lunes, 30 de abril de 2018

11º Capítulo (2a parte): La función





Giraron a izquierda y entraron por la calle del Palacio de Peñaflor, de Écija, con aquel balcón tan largo y bonito que sigue la curva del edificio en la parte andaluza del Pueblo Español. Vio al Perico desaparecer por un portal del Palacio y se acercó a él. La puerta estaba abierta y, al entrar, se cerró sola.

Siguió por un pasillo largo y poco palaciego hasta llegar a una puerta que decía: 'Sala de Teatro'. Empujó y se detuvo en el umbral, atónito: ante él vio una platea de un pequeño teatro barroco con un escenario al fondo, con los asientos ocupados por todos sus títeres y otros personajes familiares que no recordaba en ese momento, los cuales gritaban y se movían con un alboroto de mil demonios.

Dudó si dar media vuelta y echar a correr, pero pensó que la mayoría por no decir la totalidad de aquellas personitas eran criaturas suyas y que no había nada que temer. Tenías que acostumbrarse a ese tipo de situaciones, absurdas pero reales, que empezaban a formar parte del día a día.

Al aparecer Manuel, se detuvo el alboroto y algunos aplaudieron. Kalim y Kilam, colgados en  una de las barras de luces de la sala, se pusieron a chillar como los dos títeres impertinentes que eran, lo que puso en marcha de nuevo el griterío. En la primera fila se sentaba el Aedo con una pipa en la boca. Era una pipa de atrezzo, ya que los títeres no pueden fumar al no tener pulmones ni tráquea, pero el viejo poeta había conseguido sacarle humo no se sabía cómo. Se sentó a su lado Manuel.

- ¿Se puede saber qué hacéis aquí?

Rió el poeta con su característico cloc cloc cloc de la madera al chocar entre sí.

- Has llegado justo a tiempo. Estamos a punto de levantar el telón.

- ¿Ah si? ¿Y qué teatro es este?

- Tú nos lo has enseñado todo, Manuel. Este es el Teatro de los Mundos, la puerta de nuestra imaginación abierta a la ciudad, al mundo! ... ¡Nosotros hablamos por tu boca, Manuel, no te olvides de eso!

Había elevado el tono de voz el Aedo y se hizo un silencio repentino, ya que todos los títeres querían escuchar las palabras del más viejo y sabio de la pandilla. Subió despacio la escalerilla central que daba al escenario. Una vez arriba, levantó los brazos y dijo con la voz pomposa que tan bien conocía Manuel:

- ¡Mirad como los mundos fueron creados después del gran estallido que generó todo lo que existe!

Y entonces, mientras el Aedo se ponía a un lado, se oyó un rumor extraordinario que procedía del mismo escenario, que se llenó de espirales y de unos círculos que giraban en el aire y que adquirían formas extrañas pero reconocibles por algunos de sus rasgos animales y de figuras humanas. Se dio cuenta de que el rumor era una especie de música espectacular de estas que hacen chocar masas orquestales entre sí, con un escándalo de mil demonios, como si fueran olas que se rompían y se confundían en una confluencia sonora aterradora, sin coherencia ni armonía, pero dotada de una fuerza interior que surgía de la propia forma que le daba la energía que lo empujaba, cuyas formas se mezclaban y jugaban a tragarse mutuamente, con cascadas de chispas sonoras que tenían su traslación al escenario en miles de chasquidos luminosos. Todos en la platea de aquel Teatro de los Mundos, como lo había bautizado el Aedo, quedaron en silencio, clavados en los asientos como si fueran estatuas de piedra, tal era la impresión que producía la música y las imágenes que brotaban del escenario.

La voz del Aedo se impuso de nuevo en la sala:

- Mirad, mirad como los dioses crearon mundos, soles y galaxias cada uno con sus particularidades, aberrantes las unas, tranquilas y amables las otras, sin que nada ni nadie pudiera cambiar el orden de las cosas, las cuales sin embargo estaban siempre en movimiento y sometidas a cambio constante!

Vieron entonces como el espesor de aquellas formas que se creaban y estallaban en millones de chasquidos, se fue retirando al fondo del escenario mientras salían nuevas formaciones luminosas que recordaban los dibujos de las galaxias del cielo, las cuales aparecían y desaparecían en oleadas infinitas una tras otra, mientras la música evolucionaba hacia un despliegue insólito de formas sonoras cada una con su lógica y su ritmo, tal vez representando la singularidad de cada galaxia, que se sucedían, superponían y transformaban en un borboteo constante que parecía no tener fin.

Duró un largo rato aquella secuencia hipnótica de mundos que aparecían uno tras otro mientras sonaban las orquestas invisibles, hasta que la voz del Aedo volvió a oirse:

- Así los mundos se expandieron por el Universo. Pero los dioses, impacientes y caprichosos, generaron unos seres que sin disfrutar de la vida como nosotros la conocemos, eran listos, imaginativos y anhelaban la libertad. Estos seres fuimos nosotros, los títeres, sin las figuras que hoy tenemos, pero con las formas que nuestra imaginación nos daba, empujados por este deseo de ir siempre más allá, libres de los dioses y de sus imposiciones!

Hubo un estallido eufórico en el escenario, ocupado de pronto por miles de formas que se movían de mil modos diferentes, con sonidos articulados unos, no tanto los otros, estallido que despertó de inmediato el griterío de la platea, entusiasmados todos de ver aquel despliegue abigarrado de sus ancestros representados en aquel teatrillo insólito del Pueblo Español.

Manuel no pudo menos que gritar y aplaudir también, entusiasmado por lo que veía, sin importarle un bledo quién diablos se encontraba detrás de la representación. Estaba fascinado por las imágenes, pero sobre todo por la música, que salía como si hubiera en el escenario tres o cuatro orquestas de las sinfónicas de verdad, cuyos músicos, sin embargo, no se veían por ninguna parte. ¿Pero qué importancia tenían estos detalles?, pensó, mientras chupaba con fruición del cigarro que le había dado el señor Quinqué.

Enardecido como nunca lo había estado, Manuel echó un vistazo al teatro, dándose cuenta de la nobleza de sus ornamentos, con palcos preciosos cargados de dorados y cortinajes de terciopelo rojo, de pequeño tamaño, eso sí, pensados quizás para las dimensiones de las marionetas que los ocupaban. El techo contenía pinturas que representaban escenas mitológicas con personajes de la tradición de los títeres, con muchos arlequines, pierrots y polichinelas, mientras del centro colgaba una lámpara inmensa de lágrimas de cristal como las que hay en algunos salones de casas nobles. Los mismos asientos eran de madera tallada oscurecida por el tiempo y estaban forrados de terciopelo rojo. ¡Nunca hubiera sospechado que en el Pueblo Español hubiera un espacio como aquel! ¡Y nadie prohibía a nadie fumar!

El Aedo levantó de nuevo la voz con severidad potente.

- Nosotros éramos y somos la imaginación despierta de los dioses, ansiosos de disfrutar de todos los mundos que iban creando, los cuales cambiaban y se transformaban a una velocidad enorme, en direcciones a veces que nosotros inducíamos, sin poder nunca determinarlas con exactitud, de tan fuertes que eran las inercias creadas por las fuerzas primordiales que rigen los mundos.

Veían como aquellas formas de los títeres primigenios, con figuraciones que cambiaban cuando les apetecía, emitían unos sonidos que no eran exactamente voces pero que lo parecían, por lo que a la sonoridad de los instrumentos orquestales se sumó la de estas voces, con unas modulaciones extrañas que podían ir desde los tonos más graves a los agudos más estridentes, y que recordaban los gritos vivos y llamativos de la lengüeta, este peculiar instrumento que usan los titiriteros para poner voz a los héroes del teatro popular de títeres. El conjunto, sin embargo, tenía una dimensión cosmológica aterradora, como si el mismo Universo en persona hiciera sonar su propia orquesta compuesta de músicos e instrumentos oriundos de todas las galaxias y soles, para que resonara en el escenario de aquel Teatro de los Mundos. Le era imposible a Manuel definir la música, un rumor gigantesco y sutil al mismo tiempo, imagen de las corrientes subterráneas de todo lo que existe y que no para de moverse bajo la batuta de la imaginación del tiempo.

- ¡Pero, atención! ¡El rumbo imprevisto de los acontecimientos cósmicos coge a menudo caminos que pueden incluso dejar atónito al mismo Tiempo! ¡Amigos, los dioses se enfurecieron como nunca se habían enfurecido cuando vieron aquellas criaturas primordiales salidas de su propia imaginación disfrutar de su libertad y reírse de quienes los habían creado, quienes no pudieron soportar ser motivo de mofa y escarnio!

Vieron entonces el escenario transformarse por completo mientras aparecía una figura monstruosa y gigantesca, sin rasgos definidos y  provista de dos cabezas, unos brazos descomunales, manos que parecían raíces de árbol y piernas que se dirían columnas de la tierra alzadas en medio de potentes terremotos. En una de las manos llevaba una aguja inmensa como las que usan los zapateros pero del tamaño de un gigante, con un hilo atado en la punta. En la otra mano, agarraba el cuello de una de aquellas figuras pescada al vuelo de los primeros títeres.

La platea enmudeció al acto, ante la terrorífica imagen. El silencio se podía cortar con un cuchillo. ¡Y entonces, la mano del dios monstruoso alzó la aguja y la clavó en el títere, haciendo pasar el hilo por su cuerpo, mientras se oía un grito desgarrador, un grito que resonó por todo el Universo y que dio vueltas y más vueltas por la sala de teatro como un huracán enloquecido que juntaba todos los vientos y las flautas de todas las orquestas del mundo entero!

Mil gritos de dolor y de espanto brotaron de la platea, con el correspondiente concierto de castañuelas de las bocas de madera chocando entre sí, mientras el dios enfurecido clavaba una y otra vez la aguja atando al títere con los hilos que a partir de entonces limitarían los movimientos de las pequeñas criaturas que habían nacido para ser libres.

La voz potente del Aedo regresó y calmó el pavor que se había extendido en la platea.

- Así terminó nuestra época gloriosa, cuando vivíamos en libertad por los mundos que se iban creando, mientras indicábamos a los dioses los caminos a seguir. ¡Pero cuidado! Cuando los dioses nos pusieron guantes, hilos y varillas, y nos hicieron esclavos de esta raza de criaturas encargadas de movernos y de manipularnos, la que acabó formando la Humanidad, de alguna manera ataron ambos destinos. ¡Por eso estamos aquí! ¡Nuestra libertad será la de los humanos o no será! ¡Éste es el terrible hado de nuestra condición!

Los gritos se fueron allanando ante la gravedad de las palabras del Aedo, que miraba más allá del teatro, como si su pensamiento se encontrara aún en los espacios primordiales cosmológicos que había invocado con la palabra.

De repente, en el escenario apareció el huevo, el Aposento y el mismísimo Manuel sentado en su silla. Pero no era él sino una marioneta, la que había hecho una vez para representarse a sí mismo, y que ahora aparecía también liberada de los hilos en este Teatro de los Mundos. Se dio cuenta Manuel que su réplica de madera tenía la misma autonomía que tenían los otros títeres, y le angustió ver qué sería capaz de hacer y decir aquel doble suyo en el escenario.

El Aedo se acercó al Manuel marioneta, señaló al huevo y dijo:

- Manuel, tú has puesto el huevo, tú nos has convocado. Ahora, debes iniciar la nueva etapa.

La marioneta de Manuel se levantó y con el martillo en la mano, rompió el huevo tal como lo había hecho días atrás en el Aposento. El ruido espantoso del huevo al romperse generó esta vez una corriente sonora que sopló como un vendaval por todo el escenario y por la platea, mientras veía los vapores que entonces lo habían envenenado convertirse en esa luz primordial de tonos oscuros y brillantes de la que habían salido las mil formas de los títeres primitivos, las cuales volvieron a aparecer con sus sonidos infinitos, dando vueltas como almas enloquecidas. Poco a poco, el ruido se fue calmando hasta desaparecer del todo.

El escenario se vació y vio como la pared del fondo se abría a una de las plazoletas del Pueblo Español, concretamente la de la Fuente, llena de visitantes con un grupo de japoneses muy callados escuchando las explicaciones de otro japonés que hablaba con un micrófono en voz baja, al llevar todos auriculares que los conectaban uno a uno a las palabras del guía.

- ¡Admirable al cien por cien!

Era la voz de Quinqué la que sonaba a sus espaldas. Volvió la cabeza y lo vio sentado en la última fila.

- ¿Usted también estaba aquí?

- ¡No me hubiera perdido la función por nada del mundo, Manuel! Piense que al tener despacho en el
Pueblo Español, dispongo de una llave para entrar más o menos en todas partes, y, como es lógico, también en este teatrillo de títeres, aunque, la verdad, nunca lo había visto. ¡Admirable al cien por cien!

Los títeres se habían quedado quietos y callados como muertos en los asientos. El Aedo, que bajaba del escenario, se le acercó.

- Manuel, este es nuestro teatro. Haremos función siempre que quieras.

Desapareció por una puerta pequeña de la platea.

- Creo que podemos salir por aquí mismo, Manuel -le dijo el señor Quinqué, mientras se acercaba por el centro de la platea al escenario.- La Plaza de la Fuente es un lugar precioso, con uno de los mejores restaurantes, ideal para tomar algo y fumarse un puro.

Subieron al escenario y en seguida se encontraron en la Plaza de la Fuente. La puerta por donde habían salido del fondo del teatro no se veía por ninguna parte.

11è Capítol (2a part): La funció





Giraren a l'esquerre i entraren pel carrer del Palau de Peñaflor, d'Écija, amb aquell balcó tan llarg i bonic que segueix la corba de l'edifici a la part andalusa del Poble Espanyol. Va veure el Perico desaparèixer per un portal del Palau i s'hi atansà. La porta era oberta i, en entrar, es tancà sola.
Seguí per un passadís llarg i poc senyorial fins arribar a una porta que deia: 'Sala de Teatre'. Pitjà i s'aturà al llindar, atònit: davant seu hi havia una platea d'un petit teatre barroc amb un escenari al fons, amb els seients ocupats per tots els seus titelles i altres personatges familiars que no recordava en aquell moment, els quals cridaven i es movien plens d'agitació amb un xivarri de mil dimonis. Va dubtar si girar cua i arrencar a córrer, però pensà que finalment la majoria per no dir la totalitat d'aquelles personetes eren criatures seves i que no hi havia res a témer. S'havia d'acostumar a aquella mena de situacions, absurdes però reals, que començaven a formar part del dia a dia.

En veure'l, s'aturà el xivarri i alguns van aplaudir. En Kalim i Kilam, penjats dalt d'una barra de llums de la sala, es posaren a cridar com els dos titelles impertinents que eren, cosa que engegà de nou la cridòria. A la primera fila seia l'Aede amb una pipa a la boca. Era una pipa d'atrezzo, ja que els titelles no poden fumar en no tenir pulmons ni tràquea, però el vell poeta havia aconseguit treure-li fum no se sabia com. Segué al seu costat Manuel.

- Es pot saber què feu aquí?

Rigué el poeta amb el seu característic cloc cloc cloc de la fusta en xocar entre si.

- Has arribat just a temps. Estem a punt d'aixecar el teló.

- Ah si? I quin teatre és aquest?

- Tu ens ho has ensenyat tot, Manuel. Aquest és el Teatre dels Móns, la porta de la nostra imaginació que s'obre a la ciutat, al món!... Nosaltres parlem per la teva boca, Manuel, no ho oblidis això!

Havia aixecat la veu l'Aede i es va fer un silenci sobtat, ja que tots els titelles volien escoltar les paraules del més vell i savi de la colla. Pujà a poc a poc l'escaleta que donava a l'escenari. Un cop a dalt, aixecà els braços i digué amb la veu pomposa que tan bé coneixia Manuel:

- Mireu com els móns foren creats després del gran espetec que generà tot el que existeix!

I llavors, mentre l'Aede es posava a un costat, es va sentir una remor extraordinària que venia del mateix escenari, el qual s'omplí d'espirals i d'uns cercles que giraven en l'aire i que adquirien formes estranyes però recognoscibles per alguns dels seus trets d'animals o de figures humanes. S'adonà que la remor era una mena de música espectacular d'aquestes que fan xocar masses orquestrals entre si, amb un escàndol de mil dimonis, com si fossin onades que es trenquen i es confonen en un aiguabarreig sonor esfereïdor, sense cap coherència ni harmonia, però dotat d'una força interior que ve de la pròpia forma que li dóna l'energia que l'empeny, les quals formes es barrejaven i jugaven a engolir-se mútuament, generant cascades de guspires sonores que tenien la seva translació a l'escenari amb milers d'espetecs lluminosos. Tots a la platea d'aquell Teatre dels Móns, com l'havia batejat l'Aede, van quedar en silenci, clavats als seients com si fossin estàtues de pedra, tal era la impressió que produïa la música i les imatges desfermades a l'escenari.

La veu de l'Aede s'imposà de nou a la sala:

- Mireu, mireu com els déus van crear móns, sols i galàxies cadascun amb les seves particularitats, aberrants les unes, tranquil·les i amables les altres, sense que res ni ningú pogués canviar l'ordre de les coses, les quals però estaven sempre en moviment i sotmeses a canvi constant!

Van veure llavors com el gruix d'aquelles formes que giraven i esclataven en milions d'espetecs, s'anava retirant al fons de l'escenari mentre eixien noves formacions lumíniques que recordaven els dibuixos de les galàxies del cel, les quals apareixien i desapareixien en onades infinites una darrera l'altra, mentre la música evolucionava vers un desplegament insòlit de formes sonores cadascuna amb la seva lògica i el seu ritme, potser representant la singularitat de cada galàxia, les quals es succeïen, superposaven i transformaven en un borbolleig constant que semblava no tenir fi.

Durà una llarga estona aquella seqüència hipnòtica de móns que apareixien un darrere l'altre mentre sonaven les orquestres invisibles, fins que la veu de l'Aede tornà a sentir-se:

- Així els móns s'expandiren a través de l'Univers. Però els déus, impacients i capritxosos, van generar uns éssers que sense gaudir de la vida com nosaltres la coneixem, eren llestos, imaginatius i anhelosos de llibertat. Aquests éssers vam ser nosaltres, els titelles, sense les figures que avui tenim, però amb les formes que la nostra imaginació ens donava, empesos per aquest desig d'anar sempre més enllà, lliures dels déus i de les seves imposicions!

Hi va haver un esclat eufòric a l'escenari, de sobte ocupat per milers de formes que es movien de mil maneres diferents, amb sons articulats els uns, no tant els altres, que despertà d'immediat la cridòria de la platea, entusiasmada de veure aquell desplegament bigarrat dels seus ancestres representats en aquell teatre insòlit del Poble Espanyol.

En Manuel no va poder menys que cridar i aplaudir també, entusiasmat per allò que veia, sense importar-li un rave qui redimonis es trobava darrere de la representació. Estava fascinat per les imatges, però sobretot per la música, que eixia com si hi hagués a l'escenari tres o quatre orquestres de les simfòniques de veritat, els músics de les quals, però, no es veien enlloc. Però quina importància tenien aquests detalls?, pensà mentre xuclava amb fruïció el cigar que li havia donat el senyor Quinqué.

Enardit com mai ho havia estat, en Manuel donà un cop d'ull al teatre, adonant-se de la noblesa dels seus ornaments, amb llotges precioses plenes de daurats i cortinatges de vellut vermell, de mides petites, això sí, pensades potser per a les estatures de les marionetes que les ocupaven. El sostre tenia pintures precioses que representaven escenes mitològiques però amb personatges de la tradició dels titelles, amb molts arlequins, pierrots i putxinel·lis, mentre del centre penjava una làmpada immensa de llàgrimes de vidre com les que hi ha en alguns salons de cases nobles. Els mateixos seients eren de fusta tallada enfosquida pel temps i estaven folrats de vellut vermell. Mai hagués sospitat que al Poble Espanyol hi havia un espai com aquell! I ningú prohibia a ningú de fumar!

L'Aede alçà de nou la veu amb potent severitat.

- Nosaltres érem i som la imaginació desperta dels déus, ansiosos de gaudir de tots els móns que anaven creant, els quals canviaven i es transformaven a una velocitat enorme, en direccions a vegades que nosaltres induíem, sense poder mai determinar-les amb exactitud, de tan fortes que eren les inèrcies creades per les forces primordials que regeixen els móns.

Veien com aquelles formes dels primitius titelles, amb figuracions que canviaven quan volien, emetien uns sons que no eren ben bé veus però que s'hi assemblaven, de manera que a la sonoritat dels instruments orquestrals s'hi sumà la d'aquestes veus, amb unes modulacions estranyes que podien anar des dels tons més greus als aguts més estridents, els quals recordaven a vegades els crits vius i llampants de la llengüeta, aquest peculiar instrument que usen els titellaires per posar veu als herois del teatre popular de titelles. El conjunt, però, tenia una dimensió cosmològica esfereïdora, com si el mateix Univers en persona fes sonar la seva pròpia orquestra composada de músics i instruments oriünds de totes les galàxies i sols, perquè ressonés a l'escenari d'aquell Teatre dels Móns. Li era impossible a Manuel definir aquella música, una remor gegantesca i subtil alhora, imatge dels corrents subterranis de tot allò que existeix i que no para de moure's sota la batuta de la imaginació del temps.

- Però, atenció! El rumb imprevist dels esdeveniments còsmics agafa sovint camins que poden deixar parat fins al mateix Temps!  Amics, els déus s'enfurismaren com mai s'havien enfurismat quan van veure aquelles criatures primordials eixides de llur pròpia imaginació gaudir de la seva llibertat i riure-se'n de qui els havien creat, els mateixos déus, els quals no pogueren suportar ser motiu de mofa i d'escarni!

I llavors, van veure com l'escenari es transformava per complet mentre apareixia una figura monstruosa i gegantesca, sense trets definits i proveïda de dos caps, uns braços descomunals, mans que semblaven arrels d'arbre i cames que un diria columnes de la terra alçades enmig de potents terratrèmols. En una de les mans portava una agulla immensa com les que usen els sabaters però de la grandària del gegant que la tenia, amb un fil lligat a la punta. A l'altra mà, estrenyia el coll d'una d'aquelles figures pescada al vol dels primers titelles.

La platea emmudí en sec, davant la terrorífica imatge. El silenci es podia tallar amb un ganivet. I llavors, la mà del déu monstruós va alçar l'agulla i la clavà al titella, fent passar el fil pel seu cos, mentre se sentia un crit esgarrifós, un crit que va ressonar per tot l'Univers i que donà voltes i més voltes per la sala de teatre com un huracà enfollit que ajuntava tots els vents i les flautes de totes les orquestres del món sencer!

Mil crits de dolor i d'espant van brollar de la platea, amb el corresponent concert de castanyoles de les boques de fusta xocant entre si, mentre el déu enfurismat clavava una i altra vegada l'agulla lligant el titella amb els fils que a partir d'aquell moment limitarien els moviments de les petites criatures que havien nascut per ser lliures.

Retornà la veu potent de l'Aede i calmà la paüra que s'havia estès entre els espectadors.

- Així s'acabà la nostra època gloriosa, quan vivíem en llibertat pels móns que s'estaven creant, mentre indicàvem als déus els camins per on havien d'anar. Però atenció! Quan els déus ens van posar guants, tiges i fils i ens van fer esclaus d'aquesta raça de criatures encarregades de moure'ns i de manipular-nos, la qual acabà formant la Humanitat, d'alguna manera van lligar els nostres destins. Per això som aquí! La nostra llibertat serà la dels humans o no serà! Aquesta és el terrible fat de la nostra condició!

Els crits s'anaren aplanant davant la gravetat de les paraules de l'Aede, que mirava més enllà del teatre, com si el seu pensament es trobés encara en els espais primordials cosmològics que havia invocat amb la paraula.

De sobte, a l'escenari va aparèixer l'ou, la Cambreta i el mateix Manuel assegut a la seva cadira. Però no era ell sinó una marioneta, la que s'havia fet una vegada per representar-se a si mateix, i que ara apareixia també alliberada dels fils en aquest Teatre dels Móns. S'adonà Manuel que la seva rèplica de fusta tenia la mateixa autonomia que tenien els altres titelles, i l'angoixà veure què seria capaç de fer i dir aquell doble seu en l'escenari.

L'Aede s'acostà al Manuel marioneta i assenyalant l'ou, va dir:

- Manuel, tu has posat l'ou, tu ens has convocat. Ara, has d'iniciar la nova etapa.

La marioneta de Manuel va aixecar-se i amb el martell a la mà, trencà l'ou tal com ho havia fet ell dies enrere a la Cambreta. El soroll espantós de l'ou en trencar-se va generar aquest cop un corrent sonor que bufà com un vendaval per tot l'escenari i per la platea, mentre veia els vapors que llavors l'havien emmetzinat convertir-se en aquella llum primordial de tons foscos i brillants de la que havien eixit les milers de formes dels titelles primitius, les quals tornaren a aparèixer amb els seus sons infinits, donant voltes com ànimes enfollides. A poc a poc, la remor de fons s'anà calmant fins desaparèixer del tot.

L'escenari es buidà i va veure com la paret del fons s'obria a una de les placetes del Poble Espanyol, concretament la de la Font, plena de visitants amb un grup de japonesos molt callats escoltant les explicacions d'un altre japonès que parlava amb un micròfon en veu baixa, en dur tots auriculars que els connectaven un per a un a les paraules del guia.

- Admirable al cent per cent!

Era la veu d'en Quinqué la que sonava al seu darrere. Girà el cap i el va veure assegut a l'ultima fila.

- Vostè també era aquí?

- No m'hagués perdut la funció per res del món, senyor Manuel! Pensi que en tenir despatx al Poble Espanyol, disposo d'una clau per entrar més o menys a tot arreu, i com és lògic, també en aquest teatret de titelles, tot i que, la veritat, mai l'havia vist. Admirable al cent per cent!

Els titelles s'havien quedat quiets i callats com morts als seients. L'Aede, que baixava de l'escenari, se li acostà.

- Manuel, aquest és el nostre teatre. Farem funció sempre que vulguis.

Desaparegué per una porta petita de la platea.

- Crec que podem sortir per aquí mateix, Manuel -va dir-li el senyor Quinqué, mentre s'acostava pel centre de la platea a l'escenari.- La Plaça de la Font és un lloc preciós, amb un dels millors restaurants, ideal per prendre alguna cosa i fumar-se un puro.

Pujaren a l'escenari i de seguida es trobaren a la Plaça de la Font. La porta per on havien sortit del fons del teatre no es veia per enlloc.

viernes, 27 de abril de 2018

10º Capítulo (2a parte): El Pueblo Español



Plaza Mayor del Pueblo Español. Foto de AndrésVilla, Google Earth


Había quedado con el señor Quinqué en uno de los bares de la Plaza Mayor del Pueblo Español, un lugar que hacía más de cuarenta años que no visitaba. No entendía el entusiasmo que su guía mostraba por aquel antiguo parque temático de la arquitectura y de la artesanía popular, arrinconado por la historia pero, al parecer, aún visitado por los turistas. ¿Qué se le había perdido en aquel reducto decadente de la vieja Barcelona? Y sin embargo, sabía que con el señor Quinqué, las sorpresas estaban aseguradas.

Cruzar las imponentes torres de Ávila por donde se entra en el Pueblo Español fue atravesar una cortina hecha de años y de recuerdos. Respiró una atmósfera antigua que contrastaba con el vestuario de la gente, lleno de pantalones cortos y camisetas de colores, bastante numerosa a aquella hora de la mañana. Ya tendría tiempo de ver los detalles desagradables de las innovaciones de estética plastificada que sin duda se habían implantado.

Lo descubrió en un bar sentado en un rincón de la plaza. Llevaba su inconfundible sombrero de paja y el conjunto fresco de verano que solía vestir.

- Buenos días, Manuel! Mire qué día más bonito nos ha tocado hoy, ideal para visitar este lugar entrañable sin tener que sufrir demasiado por el calor, fíjese en estas nubes tan alegres que nos cubrirán un poco del sol, ¡una presencia que ni pintada! ¡Pero siéntese, siéntese, aquí se está de maravilla!

- Es espléndido verlo tan contento, señor Quinqué, pero mientras venía hacia aquí, no dejaba de preguntarme por qué razón me ha citado en el Pueblo Español. ¡Llevaba más de cuarenta años sin pisarlo!

- ¿No le parece un motivo más que suficiente para venir? ¡Cuarenta años de abstinencia!, permítame que lo exprese así, porque no se me ocurre decirlo de otra manera. ¿Cómo es posible que no se sienta atraído por esta maravilla de la Barcelona de los años veinte?

Se quedó mudo el titiritero ante aquel comentario un poco exagerado del guía, pero que coincidía bastante con lo que sentía.

- No, no diga nada, Manuel, espere antes de hablar que la razón entre por la puerta grande de la evidencia. Piense que los prejuicios arraigados son muy difíciles de extirpar, y cuando menos se insista, mejor, ya que las palabras nunca son inocentes. Cuando uno critica u opina en contra o a favor, sea sobre lo que sea, son las mismas palabras las que luego se resisten a no querer cambiar de signo y de juicio, pues no todo el mundo conoce esta disciplina tan importante para nosotros, los que trabajamos con el señor Mercurio, de jugar con las palabras y girarlas al revés como un calcetín al que se le da tantas vueltas como a uno le entra en ganas. Porque nada hay más triste que las personas sean esclavas de sus palabras, que seguramente ellas nunca han proferido sino que han recibido ya dichas y bien cocidas, atrapadas por mensajes que corren por los aires como si fueran vientos y corrientes de aire que te resfrían y te crean una tortícolis de aúpa...

Dio Manuel un vistazo a la plaza y vio que nada había cambiado, salvo los pequeños cartelitos puestos por todas partes con números para las guías auriculares. También vio a turistas, extranjeros y nacionales, con los correspondientes aparatos de esos que te hablan al oído y te explican lo que ves, una moda en los museos de hoy en día.

- Déjeme explicarle porque considero el Pueblo Español uno de los puntos capitales de Barcelona en lo que se refiere al turismo, lo que demuestra la extraordinaria visión estratégica que sus grandes hombres han tenido desde las épocas más antiguas.

Sacó del bolsillo dos puros y pensó Manuel si no serían estos artefactos de hacer humo y quemar tabaco el combustible que hacía hablar al guía. En su caso, encender el cigarro y sentir como la pipa interior entraba en combustión, fue todo uno.

- Sí, Manuel, nos encontramos ante el caso insólito de un encargo que, en vez de ser tratado a la ligera, fue resuelto con una finura y una exigencia artísticas poco común en un país mediterráneo. Fíjese que los responsables, dos magníficos arquitectos y dos artistas de relieve, con un coche pagado por el Ayuntamiento, un Hispano-Suiza de estos tan imponentes y elegantes, se lanzaron a recorrer todo el país visitando 1.600 poblaciones ¿Se lo imagina, Manuel?, ¡1.600! Buscaban los edificios más curiosos e interesantes de cada lugar, no los más conocidos, fíjese en este detalle, mientras recopilaban cientos de fotografías y de dibujos hechos durante el viaje. ¡Admirable al cien por cien!

Sus ojos, con algunas lágrimas fruto de la emoción, parecían seguir las 1.600 poblaciones que habían recorrido los autores del Pueblo Español.

- Tenían una idea clara: crear un verdadero pueblo, un pueblo ideal, donde los diferentes edificios pudieran convivir y ajustarse entre sí a través de un plan urbanístico atractivo y coherente. Respecto a los contenidos, se mostraría la riqueza y la diversidad no sólo arquitectónica sino artesanal del país. Unidad y diferencia. ¿No le parece sensacional? Lo tenían que derribar seis meses después de acabada la Exposición, pero fue tal su éxito, que el Ayuntamiento decidió salvarlo como un capricho que la ciudad se regalaba a sí misma.

Echaban nubes de humo los dos, que subían por la atmósfera de la Plaza Mayor cuál signos de admiración que la agradable brisa de la tarde deshacía y se llevaba, como si el aire fuera una pipa de reciclaje con ganas de fumarse aquellos humos cargados del placer admirativo de sus fumadores.

- Fíjese de qué modo se anticiparon aquellos cuatro artistas al crear un primer parque temático avant la lettre, capaz de juntar arquitectura, sociedad y artes populares desde el respeto y una fidelidad hoy en día insólitas, todo hecho a escala humana y desde una mirada llena de buen gusto y de ponderación. Un conjunto escenográfico, como no podía ser de otro modo, que ha llegado hasta nuestros días, sobreviviendo a décadas truculentas de la Historia. ¡Un milagro colosal!

- Creo que estos contenidos hoy ya no son los mismos ...

- Tiene toda la razón, una lástima que se haya perdido este elemento básico que daba carácter al Pueblo Español, la artesanía, con apenas dos o tres talleres de verdad hoy en pie. Pero los tiempos cambian, Manuel, y añada usted la desafección que siempre han profesado los barceloneses hacia el lugar por su nombre: llamarse Español le ha dado mala prensa y una cierta animadversión, un sin sentido, cuando la mitad de la gente es de fuera y se siente española. Pero ya sabe que no hay bien que por mal no venga, pues esta retirada de los barceloneses, hoy menos acusada, todo hay que decirlo, ha permitido que el Pueblo Español haya pasado los años con discreción, lo que sin duda lo ha mantenido en pie y lo ha salvado, al evitar que ideas geniales de mentes preclaras lo hayan podido estropear, dándole la vuelta sin ton ni son.

- Y ahora, ¿qué contiene?

- Restaurantes y tiendas de souvenirs, ya sabe, el complemento de nuestra industria principal, con la fábrica de vidrio que se mantiene intacta con los vidrieros soplando sus tubos sin parar. Y por la noche, flamenco y discotecas. Nada del otro mundo, pensará, y tiene razón. Ahora bien, entra aquí en juego una consideración que, si me lo permite, creo necesario exponer.

Afirmó con la cabeza Manuel, sorprendido por el tono del señor Quinqué, que se había acercado hablando bajito para que nadie los escuchara mientras miraba de reojo.

- Vea como hoy en día el turista, procedente de clases más bien bajas y medias, si lo miramos desde una perspectiva generosa y distanciada, se ha convertido en una figura yo diría que entrañable de carácter humilde y popular, indispensable para llenar y dar cuerda a los servicios propios de la ciudad que los acoge, me refiero a los más sencillos y baratos. Creo, Manuel, y lo digo sin levantar la voz, que esta es la razón principal de la manía que se tiene aquí a los turistas: la clase media de la ciudad, empobrecida por la crisis, se ve reflejada en estas pobres criaturas de bajo coste y de un gusto dudoso, y ¿quién soporta verse reflejado en su verdad?

- Caramba, Quinqué, jamás lo hubiera pensado así...

- No lo dude, Manuel. Y ese es también el motivo de que el Pueblo Español guste a los turistas: aquí se sienten tratados como turistas de verdad, de aquellos ricos de antes, a diferencia de cuando pasean por el centro de la ciudad, donde saben muy bien que son considerados como una clase popular más, tan aburrida y deprimente como la local, y a la que todo el mundo pretende desvalijar.

Se quedaron en silencio, sopesando las graves afirmaciones lanzadas por el señor Quinqué, que miraba a los turistas con ánimos de saludarlos y de querer ayudarlos en lo que hiciera falta, aunque sabía que demasiada solicitud a veces era recibida con reticencia por los desconocidos, temerosos de ser estafados.

- Yo, Manuel, soy dos veces amable con los turistas, para contrarrestar los posibles malos tratos recibidos por sus enemigos populares, que los odian porque se ven retratados en ellos y no les gusta la imagen que ven. Pero no se debe culpar a nadie, ya que así es el orden de las cosas, que se equilibran por donde uno menos se lo espera, siendo el Pueblo Español uno de estos reguladores sociales que hacen que los extranjeros se sientan turistas sin tener que disimular, y que permite también a los locales representar el mismo papel, con lo que se crea un estado de ánimo de reconciliación y de una cierta hermandad universal, a pesar de las oposiciones crónicas que ponen color y gusto a la convivencia.

Se habían levantado y caminaban en dirección a las escaleras que reproducen las de Santiago de Compostela, muy retratadas por los visitantes. Pasaron antes por los porches renacentistas del magnífico Ayuntamiento, un edificio precioso copia del de Valderrobres, capital de la comarca del Matarraña, en Teruel, con un salón noble reproducción del Palau de la Generalitat Valenciana, suntuoso y muy solicitado para fiestas, bailes y bodas. Todo eso se lo iba explicando con entusiasmo el señor Quinqué, que cumplía implacable con sus deberes de guía.

- No es oro todo lo que reluce, Manuel. Los responsables actuales del Pueblo Español venden a veces su alma al diablo por cuatro duros, y algunas noches es imposible venir a pasear y fumarse un puro, al alquilar las instalaciones o el Pueblo entero a grupos que básicamente vienen a emborracharse, hordas salvajes de las que es mejor mantenerse a distancia. Un sin sentido que no se acaba de comprender...

Subieron por las escaleras de la capital gallega, admirando Manuel los detalles tan bien reproducidos por aquellos artistas del año 29, que se ajustaron a la realidad de los edificios escogidos con un mimo tan escrupuloso que resultaba entrañable y altamente naïf a los ojos torpes de la actualidad.

- Mire, mire, Manuel, aquella torre. ¿Sabe qué es?

- No lo recuerdo, Quinqué. Parece alguno de estos minaretes convertidos en campanarios que te encuentras por Andalucía ...

- Acertó a medias. No estamos en Andalucía sino en Aragón, provincia de Zaragoza, frente a la torre mudéjar del municipio de Utebo, la llamada Torre de los Espejos, cubierta como está por más de 8.000 azulejos. Una de las más bonitas y única en su género, obra del siglo XVI. Cuando tuvieron que reconstruirla después de la Guerra Civil, no tuvieron más remedio que venir a Barcelona para copiar la que tenemos aquí, en el Pueblo Español, y recuperar algunos detalles de su factura que se habían perdido. ¡Extraordinario al cien por cien!

Desbordaba excitación y entusiasmo el señor Quinqué ejerciendo sus funciones de guía, demostrando que era un profesional que vivía su oficio como si fuera la primera vez que visitaba ese lugar, cuando era obvio que había venido miles de veces.

Consideró Manuel que necesitaba separarse un rato de su guía, incapaz de seguir con suficiente convicción tanto entusiasmo, lo que sucedió de una manera natural, cuando el mismo Quinqué le indicó que necesitaba acudir un momento a su oficina, que por lo visto se encontraba en algún lugar del mismo Pueblo Español.

- El señor Mercurio quiere mucho este lugar y es de los pocos que ha logrado instalarse en él. ¡Un absoluto privilegio, como puede comprender! Mire, mi despacho está aquí.

Le dio un papel con unas indicaciones y desapareció entre un grupo de turistas.

Seguía fumando el puro Manuel, con la pipa interior sacando humo a todo trapo, como si el entusiasmo de Quinqué fuera combustible que iba directamente al huevo convertido en pipa, cargando la invisible pero potente cazoleta.

Se metió por la calle Arcos, una reproducción del típico callejón andaluz de muros blancos y balcones llenos de flores, donde se anunciaban tiendas de cristales y joyas así como un tablao flamenco, y alcanzó la plaza que daba al taller de soplar vidrio, un lugar que de pronto recordó de la infancia, de cuando solía venir con su padre a ver cómo se hacía el vidrio.

Se acercó y comprobó sorprendido que era exactamente igual a como lo recordaba, o al menos así le pareció, un verdadero taller con hornos encendidos donde operarios cubiertos de batas sucias ejercían su oficio ante la mirada de los visitantes, turistas y locales, admirados de que aún se conservaran lugares como aquél, un poco dejado de la mano de dios, pero orgulloso de seguir funcionando como si los años no contaran para él. Agarrado a la barandilla que separaba al público del espacio de trabajo, situado como un niño más que no se perdía ninguno de los movimientos de los vidrieros, inquieto y movedizo, vio al Perico del Cohete en el Culo.

Se saludaron con un gesto imperceptible. De repente, Perico se le acercó y con su voz chillona y estridente, dijo:

- ¡Sígueme!

10è Capítol (2a part): El Poble Espanyol




Plaça Major del Poble Espanyol. Foto de AndrésVilla, Google Earth


Havia quedat amb el senyor Quinqué a un dels bars de la Plaça Major del Poble Espanyol, un lloc que feia més de quaranta anys que no visitava. No entenia massa l'entusiasme que el seu guia mostrava per aquest antic parc temàtic de l'arquitectura i de l'artesania popular, arraconat per la història però pel que semblava, encara visitat pels turistes. Què se li havia perdut en aquell reducte tronat de la vella Barcelona? I tanmateix, sabia que amb el senyor Quinqué, les sorpreses estaven assegurades.

Creuar les imponents torres d'Àvila per on s'entra al Poble Espanyol va ser travessar una cortina feta d'anys i de records. Respirà una atmosfera antiga que contrastava amb el vestuari de la gent, ple de pantalons curts i samarretes de colors, força nombrosa a aquella hora del matí. Ja tindria temps de veure els detalls desagradables de les innovacions d'estètica plastificada que sens dubte s'havien implantat.

El descobrí en un bar sota un porxo a un racó de la plaça. Duia el seu inconfusible barret de palla i el conjunt fresc d'estiu que solia vestir.

- Bon dia, senyor Manuel! Miri quin dia més maco ens ha tocat avui, ideal per visitar aquest lloc entranyable sense patir massa per la calor, fixi's en aquests núvols tan alegres que ens taparan una mica el sol, una presència que ni pintada! Però segui, segui, que aquí s'hi està la mar de bé!

- És esplèndid veure'l tan content, senyor Quinqué, però mentre venia cap aquí, no deixava de preguntar-me per quins set sous m'ha fet venir al Poble Espanyol. Sap que feia més de quaranta anys que no el trepitjava?

- No li sembla un motiu més que suficient? Quaranta anys d'abstinència!, permeti'm que ho expressi així, perquè no se m'ocorre una altra manera de dir-ho. Com és possible que no se senti atret per aquesta meravella de la Barcelona dels anys vint?

Es quedà mut el titellaire davant d'aquella sortida sens dubte una mica exagerada del guia, però que coincidia bastant amb allò que sentia.

- No, no digui res, Manuel, esperi abans de parlar que la raó entri per la porta gran de l'evidència. Pensi que els prejudicis arrelats són molt difícils de treure, i quan menys s'hi insisteixi, millor, ja que les paraules mai són innocents. Quan un critica o opina en contra o a favor, sigui pel que sigui, són les mateixes paraules les que es resisteixen després a no voler canviar de signe i parer, ja que no tothom coneix aquesta disciplina tan important per a nosaltres, els qui treballem amb el senyor Mercuri, de jugar amb les paraules i girar-les del revés com un mitjó que se li dóna tantes voltes com a un li ve de gust. Perquè no hi ha res més trist que veure com les persones són esclaves de les seves paraules, que segurament elles mai han dit sinó que les hi han arribat dites, entabanades per tal o qual missatge d'aquests que corren pels aires com si fossin vents i corrents que et constipen i et creen una torticoli de les que mai acaben de marxar...

Donà Manuel un cop d'ull a la plaça i va veure que no havia canviat gens, llevat dels petits cartellets posats per tot arreu amb números per a les guies auriculars. També veia turistes, estrangers i nacionals, amb els corresponents aparells d'aquests que et parlen a l'oïda i t'expliquen allò que veus, una moda als museus del món d'avui en dia.

- Deixi'm explicar-li perquè considero el Poble Espanyol un dels punts cabdals i capdavanters de Barcelona, cosa que demostra l'extraordinària visió estratègica que els seus grans homes han tingut des de les èpoques més antigues.

Va treure de la butxaca dos puros i va pensar en Manuel si no serien aquests artefactes de fer fum i cremar tabac la caldera que feia parlar al guia. En el seu cas, encendre el cigar i sentir com la pipa interior entrava en combustió, va ser tot u.

- Sí, senyor Manuel, ens trobem davant el cas insòlit d'un encàrrec que, en comptes de ser despatxat a la bona de déu i en un tres i no res, va ser tractat amb una finor i una exigència artística de les de més alta volada. Fixi's que els responsables, dos magnífics arquitectes i dos artistes de relleu, amb un cotxe pagat per l'Ajuntament, un Hispano-Suiza d'aquests tan imponents i elegants, es van llançar a recórrer tot el país visitant unes 1.600 poblacions! S'ho imagina, Manuel? 1.600! Buscaven els edificis més curiosos i interessants de cada lloc, no els més coneguts, fixi's en aquest detall, mentre arreplegaven centenars de fotografies i de dibuixos fets durant el viatge. Admirable al cent per cent!

Els seus ulls, amb algunes llàgrimes fruit de l'emoció, semblaven seguir les 1.600 poblacions que havien recorregut els autors del Poble Espanyol.

- Tenien una idea clara: crear un verdader poble, un poble ideal, on els diferents edificis poguessin conviure i ajustar-se entre si a través d'un pla urbanístic atractiu i coherent. Respecte als continguts, es tractava de mostrar la riquesa i la diversitat no sols arquitectònica sinó artesanal del país. Unitat i diferència. No li sembla sensacional? L'havien de derruir sis mesos després d'acabar l'Exposició, però va ser tan gran el seu èxit, que l'Ajuntament va decidir salvar-lo com un caprici que la ciutat es regalava a si mateixa.

Treien fum els dos, el qual s'enfilava per l'atmosfera de la Plaça Major com signes d'admiració que l'agradable brisa de la tarda desfeia i s'enduia, com si l'aire fos una pipa de reciclatge que es fumava aquells fums carregats del plaer admiratiu dels seus fumadors.

- Fixi's com es van anticipar aquells quatre artistes en crear un primer parc temàtic avant la lettre, capaç d'ajuntar arquitectura, societat i arts populars des del respecte i una fidelitat avui en dia insòlita, tot fet a escala humana i des d'una mirada plena de bon gust i de ponderació. Un conjunt escenogràfic, com no podia deixar de ser, que ens ha arribat fins avui, sobrevivint dècades truculentes de la Història. Un miracle colossal!

- Crec que aquests continguts avui ja no són els mateixos...

- Té tota la raó, una llàstima que s'hagi perdut aquest element bàsic que donava caràcter al Poble, l'artesania, amb a penes dos o tres tallers de veritat avui en peu. Però els temps canvien, Manuel, a més pensi vostè la desafecció que sempre han professat els barcelonins al lloc pel seu nom: dir-se Espanyol li ha portat mala premsa i una certa animadversió, un sense sentit, si vol, quan la meitat de la gent és de fora i se sent espanyola. Però ja sap que no hi ha bé que per mal no vingui, i aquesta retirada dels barcelonins, avui menys acusada, tot s'ha de dir, ha permès que el Poble Espanyol hagi passat els anys amb discreció, cosa que sens dubte l'ha mantingut en peu i l'ha salvat, en evitar que idees genials de ments preclares l'hagin pogut espatllar, girant-lo del revés com un mitjó.

- I ara què hi ha?

- Restaurants i botigues de souvenirs, ja sap, el complement de la nostra indústria principal, amb la fàbrica de vidre que es manté intacte amb els vidriers bufant ampolles sense parar. I de nit, flamenc i discoteques. Res de l'altre món, pensarà, i té raó. Ara bé, entra aquí en joc una consideració que, si m'ho permet, crec necessari exposar.

Va afirmar amb el cap en Manuel, sorprès pel to del senyor Quinqué, que se li havia acostat parlant baixet perquè ningú els escoltés i mirant de reüll.

- Vegi com avui en dia el turista, procedent de classes més aviat baixes i mitjanes, si ho mirem des d'una perspectiva generosa i distanciada, s'ha convertit en una figura jo diria que entranyable de caire humil i popular, indispensable per omplir i donar corda als serveis propis de la ciutat que els acull, em refereixo als més senzills i barats. Crec, Manuel, i ho dic sense aixecar la veu, que aquesta és la raó principal de la mania que es té aquí als turistes: la classe mitjana de la ciutat, empobrida per la crisi, es veu reflectida en aquestes pobres criatures de baix cost i d'un gust dubtós, i qui suporta veure's reflectit en la seva veritat?

- Què vol dir, Quinqué?

- No ho dubti, Manuel. I aquest és també el motiu de que el Poble Espanyol agradi als turistes: aquí s'imaginen que són vistos com a turistes de veritat, d'aquells rics d'abans,  a diferència de quan són pel centre de la ciutat, on saben molt bé que són vistos com una classe popular més, tan ensopida i deprimida com les locals, i a la que tothom vol escurar.

Es van quedar en silenci, sospesant les greus afirmacions llançades pel senyor Quinqué.

- Jo, Manuel, sóc doblement amable amb els turistes, per contrarestar els possibles maltractes rebuts pels seus enemics populars, que els odien perquè s'hi veuen retratats i no els agrada la imatge. Però no s'ha de culpar a ningú, ja que així és l'ordre de les coses, que s'equilibren per on menys un s'espera, sent el Poble Espanyol un d'aquests depuradors  socials que fan que els estrangers se sentin turistes sense haver de dissimular, i permet també als locals actuar amb el mateix paper, creant un estat d'ànim de reconciliació i d'una certa germanor universal, malgrat les oposicions cròniques que posen color i gust al tast i a la convivència.

S'havien aixecat i caminaven en direcció a les escales que reprodueixen les de Santiago de Compostela, molt retratades pels visitants. Passaren abans pels porxos renaixentistes  del magnífic Ajuntament, un edifici preciós còpia del de Valderrobres, capital de la comarca del Matarraña, a Terol, amb un saló noble reproducció del Palau de la Generalitat Valenciana, sumptuós i molt sol·licitat per a festes, balls i casoris. Tot això li ho anava explicant amb entusiasme el senyor Quinqué, que complia implacable amb els seus deures de guia.

- No tot són flors i violes, Manuel. Els responsables actuals del Poble Espanyol es venen l'ànima al diable per quatre duros, i a les nits moltes vegades és impossible venir a passejar-hi i a fumar-se un puro, en llogar algunes instal·lacions o el Poble sencer a grups que bàsicament venen a emborratxar-se, hordes salvatges de les que és millor mantenir-se a distància. Un sense sentit que no s'acaba de comprendre...

Pujaren per les escales de la capital gallega, admirant Manuel els detalls tan ben reproduïts per aquells artistes de l'any 29, que s'ajustaren a la realitat dels edificis escollits amb un detall tan escrupolós que resultava entranyable i fins i tot naïf als ulls barroers de l'actualitat.

- Miri, miri, Manuel, aquella torre. Sap què és?

- No ho recordo, Quinqué. Sembla algun d'aquests minarets convertits en campanars que trobes per Andalusia...

- L'ha encertat a mitges. No som a Andalusia sinó a l'Aragó, província de Saragossa, davant la torre mudèjar del municipi d'Utebo, dita la Torre dels Miralls, en estar coberta per més de 8.000 rajoles o azulejos com diuen en castellà. Una de les més maques i única en el seu gènere, obra del segle XVI. Quan van haver de reconstruir-la després de la Guerra Civil, no tingueren més remei que venir a Barcelona a mirar la que tenim aquí, al Poble Espanyol, per recuperar alguns detalls de la seva factura que s'havien perdut. Extraordinari, Manuel!

Desbordava excitació i entusiasme el senyor Quinqué exercint les seves funcions de guia, demostrant que era un professional que vivia el seu ofici com si fos la primera vegada que visitava aquell lloc, quan era obvi que hi havia vingut milers de vegades.

Va considerar Manuel que necessitava separar-se una estona del seu guia, incapaç de seguir amb prou convicció el seu entusiasme, cosa que succeí d'una manera natural, quan el mateix Quinqué li indicà que necessitava acudir un moment a la seva oficina, que es veu es trobava en algun lloc del mateix Poble Espanyol.

- El senyor Mercuri estima molt aquest lloc i és dels pocs que s'hi ha aconseguit instal·lar. Un absolut privilegi, com pot comprendre! Miri, el meu despatx és aquí.

Li donà un paper amb unes indicacions i va desaparèixer entre un grup de turistes.

Seguia fumant el puro Manuel, amb la pipa interior traient fum a tot drap, com si l'entusiasme de Quinqué fos combustible que anava directament a l'ou convertit en pipa, carregant l'invisible però potent cassoleta.

Es ficà pel carrer Arcos, una reproducció del típic carreró andalús de murs blancs i balcons plens de flors, on s'anunciaven botigues de vidres i joies així com un tablao de flamenc, i arribà a la placeta que dóna al taller de bufar vidre, un lloc que de sobte va recordar de la infància, de quan solia venir amb el seu pare a veure com es feia el vidre.

S'hi atansà i comprovà sorprès que era exactament igual a com el recordava, o almenys així li va semblar, un veritable taller amb forns encesos on operaris de bates brutes exercien el seu ofici davant la mirada dels visitants, turistes i locals, admirats de que encara es conservessin llocs com aquell, una mica deixat de la mà de déu, però orgullós de seguir funcionant com si els anys no comptessin per a ell. Agafat a la barana que separava el públic de l'espai de treball, situat com un nen més que no es perdia cap dels moviments dels vidriers, inquiet i bellugadís, va veure al Perico del Coet al Cul.

Es van saludar amb un gest imperceptible. De sobte el Perico se li acostà i amb la seva veu cridanera i estrident, va dir:

- Segueix-me!

martes, 24 de abril de 2018

9º Capítulo (2a parte): Mercurio




Dijo Quinqué que tenía que aprovechar el momento en que Mercurio era visible, ya que su proximidad al sol lo hacía un planeta difícil de captar. Se armaron ambos con dos de las brevas compradas por el titiritero y las encendieron, echando humo en la atmósfera vacía de la Luna como dos locomotoras. Cerró los ojos Manuel, disfrutando del cigarro, que había aprendido a fumar con la mente, al tratarse de un artefacto de hacer humo tan cargado de resonancias terráqueas. Los minutos pasaron.

Cuando los volvió a abrir, se dio cuenta que estaban en otro lugar. Habían pasado a un paisaje bastante parecido al de la Luna pero con unas diferencias notables: hacía un calor de mil demonios, y el Sol, el astro mayor de nuestro Sistema Solar, con un diámetro considerablemente mayor del que vemos desde la Tierra, permanecía a un lado del cielo. Notó la velocidad del puro en acabarse: con una única calada, se extinguió como cigarro.

- Mercurio es uno de los lugares ideales para ver el Sol de cerca. No nos estaremos mucho rato, ya se lo dije, demasiado calor. Lugar perfecto para broncearse, eso sí, ideal para los turistas que aman la playa y el sol de España. Con apenas cinco minutos, adquirirían el color que en la Tierra tardan un mes en obtener. Deformación profesional, qué quiere que le diga, Manuel, pero no puedo dejar de pensar en mis clientes. Sin duda sería un negocio redondo para el señor Mercurio y su agencia, desde luego.

El Sol visto de tan cerca era un misterio total. Sin mirarlo directamente, al ser imposible resistir su potente radiación, supo que el astro que daba vida al planeta Tierra era el enigma principal de nuestra existencia. Una incógnita tan grande como lo puede ser el mismo Universo, esta totalidad repleta de billones y billones de soles que los astrónomos, con paciencia de santo, exploran y miden como si fuera posible contabilizarlos todos. Por un momento pensó si este Universo tan grande no era más que un juego para entretener a los humanos, ofreciendo la parte visible de los soles y sus chasquidos luminosos, con los cortejos planetarios que los acompañan, mientras esconde toda aquella parte que los científicos llaman oculta, la materia y la energía oscuras, la que no se ve pero que contiene una masa también 'oscura' ...

Esta oscuridad le excitaba. Era la misma oscuridad que rodeaba todo lo que vemos, fuera y dentro de la Tierra, una zona negra que él se imaginaba como una página en blanco donde los pioneros irían escribiendo sus relatos de aventuras.

- Tiene toda la razón en pensar lo que piensa, Manuel, lo he adivinado por su mirada intensa hacia el astro y hacia la oscuridad que le rodea, ya que al no haber atmósfera en Mercurio, tampoco están los cielos de color azul que tenemos en la Tierra. Por eso es tan importante visitar aunque sea una vez este planeta. Fíjese que además de ser uno de los mejores observatorios para contemplar el Sol, también lo es para pensar la Luna, ya que son muchas las relaciones que existen entre los dos astros, que uno diría que son hermanos por las semejanzas físicas que tienen, siendo la Luna la lógica segunda residencia habitual del señor Mercurio cuando necesita descanso y reflexión, mientras la Tierra puede considerarse como su lugar de trabajo. Piense que el señor Mercurio podría estar todo el día fumando puros y tocándose la barriga en su observatorio de la Luna, en cambio prefiere ser fiel a quiénes siempre ha considerado sus clientes, según establecen los múltiples acuerdos contractuales firmados a lo largo del tiempo, ya que si algo tiene el señor Mercurio como sagrado, es el cumplimiento de un contrato, sea del tipo que sea. Una persona muy atenta siempre a las transacciones comerciales y a la valoración de las monedas, sí señor!

-¡ Ya veo que son unos grandes profesionales, señor Quinqué!

- ¡Lo somos, lo somos, Manuel!

Se dio cuenta el titiritero que su guía hablaba con euforia, que supuso efecto de la proximidad del sol, que caliente las mentes y excita los cálculos de resultados. Pensó que la carrera de titiritero no le había dado demasiados dividendos, a pesar de la dedicación profunda y entregada a su profesión, por un simple motivo: nunca se había preocupado de ello. De alguna manera, daba por hecho que una carrera en la que uno hace lo que quiere, debe ser rentable por necesidad y obligación, no para enriquecerse, pero sí para ir tirando y vivir con una cierta normalidad. Y así había sido, en efecto, pero reconocía su poca dedicación a los asuntos mercantiles, siempre delegados a terceros y bastante desatendidos. Ahora vivía gracias a una pensión discreta que no le daba demasiadas alegrías pero que tampoco las necesitaba.

- Las cuentas de resultados son importantes, eso es evidente, pero sin que nos lleguen a obsesionar. Este es mi lema: vivir bien y dejar vivir. Los que para vivir bien no dejan vivir a los demás, lo cierto es que no son dignos de elogio, Manuel, creo que esto es de cajón. Y los que no quieren vivir bien y tampoco dejan vivir a los demás, estos son dos veces nefastos y censurables. Piense que en el campo de mi profesión, hay mucha gente así: personas que trabajan como burros y que ofrecen unos servicios indignos capaces de amargar la vida al más alegre de los turistas. Nos olvidamos que la economía es sinónimo de sabiduría, y que separar estos dos conceptos es tan aberrante como separar a dos amantes. Como decimos los catalanes, y permítame que me incluya, la pela és la pela, y Barcelona es buena si la bolsa suena, y tanto si suena como si no suena, Barcelona es buena. Esto es de cajón. Pero convendría insistir en que la bolsa suena si Barcelona es buena, porque si no es buena, quizás suene, la bolsa, pero sonará mal. Y por eso el señor Mercurio se encuentra tan a gusto en esta ciudad, porque por regla general es de las que sabe cuidar las dos cosas, con algunos altibajos, como es lógico y necesario, siendo la nuestra una de las agencias más activas y solicitadas de Barcelona. Una capital que lo ha sido siempre en cuanto a fumadores y venta de cigarros habanos, algo de suma importancia, como es fácil entender!

Sabía Manuel que el Sol en Mercurio pasaba muy despacio, por la larga duración de los días, lo que explicaba la excitación mental del señor Quinqué y la suya propia, que empezaba a sentir con fuerza.

- Ya veo que siente el calor, Manuel. Piense que la temperatura en este planeta pasa de los trescientos grados si es de día, lo que sería impensable en la Tierra, y cuando es de noche, baja a ciento setenta grados bajo cero, pero si aquí se soporta, es porque gozamos de las garantías que la casa Mercurio ofrece a sus clientes, ya que no sería de recibo dejar que nos achicharráramos a la primera de cambio. Eso sí, no se debe abusar de este privilegio, por lógicas razones de salud y de economía vital.

Y bajando la voz, como si le contara un secreto, añadió:

- Sepa que aquí el sol sale dos veces, ¿se lo imagina?, una curiosidad inusual, pues cuando sale, se esconde de nuevo para volver a salir enseguida y seguir su curso hasta llegar a la noche. Dicen que ésta es la razón de la duplicidad que se otorga al señor Mercurio, obligado a ver salir el sol por duplicado, lo que explica la atención que siempre ha mostrado hacia los demás, siendo la comunicación y el buen trato con la gente una de sus mejores cualidades. Lo que explica su interés por los turistas, los cuales suman a la condición de extranjeros el añadido del negocio, siendo una industria que no vende ni produce nada, sino que se basa en las buenas palabras y en las ilusiones del público y del producto, como hacen ustedes la gente del teatro, que venden humo y ficción. Por eso este planeta tiene tan poca cosa, al ser un paisaje de rocas y cráteres similar al de la Luna, como si fuera un escenario de los suyos pero sin decorados ni telón, ya que lo importante no es tanto la realidad de las cosas como las palabras que la cambian y se la inventan. Una zona de paso, yo diría, sobre todo para los difuntos que vienen de la Luna para seguir su curso mortal, tal vez con la intención de llegar al Sol, aunque antes haya que pasar por Venus, claro está ...

Se quedó Manuel pensativo al oír las palabras del señor Quinqué, que habían tocado un tema que le cocía por dentro desde que habían llegado a la Luna. Este tránsito de los difuntos por el satélite le había intrigado y supo entonces que era desde la distancia de Mercurio que debía enfocar la cuestión. Y de pronto comprendió el sentido de aquellos saltos que había hecho de la Tierra a la Luna, y de la Luna a Mercurio: disponer de perspectivas y de ángulos de observación lo bastante lejanos para poder captar el meollo de las cosas. Si era cierto que los muertos seguían este camino, mucho mejor hacerlo en vida para entender mínimamente la cuestión. Y por eso era importante la Extravagancia, que daba consistencia y sustancia al saber que guiaba los periplos de la vida y de la muerte.

En efecto, visto desde la Tierra, tiene su lógica que las almas de los difuntos permanezcan como quien dice flotando por los espacios cercanos a los escenarios de sus vidas, afectados por el deseo de permanecer cerca de sus seres queridos. Pero por otra parte, es comprensible que estos mismos difuntos sientan la necesidad profunda de alejarse de estos escenarios, que disfrutaron y sufrieron en vida, más que nada porque mantenerse pegados a ellos les parece algo insano y un despropósito total y absoluto. ¿Qué sentido tiene permanecer donde no pintas nada? De entrada, debe ser una gran sorpresa para muchas de estas almas constatar que una vez fallecidos, siguen con una cierta conciencia de los hechos. ¿Así que tenían razón los que propugnaban una vida más allá de la muerte?, se preguntan consternados. Claro que enseguida se dan cuenta de que de vida no tienen nada, ya que el cuerpo, que es lo que encaja en los parámetros de lo que se llama vida, no sólo lo han perdido sino que lo ven pudrirse a una velocidad de espanto. Entonces si no tienen vida, ¿qué tienen? Esta conciencia de seguir siendo alguien sin figurar en ninguna parte no deja de ser una contradicción y un imposible como una catedral. Una conciencia que no se puede mirar en ninguna parte, porque los espejos no la reflejan por mucho que los videntes insistan en ello. Y si una conciencia no se refleja, no tardará mucho en dejar de ser conciencia, al ser su principal característica el hecho de poder verse a sí misma, pues una conciencia que no se ve ni sabe que es una conciencia, se acerca a lo que son los animales o las piedras cuando vuelan por los espacios con ganas de entrar en la atmósfera de algún planeta o de colisionar sobre su superficie, las cuales son pero no saben que son. Y sin duda sentirán una inquietud casi desesperante de encontrar alguna superficie donde reflejarse y saber que se sigue siendo conciencia que se sabe consciente, es decir, autoconsciente.

El señor Quinqué, que lo miraba y parecía seguir sus razonamientos aunque se expresaba sólo con la mente, intervino en ese punto:

- Don Manuel, me deja usted sorprendido por la perspicacia de sus pensamientos, que dan al clavo en cosas de las que son muy difíciles de hablar, por la simple razón de que nadie sabe nada de ellas. Y explica que esto sea así por el hecho de encontrarnos en Mercurio, que del conjunto de los planetas, es el más mental de todos, sin duda por la proximidad del sol y por la fuerza que sus rayos dan a las radiaciones mentales, de por sí muy débiles, pero que aquí suben de nivel y de volumen, por lo que podía oírlo a la perfección como si estuviera hablando en voz alta. Es por eso que se considera al señor Mercurio como el más inteligente y previsor de las personalidades eminentes que habitan en nuestro Sistema Solar, armado como está por una capacidad mental de cálculo elevada a unas potencias difíciles de imaginar. ¡Admirable al cien por cien!

Manuel, animado por las palabras de Quinqué, continuó pensando con aquellas palabras que eran oídas por su guía como si fueran dichas en voz alta.

- Siguiendo lo que decía de la conciencia de los difuntos con ganas de perdurar, se desprende que al no encontrar donde reflejarse en los ámbitos de la vida, que son los que ocupan la totalidad del planeta Tierra, se vea obligada a mirar más allá, dirigiéndose a lo que le ofrece el cielo: de día el sol, y de noche la Luna y las estrellas. El sol poco les puede servir, a las almas: su potencia hace imposible mirarlo a la cara. Además, con tanta luz se sienten diluidas y tragadas por una fuerza mayor. Claro que es posible que muchas prefieran este destino de disolución lumínica, como hacían tantas almas en el antiguo Egipto, que se sumaban gustosas al cortejo de la barca de Ra. Ahora bien, las almas contemporáneas con ganas de pervivencia deben buscar la oscuridad de la noche y el brillo de las estrellas, que de alguna manera les permite reflejarse, aunque sea por unos fugaces instantes. Pero lo lógico es que sea la Luna la que se ofrece como espejo perfecto para las almas. Cuerpo anímico por excelencia, los humanos siempre la hemos tenido como un astro interior, que abre puertas escondidas a la imaginación de los poetas, los soñadores y los enamorados, quizá porque sabemos que en ella no hay nada, sin vida y sin atmósfera. Un astro con dos caras, la oculta y la visible, y que ha servido desde siempre para esconder los rostros opuestos de lo que somos y hacemos. Esto explica que la Luna actúe como una especie de remolino de empatía en relación a las almas, y que estas se dejen llevar con gusto a su vacío reflector, buscando la verificación de un mínimo de existencia. ¿No le parece, Quinqué?

- Estoy totalmente de acuerdo con usted, Manuel, aunque yo nunca lo hubiera expresado con estas palabras, por lo que me admira y me gusta aún más lo oído, porque no hay nada como escuchar las mismas cosas dichas con diferentes lenguajes, acentos y colores. Porque hay un misterio aquí escondido de los más divertidos del mundo, y es que en el fondo las cosas son como son y como cada uno las ve y las dice a su manera, sin que esta variación cambie para nada su significado y la verdad de lo que se dice, de una importancia tan prominente como relativa. ¿No lo encuentra admirable al cien por cien?

- Lo es, Quinqué, lo es. Y me pregunto porqué estoy hablando de cosas que no sé y de las que es imposible saber nada, ya que sobre lo que ocurre después de la muerte que yo sepa nadie todavía ha hecho un relato capaz de pasar por un examen riguroso de los hechos y pueda ser firmado por un notario.

- Quizás en esto se equivoca, Manuel, si tiene en cuenta que en este ámbito del Sistema Solar, el señor Mercurio ejerce como quien dice de Notario, al ser el escribano encargado de atestiguar y poner en letra escrita y hablada los hechos ocurridos. No por nada se le considera el inventor de la escritura.

- ¿Quiere decir que la razón de todo esto es por encontrarnos en este planeta tan cercano al Sol? ...

- En efecto, Manuel. Tenga en cuenta que Mercurio es un planeta que se parece mucho a la Luna en composición y personalidad, si descontamos estos rasgos de excitación mental que otorga la cercanía del sol. Esta semejanza hace que los dos planetas se reflejen y que desde uno y otro sea fácil averiguar algunos de sus secretos más íntimos. Por eso se dice que si se quiere mirar bien a la luna, vaya usted a Mercurio, y al revés, para ver bien a Mercurio, hágalo desde la Luna. Desde la Tierra, de nuestro satélite sólo vemos lo que inventamos y proyectamos en nuestras insensateces y nuestros delirios, base del arte y de la poesía, por supuesto.

- Quizá esto explique que los difuntos, al llegar a la Luna, sufran un descalabro monumental, al constatar el vacío que reina en ella, tan lejos de las plenitudes que le poníamos desde la Tierra. También permite imaginar que las almas de repente se empiecen a ver entre ellas, lo que si bien las salva de la inanición, al verse reflejadas las unas en las otras y por ello certificadas en su existencia, por el otro lado, caen como quien dice en un régimen de sociedad anímica que arrastra todos los vicios y las malas costumbres de cuando estaban vivos. Es decir, en vez de sentirse libres de las emociones enfrentadas y perniciosas, se ven en ellas inmersas, sin posibilidad de distanciarse de tanta sobreactuación, al menos en una primera instancia. ¡Un infierno!

Se hizo un silencio extraño.

- ¿Quiere decir, Quinqué, que todo esto lo digo porque en cierto modo lo estoy viendo en la Luna desde aquí?

- Así es, sí señor, esta es la razón, ya le he dicho que Mercurio es el mejor observador de la Luna, me refiero a una observación objetiva y real, sin las atmósferas de la imaginación humana, gracias al talante tan peculiar de este planeta que no se está de historias y por el que dos y dos son cuatro y déjese de tonterías.

- ¡Admirable, Quinqué!

- Y fíjese Manuel que este Infierno con el que hace un momento ha descrito la situación de los difuntos en la Luna, se acaba cuando consiguen reflejarse en otro espejo que los atrae más, que no es otro que Mercurio. Se produce entonces un fenómeno curioso: de repente la Luna ya no les interesa más. Han sabido extraer de ella su certificado de existencia, objetivo principal de su fuga de la Tierra, pero permanecer atrapados en los vaivenes emocionales de las otras almas les resulta insoportable. Necesitan otro espejo, que sólo les puede ofrecer Mercurio, el cual certifica la verdad de los números y de las habas contadas. Ahora bien, estas habas contadas no dejan de ser un choque y un espanto para muchos, no tenga la menor duda, dada la manía de los humanos en vivir fuera de la realidad, por encima o por debajo de sus posibilidades, sin llevar la contabilidad exacta de sus pérdidas y ganancias. ¿Se imagina usted la vergüenza y el choque que sienten muchos cuando se ven desnudos en su engaño, tan pegadas están sus almas a estas impostaciones falsas?

-¡Horrible, Quinqué!

- Ya veo que no es su caso, que rara vez ha estirado más el brazo de la manga, pero lo es de una gran mayoría de los mortales, ¡no se lo puede usted imaginar!

Callados, contemplaron las imágenes que emanaban de esta relación tan extraña entre la Luna y Mercurio. Vieron entonces el misterio de la doble salida del sol, ya que entretenidos en la conversación, no se habían dado cuenta del paso del tiempo y de como el sol se había puesto y volvía a amanecer por uno de los lados del planeta. Dijo Quinqué:

- Fíjese, Manuel, como de sabio es este mundo en el que nos encontramos, que es incluso capaz de ofrecer soluciones allí donde parece que no las hay. Porque este fenómeno tan insólito de la doble salida del sol da a los difuntos que ya se veían condenados a ser almas fallidas y miserables, una segunda oportunidad: si el sol nace dos veces, ¿por qué no podemos nacer nosotros una segunda vez, sin los efectos nefastos de la primera? Por otra parte, el doble amanecer del sol otorga a los difuntos una sensación de dualidad que incorporan de inmediato, cosa que les permite mirarse a sí mismos y tranquilizar sus dudas existenciales. Claro que una cosa es decirlo y otra hacerlo. Y dada la larga duración de los días en Mercurio, ya puede imaginar lo que dura esta pedagogía de la doble salida del sol. Una duración que la gran inteligencia previsora del señor Mercurio ha sabido utilizar para que los humanos aprendan al menos algo de matemáticas, que van bien cuando lo importante es saber contar y que cuadren los números y el balance de resultados, ¿no le parece?

Estaba atónito, Manuel, por sentirse absorto en unos pensamientos que le sobrepasaban, porque era obvio que él nunca habría llegado a estas alturas de elucubración metafísica por sí solo, al estar atada su imaginación a las marionetas, que se mueven desde arriba con hilos y pisan el suelo para mostrar su resistencia a la gravedad. Mundos que pese a su fantasía, son por definición objetuales y materialistas, hechos de materia sólida y ligeramente pesada, lo suficiente para poder contrapesar la fuerza alzadora del hilo.

Sintió que otros hilos invisibles estiraban sus pensamientos, hilos que parecían proceder del sol, como si el astro quisiera mover sus ideas que para él eran piezas de un rompecabezas desencajado y caótico que había que ordenar, algo imposible, desde luego, y por eso mismo, una tentación excitante para el sol, la entidad más potente del Sistema Solar. ¿Tenía conciencia el sol? Tendría la que da la inercia de su propia rotación, pensó, más la que nace de ser el centro de su sistema, una inercia de tiempo implacable a la que sin embargo puede que le faltara un poco de la negación propia de los humanos, con sus ideas y palabras, siempre tan puñeteras, que actúan como espejos sutiles que fragmentan al ser y terminan despertando el fenómeno no menos sutil de la autoconciencia.

Se sintió Manuel manipulado por el sol en su intimidad y comprendió las historias que se cuentan sobre los dioses que a lo largo de la historia han representado al astro, como el mismo Zeus, celoso y pendiente de los humanos, los cuales no le llegaban a la suela del zapato en potencia, pero que eran capaces de afirmar y negar una misma cosa sin que el mundo se derrumbara, rico en ardides, como aquel detestable Odiseo que se las ingeniaba para salirse con la suya, aunque sólo fuera un humano infeliz.

Si el Sol lo manipulaba, sería para obtener algún beneficio, pensó el titiritero, ya que estas potencias primordiales no están para monsergas y van a la suya con la misma vehemencia que lo hace la fuerza de la gravedad, que por mucho que te resistas a ella, te atrapa y te chupa como si no fueras nada. Fue un consuelo saber que su presencia en Mercurio no era la del cuerpo presente físico de la vida, ni tampoco la de cuerpo presente de la muerte, sino la que tiene que ver con la conciencia y con los misterios del humo y de la pipa que llamamos alma, hecha de una materia que responde a la gravedad y a la física mundana un poco como le da la gana, lo que debe sorprender y extrañar a los átomos de la materia física que componen la parte visible del Sol. Claro que tal vez tenga una parte invisible, su materia, de esta que los entendidos llaman oculta. Si hay tanta en el Universo, como dicen, también debe haber dentro del Sol, relleno como está de materia gaseosa ígnea.

- Veo, Manuel, que la proximidad del Sol le está afectando y que sufre la típica insolación de las que son habituales en estas latitudes del Sistema Solar. Ya le decía que aquí hay que andarse con cuidado, sobre todo los visitantes vivos, porque los difuntos parecen ser algo más refractarios a la influencia solar, y sólo después de haber aprendido suficientes matemáticas en las aulas del señor Mercurio, se hacen más sensibles a las radiaciones solares.

- Creo que sería bueno volver a la Tierra, señor Quinqué.

- Una idea muy acertada, sí señor.