domingo, 22 de julio de 2018

26º Capítulo (2a parte): Bajo tierra





Se encontró con el Aedo en el Castillo de Montjuic, un lugar donde las marionetas parecían sentirse a gusto. Había mucho espacio vacío y además estaba cerca del Pueblo Español, donde tenían su Teatro de los Mundos, como lo había llamado el Poeta, lugar donde Manuel sospechaba que residían sus títeres. Se sentaron en la torreta superior del patio del castillo, desde donde había contemplado varias veces el cielo nocturno y subido a la Luna.

Tenía aún frescas las imágenes de las Ramblas abiertas en canal por el atentado, del que los periódicos habían explicado todos los detalles. Aquella bajada a la realidad de Barcelona y del mundo le había trastornado más de lo que se pensaba. Había visto como determinadas líneas de conexión hasta entonces invisibles, se hacían patentes al relacionar geografías y conflictos alejados entre si.

Se había excusado el señor Quinqué ese día, por el trabajo que tenía en la agencia, debido a los retornos inesperados de muchos turistas y a los cuidados que algunos de los afectados necesitaban. Según le explicó, toda la agencia se volcó en asistir y ayudar a los visitantes, al considerar que se trataba de una situación de urgencia y que la prioridad era satisfacer las necesidades de sus clientes.

Se sentía Manuel un 'vivo que aún está vivo' al comprender que había escapado por un pelo de la muerte, o tal vez de una cadera rota, o de ser un cojo de por vida. Y eso le dio una sensación de urgencia en cuanto a la Extravagancia. Lo que se empieza debe terminarse y muy en su interior sabía que le quedaba todavía un paso importante para rematar el trabajo. La clave la tenían los títeres, por supuesto, y por eso había acudido a la cita en la torreta, con el Aedo al que también llamaba Poeta sentado en la tumbona de al lado.

- Es es hora de ir al grano, ¿no crees Aedo?

Este permanecía callado y quieto como el muñeco que era, con su pipa en la boca que sacaba humo sin quemar tabaco. Manuel había encendido un puro, entregado de lleno al nuevo hábito que le había enseñado Quinqué.

- ¿Llevas más puros? -preguntó de pronto el Aedo.

- ¿Quieres uno?

- No, sólo quería saber si llevas más.

- Sí, tengo la petaca llena.

- Entonces podemos bajar.

Se levantó de la tumbona y él lo siguió. Roc y Guinardó los esperaba y juntos bajaron las escaleras. Al llegar a la puerta, el fantasma la abrió y se hizo a un lado para dejar pasar a los otros dos. La cerró de nuevo.

Vivió entonces la misma bajada rápida que ya hizo una vez, como si alguna fuerza lo succcionara hacia la cueva donde días atrás se había encontrado con la parodia de aquel consejo de ancianos hecho con los títeres más oscuros y retorcidos de su autoría. Pertenecían a un espectáculo fallido aunque les había dedicado mucho tiempo. Sentado en uno de los gastados tronos de piedra, les esperaba el más viejo de los viejos, de rostro tosco y desencajado con unos ojos de cristal que brillaban en la profundidad de sus arrugas. Ni se acordaba del nombre que le había puesto.

- ¿Quién eres? - le preguntó.

- Soy el Sin Nombre, pero me puedes llamar Saco de Truenos.

Y mirándolo fijamente, le espetó:

- ¿Estás preparado?

- Sí, terminemos cuanto antes.

No tenía ninguna idea sobre qué significaba terminar, pero era eso lo que sentía Manuel. Vio que el Poeta hacía un signo con la cabeza. El viejo Saco de Truenos, constituido simplemente por una cabeza de madera, dos rústicas manos que parecían ramas mal cortadas, y un vestido medio desgarrado de color ceniza, con dos pies aún más mal cortados que las manos, se dirigió a la parte oscura de la cueva. Se apoderó de la antorcha que colgaba en la pared y se metieron por un agujero.

No sabría decir cuánto caminaron, no mucho, calculó Manuel, porque pronto salieron a la luz del día. Se encontraban en las afueras del cementerio de Montjuic, en la cara sur de la montaña, a poca distancia del castillo. La vista del mar era espectacular, con el puerto de carga de la ciudad abajo.
Cruzaron una puerta y se encontraron dentro de la necrópolis, en una de sus partes más altas y nobles.

No lo conocía tan bien el titiritero como la del Poble Nou, pero sí que había venido varias veces a enterrar a algún pariente, y siempre le había admirado la excelente posición de aquel cementerio con vistas al mar. Lástima que sus habitantes no pudieran disfrutarlo, aunque tal vez se equivocaba. Sin embargo, no vio ninguna silueta como las que había visto en el otro cementerio, y se olvidó de la idea.

Llegaron a una tumba sin lápida, una especie de nicho más alto que los demás. El Poeta movió la piedra y ésta se giró como si fuera una puerta.

- Te dejo con Saco de Truenos, Manuel.

Vio sorprendido que el Poeta le abrazaba, en realidad abrazaba sus piernas, ya que no le llegaba a la cintura. Con la mano le tocó la cabeza. El Aedo lo miró fijamente a los ojos y sin decir nada más, dio media vuelta y se fue. Le había parecido ver una lágrima en los ojos de cristal de su marioneta, algo imposible, pero también era imposible que hablara y que sacara humo de una pipa de atrezzo.

Saco de Truenos, con la antorcha en la mano siempre encendida, lo esperaba junto a la tumba abierta.

- ¿Estás preparado? -le volvió a preguntar con voz grave y ronca.

- Sí, vamos!

Oyó el cloc de la piedra que volvía a su sitio y la oscuridad los tragó. Avanzando paso a paso, cruzaron varias galerías que el títere de madera examinaba de frente y de reojo, como si temiera algún peligro. Vio Manuel que el pasillo se inclinaba cada vez más. Llegaron a un punto que parecía un laberinto de corredores que se trenzaban sin orden alguno, con algunas calaveras y huesos incrustados en las paredes.

- ¡Esto es un mareo, Saco de Truenos!

- Xisssst ... -dijo el interpelado, con un dedo en los labios.

Y de pronto la vio cruzar por uno de los pasillos.

- La has visto? -preguntó el títere

- Sí.

- ¡Malo!

- No temas, Saco de Truenos.

Volvió a sacar la nariz esfumándose detrás de una vuelta. Se detuvo Manuel.

- La esperaremos aquí.

El títere no contestó, pero no dejaba de mirar por todas partes. Se encontraban en una plazoleta con nichos llenos de huesos y calaveras.

Y entonces apareció. Era la Muerte, la marioneta que él había construido y vestido con tanta elegancia, con su hoz de mango de madera y hoja de acero. Recordaba todos los detalles que le había puesto, una de sus marionetas más impactantes. Se había quitado los hilos como las demás y ejercía sus funciones en los aledaños del cementerio.

- Hola, Muerte. Me alegro de verte.

Vio que Saco de Truenos tenía la antorcha cogida como si fuera un garrote, pero también veía a la Muerte muy atenta a los movimientos del viejo, de quien conocía todos los trucos.

- Hoy no habrá batallas, amiga mía. Tú y yo nos conocemos desde hace tiempo. Los dos sabemos que todo tiene un comienzo y un final. Pero todavía no ha llegado mi hora. Déjanos pasar, por la vieja amistad que nos une.

Oyeron el silbido ronco de la Muerte, el sonido con el que Manuel la había hecho hablar años atrás cuando salía en sus espectáculos, una especie de voz con sordina que casi no se entendía.

- Pasa.

Sabía que no habría más ocasiones. El trato distinguido y respetuoso que le había dedicado recibía ahora su recompensa.

- Gracias Muerte. Espero no verte pronto.

No se inmutó el esqueleto, falto como estaba de sentimientos por imperativos profesionales, como habría dicho Quinqué, y al acto desapareció entre los pasillos de aquella cueva del cementerio.

Saco de Truenos, que había contemplado la escena siempre con el garrote de la antorcha a punto, cogió por el pasillo que bajaba con más pendiente.

- ¡Nos espera un largo camino, Manuel!

Bajaron y bajaron pendiente abajo hasta que llegaron a unas grutas de techo alto con fuegos en las esquinas. Y de pronto sintió voces extrañas, o más bien gemidos lastimosos. Y forzando la vista en la penumbra, vio uns cuerpos delgados y estirados entre las llamas. Abrían las bocas y los ojos con señales de terror.

- ¿Qué es eso, Saco de Truenos?

- ¡Estamos en el infierno, Manuel!

- No me digas que esto es el infierno, estamos a dos pasos del cementerio.

- Es una antesala de los infiernos, un servicio de la necrópolis, para los que se resisten a morir y necesitan estar cerca de los vivos. Aquellos que deberían ir de cabeza al infierno, por ineptos y por malandrines, se entretienen en estos fuegos donde purgan sus penas, antes de dejar este mundo de una manera definitiva. No les tenemos que hacer demasiado caso, Manuel.

Comprendió entonces que el mundo de los difuntos era más complejo de lo que creía y que uno podía esperarlo todo en estos ámbitos, sujetos como estaban los difuntos a las creencias de cada uno. Se dio cuenta que el desinterés que mostraba Saco de Truenos por aquellos condenados denotaba el desprecio que sentían los títeres por la truculencia de la imaginación humana, poco creativa según ellos y demasiado concentrada en mirarse el ombligo. En eso estaba bastante de acuerdo, pensó.

Aquel infierno de transición, por decirlo de alguna manera, tenía unas extensiones bastante grandes y tardaron horas en cruzarlo, con un repertorio impresionante de torturas y de lamentos de los condenados, lo que impactó profundamente al titiritero. Pero saber que respondían más a condenas queridas aunque inconscientes de los afectados, y no a ninguna decisión ajena, permitió a Manuel continuar su camino.

Llegaron a una zona que parecía estar al aire libre, por la claridad que reinaba y por la altura de las paredes, pero al mirar hacia arriba, descubrieron un techo lejano con espectaculares estalactitas. Le recordó a Manuel los dibujos de viejas novelas que leyó de niño, como Viaje al Centro de la Tierra, de Julio Verne, tal era el esplendor de aquellos espacios interiores del planeta. De repente se encontró caminando por entre montañas con profundos barrancos de los que salían humos sulfurosos. El camino era tortuoso y tuvieron que descansar un par de veces, quizás más para contemplar el paisaje que por necesidad. Avistó en las alturas unas aves que parecían de la familia de los murciélagos pero de dimensiones descomunales. Por suerte, ninguno de ellos se interesó por los dos viajeros. Al cabo de muchas horas, volvieron a adentrarse por una cueva estrecha que se los tragó tierra adentro.

Oyeron entonces un ruido crecer, un ritmo de golpes de metal contra metal envuelto en un rumor de fondo que recordaba el crepitar del fuego, aunque el conjunto parecía interpretado por lo que sólo podría calificarse de decenas de orquestas infernales, tal era la disonancia y la intensidad de los timbales y los metales. Y sin solución de continuidad, entraron en una inmensa cueva interior de la montaña, de techo altísimo y que estaba ocupada por lo que parecía una forja y el herrero trabajando en ella, cubierto sólo con un delantal y armado de un inmenso mazo de hierro. Marcaba con el mazo el ritmo de la caótica música, y el fuego que salía de las profundidades parecía adaptarse a los golpes y a sus gritos salvajes. Al darse cuenta de que alguien entraba en sus dominios, se detuvo y la música cesó de inmediato, salvo el runrún grave del fuego hecho de miles de violoncelos y contrabajos rascando sus arcos con furia.

- ¡Te he traído al titiritero, Vulcano!

Se aterrorizó Manuel al ver el rostro de aquel personaje que respondía al nombre de Vulcano y que se ajustaba a las funciones que le eran propias: cejas que parecían bigotes, dos ojos grandes y lacrimosos en estado de furia a punto de estallar, cabeza rapada al cero, una nariz digna del más feroz polichinela y una barba negra como el carbón, un aspecto tan salvaje que a su lado todos los piratas de la historia parecían niños de escolanía. Sudando como si saliera de una ducha, dejó las herramientas y se secó las manos en el delantal roñoso que llevaba. Vio que era bajo y que cojeaba un poco.

Por un instante se preguntó  si no estaría en alguna obra de títeres de esas que representan a los viejos personajes de la mitología, con sus fisonomías arquetípicas y referencias clásicas. Pensó que el decorado se parecía a los que había utilizado para escenas luciferinas de cuevas infernales en sus obras. Quizás toda la Extravagancia no fuera más que un montaje que se había empeñado en hacer, en el que las cosas y las personas eran y no eran lo que decían ser, como aquel Vulcano de aspecto estrafalario, el cual sin embargo no había salido de su taller del Poble Nou ni tampoco parecía estar hecho de madera.

El aludido Vulcano miró fijamente al titiritero, quién se sintió vaciado por dentro como si alguien hubiera entrado por sus ojos y hubiera hurgado en el interior por sus cuatro costados. Y con una voz ronca que parecía salir del fuego, dijo:

- ¿Tienes puros?

Sorprendido pero a la vez contento de poder satisfacer su petición, Manuel sacó la petaca que llevaba, bien cargada de cinco Brevas de Quintero, y ofreció una al herrero. Este cogió dos:

- Una por ahora y otra para después.

También le ofreció una a Saco de Truenos, que aceptó para sorpresa del titiritero. Con unas enormes pinzas de hierro cogió Vulcano una brasa y encendió el cigarro. Manuel utilizó su encendedor, con el que también dio fuego a la marioneta. Pronto los tres sacaban humo como unas chimeneas.

- Ah, qué maravilla! -exclamó Vulcano cerrando los ojos y echando humo por la nariz y por las orejas, una habilidad que nunca había Visto.- ¡Nada como un puro habano! ¡La próxima vez tienes que traerme una caja entera, Saco de Truenos! Sin duda es Mercurio quien te ha llevado a Vulcano, mi planeta.

- Sí, he ido con el señor Quinqué.

- ¡Quinqué, un buen elemento! Mortal, veo que eres del gremio del hacer, y llegar hasta aquí no es fácil. No me negaré a lo que me pide Saco de Truenos. ¡Sube a la silla de piedra!

El títere indicó a Manuel que lo siguiera hasta un trono rústico de piedra, con muchas señales oscuras, como si se hubiera encendido fuego encima. No le gustó nada ese detalle, pero poseído por el convencimiento irracional de su Extravagancia, se sentó con el puro en la mano.

Permanecieron un rato sin hacer nada, simplemente saboreando los cigarros. Comprendió Manuel la importancia que tenían los puros habanos en la órbita de su Extravagancia, influencia sin duda del señor Quinqué, para quién un cigarro reúne todos los sabores de la Tierra en un grado superlativo. Quizás esto explicaba que Vulcano, que en su planeta no puede fumar puros porque se consumen en un santiamén, haya elegido instalarse en la Tierra para ejercer de herrero en sus profundidades. El cigarro le permitía saborear los potentes aromas del sol que se acumulan en la hoja de tabaco, al tiempo que sumaba los sabores de la tierra, que en realidad contiene los de los demás planetas, ya que el nuestro es el único que reúne la infinita variedad de formas y elixires que da la vida y de la que es capaz de generar el Sistema Solar, motivo por el que los señores de los diferentes planetas la han elegido para residir o pasar las vacaciones.

Entró Manuel en un estado que no sabría cómo definir, ya que de repente toda la escena de la cueva se convirtió en un espacio inconcreto, lejos de la Tierra, que le pareció ser Vulcano, aquel planeta inexistente del que era oriundo el señor de la barba y del mazo, sobre todo al ver la bola del Sol como la había visto aquella vez en que acudió con el señor Quinqué. Pero al mismo tiempo, se sentía también en las profundidades de su planeta, sentado en ese trono de piedra ante un fuego que procedía de sus fondos telúricos. Fuego que se juntaba al del Sol que veía desde su asiento en Vulcano, el casi planeta aún por encontrar. Como la física y la química no eran su fuerte, no se entretuvo en analizar los fuegos sino que simplemente vio las similitudes, y comprendió que aquel fuego era el mismo, en su estado de sutileza humana, que empujaba a las personas cuando se empeñan en emprender algo. Pero también se dio cuenta de que por mucho que se empujara con más o menos fuerza, aquel fuego de la voluntad era para la mayoría de los mortales como el viento que sopla cuando le da la gana. Y de pronto comprendió que quizás muy en el interior de las personas había algún tipo de depósito de este fuego primordial que encendía el Sol y calentaba la Tierra.

Y en ese momento vio, desde la distancia de aquel mirarse a sí mismo situado en dos lugares diferentes, como Vulcano le calzaba en las manos dos títeres de hierro fundido, aún incandescente, que se ajustaban y se fundían en la carne, en sus manos y en sus dedos, con un dolor de una intensidad inusual que sin embargo sentía lejano y ajeno, ya que si lo hubiera sentido de verdad no hubiera durado ni un minuto, tal era la mordedura de aquel fuego de hierro fundido que se incrustaba en su cuerpo. Notó que Saco de Truenos lo sujetaba por detrás con una fuerza que nunca le habría supuesto, clavándolo al trono de piedra, mientras Vulcano ejecutaba su trabajo. Miró a los dos títeres de metal, que se movían como si acabaran de ser fundidos y el metal aún estuviera vivo y blando, y de pronto pareció reconocer sus caras: ¡eran Kalim y Kilam o una réplica suya, no había error posible! Aquellos dos títeres traviesos que habían forzado a Sam escapar de la muerte, ¡eran los mismos que le estaban implantando en su carne!

Y entonces vio horrorizado como Vulcano se armaba del mazo y empezaba a moldearle las almas de los títeres para soldarlos a sus dos brazos y manos. Y mientras lanzaba gritos de dolor como nunca jamás había emitido, y huyendo quizás de aquella escena de horror visual, ya que en realidad lo miraba todo de lejos y el dolor físico lo tenía circunscrito a una parte de su cuerpo que gemía sin gemir, afectado profundamente a pesar de la independencia del dolor que sentía en sus dos manos y brazos, Manuel salió disparado por unos espacios que pertenecían y no pertenecían a su persona, amplificados por la Extravagancia en la que se hallaba inmerso.

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