultratumba, tiene sentido que quieran dejar de ser difuntos y se conviertan en unos muertos funcionales, con ganas de hacer y decir la suya, sin romper más leyes de las consideradas fundamentales, por supuesto. Es decir, viven sin vivir, ya que están muertos, y si son visibles, lo hacen con normalidad, para no asustar a los vivos, los que los ven y los que no los ven, como es habitual en estos casos. ¿No lo encuentra admirable al cien por cien?

- No sé qué decirle, la verdad...

- No diga nada, Manuel, porque sobre estos asuntos lo mejor es mirarse en el silencio de los difuntos y callar como una tumba, por mucho que ellos hablen por los codos. De entrada porque suponiendo que no esté de acuerdo en lo que dicen, sería absurdo y de muy mal gusto llevarles la contraria. Noblesse oblige, como dicen los franceses con mucho sentido común, y los muertos siempre nos merecen un respeto, por muy equivocados que estén. Por otra parte, lo que nosotros llamamos cháchara o palabrería de cementerio, constituye uno de los fenómenos más interesantes de las necrópolis, sean antiguas o modernas, ya que a lo largo del tiempo siempre ha habido personas sensibles que se han especializado en escucharla y en transcribir sus palabras, generalmente confusas y difíciles de comprender. Según expresan los mismos difuntos, como antes hemos podido constatar en directo, les es muy importante ser escuchados y aún más lo es para nosotros saber lo que nos dicen, no para cultivar los viejos recuerdos y los históricos rencores, algo absolutamente deleznable, sino por los avisos de futuro. Fíjese qué paradoja: a los difuntos, Manuel, el pasado les importa un bledo y en cambio, su mayor preocupación es el futuro, a diferencia de lo que piensan la mayoría de los vivos, que asocian los muertos con el pasado. ¿No lo encuentra extraordinario?

Tenía razón Quinqué, y por eso aquella presencia de los muertos que aparecían a cada paso que daba, encajaba en la construcción de su Extravagancia, la cual era una manera de articular el presente con el futuro, ya que el pasado a Manuel no le interesaba para nada, aunque reconocía su importancia. Disponer de un presente abierto era quizás uno de los objetivos del huevo y de su plan, por muy plan sin plan que fuera, para poder vivir con ciertos aires de libertad.

- Piense, Manuel, que el futuro es uno de los campos de batalla más disputados de la actualidad, con muchas facciones potentísimas que luchan por colonizarlo cada uno a su manera y según sus intereses. Por eso es oportuno escuchar la opinión de los finados que gozan de perspectivas insólitas y sin intereses materiales de ningún tipo. Asimismo, yo diría que hoy en día no sólo es oportuno sino necesario que las personas vivas dispongan de su propia extravagancia, si uno no quiere que te obliguen a marcar el paso por caminos que no se han elegido.

- Mucho me temo, Quinqué, que es bastante difícil hoy en día no marcar el paso según la música que suena.

- Ni que lo diga, Manuel, ni que lo diga, pero al menos hay que intentarlo. Por eso es tan importante tratar bien al turista y mostrarle rutas y modos de ver las cosas que se escapen de las guías oficiales. Una simple gota de frescura en un mar de lugares comunes, me dirá usted, y tiene toda la razón del mundo, pero estas gotas de diferencia pesan mil veces más que las corrientes de las aguas ordinarias. Y digo esto, Manuel, sin despreciar los lugares de obligada visita, que a pesar de ser comunes, tienen el fulgor de la singularidad que los hace extravagantes, como es de cajón reconocer.

Se levantaron finalmente de las dos tumbonas, que los Pericos, surgidos de no se sabe dónde, hicieron desaparecer al instante. Estaba admirado el titiritero de la logística desplegada por sus personajes. Se dijo que habían tenido un buen maestro: siempre había destacado por su obsesión en tenerlo todo a punto. Claro que ahora este asunto le caía lejos.

Cruzó el cementerio con la sensación de encontrarse en un lugar familiar, de resonancias entrañables, como si fuera una parte de la ciudad que resumía muchas de sus características que ya se habían perdido, detalles nimios y ridículos que sin embargo hablaban de épocas y modos de vida diferentes: el vestuario abigarrado de aquellas presencias fantasmales, los jardines entre las tumbas, los reboques viejos, destartalados y sin pintar de las paredes y de los nichos, algunos epitafios pasados de rosca o de una banalidad abrumadora, los desaliñados ornamentos egipcios de pórticos y tumbas, el caminar pausado y filosófico de los enterradores, el fulgor abrillantado de las tumbas de los gitanos con sus detalles de glamour, y una atmósfera general de tristeza institucionalizada que se convertía de inmediato en factor de alegría y luminosidad. Quizás porque asociaba la familiaridad de todos estos detalles con el futuro desenvuelto que buscaba, no sometido a las modas del día, sino abierto a las excentricidades del futuro.

- Vea, Quinqué, como podemos llegar a cambiar nuestras formas de pensar y de ver las cosas, que ahora miro este cementerio y me encuentro como en casa, después de haber presenciado la función de mis amigos títeres y escuchado las palabras de los difuntos. Y a pesar de saber que un día acabaré instalado en el nicho que me corresponde y que pago cada año al Ayuntamiento, también le tengo que decir que no tengo ninguna prisa en ocuparlo, sobre todo ahora que la Extravagancia se levanta y me abre las ópticas del futuro.

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