domingo, 15 de julio de 2018

25 Capítulo (2a parte): Las Ramblas


Las Ramblas, año 1915.

Citarse en la Fuente de Canaletas era un tópico barcelonés que el señor Quinqué consideraba de los más entrañables de la ciudad, motivo por el que no dudó en proponer este lugar para encontrarse con su cliente titiritero. Llegó puntual Manuel y enseguida vio al guía turístico sentado en una de las sillas que hay cerca de la fuente. Se sentó a su lado, sorprendido de encontrarse donde se encontraba, ya que hacía meses que no pisaba las Ramblas y menos aún ocupando uno de sus escasos asientos.

- Manuel, lo primero que hice al llegar a Barcelona fue beber agua de la Fuente de Canaletas, y fíjese hasta qué punto se ha cumplido la ley que dice que quien bebe, vuelve siempre a la ciudad, que desde entonces no me he movido de ella. Una fuente excepcional, que a lo largo de la historia las ha visto de verdes y de maduras, siendo quizás el único de los mobiliarios urbanos del paseo que ha permanecido más o menos idéntico, ya que por lo demás, el tiempo, la historia y el diseño le han pasado el peine, a las Ramblas, día sí y día también. Una calle que se caracteriza por algo muy singular: a pesar de los profundos cambios que vive y ha vivido, sigue siendo la misma, lo que no hay quien lo entienda. Tal vez su secreto sea la gente, o los árboles, o la arquitectura que la configura, o el hecho de contener un mercado todavía en activo, el teatro de la ópera y el Barrio Chino, separados los tres por escasa distancia, y acogiendo tanto a la población canalla como a la culta y a la normal, más los millones de turistas que acuden para resolver el misterio y entenderlo sin entenderlo, que es la mejor manera de resolver los misterios.

Escuchaba Manuel el panegírico de las Ramblas de quien era su convencido guía turístico vocacional, lo que le hacía mucha gracia, en una época en la que los periódicos y las inteligencias de la ciudad no pasaban un día sin criticar aquella calle legendaria, que según ellos había perdido sus esencias.

- No lo crea, Manuel, porque a pesar de las razones que sustentan estos detractores, que son muchas y yo comparto plenamente, no ven la otra cara de la moneda, que sigue siendo la misma de toda la vida y que coincide con su cara oscura, aquella que aparece en los intersticios de día y la ocupa entera de noche, no siempre agradable, pero de una vitalidad y de un dramatismo fuera de lo común. Y a pesar de que no todo sea un camino de rosas, y que las carencias y los desaciertos sean mayúsculos por no decir descomunales, las Ramblas siguen siendo las Ramblas dígase lo que se diga.

- Señor Quinqué, nunca había oído una defensa de las Ramblas tant convencida y vehemente como la suya, créame.

- No hacerlo sería una injusticia por mi parte, Manuel. Piense que yo he vivido en miles de ciudades del mundo, y en ninguna parte he encontrado esta mezcla de familiaridad casera, de bienestar burgués, de canallismo simpático de barrio y de delincuencia rutinaria como la que he visto en esta calle. Unos complementos que hoy en día se elevan a una prominente potencia cosmopolita, al ser tantas las nacionalidades diferentes que la usufructúan, en todas sus distintas especialidades. Quizás sea este cosmopolitismo subido de tono y de una composición tan bizarra, más la banalización que siempre conlleva el turismo masivo, lo que la ha distanciada de los barceloneses cultos y sentimentales, a los que les cuesta adaptarse a su éxito internacional, que ven como una confiscación. Y quizás haga falta una sacudida de éstas que a veces hace la historia, para que las distancias se fundan y los de dentro y los de afuera se abracen en el reconocimiento mutuo de las desemejanzas y de los desencuentros, porque si algo tiene las Ramblas de básico es esta capacidad de juntar en un solo caudal aguas procedentes de mil lugares distantes y distintos, lo que induce a la exaltación de las diferencias, como si fuera un escenario teatral donde las excentricidades se exhiben, se admiran y se aplauden.

Pensó el titiritero que visto desde esta perspectiva, las Ramblas de Barcelona constituían otra extravagancia de la ciudad, por su capacidad de atraer públicos de procedencias tan dispares y de saberlos conjugar tan bien, lo que no es nada fácil y que nunca se consigue desde ninguna voluntad política o urbanística expresa. El huevo de esta extravagancia debería buscarse en el tiempo y en una voluntad inconsciente de los barceloneses, que a lo largo de la Historia la han ido modelando quizás con un único objetivo: disponer de una calle mayor y dinámica de la ciudad, llena de bares, restaurantes, hoteles, teatros, ópera, cabarets, sindicatos, mercados, tiendas, centros de arte y clubes deportivos, todo a mano y en íntima compañía, sin ningún orden ni concierto, con un final que le viene como anillo al dedo: la estatua de Colón que señala hacia América en la lejanía, invitando a los comerciantes catalanes y a sus líneas de navegación a salir y a hacer negocios. En este sentido, las Ramblas es un hilo que cose todos estos espacios, una especie de teatro de teatros, donde el público se convierte en el verdadero actor.

- Estoy totalmente de acuerdo con usted, Manuel, creo que lo ha explicado muy bien. Con un añadido: sus medidas humanas, más bien reducidas, ya que muchas veces este cúmulo de lugares las ciudades los ponen en grandes avenidas, lo que les va muy bien pero que sufren de una gran carencia: la proximidad que dan las dimensiones humanas. Y ya que ha hablado de las Ramblas como de una extravagancia y del huevo que lo ha creado, también le diré que este paseo es quizás uno de los pocos en el mundo que sabe pasar del dos al tres sin decirlo ni hacer ninguna publicidad, una calle por tanto paradójica, capaz de conjugar las oposiciones del dos creando por generación espontánea el tres que sabe cómo encajar la pluralidad. Un tres que los turistas encarnan de manera natural, fruto de esta extravagancia que sabe cómo trascender las convicciones opuestas de las personas.

Escuchaba el titiritero con el puro en la mano aún sin encender que para él representaba el tercero que se fumaba y se sabía fumado, lo que lo hermanó con aquellos turistas anónimos que caminaban a su lado, unos terceros que gozaban de la misma distancia que les daba aquel tres invisible de las Ramblas.

- Y es por eso, Manuel, que esta calle se hace tan difícil de ser enseñada por nosotros, los guías, no sólo por el obstáculo de encontrarnos con tanta gente, sino porque la gracia es conocerla y pasearla cada uno a su aire, para ver si se es capaz de captar la distancia de sus encantos, siempre y cuando vigile, eso sí, con los rateros y los carteristas, de una profesionalidad única en el mundo. ¿Pero qué le parece si vamos bajando? Una de las maravillas de las Ramblas es que uno puede bajar fumándose un puro, más o menos a todas horas y especialmente de noche, lo que le invito a hacer.

Encendieron las Brevas de Quintero que tenían ya en la boca y se levantaron para caminar Ramblas abajo. Deberían ser las cinco de la tarde y el nivel de gente era bastante alto pero soportable, tal vez por el poco calor que hacía y porque los turistas de un solo día ya se habían retirado.

- Tienen razón, Manuel, los detractores de las Ramblas en destacar cómo ha bajado el nivel de bares y restaurantes, que buscan el rendimiento fácil y rápido, sin pensar en lo importante, que es el bienestar de la gente y en servir bien al cliente. Pero me extraña que no hayan encontrado aún la solución, cuando es tan fácil: pongan restaurantes y bares de una cierta categoría, con un mimo en cuanto a la calidad de los productos y del diseño, y verá de inmediato como las cosas cambian. Las Ramblas deberían ofrecer calidad, no es necesario que sea de la gama más alta, sino que con una media basta. En cuanto a las opciones más baratas, yo las pondría en las calles circundantes, fomentando así su deriva popular. Esencial que los quioscos de periódicos abran toda la noche, una pérdida terrible de los últimos tiempos, esto es de capital importancia. Y el gran error: haber eliminado los puestos de de venta de pájaros. Aquí se han equivocado de pleno los responsables municipales. La excentricidad de aquellas tiendas llenas de periquitos, canarios, loros, tortuguitas y otros animales de gallinero era mayúscula, y simplemente hubiera bastado con buscar alguna mejoría en sus condiciones de vida. Fíjese en qué han degenerado: venta de helados, de camisetas del Barça, de souvenirs trasnochados, de golosinas azucaradas e insanas, unas paradas que han crecido en espesor, que obstaculizan el paso de los viandantes y que no son más que una pura redundancia del mal gusto que ya encontramos por doquier. Para mejorar la condición animal, han degradado la humana. ¡Incomprensible! Ya ve, Manuel, que también soy crítico con las cosas que no funcionan, las cuales son la hojarasca que no debe tapar el conjunto del paisaje.

- ¡Caramba, Quinqué, usted podría presentarse para alcalde!

- No sé qué decirle, creo que antes me haría bombero. Una cosa son las soluciones, y otra las ejecuciones. Por eso yo siempre he respetado a los cargos públicos, por la poca envidia que me dan. Para mí, nada es más admirable que ocuparse de los asuntos públicos con el ojo del contribuyente clavado encima. Más difícil de lo que nos pensamos. Y debo reconocer que si buscamos la media, el balance de las actuaciones municipales de Barcelona es sin duda positivo. Esto no quiere decir que no podría serlo aún más, ya que muy a menudo para llegar a las medias, se afeitan no pocas singularidades absolutamente imprescindibles pero que la razón urbana ignora y desprecia, siempre con la excusa del bien común, cuando muy a menudo se trata del simple afán de justificar un sueldo y un puesto de trabajo. Pero no quiero ser quisquilloso, hoy toca disfrutar de las Ramblas, Manuel, por eso estamos aquí.

Al pasar frente al edificio de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, se detuvo Quinqué:

- Mire, Manuel, la hora oficial (1). Yo siempre me paro y la miro, y así me pongo al día, porque conviene de vez en cuando estar en la hora oficial, sí señor, que es la común de los mortales, aunque sea por un minuto, ya que una por una las personas disponemos de tiempos muy diferentes y difíciles de encajar. En eso nos parecemos a los planetas y a los astros, que tienen tiempos particulares cada uno, aunque ellos suelen mantener pautas regulares y fijas, a diferencia de los humanos, que parecemos ir todos por donde nos da la gana. Y sin embargo, si lo miráramos desde arriba, nos sorprendería ver las regularidades que también existen en nuestra anarquía aparente, un poco como hacen las hormigas, que cumplen con sus designios de especie mediante una computación estadística inconsciente, por lo que los objetivos se cumplen hagan lo que hagan. En este sentido, las Ramblas son un laboratorio perfecto para estudiar estos misterios del comportamiento, donde se llega casi siempre a la media por la combinación equilibrada entre las conductas regulares y las irregulares. Pero fíjese como algunos individuos con ganas de elevar la computación a las alturas de la singularidad se esfuerzan para llamar la atención y hacer de las suyas, una constante en la historia de las Ramblas, que siempre ha tenido a estos esforzados actores de la originalidad, convertidos en legendarios algunos, como la famosa Moños, un patrón que se ha mantenido firme hasta hoy, siendo quizás una de las características más propias y particulares de esta calle.

Hay que decir que el personal que constituía la densa muchedumbre del paseo central resumía muy bien esta mezcla de normalidad y de excentricidad, con paseantes de lo más normal y bien alimentados junto a otros que más bien parecían lo contrario, algunos con ofertas estrambóticas de objetos a un euro, de artefactos luminosos que se tiran al aire, de cervezas escondidas en las papeleras, entre otras especialidades.

- Algo que quizás no sabe, Manuel, es que el actual Teatro Poloriama, que acabamos de dejar en el mismo edificio de la hora oficial, fue el primer cine de la ciudad abierto en 1899, con el nombre de Cine Martí. Yo siempre lo cuento a mis clientes, que suelen apreciar mucho estos detalles.

Debía reconocer Manuel su ignorancia en la historia antigua de Barcelona, lo que se explica por el hecho de no ser natural de ella, al haber nacido en Murcia, aunque de muy niño se instaló aquí con su familia. De todos modos se había esforzado mucho en conocerla, debido sobre todo a su profesión, ya que muy a menudo le habían encargado obras de temática local.

- Lo que me impresiona de esta calle es la variedad tan extraordinaria de sus usufructuarios, piense que en este momento, si tuviéramos que hacer una lista de los países que están aquí representados, pasaríamos de la cincuentena, ¡y quizás me quede corto! ¿No le parece admirable? Y aunque no todo el mundo lo vea así, para mí no deja de ser un verdadero lujo para la ciudad. De entrada, ver como culturas tan distintas participan de este espíritu mediterráneo de la calle río que hierve alrededor del comercio, del teatro, de las flores, antes de los pajaritos, del mercado, de la ópera, del cabaret, de las ofertas culturales y de las canallas ... y por otro lado, disponer de tantos puntos de vista diferentes, que a pesar de no expresarse todos y no llegarnos por la vía directa, sabemos que están y que se manifiestan aunque sea subliminalmente, como dicen los entendidos. Y eso, Manuel, es como disponer de una palanca que abre y amplía el significado de las cosas, para el bien de todos, de las Ramblas y de Barcelona.

- Lástima que los beneficios vayan a parar siempre a las mismas manos, Quinqué.

- En eso tiene toda la razón, sí señor, ya lo comentamos otra vez. Pero una cosa no priva la otra. Reivindicar la redistribución de las ganancias está al orden del día y creo que tarde o temprano, por la simple supervivencia del negocio, se deberá llegar a ello.

Pasaban en ese momento delante del Mercado de la Boqueria, lleno a esa hora de turistas que entraban y salían.

- Pasemos de largo, Manuel, este mercado lo quiero mucho pero a estas horas se ha vuelto inviable para nosotros, demasiada gente y demasiados puestos de venta de golosinas para los turistas. Yo vengo a comprar a menudo, pero siempre antes de las diez de la mañana. Y le aseguro que sigue siendo de los más baratos de Barcelona.

Al llegar al cruce con la calle Hospital, se detuvo Quinqué.

- Este punto, considerado por los entendidos como 'el rovell de l'ou', es decir, la 'yema del huevo' de las Ramblas y de Barcelona, es una maravilla que la Historia nos ayuda a valorar aún más, un claro que se abre de repente sin los plátanos, con este dibujo del señor Miró que sale en todas las fotos de los turistas y las dos entradas del metro. Es el centro y al mismo tiempo la bisagra de las Ramblas, partida por el eje de las calles Hospital y Boqueria, el cruce donde termina la zona del Mercado y de las tiendas, y comienza la más nocturna y canalla, la de los bares, teatros, cabarets y restaurantes. Y fíjese la inteligencia espontánea de esta calle, que enseguida y quizás para neutralizar los lados oscuros de esta parte baja, se tropieza con el Liceo, la Ópera de la ciudad, una maravillosa incongruencia que da carácter y ayuda a equilibrar las cosas. Yo le sugeriría sentarnos en una mesa del Café de la Ópera, el único bar que queda con un poco de carácter antiguo. Y como a mí me gusta servir bien al cliente, le invito a un café en la terraza de enfrente.

Había una mesa libre y la ocuparon de inmediato. Los puros estaban en su apogeo de humo y placer y, una vez servidos los dos cafés, se relajaron mirando la riada de gente que bajaba tranquilamente por las Ramblas. A esa hora de la tarde, resaltaba una presencia tranquila de familias con sus niños y una gran variedad de colores en los atuendos.

- No hay nada que más me emocione que ver a estas familias de turistas pasear por las Ramblas. Cuando pienso en el esfuerzo que significa viajar hoy en día con criaturas, cogiendo aviones con todas las colas de los aeropuertos, los controles de pasajeros, las horas de espera y de retraso, uno se maravilla de que haya tantas familias en el mundo que quieran venir a Barcelona. ¡Inexplicable al cien por cien! Y sin embargo, esta es la realidad del caso, que yo casi califico de milagro, y que me hace pensar que quizás haya unos atractivos de la ciudad mundialmente conocidos y que nosotros todavía no hemos descubierto, por eso me esfuerzo cada día en descubrirlos, unos atractivos que quizás lo son para mentalidades diferentes a las locales, y así, una vez descubiertos, los podemos añadir a los encantos de nuestro patrimonio, que yo incorporo enseguida a los programas de visita.

Hacía un rato que Manuel había dejado de escuchar a Quinqué, saturado como estaba de tantos elogios de la ciudad, lo que se explicaba por su origen extranjero, de alguien que había encontrado en Barcelona un paraíso para su vocación de guía. Miraba él también a la gente y se fijaba en los detalles de los vestidos, de los peinados y de los colores de las caras. Veía que todos eran diferentes y a la vez iguales, y pensó si no sería aquella una de las sensaciones típicas de las Ramblas, de poder pasar de lo general a lo singular y de lo singular a lo general sin moverse de la silla. Vio entre el gentío a algunos de sus títeres, paseando tan tranquilos como unos turistas más, o como unos barceloneses de toda la vida, y se dio cuenta que aquellas personitas de madera que sólo él podía ver se  habían incorporado al paisaje de su vida, como un complemento exterior y con una independencia total.

De repente escucharon un ruido extraño y gente corriendo por todos lados. Se imaginó por un momento Manuel si no sería alguna jugada de su pipa interior, que hacía rato quemaba a todo gas, pero no, la gente gritaba y corría. Vio al Perico Perico que se les acercaba y con un grito al oído les decía:

- ¡Corred, alguien está arrollando a la gente!

Y entonces vieron una furgoneta que después de llevarse parte del quiosco de periódicos que hay al final de la Rambla de las Flores, se detenía ante el dibujo de Miró, a unos pasos de donde estaban ellos. Alguien abrió la puerta y saltó, para desaparecer entre el tumulto.

- Un ataque terrorista! - gritó un camarero.

- ¡Manuel, se impone movernos, salgamos de aquí!

Cruzaron la calle y se vieron arrastrados por la gente ante la entrada de uno de los hoteles, el Internacional que hace esquina con la calle Boqueria. Subieron y unos camareros les indicaron que tenían que ir al salón. Allí se dirigieron al balcón y pudieron ver la Rambla medio vacía y asustada, y, al acto, convertida en un caos, con las sirenas de la policía que empezaban a sonar. La gente corría sin saber adónde ir y más arriba vieron a varias personas tiradas por el suelo, víctimas de aquella furgoneta, según habían comprendido.

- Manuel, veo que todo el mundo está en estado de shock. No sé usted, pero yo también lo estoy, ya que nunca me hubiera imaginado que alguien quisiera atentar contra la pobre gente que pasea por las Ramblas. Pero ya ve como nos equivocamos a veces. También es cierto que el señor Mercurio nos lo advertía desde hace tiempo, que el éxito de Barcelona es como la miel que atrae a las moscas del terror y que tarde o temprano podía pasar algo. Pero ya sabe que uno nunca se imagina las desgracias, sobre todo cuando se es de tipo optimista, como lo yo soy.

Tenía que reconocer Manuel que esta preocupación nunca se le había pasado por la cabeza. Sabía que había guerras en el mundo, y que Oriente Medio estaba encendido por los cuatro costados, pero como la mayoría de las personas, nunca había sospechado que alguien escogiera Barcelona para atentar.

- Parece que hay muchos muertos y heridos. Piden médicos aunque las ayudas ya están llegando -así se expresó un camarero que parecía filipino en un español muy correcto.

Habían lanzado los puros al subir las escaleras y estaban sentados alrededor de una de las mesitas que el hotel tiene junto a los balcones. La policía ocupaba ya toda la calle y prohibía a la gente salir de los bares y de los hoteles. Buscaban al conductor de la furgoneta y no sabían si se había refugiado en algún local y si había aún más peligro de atentados.

- Manuel, nos hemos escapado por un pelo, ya que no hace ni cinco minutos que usted y yo bajábamos tan tranquilos por las Ramblas con los puros encendidos y seguro que no nos hubiéramos dado cuenta de que alguien nos embestía por detrás. Y la furgoneta se ha parado a unos escasos diez metros del lugar donde estábamos sentados. Me alegro especialmente por usted, ya que yo por mi oficio las he visto de todo tipo y tengo como los gatos seis y siete vidas de repuesto, pero debo decirle que me habría sentido muy consternado y culpable si alguna desgracia le hubiera acaecido. Ahora, me pregunto cuánta gente ha quedado herida por esta salvajada, y quizás muerta ...

Un camarero que miraba la Rambla a su lado dijo:

- Según dicen, hay unos cuantos muertos y muchos heridos. ¡Nunca había visto algo así!

Se volvió para atender a la multitud de personas que se había resguardado en el hotel.

El atentado había disparado los efectos de la pipa de Manuel, que veía como su tercero despegaba y contemplaba el horror de la Rambla con mucha gente tirada por el suelo, sangrando mientras los primeros auxilios llegaban y algunas ambulancias comenzaban a sacar sus enseres de asistencia. Sí, más que un atentado era una salvajada, como había dicho Quinqué. Recordaba las palabras de su guía mientras bajaban por las Ramblas y pensó que aquella singularidad de la furgoneta asesina había roto todo el hechizo de la calle, aquel juego de equilibrios entre la normalidad y la excentricidad que manos secretas combinaban como si se tratara de un cóctel de los más refinados. El fanatismo de la pulsión criminal lo había roto, tirando por tierra la balanza que permitía la mágica composición.

Quinqué, que se había acostumbrado a escuchar los pensamientos de su cliente, dijo:

- Estoy totalmente de acuerdo con usted, Manuel. Y también le diré que hoy acabamos de ver como la Rambla, que es una calle que sabe pasar del dos al tres, como antes hemos comentado, acaba de bajar del dos al uno, que es cuando aquel que se enfrenta a los demás pretende imponer su razón a sangre y fuego, con el fin de que el mundo se convierta en un uno como una casa, en el que no tenga cabida quien piense de una manera diferente. Es decir, la rica dinámica de la oposición del dos cuando se infecta de fanatismo, degenera en el uno dogmático de las verdades únicas, que para imponerse necesitan matar y aterrorizar a los demás. Para estos terroristas, no hay más que su razón, ya que así funcionan los poseídos por las grandes verdades.

- Quizá por eso han actuado en las Ramblas, que son conocidas como un paseo donde todo encaja a pesar de sus diferencias.

- De cajón, Manuel, pero fíjese en la impotencia de su acto, que para mí es lo más patético de todo este triste espectáculo, ya que pasado el terror, las Ramblas han saltado directamente del uno al tres de golpe y porrazo sin ni siquiera pasar por el dos, con una intensidad inusual, borrando la pretendida acción del conductor terrorista, ya que no otra cosa es la sensación que sentimos en nuestro entorno, este tipo de hermandad que impregna a los vivos que se saben vivos después de escapar de la muerte y que une a todos, camareros, vendedores de latas, turistas, transeúntes locales, ricos, pobres, tenderos y rateros, a pesar de que algunos de ellos, por su profesionalidad visceral, no puedan evitar seguir cumpliendo con sus deberes de vaciar los bolsillos, como acabo de ver ahora mismo. Por eso es importante advertir a los visitantes que nunca dejen de vigilar sus pertenencias, por muchos atentados y fiestas mayores que se hagan.

Y pudo ver Manuel que las palabras de Quinqué se cumplían al pie de la letra, con una reacción de la gente absolutamente ejemplar, entregados todos a ayudar al vecino, a consolarlo, los camareros a servir cafés y aguas sin cobrar nada, algunos de los rateros mostrando sus virtudes más franciscanas, o los policías ordenando el tráfico y ayudando a las personas que no sabían adónde ir.

- Vea aquí de nuevo los efectos de las dimensiones humanas de esta calle, que hacen que todo lo que pasa sea cosa de todos, al sentirse todos más o menos protagonista de su historia, la pequeña Historia en mayúscula que hoy ha dejado su huella de fuego en sus anales. ¡Admirable al cien por cien, Manuel!

Pensó el titiritero que aquel susto inesperado había sido como una bajada drástica a la realidad, una caída a la tangibilidad del mundo, que de pronto adquiría una presencia que hasta entonces se había mantenido alejada. Y comprendió que la Extravagancia nacida del huevo puesto en el Aposento tenía por función conectarlo no sólo con los planetas, con los muertos que hacían turismo de ultratumba por el Sistema Solar o con los animales del Zoo que hablaban como filósofos, sino también con las cosas de este mundo, las que seguían la misma lógica del uno que pasa al dos, y del tercero que sale y se fuma un puro, a pesar de que la realidad no se fume ninguno. La lógica del dos que pasa al tres era la lógica por la que pugnaba el mundo en su conjunto, sean vivos o difuntos, y una profunda emoción le embargó al comprender que habían sido los títeres los responsables de esta transformación del huevo en la retorta interior que lo subía al tres.

Pasaron más de tres horas acurrucados en el balcón del hotel, sin que la policía dejara salir a nadie, con la sensación de estar viviendo unos momentos especiales que tenían que ver con ellos, con la ciudad, con las dinámicas del mundo y con las Ramblas. Finalmente, la tensión se relajó y pudieron bajar a la calle, donde fueron obligados a desfilar por la calle Boqueria, ya que el paseo central se mantenía cerrado al público.


(1)  Referencia al reloj que hau en la fachada de la Real Academia de Cienias y Artes de Barcelona, que indica la hora oficial en Barcelona.

No hay comentarios:

Publicar un comentario