lunes, 25 de junio de 2018

22º Capítulo (2a parte): El Café de la Paz





- Manuel, ya que estamos en el Poble Nou, me gustaría presentarle a un viejo amigo que tiene su sede, como quien dice, no lejos de aquí. Pienso que para sus propósitos de levantar la Extravagancia, le puede ser útil este conocimiento, singular como pocos.

Se dirigieron al centro del barrio y tras dejar la Rambla del Poble Nou, cargada de concurrencia a esa hora de la tarde, giraron por varios callejones hasta llegar a un bar con un cartel que decía Café de la Paz. Vio que era un local de una de estas sociedades que había antes en Barcelona, de cuando los sindicatos obreros tenían amplios ateneos sociales, donde se enseñaban los grandes ideales y también a leer, a escribir, a bailar y a hacer teatro. Cruzaron un café vestíbulo casi vacío y penetraron en un espacio mayor, tal vez una antigua sala de baile, que ahora tenía un ring en el centro. Había mesas y una barra a un lado, y se dio cuenta que se trataba de algún tipo de club dedicado al boxeo. Había bastante gente, como si esperaran alguna actuación. Quinqué saludó a un señor gordo y sudoroso que servía en las mesas y al que parecía conocer bien.

- ¡Hombre, Pepito, una legría verte! ¿Quieres tomar algo?

- Dos cafés, Manolo. ¿Hay combate hoy?

- Sí, de entrenamiento, gente de la casa.

- Nos sentaremos un rato.

Estaba sorprendido Manuel de ver adonde le había llevado el guía turístico, que allí respondía al nombre de Pepito.

- ¿No me dirá que le gusta el boxeo, Quinqué?

- Un deporte magnífico, a veces vengo a practicar, sólo a pegar cuatro golpes con los guantes, para mantenerme en forma. Piense que con mi peso, no duraría ni un minuto en el ring. Reflejos y velocidad, muy importante para la vida moderna.

Se fijó en las personas del público, tipos más bien oscuros, algunos con tatuajes en los brazos. También había grupos de jóvenes con chicas.

- Pelear, Manuel, es bueno cuando se hace por deporte. Aquí reina más nobleza que en la calle, créame. El combate cara a cara tiene la ventaja de dejar las cosas claras, sin subterfugios. Hay reglas e igualdad de condiciones. ¡Ojalá todas las guerras fueran así!

- Pero combatir, Quinqué, es retroceder en la historia, deberíamos superar estas fases de pelearnos para solucionar los problemas.

- En eso tiene toda la razón del mundo, sí señor, ahora bien, aquí no se pretende solucionar nada pero el boxeo ayuda a comprender muchas de las razones del asunto. Es como los toros, Manuel, la mejor pedagogía para entender según qué aspectos de la vida y de la muerte.

Entonces vio a dos jóvenes con casco y con los guantes subir al ring, junto a un señor que parecía ser el entrenador o quizás el árbitro. Los dos empezaron a calentar motores cada uno en su esquina.

- Nunca he practicado las artes marciales. Bueno, de joven hice judo, pero no me acuerdo de nada.

- No crea, estas cosas quedan fijadas en el cuerpo, le sorprendería ver cómo le viene a la memoria. Antes aquí dejaban fumar para ver los combates, ahora Manolo se ha puesto terco y se ajusta a la normativa. De manera que no podremos encender ningún puro. Para la buena salud de los combatientes.

- ¿Se van a pegar de verdad?

- Es boxeo, Manuel. Pero no sufra, aquí no se juegan nada y no pasa de ser un entrenamiento.

Se inició enseguida el combate y se dio cuenta Manuel cómo cambiaba el ambiente de la sala, con una excitación que iba creciendo con los golpes. La mayor parte del tiempo los dos púgiles, chavales jóvenes de cuerpos delgados, se fintaban pero siempre que podían lanzaban sus puños, que muchas veces terminaban en la cara del contrincante. Se golpeaban con ganas, con una atención y una seriedad extraordinarias.

Quinqué no podía evitar hacer algunos movimientos, como si se pusiera en la piel de los dos jóvenes, esquivando, girando la cabeza, extendiendo un brazo. La campana sonó y descansaron un rato. El árbitro, que era también el entrenador, los animó con palabras que querían corregir algunos defectos. Y el combate se reinició. Golpes y más golpes y más fintas. Se sentía la respiración de los combatientes y los ánimos de los amigos, con algunas exhortaciones en voz alta. De vez en cuando les llegaba alguna salpicadura de sudor y pronto vieron un par de heridas en los pómulos de los púgiles. Pero las ganas de pelear se mantenían intactas.

Se fijó en un viejo sentado en la mesa de al lado, cargado de tatuajes y pelado al cero, con un bigote frondoso y antiguo, de aspecto salvaje, algo decrépito, aunque musculoso y con la camisa desabotonada en el pecho. Se miraba el combate con una quietud cadavérica, pero con los ojos encendidos por una pasión interior. Sobre la mesa, una copa de licor blanco.

Quinqué, al ver que se había interesado por el viejo, se acercó a su cliente y le dijo en voz baja:

- El señor Marte, ex legionario, antiguo combatiente en mil guerras, suele venir a tomarse sus copas aquí.

No podía dejar de mirarlo. Parecía una efigie centrada en el combate, como si bebiera cada finta y cada puñetazo con la mirada, alimentándose de la energía que flotaba en el espacio. Aunque Manuel no había estado en ninguna guerra, sí había visto las consecuencias, al visitar muchos países que habían sufrido el fuego y la destrucción. Ahora bien, en el teatro había vivido muchas batallas, ya que los títeres suelen guerrear entre sí, especialmente en algunas tradiciones, como las sicilianas de los pupi, centradas en las peleas entre caballeros con armaduras que chocan bajo el ritmo vertiginoso de un manubrio y los gritos y los golpes de tacón de los manipuladores, con un alboroto de mil diablos, capaz de excitar y encender la sangre al más pusilánime de los espectadores.

Aquel viejo, si era cierto lo que le había dicho Quinqué, había estado en las guerras de verdad del mundo de ahora, luchando con las mortíferas armas modernas, y sobrevivido a las sanguinarias batallas. Le estremecía la calma que mostraba, sin mover un músculo.

- El señor Marte está de vuelta de muchas batallas, Manuel. Adora las guerras antiguas, cuando se luchaba frente a frente y se moría con las salpicaduras de la sangre y de las vísceras, entre los gritos y los choques de laa armaduras. Las batallas modernas ya no le excitan tanto. Sólo en la Legión ha encontrado el espíritu bélico que le gusta, con la nobleza y la estética adecuadas sobre el morir y el vestir, más el desprecio a la vida fácil y regalada. Claro que ya lo han despachado, por viejo y por purista, y se contenta con los desfiles y las hermandades de ex legionarios que sobreviven como pueden, pequeños cenáculos donde se cultiva el viejo gusto por la batalla. Ahora se los quitan de encima con desdén, como reliquias impresentables de una época antigua. ¡Pero su existencia, Manuel, es más importante de lo que pensamos!

Escuchaba atónito Manuel las palabras de Quinqué. ¿Pero qué se embarullaba aquel guía turístico enclenque y con cara de pájaro, ensalzando nada menos que la estética de la guerra? Y sin embargo, tal vez transportado por las imágenes que le habían llegado de las batallas de los pupi sicilianos, se sintió de pronto arrastrado por la atmósfera de aquel antro cargado de sudor y de testosterona, con los gritos de los jóvenes que animaban a los púgiles, los movimientos incansables de sus cuerpos y de los golpes que se daban, con el recuerdo aún vivo de los muertos del cementerio, y sintió como se le encendía la pipa interior y como aquel vapor que era el humo del huevo que había roto con un martillo se mezclaba con el aire pesado del café, mientras el tercero que era él multiplicado por tres contemplaba la escena desde fuera y desde dentro. Se le acercó el señor Quinqué y le dijo al oído.

- Manuel, quizá sea el momento de hacer una visita a Marte, un planeta que a pesar de ser de los más cercanos, es el primero exterior en relación a la Tierra, en la dirección contraria al Sol.

No hay comentarios:

Publicar un comentario