domingo, 5 de agosto de 2018

28º y último capítulo (2a parte): Dicho y hecho


 

Se sentaron en la misma mesa de las Ramblas donde les sorprendió el atentado de la funesta furgoneta asesina. Habían comido en un restaurante del centro y fue Quinqué quien insistió en regresar a aquella calle que tanto quería. Fumaban sus Brevas de Quintero con dos cafés delante. No muy lejos de donde estaban, un mar de flores cubría el centro de las Ramblas en homenaje a las víctimas, y una multitud de gente oraba a su alrededor,  como si se encontraran frente a un altar hecho de flores y velas.

- Vea, Manuel, hasta qué punto la extravagancia de la ciudad de Barcelona está íntimamente asociada al Tiempo, que para cumplir el trabajo que este suele hacer en meses y años, me refiero a curar las heridas y apaciguar las pasiones encontradas, aquí no ha tardado ni un día en realizarlas, como se puede ver en la respuesta de la gente local y de la de afuera, que han decidido convertir el horror del ataque criminal en la ocasión de saltar del uno al tres de la concordia en el tiempo de decir una avemaría. Una particularidad insólita, porque como le dije una vez, al Tiempo no le gusta asociarse a las extravagancias colectivas sino a las individuales, que le son más gratas. Y quizás sea éste uno de los secretos mejor guardados del carácter irresistible de la extravagancia de Barcelona, que al estar sustentada por individualidades fuertes como son las excentricidades de los arquitectos modernistas y de Gaudí en primera instancia, más la singularidad de las Ramblas, que como decíamos el otro día se caracteriza por ser una calle que pasa directamente del dos al tres de las diferencias exhibidas, es decir, que promueve y exalta que cada uno haga lo que le da la gana, ha seducido al mismo Tiempo en persona, lo que no es nada fácil.

Las Ramblas habían recuperado, en efecto, su pulso aunque se respiraba una atmósfera de excepcionalidad, como si todos los que la ocupaban, de dentro y de fuera, la miraran por primera vez, fijándose en unos detalles en los que antes nadie había caído: los camareros de bares y restaurantes, que habían ayudado a tanta gente, ahora vistos con una simpatía inmensa, algo impensable hace unos días; los vendedores de la Boqueria, los quioscos de flores o de periódicos, personas anónimas que sin embargo habían sido los primeros en auxiliar a las víctimas; ciertos aspectos del mobiliario urbano que habían quedado dañados por la furgoneta; las fachadas de los bares o los hoteles, donde tanta gente se había refugiado; y muchos otros detalles banales que ahora daban relieve y personalidad a la calle.

- También debo decirle, sin embargo, que los barceloneses deberían tener mucho cuidado en pedir más de la cuenta al Tiempo, especialmente en voliciones que no tengan nada que ver con la libertad individual y el respeto de las diferencias, porque de la misma manera que ahora ha actuado en beneficio de la ciudad, lo puede hacer en contra si se le exige ayuda para lo que no le gusta hacer, me refiero a las extravagancias impositivas. Por fortuna, el pueblo catalán, que en algunos aspectos sufre obsesivas inclinaciones colectivistas, tiene en cambio muy acusado el principio de la individualidad a ultranza, como han demostrado siempre sus espíritus más relevantes, que se han distinguido por llevar la contraria todos, pase lo que pase y caiga quien caiga. Es por ello que desde la agencia Mercurio somos optimistas respecto al futuro de la ciudad, que vemos siempre subida al carro de la excentricidad exaltada, gracias también a los continuos cuestionamientos de la que es objeto, a pesar de los conflictos y las discusiones que esto pueda generar. Ahora, si alguien me pidiera un consejo, yo le diría sin lugar a dudas: señores, opten por la extravagancia más acusada y huyan del punto medio. Y lejos de resignarse, opten siempre por el optimismo y la construcción.

Escuchaba Manuel sin escuchar, ya que si por un lado tenía muy presente los hechos ocurridos en las Ramblas, aún lo estaban más los que había vivido en su propia extravagancia, muy diferente de la de Barcelona, pero a la vez bien particular. Había sobrevivido al encuentro con Vulcano y a la implantación de los dos títeres Kalim y Kilam, que ahora sabía estaban para siempre asociados a su persona. Le irritaba saber que todo había sido una función representada en el Teatro de los Mundos de sus títeres, un teatrillo que sin embago era la misma vida. Y sabía que sin haber cambiado nada en apariencia, su persona había dado una vuelta de campana como una catedral. Toda la Extravagancia se había como quien dice concentrado en aquellos dos títeres y en sus dos manos, que encarnaban esa capacidad de hacer lo que uno quiere. Había incorporado el 'dicho y hecho' de los dos títeres, cuando los vio actuar en las manos del pobre Sam. 'Dicho y hecho', un principio absurdo que sin embargo se había incrustado en su persona, como si le hubieran implantado un nuevo órgano del que no sabía nada y del que lo tenía que aprender todo.

- Tiene razón de pensar lo que piensa, si me permite inmiscuirme en su pensamiento, y le tengo que decir que no es nada fácil disponer de estas facultades, sobre todo cuando uno vive fuera del mercado de las ambiciones, como es su caso. Imagínese el peligro que sería que los grandes ambiciosos de este mundo disfrutaran de los atributos del 'dicho y hecho', es decir, que tal como se piensa y se dice un deseo, se hace y se cumple. Por desgracia, tal es el caso de algunos de los más aclamados ególatras del planeta, que disponen de la mecánica y la aplican para sus intereses. Claro que una cosa es la mecánica y la otra el 'dicho y hecho', el cual por fortuna no se deja atrapar así como así cuando se le quiere utilizar para objetivos malos y despreciables. Y es que aquí hay un pequeño secreto, si me permite de nuevo meterme donde nadie me lo pide, que hay que saber y no deja de ser importante: entre el Tiempo y el 'dicho y hecho', que es tanto como decir la Voluntad, no hay trecho alguno sino una correspondencia directa e inmediata, que tiene que ver con lo que comentábamos el otro día en el Born, cuando decíamos que era un sitio que permitía juntar el tiempo con la voluntad. Pues esto es en realidad su 'dicho y hecho', que ocurre cuando la conciencia percibe y se hace suya el concepto del tiempo asociado al de la voluntad, que de alguna manera sustituye al espacio sin sustituirlo, para no ofender ni llevar la contraria al señor Einstein y a su teoría de la relatividad.

Y a pesar de que las palabras de Quinqué le entraban por un oído y le salían por el otro, como era su costumbre, sabía perfectamente Manuel que todo aquel asunto tenía que ver con la voluntad y con el tiempo, conceptos que desde siempre le habían intrigado y que en definitiva habían causado la preocupación obsesiva que acabó por poner el huevo de su extravagancia. Pero ahora el huevo y el Aposento habían quedado a años luz, como si aquella implantación de los dos títeres en sus manos hubieran rematado la aventura de la extravagancia, una aventura que en realidad había dado una vuelta sobre sí misma, ya que si por un lado había terminado, por el otro acababa justo de empezar.

- Fíjese, Manuel, que al igual que al tiempo le gusta llevar la contraria a las obsesiones colectivas y a sus delirios patrióticos y totalitarios, también lo hace lo que llamamos Voluntad o su 'dicho y hecho', el cual no se deja utilizar por quien se escapa de la órbita del libre albedrío de las personas, una a una. Claro que uno puede hacer de ello caso omiso, actuando con pretensiones colecivas que no respetan la libertad individual,  pero el precio que deberá pagar será muy alto, básicamente caer en la desgracia y la degradación, porque de esto no hay quien se escape. El 'dicho y hecho' no deja de ser una herramienta para su propia extravagancia, Manuel, como siempre lo ha sido para los que han destacado en sus facetas singulares, como Gaudí con su Sagrada Familia, o, sin ir tan lejos, el gran José Tomás, un torero de los que alzan en la plaza faenas que son como catedrales del arte de la vida y de la muerte. De modo que lo mejor es insistir en su empeño extravagante, el cual, aunque considere que ya no tiene nada más que enseñarle, en realidad tan sólo acaba de empezar, como usted mismo insinuaba hace un momento.

Miró Manuel de reojo al señor Quinqué, que con su cara de pájaro y los ojos saltones que le eran propios, sacaba humo del cigarro como una locomotora. Y sintió hacia él una profunda estima, que se hizo extensiva a todas las personas que en ese momento paseaban por las Ramblas, la mayoría turistas, siguiendo aquel principio de fraternidad universal que el guía turístico seguía por imperativo profesional y por vocación. Y pensó que gracias a él, lo que había nacido en el entorno de los títeres, se había extendido y se sustentaba ahora en la ciudad donde vivía, que tenía su propia extravagancia como era el caso también de las Ramblas. Y ver aquella suma de extravagancias encima de la suya, que se extendía más allá del planeta por el Sistema Solar, le dio una potente sensación de plenitud, como si hubiera cambiado de ciudad e incluso de país por no decir de planeta. Comprendió que a partir de entonces sus diferentes espacios se abrirían en el mismo acto del ir y del hacer, siguiendo la nueva lógica inaugurada del 'dicho y hecho ', hacia el pasado y hacia el futuro a la vez.

- Lo ha entendido a la perfección, Manuel, y permítame añadir que a pesar de la saturación y las discusiones sobre el tema, la ciudad de Barcelona sigue y seguirá siendo, en mi opinión, el mejor destino para pasar unas buenas vacaciones. No sólo por sus playas, todas con duchas y barridas cada día, sus lugares insólitos y de gran relieve arquitectónico y cultural, las Ramblas que laten como el corazón que es de la ciudad, y la Sagrada Familia y otros edificios y lugares extraordinarios, sino también porque es el mejor lugar para comprar puros a buen precio y poderlos fumar mientras uno pasea por sus calles, sin hacer ni pensar en nada. Motivos más que suficientes para garantizar una estancia placentera y provechosa al cien por cien.

- ¡Estoy plenamente de acuerdo con usted, sí señor!

- ¿Y qué le parece, Manuel, si nos levantamos y rambleamos con nuestros cigarros encendidos para demostrar al mundo que lo que decimos es real y no una utopía extravagante?

- ¡Dicho y hecho, señor Quinqué!

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