jueves, 31 de mayo de 2018

17º Capítulo (2a parte): El Zoo





Habían quedado en el interior del Zoo, frente al pequeño foso de monos que hay junto a los orangutanes, un lugar fácil de encontrar, según dijo Quinqué. Claro que para Manuel ir al Parque Zoológico de Barcelona era casi como ir a la Luna, ya que no lo había pisado desde niño. No sabía ni por donde se entraba. No tardó mucho, sin embargo, en encontrar las taquillas y después de pagar una cantidad que le pareció muy alta, se adentró en el recinto donde viven los animales. Aún era temprano y no había casi visitantes. Descubrió algunas hileras de escolares con sus profesores y los empleados del lugar que trabajaban armados de escobas y con maquinarias de limpieza. Incluso vio a dos señoritas de bata blanca, y pensó si serían científicas del gremio o quizás niñeras, de las que dan el biberón a las crías de chimpancé o de león, como había visto en algún reportaje.

Justo delante de la entrada vio a un avestruz y le extrañó aquella imagen polvorienta y elegante que lo miraba con el orgullo de quien se sabe el ave más grande del planeta. Un dinosaurio reciclado, pensó. Se miraron aunque se dio cuenta que la mirada del avestruz tenía algo de vacío, un poco adormecida pero con los ojos abiertos. De vez en cuando los cerraba, como si hiciera una cabezadita. Bendita señora, pensó. O tal vez era un señor? El plumaje, que le caía como un vestido pensado para ir a la ópera, sugería que era del sexo femenino. Según había leído en alguna revista, ahora los crían en granjas en Gerona mismo, porque de este animal se aprovecha todo. ¡Pobres bichos! Su nobleza no concuerda con el trato que reciben. Lo que viene a decir en definitiva que la nobleza, los humanos, nos la pasamos por el forro.

Pensando de esta guisa, llegó Manuel ante el foso de los primates, un espacio muy diferente de como él lo recordaba hacía miles de años. Quinqué, apostado en la baranda, contemplaba con atención una de las monas que se entretenía con una zanahoria.

- Buenos días, Manuel, siempre que vengo al Parque Zoológico, me estremece pensar cuan cerca estamos de estos antepasados ??nuestros, los cuales parecen personitas humanas que un día dejaron de ir a clase de evolución natural, hartas de querer ser siempre más de lo que son, que es sin duda una de las características que tenemos los Sapiens Sapiens, como nos llaman los científicos. Comen cacahuetes y zanahorias y con esto les basta, vivir al día y no pensar en el mañana. Un buen plan de vida, ¡sí señor!

- ¿Viene muy a menudo al Zoo?

- ¡Siempre que puedo! No puede imaginarse cómo me gusta este lugar y los amigos que tengo. ¡Y no está prohibido fumar!

Miró Manuel al mono y también él sintió aquel escalofrío que se siente cuando estamos ante nuestros hermanos primates. Espejos que reflejan nuestras intimidades más arcaicas y profundas. Pensó que entre aquellos animales del Parque Zoológico y sus títeres no había mucha diferencia: ambos se movían con independencia y encarnaban partes ocultas de su persona. Los títeres porque los había creado él, y los animales porque pertenecían a ramas de un tronco evolutivo que también era el suyo. Quizás la diferencia era que los títeres podían hablar y los animales no.

- En eso se equivoca, Manuel -dijo Quinqué, que seguía los pensamientos de su cliente con atención.-
Se sorprendería ver con qué la facilidad algunos animales, cuando están en cautiverio, hablan y expresan sus pensamientos. Algo insólito, todo hay que decirlo, pero tan real y verdadero como que usted y yo estamos aquí.

Se dio cuenta Manuel que sólo encontrarse con Quinqué, había entrado en ese estado que ya empezaba a ser natural, de escuchar sin escuchar, como si aquel guía de la agencia Mercurio viviera en la categoría doble de estar y no estar. Una categoría que convertía el trato en cómodo y sencillo, ya que si estaba sin estar, no tenía que esforzarse demasiado en los aspectos del protocolo, que afectan tanto a la convivencia humana, uno de los motivos básicos que explican la epidemia de divorcios del mundo actual. Pensó que tal vez esto de ser y no ser era una opción más generalizada de lo que nos imaginamos, sentida por muchas personas sin ser conscientes de ello. Incluso pensó si no sería aquel estado la causa de tanta mala conciencia de la gente, criticada por desconectar más de lo debido.

- Sepa, Manuel, que esto de los animales es más importante de lo que parece.

- ¿Qué quiere decir, Quinqué?

- Fíjese que uno de los grandes problemas que tenemos los que nos llamamos humanos, es que con tantas cuestiones de significada elevación que ocupan nuestras vidas, desde las filosóficas de los filósofos pensantes hasta las psicológicas, las políticas o las deportivas que rompen marcas y van a por todas, nos olvidamos de hasta qué punto son sutiles las diferencias que nos separan de nuestros compañeros terráqueos, los demás animales, y de cómo estas sutilezas crean a pesar de ello unas fosas tan abismales entre ellos y nosotros. Es decir, somos animales, algo indiscutible, y al mismo tiempo, vea qué contradicción, no tenemos nada que ver con ellos. Y es esta distancia abismal que nos separa del primate, la que nos permite hablar y dialogar con nuestros compañeros de reino. Por eso es tan importante venir al Zoológico, al tratarse de un lugar que permite esta convivencia contra natura.

Escuchaba con atención el titiritero las palabras de Quinqué.

- Por otra parte, vea Manuel como al encontrarse las fieras del Parque encerradas en jaulas, se ven obligadas a aceptar una doble manera de ser, de la que no gozarían si estuvieran en libertad: quiero decir que son animales salvajes que viven a su aire pero a la vez dejan de serlo cuando están enjauladas. Esta oposición interior de su estado en prisión rompe la inercia de su vida colectiva, que ahora de repente se vuelve consciencia aislada e individual, aunque sean incapaces de expresarlo en voz alta, claro.

- Entonces, ¿cómo quiere que les hablemos?

- Esta es la cuestión, es evidente que sólo les podemos hablar sin hablar, una condición que usted conoce perfectamente, y que se hace posible al encontrarnos, ellos y nosotros, en la misma disposición de ser y no ser lo que somos.

- Esto es un galimatías, Quinqué.

- Fíjese que nosotros los humanos tenemos dos maneras de hablar: la colectiva en la que decimos obviedades y nos movemos entre lo conocido y lo compartido, y la individual en la que intentamos expresar algo particular. Si se fija, lo mismo les pasa a los animales encerrados, aunque ellos son incapaces de expresar esta condición individual fruto de su encierro. ¿Cómo hablan entonces?, se preguntará. Pues de la misma manera que usted habla con sus marionetas, unos trozos de madera que ha modificado al otorgarles un carácter y una personalidad. Así hablan los animales, Manuel, hablando sin hablar, con una mayor autonomía de la que puede imaginar, aunque sea usted quien les ponga la voz. Pero al ser y no ser lo que son, pasa como con sus títeres, que se han independizado y charlan por los codos cuando les da la gana.

Optó Manuel por aplicar aquella manera nueva de escuchar sin escuchar que había aprendido en sus viajes con el señor Quinqué, incapaz de entender una palabra de lo que le estaba contando. Y de repente un sonido extraño captó su atención. Venía de un lado, no muy lejos del foso de los monos, de una especie de jardín con piedras, riachuelo y vallas bajas. Se acercó y descubrió una tortuga gigante que tenía la cabeza levantada y lo miraba. ¿Lo miraba? Bueno, así se diría, cuando fijó la mirada en sus ojos centenarios de párpados arrugados. Y entonces sintió su voz ronca.

- Buenos días, señor Manuel.

- ¿Cómo sabe mi nombre?

- Me lo ha dicho su amigo, el señor Quinqué, que conozco desde hace tiempo. He escuchado su conversación que me ha parecido muy ilustrativa.

- ¿Ah sí? ¿Y se puede saber porqué?

Encontraba Manuel un poco impertinente el tono de la tortuga, que se había puesto a hablar sin pedirle permiso y dirigiéndose a él con su nombre.

- Porque me ha hecho reflexionar.

- Así que usted reflexiona...

- Sí, las tortugas reflexionamos mucho, ¿no lo sabía? Piense que llevo en este Zoo muchos años, aunque he vivido en muchos más antes, desde que me pescaron en las Islas Galápagos, donde nací. Comprenda que he pasado la mayor parte de mi vida en zoológicos, con muchas horas sin hacer nada y todas para pensar, ¿no le parece?

- Sí, en eso tiene razón. Veo que es usted una tortuga muy viajada. ¿Y cómo se llama?

- Las tortugas no tenemos nombre, aunque como siempre he vivido encerrada, he tenido unos cuantos. Me puede llamar, Isabel, es el nombre de mi isla.

- Encantado Isabel.

Tenía que reconocer Manuel que estaba encantado de hablar con una tortuga, pese a la angustia que le había causado al principio. Además, la encontraba muy educada e inteligente. Se dio cuenta de que tenía un acento ligeramente americano, tal vez por haber vivido en países de habla anglosajona.

- ¿Es verdad que ustedes, las tortugas, son sabias y viven mucho tiempo?

- La verdad es que no lo sé, pero así lo he oído siempre. Piense que nosotras vivimos el tiempo de una manera especial.

- ¿Ah si? ¿De qué manera?

- Lo llevamos encima, el tiempo. Es el caparazón, que también es nuestra casa. Ya ve, tenemos el esqueleto fuera, cubierto por estas placas córneas que nos protegen. En ellas está escrita nuestra memoria. La verdad, es que no sabría decirle la de capas que llevo encima.

- ¿Así que usted es el tiempo que arrastra consigo?

- Soy tiempo vivo y fósil, si así le gusta más. De hecho, no hay que engañarse, señor Manuel, todos los animales somos tiempo muerto, salvo cuando hablamos, como hago ahora con usted. A cada palabra que cruzo con usted, me siento rejuvenecer. Por eso me gusta tanto hablar.

- Es extraño, siempre se ha dicho que los animales tienen una vitalidad superior a la nuestra...

- Es el consuelo del rebaño, Manuel. Cuando ustedes, los humanos, van en rebaño, entonces tienen la misma vitalidad que nosotros: cero.

- Es usted muy radical, Isabel...

- Ya que me han hecho sabia, déjeme al menos decir lo que pienso.

De repente, la tortuga calló. Quizás era demasiado vieja y ya tenía suficiente con el esfuerzo de aquellos minutos de conversación radical, la de un espécimen de Testudinidae, como decía el cartelito del Zoo, que había vivido más de la cuenta y filosofaba en voz alta. O tal vez la conversación nunca había existido, al ver a Isabel comportarse como una tortuga cualquiera, gigante y lenta, con el tiempo de sus años encima, una carga que pesaba más de cien kilogramos. La vio arrancar unas hierbas de su jardín y masticarlas con una parsimonia de tortuga secular.

- ¿Lo ve, Manuel, como se puede hablar con los animales? He seguido su conversación y me ha parecido muy interesante, ¡sí señor!

Tenía razón y no la tenía, ya que así debía escuchar a su guía, que era y no era lo que decía ser.

En ese momento, vio a Kalim y a Kilam trepar por las ramas del foso de los primates, gritando como dos loros histéricos con sus voces cargadas de una estridencia que jamás había oído. ¿Pero qué hacían allí aquellos dos títeres enloquecidos? Se dio cuenta de que nadie más los veía, salvo él y el señor Quinqué, tras haber comprendido que sus títeres sólo los podía ver él por vivir inmerso en la atmósfera del huevo, siendo Quinqué la excepción que acompañaba la regla. Pero los habitantes del foso, y no sólo ellos, sino los chimpancés, gorilas y orangutanes que había en los alrededores, sí que los oyeron, ya que de pronto se pusieron todos a chillar con unos alaridos aterradores, lo que enseguida atrajo la atención de los visitantes de la mañana, excitados de ver que podrían disfrutar de algún tipo de espectáculo imprevisto y gratuito. Como es lógico, también acudieron algunos empleados atraídos por el griterío.

- Kalim, Kilam! ... -intentó Manuel poner un poco de cordura a los dos títeres. Pero sabía que no le harían ningún caso: a diferencia de los demás del grupo, estos dos no eran de su cosecha, sino que los había encontrado por azar en los Encantes de la ciudad y, según le había dicho el Aedo durante la representación en el Aposento, eran los dos títeres primordiales que habían encontrado el 'Secreto del Gran Vivo', y por eso tenían aquella energía inusitada.

Pero lo más curioso fue la reacción de los monos: saltaban y chillaban excitados por los chillidos de los dos títeres, que jugaban con ellos a correr y a perseguirse, sin nunca dejarse pillar. Pero no sólo los monos. También los orangutanes, que siempre muestran un comportamiento cívico y calmoso, saltaban agarrados a las cuerdas y a los troncos, con las bocas abiertas mostrando sus dientes, mientras chillaban como poseídos. Finalmente, hartos de tanta bullicio, Kalim y Kilam escaparon de la zona y desaparecieron saltando de rama en rama por los árboles, para divertirse por otros rincones del Parque.

Miraba Quinqué con mucho interés la reacción de los primates, que habían alcanzado un estado de paroxismo, con sonidos que rara vez se oían en una visita normal al Zoo.

- Don Manuel, acabamos de presenciar algo insólito e inusual, ya que nunca habría pensado que estos simios tan entrañables serían capaces de ver y oír a sus títeres, que tienen como característica principal ser visibles sólo para nosotros dos, ya que a los demás mortales les está vetada su visión. Lo que nos indica la enorme sensibilidad de estos seres consideradas salvajes con capacidad sin embargo de captar realidades que están por encima y por debajo de las frecuencias humanas habituales. ¿No le parece extraordinario?

Escuchando sin escuchar, tenía que admitir Manuel que el señor Quinqué tenía toda la razón del mundo.

- Vea como estos primates han sabido conectar a través de lo que tenemos ellos y nosotros de común, esta sensibilidad especial para vivir emociones profundas desde sus extremos más opuestos, y como estos dos seres a los que llama Kalim y Kilam y que parecen salidos del Infierno, han despertado en ellos una agitación de sus almas hacia un despegue que sólo pueden intuir y al que no están en disposición de alcanzar, si no es a través del alboroto y del griterío más desvergonzado. Sin embargo, una vez pasado el estímulo, verá como poco a poco la inercia de su condición física se abate sobre ellos, el peso de una fatalidad envejecedora que, una vez vividos los fulgores de la procreación, los arrastra en dirección a la muerte.

Se sintió entonces la voz lejana de la Tortuga Isabel:

- Es lo que le decía antes, Manuel.

Y así fue. Unos minutos después de la desaparición de Kalim y Kilam, las monas volvieron a sus rutinas de zanahoria, cacahuetes y de quitarse las pulgas las unas a las otras. Los orangutanes regresaron a sus posturas inteligentes, con la habitual indiferencia hacia los simios humanos que se entretienen en mirarlos. La paz biológica de su condición de primates regresó a sus pellejos, atentos, eso sí, a los movimientos del público, por si a alguien se le ocurría lanzarles alguna manzana o un trozo de pan.

Huyendo de la multitud que se había acercado al espectáculo de los monos, se dirigieron a otra sección del Parque Zoológico.

- Ya le dije antes que adoro este lugar, no porque me gusten los animales enjaulados, algo que detesto, cómo no, sino porque es una ocasión única para poderlos ver y visitar. Sí, Manuel, se trata de una convivencia que nuestra forma de vivir en ciudades nos priva y de la que sólo gracias a los zoológicos podemos gozar, aunque sea a dosis pequeñas y algo contra natura. Pero no me negará usted que vivir en ciudad ya es de por sí una buena contra natura, lo suficiente grande como para que no nos tengamos que poner remilgados en esta cuestión.

- Quizás tenga razón, señor Quinqué, pero yo aquí no veo muchos turistas.

- ¡Ni que lo diga, Manuel, ni que lo diga! No puede imaginarse cómo me esfuerzo para que vengan pero sólo se dejan convencer las familias con niños, y no siempre, créame. Pero ello también salva al Zoo de la sobrecarga que hoy afecta a la ciudad, por lo que no hay bien que por mal no venga.

Se acercaron al Terrario, un espacio cubierto que según decían los carteles, reunía las mejores colecciones de anfibios y de reptiles de Europa.

- Uno de los lugares más interesantes del Zoo, señor Manuel. Aquí es como si reculáramos  millones de años atrás, con estos bichos que parecen salidos de un agujero del tiempo.

Una iguana los saludó. Aquella especie de animal fósil que no se sabía si estaba o no estaba vivo, tal era su quietud, no se inmutó ante las dos personas que se acercaron al cristal de separación. La atmósfera era de una humedad exagerada y comprendió Manuel que se había recreado una climatización idónea para este tipo de animales.

- ¿Cómo se imagina usted que debe pasar el tiempo para estos animales?

- Es verdad, parece que lo tengan parado, el tiempo.

- No hay que olvidar que son animales de sangre fría, no como nosotros, que no paramos todo el santo día. Sólo cuando reciben el calor del sol se animan un poco, sino se quedan inmóviles, como ahora, aunque aquí les ponen bombillas para que se animen. Quizás añoran el sol, eso sí.

- He oído que se han puesto de moda como animales de compañía, a pesar de que en muchos lugares de América los cazan y los comen, por la finura de su carne.

- Una salvajada. Es como alimentarse de tiempo, imagínese, masticar milenios con salsa de tomate, su carne puede ser muy buena, pero comerlos debe envejecer un montón de años. Fíjese que la alimentación tiene que ver con el sol, por eso nos gusta la carne de los animales calientes, así como las plantas, que están hechas como quien dice de luz.

En ese momento oyeron una voz muy grave que parecía venir de unas profundidades insondables.

- La luz es nuestro alimento. Cuatro moscas y un poco de sol nos bastan.

¡Era la iguana que les hablaba! Así lo entendió Manuel a la primera, inmerso como estaba en aquella atmósfera que recordaba una selva tropical. Se quedaron callados los dos a ver si el animal les decía algo más.

- Somos tiempo vivo y lento que deglutimos a lo largo de los años. Somos los ojos de la tierra cuando se mira a sí misma. Nuestra curiosidad de milenios es infinita, pero siempre miramos atrás.

Escuchaban mudos los dos humanos, pero parecía que la iguana ya se había cansado de hablar.

- ¿Las he oído de verdad, Quinqué, estas palabras, o las he soñado?

- No lo creo, Manuel, yo también las he escuchado. ¿Sabe que es muy raro oír hablar a una iguana, uno de los animales más mudos que conozco? ¡Considerémonos bien afortunados!

- ¡Inaudito, Quinqué!

- No crea, piense que es mucho lo que nos une a toda esta población de personitas vivas. Sí, nosotros disponemos de una conciencia despierta que ellos no tienen, lo cual es cierto, y somos capaces de contar, sumar y restar, además de muchas otras cosas, claro, sin embargo compartimos con ellos una multitud de cosas que si las conociéramos, quedaríamos maravillados, créame. Imagínese lo sutiles que pueden ser las sensaciones de esta iguana, por no decir sus emociones, que al ser de sangre fría, deben tener una frecuencia de vibración de un refinamiento que nosotros jamás alcanzaríamos.

Paseaban por los pasillos oscuros del Terrario, con ventanas que mostraban bichos aún más extraños que la iguana, hasta llegar a las serpientes, la mayoría de ellas enroscadas y casi invisibles.

- Fíjese en las serpientes, estas señoras de la evolución animal, que caminan arrastrándose y no por ello se las debe considerar ni viles ni rastreras, sino que su orgullo se manifiesta a través de su indiferencia, de las más abismales que existen. Lo que se explica si tenemos en cuenta que fue una serpiente la que puso el huevo primordial del que nacieron todos los dioses.

Una pitón enroscada movió la cabeza y los miró un segundo para desaparecer al cabo arrastrando su cuerpo con sutiles contracciones de su parte baja sobre la piedra.

- Dudo que digan nada, Manuel. Estas serpientes no necesitan hablar. Saben que las palabras de todos los idiomas del mundo provienen de su susurro silencioso, que cuando quieren pueden convertir en el más estridente de los silbidos. Pero yo diría que sólo se expresan cada mil o un millón de años, por decir una cifra aproximada. Y cuando lo hacen, es porque algo importante cambia en el mundo.

En la sección de anfibios se detuvieron ante un grupo de ranas que croaban alegremente.

- Estos sí que son unos bichos de lo más extraordinario que, junto a los escarabajos peloteros, tengo en gran predilección. Sobre todo por su croar, un canto que ya querrían muchos músicos, instrumentistas y compositores poder imitar.

- ¿Y qué tienen los escarabajos de extraordinario?

- ¡Don Manuel, eso son palabras mayores! La sabiduría y la tozudez emprendedora de estos coleópteros excepcionales no tienen parangón en el Reino Animal: cuando pasan por los caminos arrastrando su pelota, nos muestran unas aptitudes de parsimonia y de esfuerzo contenido pero tenaz que ya quisiéramos tener los humanos. Son pura aristocracia, Manuel, de las más refinadas de este planeta. Su relación con el sol es indiscutible, por lo que los antiguos egipcios lo veían cada mañana subir la bola del sol en el horizonte, garantizando la luz del día. Sin tener nada que ver, es el animal solar por excelencia, para quitarse el sombrero, créame.

Habían salido del Terrario, después de pasar encima de unos fosos con agua llenos de cocodrilos, y la luz del sol volvió a acometerlos.

Retornaron en dirección a los primates, cruzaron las jaulas de los simpáticos chimpancés y se detuvieron ante las ventanas acristaladas de los gorilas, una de las secciones de más éxito del Zoo.

- Aquí vivía mi viejo amigo Copito de Nieve, uno de los señores más entrañables del zoológico.

¿Quien no conocía a Copito de Nieve? Hasta Manuel lo recordaba, aunque nunca lo vio en vida.

- Estos son sus hijos, unos sabios, Manuel, se pasan el día pensando sin pensar, algo que los humanos todavía no hemos logrado. Quizás el Pensador del escultor Rodin, al ser de piedra, se les acerca un poco.

En efecto, uno de los gorilas permanecía sentado mirando al público con el puño bajo la barbilla, como hacemos nosotros cuando queremos pensar en profundidad.

- Pensar sin pensar. Este es el drama y a la vez el milagro de los primates que viven en el zoológico, que a pesar de las horas que pasan en pensar, no piensan nada, en el sentido que nosotros llamamos al pensar, claro. Rumiar, deben rumiar, aquello que sus emociones más profundas les deben aportar, como hacen las vacas con la hierba. Y quizás algún día les nazca alguna idea. No tardaremos mucho en ver a los humanos colonizar estas voluntades libres, dormidas en los instintos de su conciencia colectiva. Lo harán con la ingeniería genética, Manuel, y no tardaremos mucho en verlo. Una ignominia. Será recrearse en el pasado muerto, para insistir en una civilización que tiene ganas de nacer muerta, pero así somos los humanos de contradictorios, que mientras unos quieren ir hacia arriba, los otros insisten en ir hacia abajo. Yo, la verdad, prefiero tirar por enmedio huyendo de los extremos, los cuales sin embargo están aquí para quedarse. Por eso me gusta ser guía turístico, porque es la manera más barata, idónea y sencilla de conseguir una media que, movida por la apertura y la curiosidad, mira un poco en todas las direcciones, aceptando lo bueno y lo malo de esta vida.

Hacía rato que Manuel le escuchaba sin escuchar, enfrascado en la imagen del gorila que en efecto pensaba sin pensar, como decía Quinqué. Comprendió que esta condición común de hacer y no hacer lo que hacían le unía a todos los animales del Zoo, una característica que tenía que ver con la conciencia, despierta en nosotros en cuanto a los pensamientos, pero dormida en sus aspectos emocionales más profundos, al revés de los animales, que tenían esta segunda muy despierta, mientras la de las ideas permanecía en un sueño de posibilidades lejanas. Y, del mismo modo que nosotros disponemos del 'tercero' que es y no es, surgido de nuestros extremos, también ellos deberían tener su propio 'tercero' que hace y no hace, habla y no habla, aunque sea como un estallido fugaz que sale impulsado por nosotros, los humanos. O tal vez era nuestro propio 'tercero' el que tenía la capacidad de serlo también de los animales, lo que explicaba que, aún sin tener nada que ver con ellos, les cedamos palabras y pensamientos.

17è Capítol (2a part): El Zoo




Havien quedat a l'interior del Zoo, davant del petit fossar de mones que hi ha al costat dels orangutans, un lloc fàcil de trobar, segons digué en Quinqué. Clar que per a en Manuel anar al Parc Zoològic de Barcelona era quasi com anar a la Lluna, ja que no l'havia trepitjat des de nen. No sabia ni per on s'entrava. No trigà gaire però a trobar les taquilles i després de pagar una quantitat que li va semblar molt alta, s'endinsà al recinte on hi viuen els animals. Era d'hora encara i no hi havia quasi visitants. Veia algunes fileres d'escolars amb els seus professors i els empleats del lloc que feien feina armats d'escombres i de maquinàries de neteja. Fins i tot va veure alguna senyoreta de bata blanca, i s'imaginà que serien científiques del gremi o potser mainaderes, d'aquestes que donen el biberó a les cries de ximpanzé o de lleó, com havia vist en algun reportatge.

Just davant l'entrada va veure un estruç i l'estranyà aquella imatge polsosa i elegant que el mirava amb l'orgull de qui se sap l'au més gran del planeta. Un dinosaure reciclat, va pensar. Es miraren tot i que s'adonà que la mirada de l'estruç tenia quelcom de buit, una mica endormiscada però amb els ulls oberts. De tant en tant els tancava, com si fes una becaina. Beneïda senyora, va pensar. O potser era un senyor? El plomatge, que li queia com un vestit pensat per anar a l'òpera, suggeria que era del sexe femení. Segons havia llegit en alguna revista, ara els crien en granges a la mateixa Girona, perquè d'aquest animal s'aprofita tot. Pobres bèsties! La seva noblesa no concorda amb aquest tracte. Cosa que en definitiva ve a dir que els humans, la noblesa ens la passem pel forro.

Rumiant d'aquesta guisa, va arribar en Manuel davant del fosso dels primats, un espai molt diferent de com ell ho recordava feia milers d'anys. En Quinqué ja hi era, contemplant amb atenció una de les mones que s'entretenia amb una pastanaga.

- Bon dia, Manuel, sempre que vinc al Parc Zoològic m'esgarrifa adonar-me quant a prop som d'aquests avantpassats nostres, els quals semblen personetes humanes que un dia van deixar d'anar a classe d'evolució natural, fartes de voler ser sempre més del que són, que és sens dubte una de les característiques que tenim els Sapiens Sapiens, com ens diuen els científics. Mengen cacauets i pastanagues i amb això en tenen prou, viure al dia i no pensar en l'endemà. Un bon pla de vida, sí senyor!

- Que hi ve gaire sovint al Zoo?

- Sempre que puc, no pot imaginar-se com m'agrada aquest lloc i la d'amics que hi tinc! I no està prohibit fumar!

Va mirar en Manuel el mico i també ell va sentir aquella esgarrifança que se sent sempre quan som davant dels nostres germans primats. Miralls que reflecteixen les nostres intimitats més pregones. Va pensar que entre aquelles bèsties del Parc Zoològic i els seus titelles no hi havia gaire diferència: els dos es movien amb independència i encarnaven parts ocultes de la seva persona. Els titelles perquè els havia creat ell, els animals perquè pertanyien a branques d'un tronc evolutiu que també era el seu. Potser la diferència era que els titelles podien parlar i els animals no.

- En això s'equivoca, Manuel -digué en Quinqué, que seguia els pensaments del seu client amb atenció.- Es sorprendria veure amb quina facilitat alguns animals, quan estan en captiveri, parlen i expressen els seus pensaments. Quelcom d'insòlit i d'inaudit, tot s'ha de dir, però tan real i verdader com que vostè i jo som aquí.

S'adonà Manuel que només trobar-se amb en Quinqué, havia entrat en aquell estat que ja començava a trobar natural, d'escoltar sense escoltar, com si aquell guia de l'agència Mercuri fos algú d'aquests que viuen en la categoria doble del ser-hi i no ser-hi, categoria que havia descobert feia poc. Això convertia el tracte en molt senzill i còmode, ja que si hi era sense ser-hi, no calia esforçar-se massa en els aspectes del protocol, que cansen tant la convivència humana, un dels motius bàsics que sens dubte expliquen l'epidèmia de divorcis del món actual. Va pensar que potser això de ser i no ser era una opció més generalitzada del que ens imaginem, sentida per moltes persones sense ser-ne conscients. Fins i tot va pensar si no seria aquell estat la causa de tanta mala consciència de la gent, criticada pel fet de desconnectar més del normal.

- Sàpiga, Manuel, que això dels animals és més important del que sembla.

- Què vol dir, Quinqué?

- Fixi's que un dels grans problemes que tenim els que ens diem humans, és que amb tantes qüestions de significativa elevació que ocupen les nostres vides, des dels filòsofs pensadors fins els psicòlegs, els polítics o els esportistes que van a per totes, ens oblidem de fins a quin punt són subtils les diferències que ens separen dels nostres companys terraqüis, les bèsties i bestioles, i de com aquestes subtilitats creen malgrat tot unes fosses tan abismals entre ells i nosaltres. És a dir, som animals, i això és indiscutible, i alhora, vegi quina contradicció, no hi tenim res a veure. I és aquesta distància que separa el primat de l'humà que som i portem a dins, allò que ens permet parlar i dialogar amb els nostres companys de regne. Per això és tan important venir al Zoològic, en tractar-se d'un lloc que ens permet aquesta convivència contra natura.

Escoltava amb atenció el titellaire les paraules d'en Quinqué.

- Per altra banda, vegi Manuel com en trobar-se les feres del Parc tancades en gàbies, es veuen obligades a acceptar una doble manera de ser, que no tindrien si fossin en llibertat: vull dir que són bèsties salvatges que viuen al seu aire però alhora deixen de ser-ho quan estan engabiades. Aquesta oposició interior del seu estar tancat trenca la inèrcia de llur consciència col·lectiva, que ara de sobte es torna aïllada i individual, malgrat siguin incapaços d'expressar-ho en veu alta, és clar.

- Llavors, com vol que hi parlem?

- Aquesta és la qüestió, és evident que només hi podem parlar sense parlar, una condició que vostè coneix perfectament, i que es fa possible en trobar-nos, ells i nosaltres, en la mateixa disposició de ser i no ser allò que som.

- Això és un galimaties, Quinqué.

- Fixi's que nosaltres els humans tenim dues maneres de parlar: la col·lectiva en la que diem obvietats i ens movem entre el conegut i el compartit, i la individual en la que intentem expressar alguna cosa particular. Si s'hi fixa, el mateix els hi passa als animals tancats, tot i que ells són incapaços d'expressar aquesta condició individual de la que són víctimes. Com parlen llavors?, em preguntarà. Doncs de la mateixa manera en què vostè fa parlar les seves marionetes, uns trossos de fusta que ha modificat en dotar-los d'un caràcter i d'una personalitat.  Així parlen els animals, Manuel, parlant sense parlar, amb una autonomia més gran de la que es pot imaginar, malgrat sigui vostè qui li posi la veu. Però en ser i no ser allò que són, passa com amb els seus titelles, que s'han independitzat i xerren pels descosits quan els hi dóna la gana.

Va optar en Manuel per aplicar aquella manera nova d'escoltar sense escoltar que havia après en els seus viatges amb el senyor Quinqué, incapaç d'entendre un borrall del que li estava explicant. I de sobte un so estrany va captar la seva atenció. Venia d'un costat, no gaire lluny del fossat dels micos, una mena de jardí amb pedres, riuet i tanques baixes. S'hi acostà i va descobrir una tortuga gegant que tenia el cap aixecat i el mirava. El mirava? Bé, així ho diria, quan va fixar la mirada als seus ulls centenaris de parpelles arrugades. I llavors va sentir la seva veu ronca.

- Bon dia, senyor Manuel.

- Com sap el meu nom?

- Me l'ha dit el seu amic, el senyor Quinqué, que conec des de fa temps. He seguit la seva conversa que m'ha semblat molt il·lustrativa.

- Ah sí? I es pot saber perquè?

Trobava en Manuel una mica impertinent el to de la tortuga, que s'havia posat a parlar sense demanar-li permís i adreçant-se-li amb el seu nom.

- Perquè m'ha fet reflexionar.

- Així vostè reflexiona...

- Sí, les tortugues reflexionem molt, no ho sabia? Pensi que porto en aquest Zoo des de fa una colla d'anys, però abans n'he viscut encara molts més des de que em van pescar a les Illes Galápagos, allà on vaig néixer. Comprengui que he passat la major part de la meva vida en zoològics, moltes hores sense fer res i per pensar-se-les totes, no troba?

- Sí, sí, en això té raó. Veig que és vostè una tortuga molt viatjada. I com es diu?

- Les tortugues no tenim nom, però com que sempre he viscut tancada, n'he tingut uns quants. Em pot dir, Isabel, és el nom de la meva illa.

- Encantat Isabel.

Havia de reconèixer en Manuel que realment estava encantat de parlar amb una tortuga, malgrat l'angúnia que li havia fet al principi. A més, la trobava molt educada i intel·ligent. S'adonà que tenia un accent lleugerament americà, potser per haver viscut en països de parla anglosaxona.

- És veritat que vostès, les tortugues, són sàvies i viuen molt de temps?

- La veritat és que no ho sé, però així ho he sentit sempre. Pensi que nosaltres el temps el vivim d'una manera especial.

- Ah si? De quina manera?

- El portem a sobre, el temps. És la closca, que també és casa nostra. Ja veu, tenim l'esquelet a fora, ben cobert per aquestes plaques còrnies que ens protegeixen prou bé. En elles està escrita la nostra memòria. La veritat, és que no sabria dir-li la de capes que porto a sobre.

- Així vostè és el temps que arrossega?

- Sóc temps viu i fòssil, si així li agrada més. De fet, no ens hem d'enganyar, senyor Manuel, tots els animals  som temps mort, llevat de quan parlem, com ara faig amb vostè. Cada paraula que creuo amb vostè, em sento rejovenir. Per això m'agrada tant parlar.

- És estrany, sempre s'ha dit que els animals tenen una vitalitat superior a la nostra...

- És el consol del ramat, Manuel. Quan vostès, els humans, van en ramat, llavors tenen la mateixa vitalitat que nosaltres: zero.

- És molt radical, Isabel...

- Ja que m'han fet sàvia, deixi'm almenys dir el que penso.

De sobte, la tortuga va callar. Potser era massa vella i ja en tenia prou amb l'esforç d'aquells minuts de conversa radical, la d'un espècimen de Testudinidae, com deia el cartellet del Zoo, que havia viscut més del compte i filosofava en veu alta. O potser la conversa mai havia existit, en veure a la Isabel comportar-se com una tortuga qualsevol, gegant i lenta, amb el temps dels seus anys a sobre, una càrrega que pesava més de cent kilograms. La va veure arrencar unes herbes que li havien posat al seu jardinet i mastegar-les amb una parsimònia de tortuga secular.

- Ho veu, Manuel, com es pot parlar amb els animals? He seguit la seva conversa i m'ha semblat molt interessant, sí senyor!

Tenia raó i no la tenia, ja que així s'havia d'escoltar al seu guia, que era i no era allò que deia ser. 

En aquell moment, va veure en Kalim i en Kilam enfilar-se per les branques del fosso dels primats, cridant com dos lloros histèrics amb les seves veus plenes d'una estridència que mai havia sentit. Però què feien allà aquells dos titelles enfollits? S'adonà que ningú més els veia, llevat d'ell i del senyor Quinqué, ja que havia comprès que els seus titelles només els podia veure ell que vivia immers en l'atmosfera de l'ou, que ara duia sempre a dins, sent en Quinqué l'excepció que acompanyava la regla. Però els habitants del fossat, i no només ells, sinó els ximpanzés, goril·les i orangutans que hi havia als voltants, sí que els van sentir, ja que de sobte es posaren tots a xisclar amb uns esgarips esfereïdors, cosa que de seguida va atraure l'atenció dels visitants del matí, excitats de veure que podrien gaudir d'alguna mena d'espectacle imprevist. Com és lògic, també van acudir alguns empleats atrets per la cridòria.

- Kalim, Kilam!... -va intentar en Manuel posar una mica de seny als dos titelles. Però va comprendre que no li farien cap cas: a diferència dels altres de la colla, aquests dos no eren de la seva collita, sinó que els havia trobat per atzar als Encants de la ciutat i, segons li havia dit l'Aede durant la representació a la Cambreta, eren els dos titelles primordials que havien trobat el 'Secret del Gran Viu', i per això tenien aquella energia inusitada.

Però el més curiós va ser la reacció de les mones, saltant i cridant excitades pels esgarips dels dos titelles, que jugaven amb elles a córrer i a perseguir-se, sense mai deixar-se enxampar. Però no només les mones. També els orangutans, que sempre mostren un comportament tan cívic i calmós, saltaven agafats a les cordes i als troncs, obrint les boques i mostrant les seves dents, mentre xisclaven com posseïts. Finalment, farts de tanta bullícia, en Kalim i en Kilam van escapar de la zona i desaparegueren saltant de branca en branca pels arbres. 

Mirava en Quinqué amb molt interès la reacció dels primats, que havien passat a un estat de paroxisme, amb sons que difícilment se sentien en una visita normal al Zoo.

- Senyor Manuel, acabem de presenciar quelcom d'insòlit i inusual, ja que mai hauria pensat que aquests simis tan entranyables serien capaços de veure i oir els seus titelles, que tenen com a característica principal de ser visibles només per nosaltres dos, ja que els demés mortals els és impossible veure'ls. Cosa que ens indica la gran sensibilitat d'aquestes bèsties aparentment salvatges amb capacitat però de pescar realitats que estan per sota de les freqüències humanes habituals. No li sembla extraordinari?

Tot i escoltar sense escoltar, havia d'admetre en Manuel que el senyor Quinqué tenia tota la raó del món.

- Vegi com aquestes bèsties han sabut connectar a través d'allò que tenim elles i nosaltres de comú, aquesta sensibilitat especial per viure les emocions des dels seus extrems més oposats, i com aquests dos éssers que semblen sortits de l'Infern han despertat en elles una agitació de les seves ànimes vers un enlairament que només poden intuir i del que no estan en disposició d'arribar-hi, si no és a través del xivarri i la cridòria més desvergonyida. Ara, un cop passat l'estímul, veurà a poc a poc la inèrcia de llurs condició física abatre's damunt d'ells, el pes d'una fatalitat envellidora que, viscuts els fulgors de la procreació, els arrossega en la direcció de la mort.

Es va sentir llavors la veu llunyana de la Tortuga Isabel:

- És el que li deia abans, Manuel.

I així fou. Uns minuts després de la desaparició d'en Kalim i d'en Kilam, les mones van tornar lentament a les seves rutines de pastanaga, de cacauets i de treure's les puces les unes a les altres. Els orangutans van tornar als seus posats intel·ligents, amb l'habitual indiferència envers els simis humans que s'entretenen a mirar-los. La pau biològica de llur condició de primats retornà a les seves pells, atents, això sí, als moviments del públic, per si algú se li ocorria llançar-los alguna poma o un  tros de pa.

Fugint de la munió de gent que s'havia acostat a l'espectacle de les mones, es dirigiren a una altra banda del Parc Zoològic.

- Ja li he dit abans que adoro aquest lloc, no perquè m'agradin els animals engabiats, sinó perquè és una ocasió única per poder-los veure i visitar. Sí, senyor Manuel, es tracta d'una convivència que la nostra manera de viure en ciutats ens priva i només gràcies als zoològics la podem gaudir, ni que sigui a dosis petites i una mica contra natura. Però no em negarà vostè que viure en ciutat ja és de per si una bona contra natura, suficient grossa com perquè ens haguem de posar llepafils en aquesta qüestió.

- Potser tingui raó, Quinqué, però aquí no hi veig gaires turistes.

- Ni qu'ho digui, senyor Manuel, ni qu'ho digui! En això té tota la raó! No pot imaginar-se com m'hi esforço però només es deixen convèncer les famílies amb nens, i no sempre, cregui'm. Però això també salva el Zoo de la sobrecàrrega que avui afecta la ciutat, de manera que no hi ha bé que per mal no vingui.

S'acostaren al Terrari, un espai tancat que segons deien els cartells, reunia les millors col·leccions d'amfibis i de rèptils de tota Europa.

- Un dels llocs més interessants del Zoo, senyor Manuel. Aquí és com si reculéssim milions d'anys enrere, amb aquestes bestioles que semblen sortides d'un forat del temps.

Una iguana els saludà. Aquella mena d'animal fòssil que no se sabia si estava o no estava viu, tal era la seva quietud, no s'immutà davant les dues persones que s'acostaren al vidre de separació.

L'atmosfera era d'una humitat exagerada i va comprendre Manuel que s’havia recreat una climatització idònia per a aquesta mena d'animals.

- Com s'imagina vostè que deu passar el temps per a aquests animals?

- És veritat, sembla que el tinguin parat, el temps.

- No ens hem d'oblidar que són bèsties de sang freda, no com nosaltres, que no parem tot el sant dia. Només quan reben l'escalfor del sol s'animen una mica, sinó es queden parades, com ara, tot i que aquí els hi posen bombetes perquè s'animin. Potser enyoren el sol, això sí.

- He sentit a dir que s'han posat de moda com animals de companyia, tot i que a molts llocs d'Amèrica se'ls caça i se'ls menja, per la finor de la seva carn.

- Una salvatjada. És com alimentar-se de temps, imagini's, mastegar mil·lennis amb salsa de tomàquet, la seva carn pot ser molt bona, però menjar-los deu envellir una bona colla d'anys. Fixi's que l'alimentació té a veure amb el sol, per això ens agrada la carn dels animals calents, així com les plantes, que estan fetes com qui diu de llum.

En aquell moment van sentir una veu molt greu que semblava venir d'unes profunditats insondables.

- La llum és el nostre aliment. Amb quatre mosques i una mica de sol, en tenim prou.

Era la iguana que els parlava! Així ho va entendre Manuel a la primera, immers com estava en aquella atmosfera que recordava una selva tropical. Es van quedar callats els dos a veure si la bèstia els deia alguna cosa més.

- Som temps viu i lent que deglutim al llarg dels anys. Som els ulls de la terra quan es mira a sí mateixa. La nostra curiositat de mil·lennis és infinita, però sempre mirem enrere.

Escoltaven muts els dos humans, però semblava que la iguana ja s'havia cansat de parlar.

- Ho he sentit de veritat, Quinqué, aquestes paraules, o ho he somiat?

- No ho crec, Manuel, jo també les he sentit. Sap que és molt rar sentir parlar a una iguana, un dels animals més muts que conec? Considerem-nos ben afortunats!

- Inaudit, Quinqué!

- No cregui, pensi que és molt allò que ens uneix a tota aquesta població de personetes vives. Sí, nosaltres disposem d'una consciència desperta que ells no tenen, això és cert, i som capaços de comptar, sumar i restar, a més de moltes altres coses, és clar, però pel demés compartim una munió de coses que si les coneguéssim, quedaríem parats, cregui'm! Imagini's com poden ser de subtils les sensacions d'aquesta iguana, per no dir les seves emocions, que en ser de sang freda, deuen tenir una freqüència de vibració d'un refinament que nosaltres mai podríem imaginar.

Passejaven pels corredors foscos del Terrari, amb finestres que mostraven bèsties encara més estranyes que la iguana, fins arribar a les serpents, la majoria enroscades i quasi bé invisibles.

- Fixi's amb les serpents, aquestes senyores de l'evolució animal, que caminen arrossegant-se i no per això se les ha de considerar ni vils ni rastreres, sinó que el seu orgull es manifesta a través de la seva indiferència, de les més abismals que existeixen. D’una lògica aclaparadora si tenim en compte allò que es diu de que l'ou primordial del que van sortir tots els déus, el va posar una serpent.

Una pitó enroscada va moure el cap i els fità un segon per desaparèixer a l'acte arrossegant el seu cos amb subtils contraccions de la seva part baixa sobre la pedra.

- Dubto que diguin res, senyor Manuel. Aquestes serpents no necessiten parlar. Saben perfectament que totes les paraules de tots els idiomes del món provenen del seu xiuxiueig silenciós, que quan volen pot esdevenir el més estrident dels xiulets. Però jo diria que només s'expressen cada mil o un milió d'anys, per dir una xifra aproximada. I quan ho fan, és perquè alguna cosa important canvia al món!

A la secció d'amfibis s'aturaren davant d'un grup de granotes que raucaven alegrament.

- Aquestes sí que són les bestioles més extraordinàries que, junt als escarabats piloters, tinc en gran predilecció. Sobretot pel seu rauc, un cant que ja voldrien molts músics, instrumentistes i compositors poder imitar.

- I què tenen els escarabats d'extraordinari?

- Senyor Manuel, això són paraules majors! La saviesa i la tossuderia emprenedora d'aquests coleòpters excepcionals no tenen parió en el Regne Animal: quan passen pels camins arrossegant la seva pilota, ens mostren unes aptituds de parsimònia i d'esforç contingut però tenaç que ja voldríem els humans posseir. Són pura aristocràcia, senyor Manuel, de les més refinades d'aquest planeta. La seva relació amb el sol és indiscutible, i per això els antics egipcis el veien cada matí pujar la bola del sol a l'horitzó, garantint la llum del dia. Sense tenir-hi res a veure, és l'animal solar per excel·lència. Per treure's el barret, cregui'm.

Havien sortit del Terrari, després de passar damunt d'uns fossats amb aigua plens de cocodrils, i la llum del sol, a la qual feia tanta referència el senyor Quinqué, tornà a assotar-los.

Retornaren en direcció als primats, creuaren les gàbies dels simpàtics ximpanzés i s'aturaren davant les finestres amb vidres dels goril·les, una de les seccions de més èxit del Zoo.

- Aquí vivia el meu vell amic el Floquet de Neu, un dels senyors més entranyables del zoològic.

Qui no coneixia al Floquet de Neu? Fins en Manuel sabia qui era, tot i que mai el va veure de front.

- Aquests són els seus fills, uns savis, Manuel, es passen tot el sant dia pensant sense pensar, cosa que els més savis dels humans encara no hem  aconseguit. Potser el Pensador de l'escultor Rodin, en ser de pedra, se'ls pot acostar una mica.

En efecte, un dels goril·les romania assegut mirant el públic amb el puny sota la barbeta, com fem nosaltres quan volem pensar en profunditat.

- Pensar sense pensar. Aquest és el drama i alhora el miracle dels primats que viuen al zoològic, que malgrat les hores que hi posen en pensar, no pensen res, en el sentit que nosaltres diem al pensar, clar. Rumiar, deuen rumiar, allò que les seves emocions més profundes els deuen aportar, com fan les vaques amb l'herba. I potser algun dia els neixi alguna idea. No trigarem gaire a veure als humans colonitzar aquestes voluntats lliures, adormides en els instints de llur consciència col·lectiva. Ho faran amb l'enginyeria genètica, senyor Manuel, una ignomínia. Però serà recrear-se en el passat mort, per insistir en una civilització que té ganes de néixer morta, però així som els humans de contradictoris, que mentre uns volen anar cap amunt, els altres insisteixen a anar cap avall. Jo, la veritat, prefereixo tirar pel mig fugint dels extrems, els quals però són aquí per quedar-se. Per això m'agrada ser guia turístic, perquè és la manera més barata, idònia i senzilla d'aconseguir una mitjana que, moguda per l'obertura i la curiositat, miri una mica en totes les direccions, acceptant el bo i el dolent d'aquesta vida.

Feia estona que en Manuel l'escoltava sense escoltar, capficat en la imatge del goril·la que en efecte pensava sense pensar, com deia en Quinqué. Va comprendre que aquesta condició comuna de fer i no fer allò que feien l'unia a totes les bèsties del Zoo, una característica que tenia a veure amb la consciència, desperta la nostra pel que feia a pensaments però adormida en els seus aspectes emocionals més profunds, a l'inrevés dels animals, que tenien aquesta segona ben desperta, mentre la de les idees romania en un somni de possibilitats llunyanes. I, de la mateixa manera que nosaltres disposem del 'tercer' que és i no és, sorgit dels nostres extrems, també ells haurien de tenir el seu propi 'tercer' que fa i no fa, parla i no parla, ni que sigui com un esclat fugisser que ix impulsat per nosaltres, els humans. O potser era el nostre propi 'tercer' el que tenia la capacitat de ser-ho també dels animals, cosa que explicava que, tot i no tenir res a veure amb ells, els cedim paraules i pensament.

viernes, 25 de mayo de 2018

16º Capítulo (2a parte): La Independencia





Sentado en la tumbona de la Sagrada Familia, en aquella terraza aislada de los turistas, dudó Manuel si la visita al planeta de la diosa del amor había sido una alucinación o una experiencia real. Una pregunta de poca respuesta, desde luego, si tenía en cuenta que allí en Venus había descubierto aquella nueva manera de estar sin estar, una categoría de ser y no ser que empezaba a serle familiar. Incluso se preguntó si aquella reunión con el señor Quinqué y los títeres que habían acudido a su alrededor era también una reunión de las de estar sin estar. Se dijo que le daba igual, al tratarse de una novedad que iba a mejor, es decir, que enriquecía la experiencia de estar únicamente en un sitio, pues era preferible estar en dos lugares a la vez que en uno solo, aunque ambos fueran opuestos e incompatibles.

En ese momento, el Perico de Can Raspall, el más alocado de la familia polichinesca, que hacía rato miraba una bandera catalana que colgaba a lo lejos en un edificio, dijo:

- ¡Visca Catalunya!

Algunos de los Pericos contestaron con un Visca, y otros replicaron con un ¡Viva España!. No pasó desapercibido el grito al señor Quinqué, que preguntó a su cliente:

- ¿También cree usted en la Independencia, Manuel?

Quedó sorprendido el interpelado ante aquella pregunta que era como si procediera de otro mundo. Entonces recordó que la Sagrada Familia estaba en Barcelona, y que Barcelona era la capital de Cataluña. Recordó también que los periódicos hablaban estos días de la Independencia con polémica y pasión, ya que unos estaban a favor y otros en contra. Pero él, metido en lo del huevo y la pipa que fumaba sin fumar, del asunto no tenía ni jota.


- Veo por el silencio de su respuesta, que la Independencia le cae un poco lejos, señor Manuel.

- Supongo que sí, Quinqué, la verdad es que no he tenido tiempo de pensar en ello y no sabría qué decirle.

- Lo comprendo, pero también le tengo que decir que ustedes, los catalanes, están viviendo momentos curiosos y fascinantes que nosotros, desde la agencia del señor Mercurio, nos miramos con mucha atención. Un tema que tenemos muy estudiado y una causa por la que tenemos todas nuestras simpatías, como no podría ser de otro modo, aunque también le tengo que decir que esto de la Independencia es un camino sin salida o, aún mejor, de ida y vuelta, y que desde el punto de vista de la economía de fuerzas y del balance de resultados, es preferible ir directamente a la vuelta sin necesidad de pasar por la ida.

- ¿Qué quiere decir, Quinqué?

Los Pericos escuchaban al guía turístico con verdadero interés, como si el tema les interesara de verdad.

- Según nuestros estudios de campo y las prospecciones de futuro hechas con el señor Mercurio, hemos llegado a la conclusión de que cualquier sociedad con ganas de dar su opinión y de vivir con la plenitud de sus fuerzas los años que se nos acercan, de una intensidad dramática fuera de duda, es bueno que se afirme en sus diferencias. Esto, Manuel, es incontestable. Se trata de una necesidad que los catalanes sienten desde hace décadas, por no decir siglos, lo que explica y justifica el grado de convencimiento de los convencidos. Ahora, también le tengo que decir que esta necesidad de afirmación la sienten no sólo los catalanes, sino toda la multitud de pueblos que viven en España y por extensión en toda Europa, que es muy grande, a pesar de ser pequeña. Y lo que vemos en un futuro no muy lejano son muchas sociedades emancipadas y con ganas de emanciparse aún más, que necesitan aliarse entre sí para conseguir sus objetivos y para asegurar el normal funcionamiento de las cosas. Quiero decir que una parte de los catalanes, que no son todos, se han lanzado con mucha prisa a correr este camino de la emancipación que luego deberán reemprender hacia atrás, para buscar las alianzas indispensables dentro y fuera, para asociarse a las demás sociedades emancipadas o que se quieren emancipar, según el ritmo de las olas históricas. Por eso digo que en vez de hacer un camino de ida y vuelta, quizás hubiera sido mejor ahorrarse la ida, reducir las prisas, economizar energías, y avanzar con más pausa. ¿No le parece?

Tuvo que reconocer Manuel haberse perdido con las explicaciones de Quinqué, un galimatías para su entendimiento. Pero no así el Perico de Can Raspall, que saltó al acto para decir:

- ¡Jamás de los jamases! ¡Tenemos prisa para ser independientes, o ahora o nunca!

Algunos le secundaron con aplausos y otros estallarron con gritos en contra, argumentando que España era un país avanzado, moderno y tolerante, mucho más europeo que la misma Europa, y que querer separarse de ella era un disparate, lo que sorprendió mucho a Manuel, que nunca habría
sospechado este doble convencimiento patriótico de sus títeres, que en definitiva no dejaban de ser una parte de sí mismo. Así que, ¿ésto es lo que yo pienso al respecto?, se preguntó con un carcajada.
Quinqué, que parecía interesado en la cuestión y que demostró estar bastante al día, contestó:

- Permitidme que os dé toda la razón y que os diga que la prisa, en este caso, no es favorable a la calidad de los resultados. Pensad, queridos amigos míos -se dirigía con un tono muy mimoso a los títeres, como niños a los que hay que hablar con suavidad y paternal afección-, que los ciclos y los ritmos vitales de los deseos y de las emociones difieren entre las personas y es difícil encajarlos en realizaciones colectivas de una sociedad complicada como es la catalana. La Historia, lo hemos visto el señor Mercurio y yo, avanza de una manera similar a como lo haría un mar azotado por una multitud de vientos opuestos en sus direcciones, de modo que mientras un grupo de olas va hacia un lugar, otro lo hace en dirección contraria o paralela pero sin encontrarse, y es un trabajo imposible por no decir ilusorio que un buen número de olas sigan el mismo rumbo para que el objetivo perseguido suba entonces a su lomo.

Le contestó Perico Perico, quizás el más obstinado de los polichinelas:

- Pero si esto es lo que está ocurriendo, señor Quinqué, con la actual disyuntiva política que cuenta con un gobierno central controlado por políticos que sólo les interesa contentar a su clientela sin nunca resolver el problema. Sería difícil encontrar un mejor momento para tensar la cuerda y resolver la cuestión, ¿no le parece?

Quedó impresionado Manuel de cómo su Perico razonaba sobre una cuestión tan complicada como ésta, de la que él no podría decir nada de significativo. Quinqué, que también parecía muy admirado de la respuesta, con su tono amable y pausado, le dijo:

- Lo ha explicado muy bien, señor Perico Perico, creo que ese es su nombre, ¿verdad?, pero fíjese que ante de hablar del gobierno español, habría que tener en cuenta a esta mitad de catalanes que están subidos a la ola de los que no se quieren separar, una marejada contradictoria que se neutraliza con la que se le opone. En cuanto al gobierno central, cabe decir que es reprobable en muchas cosas, como lo son todos los gobiernos del mundo, pero piense que esto no quiere decir que ellos sean el Estado, que es un aparato más grande y complicado que sus políticos de turno, un engranaje de engranajes que regula la globalidad de las leyes del país, y que dispone de una inercia que no está hecha de emociones ni de deseos sino de posos gobernados por el tiempo y por las guerras, que suelen ser de una solidez considerable.

Se levantó en aquel momento el Aedo, que se había mantenido callado en un rincón y, sacando humo de su pipa sin tabaco, dijo:

- En verdad en verdad os digo, que nos podemos entretener en estas cuestiones todo lo que queráis, pero sin olvidar que nuestro objetivo es huir de este planeta y de estos seres tan faltos de imaginación que son los humanos. Para nosotros, señor Quinqué, tomar partido en este asunto es como apostar en una carrera de caballos, pues el juego ha sido siempre un divertimento cósmico difícil de superar. Es comprensible que nos apasionemos para uno u otro corredor, porque entre nosotros los hay de todas las tendencias, como es fácil suponer.

- Tiene toda la razón, sí señor, y añadiré que la Tierra es hoy en día un casino cósmico de los más solicitados, visto desde las personalidades del Sistema Solar que juegan en él, claro. Y sino que se le pregunten al señor Mercurio, por no hablar de la señorita Venus o del aguerrido Marte, al que un día me gustaría presentarle, Manuel. En este sentido, el pulso de Cataluña con España es una de las mesas de juego de apuestas medianas, con una inclinación a perder jugadores día sí y día también.

Se hizo un silencio extraño, que Manuel no pudo más que calificar de 'cósmico', aunque también había un cierto deje de comicidad en la conversación mantenida entre Quinqué y sus títeres. En efecto, la puesta de sol tiñó solemnemente el cielo de rojo, y un viento que venía del mar silbó al cruzar las cuatro torres más cercanas del templo, como si estas fueran unos instrumentos llenos de agujeros que modulaban el sonido a modo de cuatro graves y poderosas columnas de aire. Salía una música que cada uno interpretó a su manera: Manuel la oyó como una poderosa conjunción de los cuatro elementos que iban más allá de los propios elementos, y los Pericos, que solían confundir los sonidos con los colores, vieron en la mitad de ellos con absoluta claridad las cuatro barras de la bandera catalana, mientras la otra mitad vio los colores de la bandera española multiplicada por dos. Quinqué, que se daba cabal cuenta de lo que cada uno sentía, sonrió contento al comprender que todo el mundo era feliz con lo que veía.

16è Capítol (2a part): La Independència




Assegut a la gandula de la Sagrada Família, en aquella terrasseta aïllada dels turistes, va dubtar Manuel si la visita al planeta de la  deessa de l'amor havia estat una al·lucinació o una experiència real. Una pregunta amb poca resposta, si tenia en compte que allà a Venus havia descobert aquella manera d'estar sense estar, una categoria de ser i no ser que començava a ser-li familiar. Fins i tot es preguntà si aquella reunió amb el senyor Quinqué i els titelles que havien acudit al seu voltant era també una reunió de les d'estar sense estar. Es va dir que tant se li en feia, en tractar-se d'una novetat que anava a millor, és a dir, que enriquia l'experiència d'estar únicament a un lloc, i que sempre era preferible estar-ne a dos que en un de sol, encara que siguin oposats i incompatibles.

En aquell moment, en Perico de Can Raspall, un dels més eixelebrats de la família dels putxinel·lis, que feia estona mantenia la mirada fixa en una bandera catalana que penjava al lluny en un edifici proper, exclamà:

- Visca Catalunya!

Alguns dels Pericos van contestar amb un Visca, i uns altres van replicar amb un sonor Visca Espanya. No passà desapercebut el crit al senyor Quinqué, que preguntà al seu client:

- També creu vostè en la Independència, senyor Manuel?

Es quedà sorprès l'interpel·lat davant d'aquella pregunta que era com si procedís d'un altre món. Llavors recordà que la Sagrada Família era a Barcelona, i que Barcelona era la capital de Catalunya. Va recordar també que els diaris parlaven últimament d'aquest tema de la Independència amb polèmica i passió, ja que els uns hi estaven a favor i els altres en contra. Però ell, ficat en els avatars de l'ou i de la pipa interior que fumava sense fumar, d'aquell assumpte no en tenia ni idea.

- Veig pel silenci de la seva resposta, que la Independència li cau una mica lluny, senyor Manuel.

- Suposo que sí, Quinqué, la veritat és que no he tingut temps de pensar-hi i no sabria què dir-li.

- El comprenc, però també li haig de dir que vostès, els catalans, estan vivint moments curiosos i fascinants que nosaltres, des de l'agència del senyor Mercuri, ens mirem amb molta atenció. Un tema que tenim força estudiat i una causa per la que tenim totes les nostres simpaties, com no podria ser altrament, tot i que també li haig de dir que això de la Independència és un camí sense sortida o, millor encara, d'anada i tornada, i que des del punt de vista de l'economia de forces i del balanç de resultats, és preferible anar directament a la tornada sense necessitat de passar per l'anada.

- Què vol dir Quinqué?

Els Pericos escoltaven al guia turístic amb verdader interès, com si el tema els interessés de veritat.

- Segons els nostres estudis de camp i les prospeccions de futur fetes amb el senyor Mercuri, hem
arribat a la conclusió que qualsevol societat amb ganes de dir la seva i de viure amb la plenitud de les energies els anys que se'ns acosten, d'una intensitat dramàtica fora de dubte, és bo que s'afirmi en les seves diferències. Això, Manuel, és incontestable. Es tracta d'una necessitat que els catalans senten des de fa dècades, per no dir segles, la qual cosa explica i justifica el grau de convenciment dels convençuts. Ara, també li haig de dir que aquesta necessitat la senten no sols els catalans, sinó tota la munió de pobles que viuen en aquest país i per extensió a tota l'Europa, que és molt gran, tot i ser petita. I allò que veiem en un futur no gaire llunyà són moltes societats emancipades i amb ganes d'emancipar-se encara més, que necessitaran aliar-se entre si per aconseguir els seus objectius i per assegurar el normal funcionament de les coses. Vull dir que una part dels catalans, que no són tots, s'han llançat amb molta pressa a córrer aquest camí de l'emancipació que després hauran de refer enrere, per buscar aquestes les aliances indispensables dins i fora, per associar-se amb les demés societats emancipades o que es volen emancipar, segons el ritme de les onades històriques. Per això dic que en comptes de fer un camí d'anada i tornada, potser hagués estat millor estalviar-se l'anada, reduir les presses, economitzar energies, i avançar amb més pausa. No li sembla?

Havia de reconèixer en Manuel que s'havia perdut en l'explicació d'en Quinqué, un galimaties per a ell. Però no així el Perico de Can Raspall, que saltà a l'acte per dir:

- Mai dels mais! Tenim pressa per a ser independents, o ara o mai!

Alguns el van secundar amb aplaudiments i uns altres van cridar en contra, argumentant que Espanya era un país avançat, modern i tolerant,  molt més europeu que la mateixa Europa, cosa que va sorprendre molt a en Manuel, que mai hauria sospitat aquest doble convenciment patriòtic dels seus titelles, que en definitiva no deixaven de ser una part de si mateix. Així que, això és el que jo penso sobre la qüestió?, es preguntà amb un riallada.

En Quinqué, que semblava interessat en la temàtica i que demostrà estar força al dia, va contestar:

- Permeteu-me que us doni tota la raó i que us digui que la pressa, en aquest cas, no és favorable a la qualitat dels resultats. Penseu, estimats amics meus -es dirigia als titelles amb un to melindrós, com si fossin nens als quals cal parlar amb suavitat i paternal afecció-, que els cicles i els ritmes vitals dels desitjos i de les emocions difereixen entre les persones i que és difícil encaixar-los en realitzacions col·lectives d'una societat complicada com és la catalana. La Història, ho hem vist el senyor Mercuri i jo, avança d'una manera semblant a com ho faria un mar assotat per una munió de vents oposats en les seves direccions, de manera que mentre un grup d'onades va cap a un lloc, un altre ho fa en direcció contrària o paral·lela però sense trobar-se, i és una feina impossible per no dir il·lusòria que un bon grapat d'onades segueixin el mateix rumb perquè l'objectiu perseguir pugui pujar al seu llom.

Li contestà en Perico Perico, potser el més obstinat dels putxinel·lis:

- Però si això és el que està passant, senyor Quinqué, amb l'actual disjuntiva política que compta amb un govern central controlat per polítics que només els interessa acontentar la seva clientela sense mai resoldre el problema. Seria difícil trobar un moment millor per tensar la corda i enllestir la qüestió, no li sembla?

Va quedar impressionat en Manuel de com el seu Perico raonava sobre una qüestió tan complicada com aquesta, de la que ell no podria dir-ne res de significatiu. En Quinqué, que també semblava molt admirat de la resposta, amb el seu to amable i pausat de sempre, li contestà:

- Ho ha explicat molt bé, senyor Perico Perico, crec que aquest és el seu nom, veritat?, però fixi's que abans de parlar del govern espanyol, hauria de tenir en compte a aquesta meitat de catalans que estan pujats a la onada dels que no es volen separar, una marejada contradictòria que es neutralitza amb la que se li oposa. Quant al govern central, cal dir que és reprovable en moltes coses, com ho són tots els governs del món, però pensi que això no vol dir que ells siguin l'estat, el qual és un aparell més gran i complicat que els seus polítics de torn, un engranatge d'engranatges que regula la globalitat de les lleis del país, i que disposa d'una inèrcia que no està feta d'emocions ni de desitjos sinó de pòsits governats pel temps i per les guerres, que solen ser d'una solidesa considerable.

S'aixecà en aquell moment l'Aede, que s'havia mantingut callat al seu racó i, traient fum de la seva pipa sense tabac, va dir:

- En veritat, en veritat us dic, que ens podem entretenir amb aquestes qüestions tot el que vulguem, però sense oblidar que el nostre objectiu és fugir d'aquest planeta i d'aquests éssers tan mancats d'imaginació que són els humans.  Per a nosaltres, senyor Quinqué, prendre partit en aquest assumpte és com apostar en una carrera de cavalls, perquè el joc ha estat sempre un divertiment còsmic difícil de superar. I això explica que ens apassionem per a un o altre corredor, perquè entre nosaltres n'hi ha de totes les tendències, com és fàcil deduir.

- Té tota la raó, sí senyor, i afegiré que la Terra és avui en dia un casino còsmic dels més sol·licitats i divertits, vist des de les personalitats del Sistema Solar que hi juguen, és clar. I sinó que li preguntin al senyor Mercuri, per no parlar de la senyoreta Venus o de l'aguerrit Mart, a qui un dia m'agradaria presentar-li, senyor Manuel. En aquest sentit, el pols de Catalunya amb l'Estat Espanyol és una de les taules de joc d'apostes mitjanes, amb una inclinació a perdre jugadors dia sí i dia també.

Es va fer un silenci estrany, que en Manuel no va poder més que qualificar de 'còsmic', tot i que hi havia un cert deix de comicitat en la conversa mantinguda entre en Quinqué i els seus titelles. En efecte, la posta de sol va tenyir solemnement el cel de vermell, i un vent que venia del mar començà a xiular en creuar les quatre torres més properes del temple, com si aquestes fossin uns instruments plens de forats que modulaven el so a la manera de quatre greus i poderoses columnes d'aire. N'eixia una música que cadascú va interpretar a la seva manera: en Manuel la va sentir com una poderosa conjunció dels quatre elements que anaven més enllà dels propis elements, i els Pericos, que solien confondre els sons amb els colors, van veure amb absoluta claredat la meitat d'ells les quatre barres de la bandera catalana, mentre per a l'altra meitat eren els colors de la bandera espanyola multiplicada per dos. En Quinqué, que s'adonava perfectament d'allò que cadascú sentia, somrigué content en comprendre que tothom era feliç en allò que veia.

miércoles, 23 de mayo de 2018

15 Capítulo (2a parte): Venus




- Quizás haya llegado el momento de visitar Venus, Manuel.

No se esperaba aquella salida del guía, tras el largo silencio que había sucedido al ataque de risa, reunidos en aquella terraza medio oculta en las alturas de la Sagrada Familia. A lo largo de sus disquisiciones sobre la Extravagancia, habían acudido una quincena de sus títeres, que gozaban encantados del panorama de la ciudad a sus pies.

Vio que estaban los Pericos, aquel repertorio de personajes protagonistas de muchos de sus espectáculos. Se habían desprendido de su persona, emancipados no sabía muy bien si por voluntad propia o por la de los Pericos. Obsesiones suyas de madera que ahora hacían lo que les daba la gana. No tenían nada que hacer, aunque habitaban alrededor de su persona. Según el Poeta, lo necesitaban para escapar del planeta, pero era una razón povo convincente. No se tragaba los relatos mitológicos que habían representado en el teatrillo de Pueblo Español. Muy bonitos, pero no eran los suyos. Quizás estaban allí para ayudarle a construir la Extravagancia, que ellos necesitaban para girar por los mundos en libertad. Esto tenía sentido. No demasiado, en realidad, pero a él ya le iba bien.

Salvo el Poeta, que de vez en cuando se explayaba con ese tono que se sabía de memoria, los demás hablaban poco, por no decir nada. Sólo Kalim y Kilam se permitían chillar como unos poseídos en los momentos más inesperados, pero los demás solían mirar y callar.

El Perico de la Barbilla de Cabrón, cuya mirada traviesa representaba la parte más sarcástica y pérfida del personaje, le dirigió la palabra.

- Je, je, je, Manuel, no sabes ni por dónde empezar. Qué fácil cuando teníamos hilos y nos sometías a tus designios, siempre paupérrimos, sin sentido alguno. Y ahora necesitas al señor Quinqué, eres incapaz de volar en libertad.

El Perico de la Nariz Roja saltó en su defensa.

- No le hagas caso, Manuel, estamos aquí para ayudarte. El Barbilla siempre ha sido muy malicioso.

Pero lo has tratado mejor que a todos nosotros, no sé porque...

El Perico del Medio Vaso Vacío dijo:

- Realmente, no veo cómo saldremos de esta.

El del Medio Vaso Pleno replicó:

- Cuando el arroz hierve, vigila que no se pase.

En ese momento el Poeta, absorto hasta entonces en su pensamiento, dejó de pensar y dijo:

- Escuchemos como el fuego se eleva y la devoción se hace humo.

Levantó las manos y la Sagrada Familia entera se convirtió en un espacio teatral de estos tan conocidos por el Aedo, con las torres echando humo y al rato en llamas como teas encendidas. Todo se volvió rojo y caliente, la piedra gris de Montjuic con la que se ha construido el templo se volvió negra como el carbón, y se encontraron sentados, Manuel y el señor Quinqué, sobre dos rocas que pese al calor que desprendían, no quemaban.

- Bienvenido a Venus, Manuel! -exclamó lleno de excitación Quinqué, al ver cómo habían saltado de un lugar a otro-. Tengo que decir que nunca había viajado tan rápido a este planeta al que, según se sabe y es costumbre en estas esferas lejanas de la Tierra, suelen acudir los difuntos una vez han aprendido las lecciones de Mercurio y quieren continuar su ruta en dirección al Sol. Y comprendo que nuestra plataforma de lanzamiento haya sido la Sagrada Familia, que no deja de ser una hoguera de piedra en medio de la ciudad, con las torres que se elevan como llamas de fuego y que por eso atrae tanto la atención de los mortales. Pero la relación con Venus se explica porque es aquí donde se resuelve este galimatías de las diferencias de credos y religiones, al igual que la Sagrada Familia es la catedral universal que junta y supera las creencias del mundo, por absurdas y rebuscadas que sean. La razón es esta virtud que siempre ha tenido Venus de ser una divinidad de las que unen los opuestos a través del buen gusto, de la estética y del humor. Y fíjese si es inteligente la naturaleza humana, que ha sabido crear en la Tierra, gracias a la inspiración del arquitecto Gaudí, un lugar capaz de hacer lo que en el mundo de la Ultratumba hace Venus, por lo que a la larga a los vivos les bastará visitar la Sagrada Familia, ahorrándose los rigores y la estancia siempre pesada a este planeta sometido a un incendio tan monumental.

Se encontraba Manuel en un estado de shock atenuado por las palabras del guía, que le ayudaron a adaptarse a un espacio tan difícil de definir y que parecía tan peligroso, aunque se daba cuenta de que el fuego no le afectaba y podía seguir respirando tan tranquilo.

- Ya sabe, Manuel, que la agencia Mercurio cuida a sus clientes como no podríamos dejar de hacer en una visita tan singular como es la del planeta Venus, el más parecido al nuestro pero que hace millones de años perdió sus aguas y el color azul del cielo, rodeado como está de nubes y de gases de todo tipo que crean un efecto invernadero espantoso, lo que explica esta calor que sube a más de cuatrocientos grados centígrados, algo insoportable. Ya sabe lo que dicen los ecologistas, que si no espabilamos corremos el peligro de convertir la Tierra en un infierno como Venus, lo que ahora nos parece imposible pero que yo tendría muy en cuenta.

Y hablándole al oído, como hacía a veces cuando no quería que nadie lo oyera salvo su cliente, dijo:

- Dicen que la señora Venus, conocida también como Afrodita, vive muy bien en la Tierra, escondida con nombres falsos y disfrutando de propiedades espectaculares. Aunque le gusta mucho rodearse de llamas a las que está acostumbrada, pasa como quien dice los veranos en nuestro planeta, en temporadas cada vez más largas. Parece ser que le gusta la playa y tomar el sol, porque en su planeta éste ni se ve, tapado por tanta nube oscura, aunque esté mucho más cerca. Ya puede imaginarse que uno de sus destinos predilectos sea allí donde pueda gozar del sol de España, que es uno de los mejores del mundo. ¿No lo encuentra fantástico, Manuel?

El paisaje que los envolvía era infernal y siniestro, y se acercaba bastante a las imágenes que tantas veces había recreado en sus espectáculos, cuando mostraba las calderas de Pedro Botero y sus dominios, rodeados de llamas y de agujeros volcánicos que sacaban fuego por todas partes.

- No deja de ser extraño que a una divinidad tan refinada y llena de buen gusto como es Venus le haya tocado este planeta inhóspito, al menos para nosotros, acostumbrados al regalo atmosférico de la Tierra. Pero aquí tenemos que prescindir de los prejuicios y los puntos de vista terráqueos, los cuales son muy apropiados cuando estamos en casa, pero no cuando salimos de ella. Eso lo aprendemos poco a poco los humanos, sobre todo gracias al turismo, que sirve para enseñar a las masas sin que ellas se den cuenta, ya que la primera lección que nuestra agencia imparte a los forasteros que nos visitan, es que en cada lugar las cosas se viven y se hacen de manera diferente, y que para asegurar una buena estancia, lo mejor es olvidar las reglas propias y disfrutar de las ajenas, que son las de cada lugar. Una recomendación que, todo hay que decirlo, les entra por un oído y les sale por el otro. Pero aún así, durante los pocos segundos que atraviesa el cerebro, nadie puede impedir que la recomendación quede impresa en las neuronas de los turistas, por lo que quieran o no, la idea se les fija en la cabeza, aunque luego, por supuesto, no le hagan ningún caso. ¿No le parece de cajón?
Asintió Manuel aunque escuchaba sin escuchar, dejando que las palabras le entraran por sí solas pero sin hacerles caso, atrapado como estaba por las sensaciones producidas por aquel planeta tan diferente al suyo. Actuaba como lo hacían los turistas cuando recibían las instrucciones de la agencia Mercurio, lo que no parecía molestar al señor Quinqué, al continuar hablando como si nada, contento de ser escuchado sin serlo.

- Fíjese Manuel como este entorno, tan hostil a la vida, no lo es para determinadas ideas y pensamientos y aún menos para otras formas y presencias de las que está lleno el Sistema Solar, de carácter más etéreo e intangible, si quiere usted, pero no por ello menos reales, aunque sutiles y poco visibles. En cierto modo, los difuntos entran en esta categoría de ser, una vez desprendidos de sus cuerpos, que son como las armaduras de carne que se quedan en el suelo, mientras lo que hay dentro despega por los espacios, como cohetes encendidos por la muerte y disparados hacia lo desconocido. Muchas veces, estos cohetes se quedan en simple humareda y en agua de borrajas, esto es verdad, pero no siempre, ya que la voluntad humana es muy terca y lo que queda de determinadas personas se resiste a desaparecer, aunque sólo sean la sombra de la sombra que fueron. ¿Y qué es una sombra de una sombra? Bien poca cosa, dirá usted, y tiene toda la razón del mundo, pero para el que se ha quedado tan escaso, sigue siendo mucho, al ser lo único que tiene, razón más que suficiente para insistir en seguir siéndolo. ¿No le parece?

Se dio cuenta Manuel que se había escindido en dos, ya que una parte de su persona escuchaba con cierto interés las palabras del guía, que al abordar el tema de los difuntos había logrado captar su atención, mientras que la otra parte se preguntaba si todo aquello lo estaba soñando o viviendo en la realidad. Por un lado, era imposible negar lo que veía, rodeado como estaba por aquel paisaje bermejo de piedras oscuras, de ríos de lava y de un calor enorme que haría hervir la sangre de cualquier criatura de la Tierra, pero por otro lado, sabía que estaba sin estar, porque si estuviera de verdad ya haría tiempo que el planeta lo habría fumado de una sola calada y convertido en ceniza. Era el suyo un estado de estar sin estar, que se acercaba mucho a aquellas formas de vida de las que hablaba el señor Quinqué que están y no están por el Universo y por el Sistema Solar, como los mismos difuntos, que viven y no viven. Pensó que aquella manera de ser sin ser no estaba contemplada en el repertorio de las posibilidades de existencia que se estudiaba en las escuelas de los humanos, aunque se daba cuenta de que durante su vida se había encontrado a menudo en ella, al ser una posición conocida por todos, empezando por las marionetas, que viven y no viven, según el momento y si alguien las mueve. Incluso se planteó si no sería una condición propia y característica de la especie humana, disfrutar de este desdoblamiento interior que hace que uno se distancie de lo que es y se imagine otras formas de ser, que a la larga pueden ganar por goleada y sustituir al otro, y así sucesivamente.

El señor Quinqué, que escuchaba con atención los pensamientos de su cliente, dijo:

- ¡De cajón, Manuel, de cajón! Y piense que si le han venido estos excesos del pensamiento, es por estar este planeta especializado en tales cuestiones, para complementar el trabajo del señor Mercurio en su mansión. Porque la única manera de curarse de los fanatismos de las mil creencias que obsesionan a los mortales, no es otra que aceptar estas dualidades contradictorias que usted acaba de pensar. Esto le puede parecer una tontería, pero sepa que constituye uno de los puntos más importantes que los humanos tenemos que comprender, si no queremos irnos al traste con nuestras disputas sin fin. Ahora bien, y por suerte para los humanos, el mundo dispone hoy de unos cuantos lugares en la Tierra que son capaces de despertar, si uno se esfuerza en ello, las mismas sensaciones que se sienten en Venus. Y uno de ellos es la Sagrada Familia, como usted debe haber sospechado a la primera, ¡sí señor! Y si me apura, añadiría la propia ciudad de Barcelona en su conjunto, gracias a su condición extravagante que personas como el señor Gaudí, por poner un ejemplo, han convertido en realidad.

15 Capítol (2a part): Venus





- Potser sigui el moment de visitar Venus, Manuel.

No s'esperava aquella sortida del guia, després del llarg silenci que havia succeït l'atac de riure, reunits en aquella terrassa mig oculta a les altures de la Sagrada Família. Al llarg de les seves disquisicions sobre l'Extravagància, s'havien anant reunint una quinzena dels titelles vius d'en Manuel, que gaudien encantats del paisatge de la ciutat als seus peus.

Va veure que havien acudit els Pericos, aquell repertori de personatges protagonistes de molts dels seus espectacles. S'havien desprès de la seva persona, emancipats no se sabia molt bé si per la seva pròpia voluntat o per la dels Pericos. Obsessions seves de fusta que ara feien el que els donava la gana. En realitat no tenien res a fer, però orbitaven a l'entorn de la seva persona. Segons el Poeta, el necessitaven per escapar del planeta, però era una raó que no el convencia gaire. No es creia els relats mitològics que li havien representat al teatret del Poble Espanyol. Molt macos, però no eren els seus. Potser eren allà per ajudar-lo a construir l'Extravagància, i aquesta era necessària per ells escampar la boira i girar pels móns en llibertat. Això tenia sentit. No massa, en realitat, però a ell ja li anava bé. 
Llevat del Poeta, que de tant en tant s'esplaiava amb aquell to que se sabia de memòria, els demés parlaven poc, per no dir gens. Només Kalim i Kilam es permetien cridar com uns posseïts en els  moments més inesperats, però els demés miraven i callaven.

El Perico de la Barbeta de Cabró, la mirada trapella del qual representava la part més sarcàstica i pèrfida del personatge, li dirigí la paraula.

- Je, je, je, Manuel, no saps ni per on començar. Era molt fàcil quan teníem fils i obeíem els teus designis, sempre paupèrrims, sense cap sentit. I ara necessites al senyor Quinqué, ets incapaç de volar en llibertat.

El Perico del Nas Vermell va saltar en defensa seva.

- No li facis cas, Manuel, som aquí per ajudar-te. El Barbeta sempre ha sigut molt maliciós. Però l'has tractar millor que a tots nosaltres, no sé perquè...

El Perico del Mig Vas Buit va dir:

- Realment, no veig com ens en sortirem d'aquesta.
 
El del Mig Vas Ple replicà:

- Quan l'arròs bull, vigila que no es passi.

En aquell moment el Poeta, absort fins llavors en el seu pensament, deixà de pensar i digué:

- Escoltem com el foc s'enlaira i la devoció es fa fum.

Aixecà les mans i com si la Sagrada Família sencera s'hagués convertit en un espai teatral d'aquests que tan bé coneixia l'Aede, amb les torres traient fum i al cap d'una estona en flames com teies enceses. Tot es tornà vermell i calent, la pedra gris de Montjuic amb la que s'ha construït el temple es va tornar negre com el carbó, i de sobte es van trobar asseguts, en Manuel i en Quinqué,  sobre dues roques que malgrat l'escalfor que desprenien, no cremaven.

- Benvingut a Venus, Manuel! -exclamà ple d'excitació Quinqué, en veure com havien saltat d'un lloc a l'altre-. Haig de dir que mai havia fet un viatge tan veloç a aquest planeta que segons se sap i és costum en aquestes esferes llunyanes de la Terra, hi solen acudir els difunts un cop han après les lliçons de Mercuri i volen continuar la seva ruta en direcció al Sol. I  comprenc que la plataforma de llançament hagi estat la Sagrada Família, que no deixa de ser una foguera de pedra enmig de la ciutat, amb les torres que s'estiren com flames de foc i que per això atrau tant l'atenció dels mortals. Però aquesta relació amb Venus s'explica perquè és aquí on s'ha de resoldre aquest galimaties de les diferències de credos i religions, de la mateixa manera que la Sagrada Família és la catedral universal que ajunta i supera les creences del món, per absurdes i rebuscades que siguin. La raó és aquesta virtut que sempre ha tingut Venus de ser un planeta i una divinitat de les que uneixen els oposats a través del bon gust, de l'estètica i de l'humor. I fixi's si és intel·ligent la naturalesa humana, que ha sabut crear a la Terra, gràcies a la inspiració d'en Gaudí, un lloc capaç de fer allò que en el món de la Ultratomba se n'encarrega Venus, de manera que a la llarga els vius en tindran prou de visitar la Sagrada Família, estalviant-se les rigors i l'estança sempre feixuga en aquest planeta que pateix com qui diu un incendi tan monumental.

Es trobava Manuel en un estat de xoc atenuat per les paraules del guia, que l'ajudaren a adaptar-se en aquell espai tan difícil de definir i que semblava tan perillós, tot i que s'adonava que el foc no l'afectava i podia seguir respirant tan tranquil.

- Ja sap, Manuel, que l'agència Mercuri cuida els seus clients i no podríem deixar de fer-ho en una visita tan singular com és la del planeta Venus, el més semblant al nostre però que fa milions d'anys va perdre les seves aigües i el color blau del cel, envoltat com està de núvols i de gasos de tota mena que creen un efecte hivernacle espantós, cosa que explica aquesta calor que s'enfila a més de quatre-cents graus centígrades, quelcom d'insuportable. Ja sap el que diuen els ecologistes, que si no ens espavilem correm el perill de convertir la Terra en un infern com Venus, cosa que ara ens sembla impossible però que jo tindria molt en compte.

I parlant-li a l'orella, com feia a vegades quan no volia que ningú el sentís llevat del seu client, digué:

- Diuen que la senyora Venus, coneguda també com Afrodita, viu molt bé a la Terra, amagada amb noms falsos i gaudint de propietats espectaculars. Tot i que li agrada molt envoltar-se de flames i hi està acostumada, passa com qui diu els estius al nostre planeta, en temporades que cada vegada estira més i més. Sembla ser que li agrada la platja i prendre el sol, perquè al seu planeta ni es veu, tapat per aquesta nuvolada fosca, tot i que és molt més a prop. Ja pot imaginar-se que un dels seus destins més preferits sigui el del sol d'Espanya, un dels millors del món. No ho troba fantàstic, Manuel?

El paisatge que l'envoltava era realment infernal i s'acostava bastant a les imatges que tantes vegades havia recreat en els seus espectacles, quan mostrava les calderes d'en Pere Botero i els seus dominis, farcits de flames i de forats volcànics que treuen foc pels descosits.

- No deixa de ser estrany que a una divinitat tan refinada i plena de gust com és Venus li hagi tocat aquest planeta tan inhòspit, almenys per a nosaltres, acostumats al regal atmosfèric que és la Terra. Però aquí ocorre com tantes coses en aquest Univers, i és que ens hem de separar dels prejudicis i dels punts de vista terraqüis, els quals van molt bé quan som com qui diu a casa, però no quan en sortim. Això ho anem aprenent a poc a poc els humans, sobretot gràcies al turisme, que serveix per exercir aquesta pedagogia a les masses sense que se n'adonin, ja que la primera lliçó que la nostra agència imparteix als forasters que ens visiten, és que a cada lloc les coses es viuen i es fan de manera diferent, i que per assegurar-se una bona estança, el millor és que un s'oblidi de les regles pròpies i gaudeixi de les alienes que són les pròpies de cada lloc. Una recomanació que, tot s'ha de dir, els hi entra per una orella i els hi surt per l'altre. Però tot i així, durant els pocs segons que travessa els cervells, ningú pot impedir que la recomanació quedi impresa a les seves neurones, de manera que vulguin o no vulguin, la idea se'ls fixa al cap, encara que després no en facin cap cas. No li sembla de caixó?

Assentí en Manuel tot i que l'escoltava sense escoltar, deixant que les paraules li entressin per si soles però sense fer-ne massa cas, atrapat com estava per les sensacions produïdes per aquell planeta tan diferent al seu. Actuava com ho feien els turistes quan rebien les instruccions de l'agència Mercuri, cosa que no semblava molestar al senyor Quinqué, en continuar parlant com si res, content de ser escoltat sense ser-ho.

- Fixi's Manuel com aquest entorn, tan hostil a la vida, no ho és per a determinades idees i pensaments i encara per a altres formes i presències de les que n'està ple el Sistema Solar, de caire més eteri i intangible, si vol vostè, però no per això menys reals, tot i que subtils i poc visibles. En certa manera els mateixos difunts entren en aquesta  categoria, un cop despresos dels seus cossos, que són com les armadures de carn que es queden a terra, mentre allò que hi ha a dins s'enlaira pels espais, com coets encesos per la mort i disparats vers l'ignot. Moltes vegades, aquests coets es queden en foc d'encenalls, això és cert, però no sempre, ja que la voluntat humana és molt tossuda i allò que queda de determinades persones es resisteix a desaparèixer, tot i que realment només siguin l'ombra de l'ombra que eren. I què és una ombra d'una ombra? Ben poca cosa, dirà vostè, i tindrà tota la raó, però per al qui s'ha quedat així, segueix sent molt, en ser l'únic que té, raó més que suficient per insistir en seguir-ho sent. No li sembla?

S'adonà en Manuel que pràcticament s'havia escindit en dos, ja que una part de la seva persona escoltava amb un cert interès les paraules del guia, que en abordar el tema dels difunts havia aconseguit captar la seva atenció, mentre que l'altra part es preguntava si tot allò ho estava somiant o vivint en la realitat. D'una banda, era impossible negar allò que veia, envoltat com estava d'aquell paisatge rogenc de pedres fosques, de rius de lava i d'una calor enorme que faria bullir la sang de qualsevol criatura de la Terra que s'hi exposés, però de l'altra sabia que ell hi era sense ser-hi, perquè si hi fos de veritat ja faria estona que el planeta l'hauria fumat d'una sola pipada i convertit en cendra. Era el seu un estat de ser-hi sense ser-hi, que s'acostava molt a totes aquelles formes de vida que deia en Quinqué que són i no són per l'Univers i pel Sistema Solar, com els mateixos difunts, que viuen i no viuen. Va pensar que aquella manera de ser sense ser no estava contemplat en el repertori de les possibilitats d'existència que s'estudiava a les escoles dels humans, tot i que s'adonava que durant la seva vida s'hi havia trobat sovint, en ser una posició ben coneguda per tothom, començant per les mateixes marionetes, que viuen i no viuen, segons el moment i si algú les manipula. Fins i tot es plantejà si no seria una condició pròpia i característica de l'espècie humana, gaudir d'aquest desdoblament interior que fa que un es distanciï d'allò que és i s'imagini altres maneres de ser, que a la llarga poden guanyar per golejada i substituir a l'altre, i així successivament.

El senyor Quinqué, que escoltava amb atenció els pensaments del seu client, va dir:

- De caixó, Manuel, de caixó! I pensi que si li han vingut aquests excessos d'imaginar-se doble i en estats d'oposició, és perquè aquest planeta s'ha especialitzat en aquestes qüestions, complementant la feina del senyor Mercuri a casa seva. I és que l'única manera de curar-se dels fanatismes de les mil creences que obsessionen als mortals, no és altra que acceptar aquestes dualitats contradictòries i paradoxals que vostè acaba de pensar. Això li pot semblar una banalitat, però sàpiga que constitueix  un dels canvis més importants que els humans haurem de fer tard o d'hora, si no ens volem anar en orris amb les nostres disputes sense fi. Ara bé, i per sort per els humans, el món disposa avui d'uns quants llocs a la Terra que propicien, si un s'hi esforça una mica, viure i sentir el mateix que se sent aquí. I un d'ells és la Sagrada Família, com hem dit abans i vostè deu haver sospitat a la primera, sí senyor! I si m'apura, encara hi afegiria la pròpia ciutat de Barcelona en el seu conjunt, gràcies a la seva condició extravagant que persones com el senyor Gaudí, per posar un exemple, han convertit en realitat!

viernes, 11 de mayo de 2018

14º Capítulo (2a parte): Disquisiciones de altura





Después de permanecer sentados en aquellas alturas de la Sagrada Familia en silencio un rato, quizá corto de reloj pero largo en el tiempo, Manuel comprendió que el objetivo del arquitecto Gaudí no era otro que construir su propia Extravagancia, de piedra en ese caso. También pensó si la Sagrada Familia no sería el molde mental de su plan, lo que descartó enseguida al recordar que nunca la había tenido en cuenta, aunque sí era verdad que la había visto siempre allí en su sitio, creciendo año tras año, como un ejemplo de desmesura ofrecido a la ciudad. Todo esto era un misterio que no acababa de entender, a pesar de intuir que no iba del todo desencaminado en alguna de sus suposiciones.

Tenía ante sí al Aedo, que parecía interrogarlo con la mirada, tan ansioso como él de encontrar respuesta a sus inquietudes. Fumaba aquella pipa de atrezzo sin tabaco, quizás de la misma manera que él fumaba su pipa por dentro. Quinqué, que permanecía callado a su lado desde hacía un buen rato, dijo:

- Creo que tengo la respuesta a su pregunta, Manuel.

Los ojos del Aedo se clavaron en el guía mientras su pipa sacaba un humo raro cuyo olor recordaba al del incienso.

- Construir la Extravagancia, como usted lo llama, una palabra curiosa que, debo confesar, nunca había oído antes con este significado, tiene que ver con lo que se considera una creación estrafalaria o fuera de lugar, que por su magnitud y singularidad, es capaz de atraer la atención de personas situadas en los extremos más opuestos de esta vida, por lo que se puede decir que una de sus características es la capacidad que tiene de acortar distancias y unir diferencias. Fíjese que este es el caso de edificios emblemáticos, como lo puede ser la Torre Eiffel y, por supuesto, la Sagrada Familia, esta iglesia monumental que no se parece a ninguna otra y que se levanta de un modo como en ninguna parte se ha visto antes, por muy monstruosa que la encuentren algunos. Y realmente podemos decir que debido a su poder de atracción, no hay distancias en el mundo que impidan que la gente venga y la visite, sean las personas como sean, amigas o enemigas o simplemente tan distantes como lo pueden ser dos personas distantes. Este es el misterio y casi le diría el milagro de su existencia, por lo que le decía antes de que la consideraba una catedral universal abierta a todos los credos e incredulidades inimaginables. ¿No le parece de cajón, Manuel?

Una luz se encendió en la mente del titiritero.

- ¿Quiere decir, Quinqué, que todos estos millones de personas que acuden a visitarla no son más que peregrinos atraídos por el misterio de esta capacidad invisible de unión, pero que lo hacen disfrazados de turistas?

- Ha dado en el clavo, Manuel, yo no veo otra explicación, por mucho que los periódicos nos hablen de sociología y de la industria del turismo. Piense que estamos en una época de incredulidades, en la que nadie cree en nada, por eso es normal que la gente peregrine sin que sean conscientes de ello o que lo quieran reconocer, ya que lo encontrarían ridículo y muy démodé.

- Entonces deberíamos concluir, Quinqué, que el éxito de Barcelona es también un fenómeno de peregrinaje camuflado, al haberse convertido la ciudad entera en una Extravagancia capaz de despertar este interés de la diversidad que busca la unión invisible?

- Es una manera de decirlo muy acertada, estoy totalmente de acuerdo con usted. Tendré que consultarlo con el señor Mercurio, no sea que se nos ocurra alguna nueva estratagema publicitaria.

- Pues sepa, Quinqué, que con palabras similares a las que acaba de utilizar para explicar la Extravagancia, yo ya había definido con anterioridad el teatro de marionetas, capaz de crear distancia para unir la diferencia. Piense que cuando actúa una marioneta, y esta es la base de nuestro arte, el muñeco de madera coge vida y se convierte en el sujeto principal para aquellos que estamos a su lado, seamos titiriteros o seamos espectadores, los cuales pasamos a un estado pasivo en relación al títere. La comunicación entre las personas se hace entonces desde la distancia que fuerza la marioneta, y por ello se puede decir que la forma que utiliza el teatro de títeres para unir y comunicar, es a través de la separación.

- ¿Insinúa quizás, Manuel, que la Sagrada Familia actúa como si fuera una marioneta gigante de piedra que une a la gente al convertirse en un centro activo frente al pasivo de las personas?

- Exactamente, con la peculiaridad de que Gaudí lo hizo todo de piedra y estático, garantizando así la máxima distancia y, por ello, la unión pacífica de la gente. En realidad, Quinqué, cada una de las puertas las he visto hoy como uno de estos retablos medievales cargados de figuras con muchas escenas y elementos teatrales, con tanta variedad que satura la mirada y asegura la atención de todo el mundo, impidiendo una visión única y propiciando que cada uno se haga las interpretaciones que le apetezcan. Y cuando se entra en el interior de la iglesia, el conjunto vuelve a ser de una espectacularidad que todos se la apropian a su manera.

- Dicen que la finalidad de estas largas columnas y la del bosque de plantas que suben y se abren en estas figuras geométricas tan esplendorosas sobre las que ahora estamos sentados, es la de funcionar como un órgano de piedra y de luz, con una música que suena por dentro y por eso mismo tan unificadora, ya que no hay nada que más unifique que la presunción de que todos escuchamos lo mismo oyendo en realidad cosas distintas o simplemente no escuchando nada.

- Pues si le añadimos la música, entonces tenemos que hablar de una inmensa ópera de marionetas de piedra, muda y estática, aunque quizás a la larga se les ocurra poner autómatas de piedra, como se ve que hacían los egipcios antiguos en sus templos... Seguramente esto hubiera gustado a Gaudí, que siempre defendía la vitalidad y el colorido de las figuras de la fachada.

- Si lo sigue diciendo en voz alta, no me extrañaría que le cojan la idea, Manuel, porque la encuentro muy acertada, ¡sí señor!

Se quedaron callados, tal vez imaginando el movimiento de las figuras de las fachadas, lo que no haría más que acentuar el atractivo del edificio. Manuel tenía la pipa interior encendida a todo vapor, y su mente hervía con preguntas y respuestas que se iban sucediendo, dando vueltas por las ocho torres como si jugaran al escondite.

- Comprendo que esto sea así en la Extravagancia de la Sagrada Familia, que cumple al pie de la letra sus funciones, ¿pero en mi caso...?

- ¿Se refiere a su Extravagancia?

- La misma. Piense que este es el objetivo del huevo y de la pipa que fumo cada día por dentro. Por otra parte, mis marionetas de madera están más vivas y animadas que nunca, como es fácil constatar...

El Poeta lo escrutaba con los ojos móviles según el sistema mecánico que había ideado al construirlo, con su pequeño y característico ruido que reforzaba la inquietud vital de la mirada.

- Quizá para asegurar el éxito de la Extravagancia: si están tan activos, será difícil que usted se olvide de la misma. Y si su función es unir la distancia que separa a los opuestos, ya sabrá usted dónde están estas diferencias, aunque le tengo que recordar aquí que existen muchas maneras de crear distancia y de ver las cosas desde lejos.

- ¿Se refiere usted a Mercurio y a la Luna?

- Por supuesto, Manuel. ¿Como sino separar, ver y reconciliarse con las diferencias interiores de cada uno, empezando por las mismas instancias que tienen que ver con la vida y la muerte, si no es a través de la distancia que nos dan los planetas, el sol, la luna y las estrellas?

- ¡Eso sería como una Sagrada Familia que ocupara todo el Sistema Solar, Quinqué!

- Y más lejos aún, pero siempre partiendo de una base sólida, que es allí donde ponemos los pies en el suelo.

- ¡La ciudad, Quinqué, Barcelona es el fundamento de la Extravagancia, ahora lo veo claro!

- Si usted lo dice...

Miró la extensión de superficie urbana que se extendía en dirección al mar, ya que aquella era la orientación de sus puntos de mira, una imagen que sintetizaba en formas geométricas una complejidad infinita, un microcosmos de interacciones inabordable aunque sintetizable desde el punto de vista de las pulsiones, como tanto se esforzaban en detectar los poderes y las empresas de telecomunicación del mundo, que basan su negocio en el conocimiento y el control de las pulsiones humanas. Y pensó que mientras los poderosos se interesaban por la sociología, los algoritmos y la computación de los fenómenos, a él y al señor Quinqué les interesaba más la cuestión desde perspectivas de ironía cosmológica, que era una manera de definir aquella atención a las distancias que se extendían y se acortaban a voluntad, gracias al mecanismo interior de la pipa que servía para fumarse a sí mismo.

Y como si el señor Quinqué lo hubiera escuchado, estallaron ambos en sonoras carcajadas, acompañados del cloc-cloc de los títeres que tenían al lado, atrapados también por el reventón de risa.