lunes, 23 de julio de 2018

27º Capítulo (2a parte): Los intestinos de la Extravagancia




Salió disparado Manuel más adentro aún de su Extravagancia, por unas zonas inexploradas que se extiendían hacia los límites de lo humano, unos límites que se bifurcaban y se entrecruzaban en un montón de vueltas, afluentes y espirales que configuraban una malla que se estiraba a lo largo del tiempo y que en su conjunto constituye el tejido oculto de lo que somos y hacemos.

Supo entonces que lo que Vulcano le había implantado en las manos eran dos fuerzas distintas y opuestas, las que correspondían a aquellos dos rostros de Kalim y Kilam, que siempre habían sido un misterio para él, y que ahora actuaban como un par de motores que revolucionaban su alma, tirando con fuerza salvaje cada uno por su lado. Unas fuerzas que lo empujaban hacia adentro y que removían todo lo que podían remover. Creaban un caos conocido, ya que en el vértigo de la caída aparecieron los personajes que había el titiritero, con sus risas, gritos y voces que procedían todos de sí mismo, así como las historias donde habían actuado, con los decorados de paisajes que se cruzaban y se sucedían como si un loco maquinista teatral se entretuviera en subir y bajar telones, mientras accionaba todos los trucos y los mecanismos escénicos, con un alboroto de mil demonios y un trasfondo sonoro que sumaba las músicas utilizadas para las mil escenas compuestas.

Comprendió que aquellos dos rostros de Kalim y Kilam no eran más que la personificación de fuerzas interiores suyas, que se distinguían por su género y por la actitud que tenían de cordura y locura, intercambiables pero diferenciadas, una especie de polarización dinámica de su hacer, entre la risa y la parodia, la euforia y la tristeza, la alegría y la desgracia, el vivir y el morir. Se escondían tras sus creaciones escénicas y plásticas, eran parte de la dinámica que lo había alzado hacia las alturas de su profesión. Pero ahora actuaban como motores de destrucción, al derribar los edificios levantados.

Y entonces oyó sus voces:

- ¡Manuel, se acabó lo que se daba! ¡Lo que funcionaba antes, hoy no funciona!

- ¡Jugar a las oposiciones te ha dado un buen resultado, pero ya estamos hartos!

- ¡Tanto hacer para no ir a ninguna parte, es de burros!

- ¡Ala, a trabajar! ¿Es que lo tenemos que hacer todo nosotros?

- ¿Pero qué queréis que haga? ¡En ningún lugar está escrito que tenga que hacer más de lo que hago! –contestó.

- ¡Necesita órdenes por escrito!

- ¡Y se las da de titiritero independiente!

- ¡Tu obra está muerta, Manuel! ¡Tus personajes son difuntos que hablan como cotorras!

- ¡Al fondo, a las mazmorras de tu alma seca!

- ¡Al hoyo de tus miserias!

- ¡Eres un vivo en la sala de espera de los que ya no quieren estar vivos!

- Esperar, siempre esperar, ¿para qué? ¿Para morir? ¡Cuánta estupidez!

- ¡Todo lo que haces nace muerto! ¡Eres un cadáver viviente!

- ¡Es un titiritero de los de antes, aburrido, de los que siempre hacen lo mismo!

- ¡Ah, cómo os gusta encerrarnos en las jaulas que llamais retablos!

- ¡Apestas a cerrado!

- ¡Abajo va! ¡A los sótanos, a ver si nos lo sacamos de encima!

- ¡Sí, sí, a las cloacas del alma!

Y en efecto, se sentía Manuel arrastrado a un fondo que no tenía fin, hacia unos sótanos jamás visitados de su interior. Por ambos lados, veía las caras conocidas de algunas de las figuras que habían representado a los viejos dioses de los humanos, utilizados en algunas de sus obras: el perro Anubis, Thot el de cabeza de ibis, Apis el dios toro, el escarabajo solar Khepri, Poseidón con su tridente, y otros de nombres rebuscados y de aspectos pavorosos. ¿Qué hacían allí? ¿Se reían también? Sus caras aparecían y desaparecían superpuestas en la oscuridad del vacío. Y detrás, asomaban divinidades aún más antiguas y malévolas, aquellas que proceden de las regiones caóticas, con cabezas deformes y nombres horribles, que le hacían muecas.

Pensó aterrizado que su Extravagancia le había puesto una trampa, aquel viejo Saco de Truenos le había abierto una de estas trampillas que hay en los escenarios pero que daba a un agujero sin fondo, lejos de cualquier teatro y de la ciudad, mientras los dos seres primigenios que Vulcano le había clavado en la carne lo arrastraban hacia abajo sin piedad.

Se paró de golpe y porrazo. Había tocado fondo. A su alrededor, un atroz silencio y una oscuridad total. Quizás había llegado al callejón sin salida de sí mismo, donde ya no había nada más a descubrir ni ver ni tocar, una zona cero de su persona, hueca y vacía. Una angustia profunda, como nunca había sentido, lo poseyó. Quizás se encontraba en el agujero negro de la muerte, no la muerte de los que salen a pasear por la Luna y por el Sistema Solar sino la de los que están hasta las narices de vivir y simplemente quieren terminar y desaparecer en un cero total y absoluto. Un cero, sin embargo, que más bien era un bajo cero, de tan negro y angustioso que lo sentía. Impulsado por la sensación de haber llegado a algún final de su existencia, decidió detenerse, sin hacer caso a las dos fuerzas que lo habían empujado hacia las profundidades. Y entonces, sucedió algo inaudito: la angustia, después de llegar a su pico, se estabilizó. Poco a poco, el silencio absoluto se convirtió en un reposo que sólo podía ser un 'callejón sin salida'. El cero se había impuesto y se lo comía. Y por un agujero de la oscuridad, vio a la Muerte que se le acercaba, aquel rostro que conocía tan bien porque lo había tallado con sus propias manos. Se acercaba y parecía sonreír. Pero a Manuel no le hacía ninguna gracia. Sabía que no habría ninguna posibilidad de escapar esta vez, como tampoco habría ninguno de sus títeres con ganas de zurrarla con la cachiporra, la pálida se lo llevaría esta vez al pudridero o allí donde van a parar los que morían como él, atrapados por el cero.

Y mientras veía su fin perfectamente dibujado, como si lo hubiera planificado en alguno de sus espectáculos, notó que la angustia, estabilizada hacía rato, iniciaba aquella curiosa transformación que le era conocida, especialmente desde que había comenzado a fumarse en pipa, de pasar poco a poco a una absurda alegría, aquélla que no tardaría en subir hacia la euforia. En efecto, se sentía mejor, la Muerte se acercaba implacable, pero él no sólo estaba contento sino que se echó a reír, cada vez con más ganas, lo que sorprendió a la Señora, que se detuvo un momento confusa, para reiniciar de nuevo su marcha. La euforia fue subiendo y subiendo, con el rumor que siempre la acompañaba, un eco de mil timbales y trompetas que crecían en línea recta hacia la exaltación sonora, cuando de repente estalló en su interior una especie de explosión, una bomba que sin embargo no era más que aquel agujero negro donde se había metido que saltaba por los aires, una explosión que lanzó a la Muerte al quinto pino y que lo hizo salir a él disparado hacia arriba, buscando la luz de día mientras se encendían millones de kilovatios y se llenaba el ambiente de los decibelios de las orquestas que lo inundaban y lo incendiaban todo por dentro.

Horas tardó, pero al fin salió, cada vez más cargado de fuerzas, del agujero directamente a lo que parecía la torreta del patio del Castillo de Montjuic, con un grito que surgió de la garganta como nunca había gritado, llevado por aquella explosión de euforia que lo tenía en pie con los brazos estirados y los dos títeres de hierro candente calzados en sus extremos, ¡que ahora tenían el color y la textura del oro! ¡Se habían convertido en dos títeres de oro, que se movían blandos como la carne! ¡Eran, sin ninguna duda, Kalim y Kilam, quienes no paraban de hacer muecas con unos chillidos que se confundían con su grito! Y de pronto vio que los dos títeres desaparecían para dejar paso a sus manos que también se habían vuelto de oro. Las veía brillar a la luz de los focos del sol, con la extraña sensación de sentirlas vivas y trémulas. Las tuvo alzadas mientras sonaba a su alrededor la música festiva y exultante de mil instrumentos, con apotesosis de cuerdas y metales. Le pareció oír aplausos. Bajó las manos entonces para mirarlas de cerca, y vio que el oro ya no estaba y que volvían a tener el color y la textura de la carne. Respiró aliviado. Levantó la cabeza pensando que se encontraba en la torreta del Castillo de Montjuic cuando de repente vio que en realidad estaba en un escenario, cegado por los focos, que reconoció de inmediato como los del teatrillo del Pueblo Español donde sus títeres hacían función. Estos llenaban la platea y aplaudían con sus manos de madera. Atónito vio que Quinqué ocupaba la primera fila junto al Aedo, que subió a saludarlo.

- ¡Fantástico, Manuel, fantástico, el Secreto del Gran Vivo, una gran función!

En un rincón estaba el viejo Saco de Truenos que desapareció en la oscuridad de los laterales. Quinqué subió también para felicitar al titiritero.

- ¡Felicidades, Manuel, ha sido un placer verlo en el escenario! ¡Nunca me hubiera perdido esta función! ¡Impresionante la escena con Vulcano y los dos títeres soldados en sus manos, de antología, Manuel, de antología!

Buscaba por la sala a Kilam y Kalim, quienes no aparecían por ninguna parte. Los Pericos y los demás títeres empezaron a vaciar la platea.

- ¡Creo que nos merecemos un ágape, Manuel, aunque sólo sea para podernos fumar después unos buenos puros!

El viejo Poeta se acercó a quien le había hecho y le tendió la mano. Encajaron y el títere desapareció por la platea.

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