jueves, 28 de junio de 2018

23º Capítulo (2a parte): Marte




Permanecían sentados sobre una roca que dominaba una extensión grande de terreno polvoriento de tonos rojizos, propio de este planeta que visto desde la Tierra aparece siempre de color rojo. No se sorprendió Manuel de aquel traslado tan fulminante, quizá porque lo esperaba hacía días. Para ampliar los límites de la ciudad necesitaba grandes espacios abiertos más ciertas coordenadas que multiplicaban las resonancias. Y ahora que había aprendido la lógica sin lógica de estas relaciones, supo que el huevo instalado en su interior con funciones de pipa, era el mismo que el de la Heliosfera que conformaba el Sistema Solar.

Mientras así pensaba su cliente, consideró Quinqué que el promontorio de Marte era un lugar excelente para encender un puro e invitó a Manuel a hacer lo mismo, armándose ambos de dos magníficas Brevas de Quintero, que en aquella atmósfera fría y seca del planeta rojo quemaron con enorme satisfacción de los fumadores.

- Ya ve, Manuel, como las cosas de este mundo nos llevan a las que están un poco más lejos, moviéndonos arriba y abajo por el cielo del Sistema Solar que usted, con su imaginación tan bien documentada, ha bautizado con el nombre de huevo heliosférico. Un huevo, por cierto, que los científicos actuales han visto que tiene cola o más bien dos colas, tal es la forma de media luna que le da su velocidad de traslación moviéndose por el espacio como un cohete monumental hacia no se sabe dónde. ¿Y qué puedo decirle de este planeta tan imaginado por los humanos, y que ahora los astrónomos y astrofísicos de la Tierra tienen en su punto de mira, ansiosos de encontrar algunas mínimas condiciones de habitabilidad, siendo el agua el elemento más buscado por su escasez casi total? Aquí la verdad es que yo no me quedaría a vivir, aunque sea con las condiciones de la agencia Mercurio. Y sin embargo, pese a sus dimensiones, algo superiores a las de Mercurio pero bastante por debajo de Venus y de la misma Tierra, no deja de ser Marte un planeta de los importantes, por lo cerca que está a nosotros, en una especie de simetría de oposición con Venus, como si fueran dos miembros de un matrimonio de estos profesionales y mal avenidos, de los que se buscan en secreto y se rechazan de inmediato, hartos de discutir siempre de lo mismo, cada uno obsesionado en sus cosas.

Contemplaba Manuel el cielo, con un sol algo más pequeño que el de la Tierra, cuyo rebote de luz daba aquella atmósfera de un pálido rojizo que permitía ver bien los detalles topográficos del entorno, con una mirada sin embargo obstinada a abrir capas, ventanas y puertas escondidas.

- Tiene razón, Manuel, de pensar lo que piensa, lo decía el otro día el señor Mercurio mientras tomábamos un café con un buen habano en las manos -el señor Mercurio, sabe, fuma Cohibas especiales que le traen de Cuba-, decía que el problema de Marte era uno de los más acuciantes que tenemos los humanos, ahora que las guerras están en alza y se disparan como si nada, con unas fuerzas destructoras de muchas cargas de potencia, y que hasta que no se resuelva este problema, estaremos todos en la cuerda floja.

Hizo una larga pipada de su puro y continuó hablando del siguiente modo:

- Piense que antes, Manuel, con una orden jupiteriana bien dada, por muchas razones que se presentaran, Marte se cuadraba y se pasaba a otro capítulo, para volver a empezar a la primera de cambio, por supuesto. Pero ahora ya ha visto por donde anda el pobre Marte, perdido por los rincones más abandonados de este mundo, comido por la nostalgia, los recuerdos o por los rencores. La fragmentación que reina hoy en el mundo hace que de Martes como el que hemos visto en el Café de la Paz, los haya a miles, en todas las ciudades del mundo, arrastrándose por los antros más truculentos, vencidos y deprimidos, aunque dignos y orgullosos la mayoría, o enrolados algunos en grupúsculos díscolos y sanguinarios. Ahora bien, ¿se han acabado las guerras por ello? Basta con abrir la página de cualquier periódico del mundo para saber que no. Son los humanos los que han cogido la sartén por el mango y los que gobiernan hoy la paz y la guerra. Y así vamos, porque somos como niños que juegan con fuego.

Escuchaba Manuel al guía turístico con atención, atento a unas significaciones que iban más allá de las palabras y del mundo donde se encontraban.

- Por otra parte, Manuel, vea como las turbulencias de los planetas, por muy latentes y silenciosas que sean, suelen proyectarse hacia el exterior, como si les faltase aquella fuerza indispensable para retenerlas en su círculo de influencia, como hace la Tierra, que no deja escapar ni una nube, por mucho que sople el viento. Esto explica no pocas cosas, como es evidente. También dicen que Marte está viviendo unos procesos interiores de los más misteriosos, ya que del mismo modo que hemos visto cómo los finados del mundo pasan por la Luna, Mercurio, Venus y el Sol, también pasan por Marte, donde deben resolver este tema de la guerra entre las almas, un tour de force de los más rebuscados, ya que aquí no se las ven con debilidades emocionales más o menos superables según los esfuerzos volitivos, sino que se enfrentan a movimientos que tienen vida propia y una potencia de muchos kilovatios de alma. Es decir, se mueven en este reino indescifrable que es el del Espíritu. Y por eso se dice que los más esforzados de los mortales en estado de óbito trabajan en la solución del problema, a la manera de mecánicos de la ultratumba en misión especial, para el bien de todos, entregados a un trabajo de altas responsabilidades cosmológicas. Ahora bien, ¿en qué consiste este trabajo?, ni el señor Mercurio lo sabe, al tratarse de unos asuntos que escapan a nuestras atribuciones, a pesar de que podamos intuir su quid.

Pensó Manuel que la solución de este rompecabezas irresoluble de las partes opuestas obcecadas en sus convicciones irrenunciables, sólo podía venir de aquel paso del dos al tres del que ya habían hablado con Quinqué cuando trataron la cuestión de la independencia de Cataluña. Pero comprendió que establecer este nuevo patrón en las esferas más elevadas de los grandes arquetipos, los que gobiernan el huevo del Sistema Solar y que influye tanto en la práctica diaria de los humanos como en las fuerzas de los mundos físicos que se oponen entre sí, era un trabajo de titanes, por decirlo en términos poéticos.

- Ha dado en el clavo, Manuel, no lo podía haber expresado mejor, ya que sobre estas cuestiones hemos hablado profusamente con el señor Mercurio, el cual como es lógico tiene sus ideas al respecto, y veo que coinciden bastante en pensar que no basta con establecer la nueva fórmula del 1+2 = 3, que hasta los niños se saben de memoria, sino que hay que aplicarla en todas las esferas de la vida que son muchas. Por eso es tan importante el trabajo que hacen en Marte estos difuntos que se proponen alzar una extravagancia de infinitas pretensiones, ya que en definitiva esa es su función principal, abriendo unas nuevas puertas por donde a partir de ahora, los difuntos en su tránsito por el huevo del Sistema Solar, puedan salir disparados hacia Júpiter, Saturno y aún más allá, hacia las estrellas más cercanas e incluso lejanas, sin quedar atrapados por las inacabables batallas de Marte. Unos destinos los suyos que se escapan a nuestra comprensión, en su viaje de ida y vuelta en el caso de que quieran retornar al huevo solar y a la Tierra, claro está.

Se quedó Manuel en un estado de indefinible suspensión temporal, embelesado por las palabras de Quinqué, que se sumaron al humo de los nobles cigarros encendidos y a la visión del cielo que empezaba a oscurecerse a medida que el Sol se acercaba al horizonte marciano. Y casi sin solución de continuidad, el cielo estrellado de la noche se impuso. Reinó de repente la luminosidad intensa de los astros de nuestra galaxia y de las de más allá, que se dejaban ver como los integrantes de un gigantesco huevo cósmico que integraba todo el Universo. Su lógica, si es que tenía alguna, tal vez habría que buscarla en el más pequeño de los huevos terráqueos, siendo el de dimensiones humanas quizá el huevo medio que como decían las viejas escuelas reunía el micro y el macrocosmos.

- Todo esto es una verdad como un templo, Manuel. Le he estado escuchando en su discurrir y pienso como usted que somos este punto medio del Universo, como si fuéramos un ojo capaz de mirar hacia todas las direcciones. Y es obvio que al ser conscientes de ello, todas las entidades de éste y de los otros mundos se sientan cuestionadas por nuestra mirada y la quieran manipular y hacerla suya, lo que explica las trabas que vivimos hoy los humanos, asaltados por todos lados en mil batallas cosmológicas. Y por eso es tan importante que lleguemos a conocer bien este huevo medio que es nuestra extravagancia, la cual sólo se ve y se conoce cuando se la construye, es decir, desde la práctica de su alzado.

Tuvo entonces Manuel una extraña visión al contemplar la gran explanada que se extendía en la oscuridad de Marte. Descubrió de repente unas siluetas que se agitaban como espectros en la penumbra de la noche marciana. Distinguió, borrosas primero y después nítidas, las figuras de poderosos guerreros, ataviados de armaduras enfáticas y caprichosas, que parecían venir de otras galaxias, con lanzas, espadas y escudos que recordaban las mil épocas inimaginables de la historia humana. Se enfrentaban entre sí con gran despliegue de fuerzas, en una lucha frenética pero silenciosa, lo que la hacía aún más impresionante y patética. Y comprendió Manuel que aquellos guerreros no eran otros que los viejos arquetipos de la Tierra y del Universo, las ideas principales que gobiernan y han gobernado los mundos, irrenunciables para sus combatientes, que las encarnan y las hacen suyas hasta la muerte. Aquellos guerreros, pese a caer en su lucha, eran sustituidos de inmediato por otros que se les parecían por lo que el combate no tenía fin. También vio en unas alturas de aquellas explanadas polvorientas unas luces que permanecían tranquilas sin dejarse llevar por la agitación de los campos de batalla, las cuales dibujaban formas volubles y curiosas de ver, y se preguntó si no serían aquellas las almas de las que había hablado Quinqué, que trabajaban para levantar en Marte la extravagancia de un mundo donde los conflictos se resolvían de otra manera.
Pensó que tal vez sería imposible impedir que hubiera guerreros y tozudos emprendedores con ganas de bulla, habiendo tanta violencia en el Universo, pero que tal vez había estratagemas de creación que permitían reconducir las energías, a través de nuevas arquitecturas de una exuberancia monumental.

- Sobre estas cuestiones discuten las almas que levantan aquí su extravagancia, aunque no hay mucho que discutir, ya que también en Marte se cumple el principio universal de las habas contadas. Y es que las matemáticas, por mucho que se las quiera lidiar con hiperbólicas deformaciones de la realidad, acaban imponiendo sus números caiga quien caiga.

La visión fantasmagórica de los combatientes y de las almas que permanecían quietas en sus arquitecturas lumínicas, se esfumó poco a poco, y volvió a imponerse la grandeza del cielo nocturno de Marte. Se fijó entonces en una estrella más luminosa que otras de una tonalidad azulada.

- ¡La Tierra, Manuel! Aquel puntito de luz es nuestro planeta que nos mira como nosotros lo miramos a él. Si tuviéramos un telescopio veríamos la luna que da vueltas a su alrededor y quizás con un poco de suerte las luces de las ciudades más importantes, con sus humanitos dentro de cuerpo tangible, al encontrarse todavía en el ámbito de la vida, proclives por ello al goce y al uso de los sentidos.

Pensó Manuel hasta qué punto le estaba siendo útil la Extravagancia que construía, al permitirle disfrutar de estos cambios de perspectiva, esenciales para tener una idea del conjunto en el que estamos. Visto desde esta óptica, la vida en el planeta y nuestra propia existencia no serían más que la extravagancia creada por el huevo Heliosférico del Sistena Solar, el cual se expresaba de este modo en su girar el sol como una peonza mientras se desplaza a grandes velocidades con todo su equipo por los espacios de la Galaxia. ¿Qué misterios habría en estos otros planetas más alejados del sol y de la Tierra? Júpiter, Urano, Saturno, Neptuno, Plutón ...

Y mientras su imaginación se estiraba en aquellas visiones lejanas del Sistema Solar, el humo del cigarro que fumaba empezó a convertirse poco a poco en la atmósfera cargada de la sala del Café de la Paz donde los dos boxeadores seguían propinándose golpes. El viejo de los tatuajes y la cabeza rapada había desaparecido de la mesa vecina.

23è Capítol (2a part): Mart





Romanien asseguts dalt d'una roca que semblava dominar una extensió gran de terreny polsós de tons rogencs, propi d'aquest planeta que vist des de la Terra apareix sempre de color vermell. No es va sorprendre Manuel d'aquell trànsit tan fulminant, potser perquè l'havia esperat feia dies. Per ampliar els límits de la ciutat necessitava grans espais oberts, més certes coordenades que multiplicaven les ressonàncies. I ara que havia après la lògica il·lògica d'aquestes relacions, sabia que l'ou que duia amb funcions de pipa, era el mateix que el de la Heliosfera que conformava el Sistema Solar.

Mentre així pensava el seu client, va considerar Quinqué que el promontori de Mart era un lloc excel·lent per encendre un puro i va convidar a Manuel a fer el mateix, armant-se ambdós de dues magnífiques Breves de Quintero, que en aquella atmosfera freda i seca del planeta roig van cremar amb enorme satisfacció dels fumadors.

- Ja veu, Manuel, com les coses d'aquest món ens porten a les que estan una mica més lluny, bellugant-nos amunt i avall pel cel del Sistema Solar que vostè, amb la seva imaginació tan ben documentada, ha batejat amb el nom d'ou heliosfèric. Un ou, per cert, que els científics actuals han vist que té cua o més aviat dues cues, tal és la forma de mitja lluna que li dóna la seva velocitat de translació bellugant-se per l'espai com un coet monumental vers no se sap on. I què puc dir-li de Mart, aquest planeta tan imaginat pels humans, i que ara els astrònoms i astrofísics de la Terra tenen en el seu punt de mira, ansiosos de trobar algunes mínimes condicions d'habitabilitat, sent l'aigua l'element més buscat per la seva escassesa quasi total? Aquí la veritat és que jo no m'hi quedaria a viure, ni que sigui amb les condicions de l'agència Mercuri. I tanmateix, malgrat les seves dimensions, una mica superiors a les de Mercuri però bastant per sota de Venus i de la mateixa Terra, no deixa de ser Mart un planeta dels més importants, per la proximitat que té envers nosaltres, en una mena de simetria d'oposició amb Venus, com si fossin dos membres d'un matrimoni d'aquests professionals i mal avinguts, dels que es busquen en secret i es rebutgen a l'acte, farts de discutir sempre pel mateix, cadascun obsessionat amb les seves coses.

Contemplava Manuel el cel, amb un sol una mica més petit que el que veiem a la Terra, el rebot de llum del qual donava aquella atmosfera d'un pàl·lid rogenc que permetia veure bé els detalls topogràfics de l'entorn, amb una mirada però que s’entossudia a obrir capes, finestres i portes amagades.

- Té raó, Manuel, de pensar el que pensa, ho deia l'altre dia el senyor Mercuri mentre preníem un cafè amb un bon havà a les mans -el senyor Mercuri, sap, fuma Cohibes especials que li porten de Cuba-, deia que el problema de Mart era un dels més punyeters, amb perdó, que tenim els humans, ara que les guerres estan en alça i es disparen com si res, amb unes forces destructores de moltes càrregues de potència, de manera que fins que no es resolgui aquest tema, estarem tots a la corda fluixa.

Va fer una llarga pipada del seu puro i continuà parlant de la següent manera:

- Pensi que abans, Manuel, amb una ordre jupiteriana ben donada, per moltes raons que es presentessin, Mart es quadrava i es passava a un altre capítol, per tornar a començar a la primera de canvi, per descomptat. Però ara ja ha vist per on para el pobre Mart, perdut pels racons més abandonats d'aquest món, menjat per la nostàlgia, els records o per les rancúnies. La fragmentació que regne avui al món fa que de Marts com el que hem vist al Cafè de la Pau, n'hi hagi a milers, a totes les ciutats del món, arrossegant-se pels antres més truculents, vençuts i deprimits, tot i que dignes i orgullosos la majoria, o enrolats alguns en grupuscles díscols i sanguinaris. Ara bé, s'han acabat les guerres per això? Només cal obrir la pàgina de qualsevol diari del món per saber que no. Són els humans els qui han agafat la paella pel mànec i els qui governen avui la pau i la guerra. I així anem, perquè som com nens que juguen amb foc.

Escoltava Manuel al guia turístic amb atenció, atent a unes significacions que anaven més enllà de les paraules i del món on es trobaven.

- Per altra part, Manuel, vegi com les turbulències dels planetes, per molt latents i silencioses que siguin, són de les que es projecten cap enfora, com si els manqués aquella força indispensable per retenir-les al seu cercle d'influència, com fa la Terra, que no deixa escapar ni un núvol, per molt que bufi el vent. Això explica no poques coses, com és evident. També diuen que Mart està vivint uns processos interiors d'allò més misteriosos, ja que de la mateixa manera que hem vist com els finats del món passen per la Lluna, Mercuri, Venus i el Sol, també passen per Mart, on han de resoldre aquest tema de la guerra entre les ànimes, un tour de force dels més rebuscats, ja que aquí no se les veuen amb debilitats emocionals més o menys superables segons els esforços volitius, sinó que s'enfronten a moviments que tenen vida pròpia i una potència de molts quilowatts d'ànima. És a dir, es mouen en aquest regne indesxifrable que és el del l'Esperit. I per això es diu que els més esforçats dels mortals en estat d'òbit treballen en la solució del problema, a la manera de mecànics de la ultratomba en missió especial, per al bé de tothom, entregats a una feina d'altes responsabilitats cosmològiques. Ara, en què consisteix aquesta feina?, ni el senyor Mercuri ho sap, en tractar-se d'uns afers que s'escapen de les nostres atribucions, malgrat se'n pugui ensumar el quid.

Va pensar en Manuel que la solució d'aquest trencaclosques irresoluble de les parts entossudides en llurs conviccions irrenunciables, només podia venir d'aquell pas del dos al tres del que ja havien parlat amb en Quinqué quan tractaren la qüestió de la Independència de Catalunya. Però va comprendre que establir aquest nou patró en les esferes més elevades dels grans arquetips, els que governen l'ou del Sistema Solar i que influeixen tant en la pràctica diària dels humans com en les forces dels móns físics que s'oposen entre si, era una feina de titans, per dir-ho en termes poètics.

- Ha donat al clau, Manuel, no ho podia haver expressat millor, ja que sobre aquestes qüestions hem parlat profusament amb el senyor Mercuri, el qual com és lògic té les seves idees al respecte, i veig que coincideixen bastant en pensar que no n'hi ha prou en establir la nova fórmula del 1+2=3, que fins els nens es saben de memòria, sinó que cal aplicar-la en totes les esferes de la vida que són moltes. Per això és tan important la feina que fan a Mart aquests difunts que es proposen alçar una extravagància d'infinites pretensions, ja que en definitiva aquesta és la seva funció principal, obrint unes portes noves per on a partir d'ara els finats, en llur trànsit per l'ou del Sistema Solar, puguin sortir disparats vers Júpiter, Saturn i encara més enllà, vers les estrelles més properes i fins i tot llunyanes, sense quedar atrapats per les inacabables batalles de Mart. Uns destins els seus que s'escapen a la nostra comprensió, en llur viatge d'anada i tornada en el cas de que vulguin retornar a l'ou solar i a la Terra, és clar.

Es quedà Manuel en un estat indefinible de suspensió temporal, transportat per les paraules de Quinqué, que se sumaren al fum dels nobles cigars encesos i a la visió del cel que començava a enfosquir-se a mesura que el Sol s'acostava a l'horitzó marcià. I quasi bé sense solució de continuïtat, el cel estrellat de la nit s'imposà. Regnà de sobte la lluminositat intensa dels astres de la nostra galàxia i de les de més enllà, que es deixaven veure com les integrants d'un gegantesc ou còsmic que integrava tot l'Univers. La seva lògica, si és que en tenia alguna, potser s'hauria de buscar en el més petit dels ous terraqüis, sent el de dimensions humanes potser l'ou mitjà que, com deien les velles escoles, reunia el micro i el macrocosmos.

- Tot això és una veritat com un temple, senyor Manuel. L'he estat escoltant en el seu discórrer i penso com vostè que som aquest punt mig de l'Univers, com si fóssim un ull capaç de mirar vers totes les direccions. En ser-ne conscients, totes les entitats d'aquest i dels altres móns se senten qüestionades per la nostra mirada i la volen manipular i fer-la seva, cosa que explica els terrabastalls que vivim avui els humans, assaltats per tots quatre costats en mil batalles cosmològiques. I per això és tan important que arribem a conèixer bé aquest ou mitjà que és la nostra extravagància, la qual només es veu i es coneix quan es fa, és a dir, des de la pràctica del seu alçat.

Va tenir llavors Manuel una estranya visió en contemplar la gran esplanada que s'estenia en la foscor de Mart. Descobrí de sobte unes siluetes que s'agitaven com espectres en la penombra de la nit marciana. Distingí, borroses primer i després nítides,  les figures de poderosos guerrers fornits d'armadures emfàtiques i capritxoses, que semblaven venir d’altres galàxies, amb llances, espases i escuts que recordaven les mil èpoques inimaginables de la història humana. S'enfrontaven entre si amb gran desplegament de forces, en una lluita frenètica però en silenci, cosa que la feia encara més impressionant i patètica. I s'adonà Manuel que aquells guerrers no eren altres que els vells arquetips de la Terra i de l'Univers, les idees principals que governen i han governat els móns, irrenunciables per llurs combatents, que les encarnen i les fan seves fins a la mort. Aquells guerrers, malgrat caure en la lluita, eren substituïts de seguida per d'altres que se'ls assemblaven, de manera que era un combat sense fi. També va veure en unes altures d'aquelles esplanades polsoses uns llums que romanien més o menys tranquils sense deixar-se portar per l'agitació dels camps de batalla, els quals dibuixaven formes volubles i curioses de veure, i es preguntà si no serien aquelles les ànimes de les que havia parlat Quinqué, que treballaven per aixecar a Mart l'extravagància d'un món on els conflictes es resolien d'una altra manera. Va pensar que potser seria impossible impedir que hi hagués guerrers i tossuts emprenedors amb ganes de gresca, havent-hi tanta violència a l'Univers, però que potser hi havia estratagemes de creació que permetien reconduir les seves energies, a través de noves arquitectures d'una exuberància monumental.

- Sobre aquestes qüestions discuteixen les ànimes que aixequen aquí la seva extravagància, tot i que no hi ha gaire a discutir, ja que també a Mart es compleix el principi universal de les faves comptades. I és que les matemàtiques, per molt que se les vulgui torejar amb hiperbòliques deformacions de la realitat, acaba imposant els seus números peti qui peti.

La visió fantasmagòrica dels combatents i de les ànimes que romanien quietes en llurs arquitectures lumíniques, s'esfumà a poc a poc, i tornà a imposar-se la grandesa del cel nocturn de Mart. Es fixà llavors en un estel més lluminós que d'altres d'una tonalitat blavosa.

- La Terra, Manuel! Aquell puntet de llum blava és el nostre planeta que ens mira com nosaltres el mirem a ell. Si tinguéssim un telescopi veuríem la lluna que dóna voltes al seu entorn i potser amb una mica de sort els llums de les ciutats més importants, amb els seus humanets a dins de cos tangible, en trobar-se encara en l'àmbit de la vida, proclius per tant a l’ús i al gaudi dels sentits.

Pensà Manuel fins a quin punt li estava sent útil l'Extravagància que construïa, en deixar-li gaudir d'aquests canvis de perspectiva, essencials per tenir una idea del conjunt on som. Vist des d'aquesta òptica, la vida al planeta i la nostra pròpia existència no serien més que l'extravagància creada per l'ou heliosfèric del Sistema Solar, el qual s'expressava així en el girar el sol com una baldufa mentre es desplaça a grans velocitats amb tot el seu equip pels espais de la Galàxia. Quins misteris hi hauria en aquests altres planetes més allunyats del sol i de la Terra? Júpiter, Urà, Saturn, Neptú, Plutó...

I mentre la seva imaginació s'estirava per  aquelles visions llunyanes del Sistema Solar, el fum del cigar que fumava començà a convertir-se a poc a poc en l'atmosfera carregada de la sala del Cafè de la Pau on els dos boxejadors seguien donant-se cops. El vell dels tatuatges i del cap rapat havia desaparegut de la taula veïna.

lunes, 25 de junio de 2018

22º Capítulo (2a parte): El Café de la Paz





- Manuel, ya que estamos en el Poble Nou, me gustaría presentarle a un viejo amigo que tiene su sede, como quien dice, no lejos de aquí. Pienso que para sus propósitos de levantar la Extravagancia, le puede ser útil este conocimiento, singular como pocos.

Se dirigieron al centro del barrio y tras dejar la Rambla del Poble Nou, cargada de concurrencia a esa hora de la tarde, giraron por varios callejones hasta llegar a un bar con un cartel que decía Café de la Paz. Vio que era un local de una de estas sociedades que había antes en Barcelona, de cuando los sindicatos obreros tenían amplios ateneos sociales, donde se enseñaban los grandes ideales y también a leer, a escribir, a bailar y a hacer teatro. Cruzaron un café vestíbulo casi vacío y penetraron en un espacio mayor, tal vez una antigua sala de baile, que ahora tenía un ring en el centro. Había mesas y una barra a un lado, y se dio cuenta que se trataba de algún tipo de club dedicado al boxeo. Había bastante gente, como si esperaran alguna actuación. Quinqué saludó a un señor gordo y sudoroso que servía en las mesas y al que parecía conocer bien.

- ¡Hombre, Pepito, una legría verte! ¿Quieres tomar algo?

- Dos cafés, Manolo. ¿Hay combate hoy?

- Sí, de entrenamiento, gente de la casa.

- Nos sentaremos un rato.

Estaba sorprendido Manuel de ver adonde le había llevado el guía turístico, que allí respondía al nombre de Pepito.

- ¿No me dirá que le gusta el boxeo, Quinqué?

- Un deporte magnífico, a veces vengo a practicar, sólo a pegar cuatro golpes con los guantes, para mantenerme en forma. Piense que con mi peso, no duraría ni un minuto en el ring. Reflejos y velocidad, muy importante para la vida moderna.

Se fijó en las personas del público, tipos más bien oscuros, algunos con tatuajes en los brazos. También había grupos de jóvenes con chicas.

- Pelear, Manuel, es bueno cuando se hace por deporte. Aquí reina más nobleza que en la calle, créame. El combate cara a cara tiene la ventaja de dejar las cosas claras, sin subterfugios. Hay reglas e igualdad de condiciones. ¡Ojalá todas las guerras fueran así!

- Pero combatir, Quinqué, es retroceder en la historia, deberíamos superar estas fases de pelearnos para solucionar los problemas.

- En eso tiene toda la razón del mundo, sí señor, ahora bien, aquí no se pretende solucionar nada pero el boxeo ayuda a comprender muchas de las razones del asunto. Es como los toros, Manuel, la mejor pedagogía para entender según qué aspectos de la vida y de la muerte.

Entonces vio a dos jóvenes con casco y con los guantes subir al ring, junto a un señor que parecía ser el entrenador o quizás el árbitro. Los dos empezaron a calentar motores cada uno en su esquina.

- Nunca he practicado las artes marciales. Bueno, de joven hice judo, pero no me acuerdo de nada.

- No crea, estas cosas quedan fijadas en el cuerpo, le sorprendería ver cómo le viene a la memoria. Antes aquí dejaban fumar para ver los combates, ahora Manolo se ha puesto terco y se ajusta a la normativa. De manera que no podremos encender ningún puro. Para la buena salud de los combatientes.

- ¿Se van a pegar de verdad?

- Es boxeo, Manuel. Pero no sufra, aquí no se juegan nada y no pasa de ser un entrenamiento.

Se inició enseguida el combate y se dio cuenta Manuel cómo cambiaba el ambiente de la sala, con una excitación que iba creciendo con los golpes. La mayor parte del tiempo los dos púgiles, chavales jóvenes de cuerpos delgados, se fintaban pero siempre que podían lanzaban sus puños, que muchas veces terminaban en la cara del contrincante. Se golpeaban con ganas, con una atención y una seriedad extraordinarias.

Quinqué no podía evitar hacer algunos movimientos, como si se pusiera en la piel de los dos jóvenes, esquivando, girando la cabeza, extendiendo un brazo. La campana sonó y descansaron un rato. El árbitro, que era también el entrenador, los animó con palabras que querían corregir algunos defectos. Y el combate se reinició. Golpes y más golpes y más fintas. Se sentía la respiración de los combatientes y los ánimos de los amigos, con algunas exhortaciones en voz alta. De vez en cuando les llegaba alguna salpicadura de sudor y pronto vieron un par de heridas en los pómulos de los púgiles. Pero las ganas de pelear se mantenían intactas.

Se fijó en un viejo sentado en la mesa de al lado, cargado de tatuajes y pelado al cero, con un bigote frondoso y antiguo, de aspecto salvaje, algo decrépito, aunque musculoso y con la camisa desabotonada en el pecho. Se miraba el combate con una quietud cadavérica, pero con los ojos encendidos por una pasión interior. Sobre la mesa, una copa de licor blanco.

Quinqué, al ver que se había interesado por el viejo, se acercó a su cliente y le dijo en voz baja:

- El señor Marte, ex legionario, antiguo combatiente en mil guerras, suele venir a tomarse sus copas aquí.

No podía dejar de mirarlo. Parecía una efigie centrada en el combate, como si bebiera cada finta y cada puñetazo con la mirada, alimentándose de la energía que flotaba en el espacio. Aunque Manuel no había estado en ninguna guerra, sí había visto las consecuencias, al visitar muchos países que habían sufrido el fuego y la destrucción. Ahora bien, en el teatro había vivido muchas batallas, ya que los títeres suelen guerrear entre sí, especialmente en algunas tradiciones, como las sicilianas de los pupi, centradas en las peleas entre caballeros con armaduras que chocan bajo el ritmo vertiginoso de un manubrio y los gritos y los golpes de tacón de los manipuladores, con un alboroto de mil diablos, capaz de excitar y encender la sangre al más pusilánime de los espectadores.

Aquel viejo, si era cierto lo que le había dicho Quinqué, había estado en las guerras de verdad del mundo de ahora, luchando con las mortíferas armas modernas, y sobrevivido a las sanguinarias batallas. Le estremecía la calma que mostraba, sin mover un músculo.

- El señor Marte está de vuelta de muchas batallas, Manuel. Adora las guerras antiguas, cuando se luchaba frente a frente y se moría con las salpicaduras de la sangre y de las vísceras, entre los gritos y los choques de laa armaduras. Las batallas modernas ya no le excitan tanto. Sólo en la Legión ha encontrado el espíritu bélico que le gusta, con la nobleza y la estética adecuadas sobre el morir y el vestir, más el desprecio a la vida fácil y regalada. Claro que ya lo han despachado, por viejo y por purista, y se contenta con los desfiles y las hermandades de ex legionarios que sobreviven como pueden, pequeños cenáculos donde se cultiva el viejo gusto por la batalla. Ahora se los quitan de encima con desdén, como reliquias impresentables de una época antigua. ¡Pero su existencia, Manuel, es más importante de lo que pensamos!

Escuchaba atónito Manuel las palabras de Quinqué. ¿Pero qué se embarullaba aquel guía turístico enclenque y con cara de pájaro, ensalzando nada menos que la estética de la guerra? Y sin embargo, tal vez transportado por las imágenes que le habían llegado de las batallas de los pupi sicilianos, se sintió de pronto arrastrado por la atmósfera de aquel antro cargado de sudor y de testosterona, con los gritos de los jóvenes que animaban a los púgiles, los movimientos incansables de sus cuerpos y de los golpes que se daban, con el recuerdo aún vivo de los muertos del cementerio, y sintió como se le encendía la pipa interior y como aquel vapor que era el humo del huevo que había roto con un martillo se mezclaba con el aire pesado del café, mientras el tercero que era él multiplicado por tres contemplaba la escena desde fuera y desde dentro. Se le acercó el señor Quinqué y le dijo al oído.

- Manuel, quizá sea el momento de hacer una visita a Marte, un planeta que a pesar de ser de los más cercanos, es el primero exterior en relación a la Tierra, en la dirección contraria al Sol.

22è Capítol (2a part): El Cafè de la Pau




- Senyor Manuel, ja que estem al Poble Nou, m'agradaria presentar-li a un vell amic que té la seva seu, com qui diu, no gaire lluny d'aquí. Penso que pels seus propòsits d'aixecar l'Extravagància, li pot ser útil aquesta coneixença, singular com poques.

Es dirigiren al centre del barri i després de deixar la seva Rambla, carregada de concurrència a aquella hora de la tarda, giraren per diversos carrerons fins arribar a un bar que deia Cafè de la Pau.
Va veure que era un local d'una d'aquestes societats antigues que hi havia abans a Barcelona, de quan els sindicats obrers tenien amplis ateneus socials, on s'ensenyaven els grans ideals i també a llegir, a escriure, a ballar i a fer teatre. Van creuar un cafè vestíbul quasi bé buit i penetraren a un espai molt més ample, potser una antiga sala de ball, que ara tenia un ring al mig. Hi havia taules i una barra a un cantó, i s'adonà que es tractava d'alguna mena de club dedicat a la boxa. Hi havia força gent, com si esperessin alguna actuació. En Quinqué saludà a un senyor gros i suat que servia a les taules i que semblava conèixer bé.

- Bon dia Pepito, voleu prendre alguna cosa?

- Dos cafès, Manolo. Teniu combat avui?

- Sí, simple entrenament, gent de la casa.

- Seurem una estona.

Estava força sorprès en Manuel de veure on l'havia portat el guia turístic, que allà responia al nom de Pepito.

- No em dirà que li agrada la boxa, Quinqué?

- Un esport magnífic, a vegades vinc a practicar, només a pegar quatre cops amb els guants, per mantenir-me en forma. Pensi que amb el meu pes, no duraria ni un minut si pugés al ring. Reflexos i velocitat, molt important per a la vida moderna, senyor Manuel.

Es fixà en les persones del públic, tipus més aviat foscos, amb tatuatges als braços. També hi havia alguns grups de joves amb noies.

- Esbatussar-se, Manuel, és una bona cosa, quan es fa per esport. Aquí regna més noblesa que al carrer, cregui'm. El combat cara a cara té l'avantatge de deixar les coses clares, sense subterfugis. Hi ha regles i igualtat de condicions. Tant de bo totes les guerres es fessin així!

- Però combatre, Quinqué, és retrocedir en la història, hauríem de superar aquestes fases de barallar-nos per solucionar els problemes.

- En això té tota la raó, sí senyor, ara, aquí no es pretén solucionar res però la boxa ajuda a comprendre les raons de tot plegat. És com els toros, Manuel, la millor pedagogia per entendre segons quins aspectes de la vida i de la mort.

Llavors va veure que dos joves amb casc i amb els guants calçats pujaven al ring, junt a un senyor que semblava ser l'entrenador o potser l'àrbitre. Els dos començaren a escalfar motors cada un al seu costat.

- Mai he practicat les arts marcials. Bé, de molt jove vaig fer judo, però no em recordaria de res.

- No es pensi, aquestes coses queden fixades al cos, el sorprendria veure com li ve a la memòria! Abans aquí deixaven fumar per veure els combats, però ara en Manolo s'ha posat tossut i s'ajusta a la normativa. De manera que no podrem encendre cap puro. Per la bona salut dels combatents.

- Es pegaran de veritat?

- És boxa, Manuel. Però no pateixi, aquí no s'hi juguen res i no passa de ser un entrenament.

S'inicià de seguida el combat i s'adonà Manuel com havia canviat l'atmosfera de la sala, amb una excitació que anava creixent amb els cops. La major part del temps els dos púgils, xavals joves de cossos prims, es fintaven però sempre que podien llançaven els seus punys, que moltes vegades acabaven a la cara del contrincant. Realment s'estaven tustant amb ganes, amb una atenció i una serietat extraordinàries.

Quinqué no podia evitar fer alguns moviments, com si es posés en la pell dels dos joves, esquivant, girant el cap, allargant un braç. La campana sonà i van descansar una estona. L'àrbitre, que era també l'entrenador, els encoratjà amb paraules que volien corregir alguns defectes. I el combat es reinicià.

Cops i més cops i més fintes. Es sentia la respiració dels combatents i els ànims dels amics, amb algunes exhortacions en veu alta. De tant en tant els arribava algun esquitx de suor i aviat van veure un parell de ferides en els pòmuls dels púgils. Però les ganes d'esbatussar-se es mantenien intactes.
Es fixà en un vell que seia a la taula del costat, carregat de tatuatges, pelat al zero i amb un bigoti frondós i antic, d'aspecte feréstec, encara musculós i amb la camisa despitada. Es mirava el combat amb una quietud quasi bé cadavèrica, amb dos ulls però que semblaven encesos per alguna poderosa passió interior. Sobre la taula, una copa de licor blanc.

En Quinqué, en veure que s'havia interessat pel vell, s'acostà al seu client i li digué en veu baixa:

- El senyor Mart, ex-legionari, antic combatent en mil guerres, sol venir a prendre's les seves copes aquí.

No podia deixar de mirar-lo. Semblava una efígie centrada en el combat, com si begués cada finta i cada cop amb la mirada, alimentant-se d'una energia que flotava per l'espai com un núvol dels que s'aixequen sempre quan hi ha una batalla. Tot i que en Manuel no havia estat en cap guerra, sí que n'havia vist les conseqüències, en visitar molts països que havien patit el foc i la destrucció. Ara bé, als escenaris n'havia viscut moltes de guerres, ja que els titelles solen guerrejar entre si, especialment en algunes tradicions, com les sicilianes dels pupi, centrades en les batalles entre cavallers amb armadures que xoquen sota el ritme vertiginós d'un manubri i dels crits i els cops de tacó dels manipuladors, amb un xivarri de mil diables, capaç d'excitar i encendre la sang al més pusil·lànime dels espectadors.

Aquell vell, si era cert el que li havia dit en Quinqué, havia estat en les guerres de veritat del món d'ara, lluitant amb les mortíferes armes modernes, i sobreviscut a les sanguinàries batalles. L'esgarrifava la calma que mostrava, sense moure un múscul.

- El senyor Mart està de tornada de moltes batalles, Manuel. A ell li encantaven les guerres antigues, quan es lluitava cara a cara i es moria amb els esquitxos de la sang i de les vísceres, entre els crits i els xocs de la ferralla. Les batalles modernes ja no l'exciten tant. Només a la Legió ha trobat l'esperit bèl·lic que li agrada, amb la noblesa i l'estètica adequades sobre el morir i el vestir, més el menyspreu a la vida fàcil i regalada. Clar que ja l'han despatxat, per vell i per purista, i s'acontenta amb les desfilades i les germandats d'ex-legionaris que sobreviuen com poden, petits cenacles on es conrea el vell gust per la batalla. Ara se'ls treuen de sobre amb desdeny, com relíquies impresentables d'una època antiga. Però la seva existència, Manuel, és més important del que ens pensem!

Escoltava atònit Manuel les paraules d'en Quinqué. Però què s'empatollava aquell guia turístic escanyolit i amb cara d'ocell, exalçant ni més ni menys que l'estètica de la guerra? I tanmateix, potser transportat per les imatges que li havien vingut de les batalles dels pupi sicilians, va sentir-se de sobte arrossegat per l'atmosfera d'aquell antre carregat de suor i de testosterona, amb els crits dels joves que animaven els púgils, els moviments incansables dels seus cossos i dels cops que es donaven, amb el record encara viu dels morts del cementiri, i va sentir com se li encenia la pipa interior i com aquell vapor que era el fum de l'ou que havia trencar amb un martell es barrejava amb l'aire feixuc del cafè, mentre el tercer que era ell multiplicat per tres contemplava l'escena  des de fora i des de dins, amb el senyor Quinqué que li parlava a l'oïda.

- Manuel, potser sigui el moment de fer una visita a Mart, un planeta que tot i ser dels més propers, és el primer exterior en relació a la Terra, en la direcció contrària al Sol.

miércoles, 20 de junio de 2018

21º Capítulo (2a parte): Los muertos y el futuro





El cambio de luz en el cielo dio fin a la sesión, pero Manuel y Quinqué se quedaron clavados en las tumbonas, impresionados ambos por la magnitud de lo que habían vivido.

Al cabo de un largo rato, el guía turístico rompió el silencio.

- Debo decirle, Manuel, que sus títeres me han sorprendido por la calidad musical de la función, ya que no es normal obtener estas sonoridades sin las mejores orquestas del mundo. ¡No sé cómo lo hacen, pero me tienen muy admirado!

Un detalle que también había sorprendido a Manuel, quien ignoraba el origen de esta calidad sonora. Es verdad que, en sus años de titiritero, él había cuidado este elemento del espectáculo, con músicas que muchas veces hacía él mismo, pero nunca con esta maestría. Recordó la función vista en el teatrillo del Pueblo Español, con los choques orquestales de unas magnitudes fuera de serie.

- Sepa, Quinqué, que no encuentro explicación a este fenómeno. Ahora bien, tengo que decirle que desde la aparición del huevo, la música ha estado presente de un modo u otro.

- Ni que lo diga, Manuel, ni que lo diga, basta recordar nuestra última estancia en Vulcano, con un sol que parecía un batallón infinito de bandas de música valencianas. Y hay que tener presente aquí que tal vez su Extravagancia tenga un fuerte componente musical, algo por otra parte común cuando se viaja con el visto bueno de la casa Mercurio, ya que no hay nada como la música para explicar determinadas cuestiones que no se dejan fijar con las palabras, huyendo así de nuestra tendencia a clavar los contenidos con las banderillas de unos buenos significantes. No, no siempre es eso posible y por ello el Sol, en su deseo de hacerse entender, emite estas sonoridades bárbaras y grandilocuentes que lo dicen todo sin decir nada. Creo que la música constituye, hoy por hoy, el lenguaje conocido más elevado para expresar realidades que escapan a la comprensión humana, que es la terráquea por naturaleza. Y fíjese que si una crítica pudiéramos hacer a la extravagancia del señor Gaudí con su Sagrada Familia, es la falta de música real que produce, por mucho que él la considerara un órgano de piedra, que tal vez suene para determinados oídos muy evolucionados, pero no para el común de los mortales, para los que calla como un mejillón. Claro que también nos podría decir él que la piedra vibra cuando se manifiesta espiritualmente, que era su objetivo principal, y que al ser el espíritu una sustancia de las que son y no son, le podemos suponer todo tipo de cualidades, por muy dura que sea la piedra que la contiene.

- Quizá sí, Quinqué. Tendremos que volver a la Sagrada Familia para ver si emite alguna nota. Cuando fuimos, era el viento quien la hacía silbar. Ahora bien, ni en la Luna ni en Mercurio oímos nada.

- Tiene razón. Estos planetas, que podríamos calificar de psíquico y de mental, no son nada musicales, salvo la música que cada uno lleva dentro. Venus, en cambio, nos dejaba oir sus truenos descomunales y el estallido de las erupciones volcánicas, de ritmos barrocos y aleatorios, aunque con una sonoridad sensual y amortiguada por aquella atmósfera tan pesada que la cubre como una sordina. Respecto al Sol, yo me atrevería a definirlo como un gigantesco instrumento de música capaz de producir todos los sonidos que le pasan por la cabeza, sean de viento, de cuerda, de metal o de madera. Por eso ir a Vulcano es tan interesante, no sólo por las visiones espectaculares que nos ofrece sino porque es como sentarse en la sala de conciertos más grande del Sistema Solar, para escuchar la música del Sol, de un virtuosismo sin igual, con una fuerte predisposición al caos creativo y a las turbulencias del espíritu, eso sí.

Callaron un instante, mientras buscaban en vano el eco de aquella música tan sutil e inteligente que habían oído durante la representación.

- ¿Sabe qué le digo, Manuel? Que quizás la forma de su Extravagancia sea la de la ópera, lo que explicaría no sólo la calidad sonora de la que hablábamos, sino también las inmensas panorámicas que la acompañan, con unos esplendores tan espectaculares que recuerdan a los modernos teatros de ópera de hoy en día, ¿no le parece?

- Quizás sí, Quinqué, aunque de momento aún no he oído a nadie cantar…

El silencio del cementerio se impuso sobre el entorno de tumbas, gatos y mausoleos, sentados ambos en las dos tumbonas. Era un silencio mortecino, propio del lugar donde se encontraban.

Dijo el titiritero en voz baja:

- Oiga, Quinqué, ¿cree usted que los aparecidos eran muertos de verdad?

- Yo diría que sí, Manuel, aunque los he visto un poco borrosos. Quizás eran sus sombras, que en paz descansen, lo que tiene su lógica, teniendo en cuenta que a la mayoría no les deben quedar cuerpos demasiado presentables. Evidente que si tenían ganas de hablar y de ser percibidos, se hayan presentado de la manera más discreta y agradable posible.

Miró de reojo a su entorno para ver si alguien lo escuchaba, y constató que se habían quedado solos, sin ninguno de los títeres, esfumados desde hacía un rato. Y hablando bajito y acercándose a Manuel como a veces hacía, dijo al titiritero:

- Sobre esta cuestión los entendidos han elaborado varias teorías. Yo no las conozco todas, por supuesto, pero parece que una de las más conocidas dice que los fallecidos pueden, en ocasiones excepcionales, hacerse de cuerpo presente e interactuar con los humanos vivos de nuestra ciudad. Es un sin sentido como una catedral, todo hay que decirlo, pero se explica por el hecho de que así lo quieren estos fallecidos, que lo ven como una excepción que confirma la regla general, y con ello se quedan tan tranquilos. Dicen que al convertirse en difuntos con ganas todavía de seguir funcionando, aunque sea desde la ultratumba, tiene sentido que quieran dejar de ser difuntos y se conviertan en unos muertos funcionales, con ganas de hacer y decir la suya, sin romper más leyes de las consideradas fundamentales, por supuesto. Es decir, viven sin vivir, ya que están muertos, y si son visibles, lo hacen con normalidad, para no asustar a los vivos, los que los ven y los que no los ven, como es habitual en estos casos. ¿No lo encuentra admirable al cien por cien?

- No sé qué decirle, la verdad...

- No diga nada, Manuel, porque sobre estos asuntos lo mejor es mirarse en el silencio de los difuntos y callar como una tumba, por mucho que ellos hablen por los codos. De entrada porque suponiendo que no esté de acuerdo en lo que dicen, sería absurdo y de muy mal gusto llevarles la contraria. Noblesse oblige, como dicen los franceses con mucho sentido común, y los muertos siempre nos merecen un respeto, por muy equivocados que estén. Por otra parte, lo que nosotros llamamos cháchara o palabrería de cementerio, constituye uno de los fenómenos más interesantes de las necrópolis, sean antiguas o modernas, ya que a lo largo del tiempo siempre ha habido personas sensibles que se han especializado en escucharla y en transcribir sus palabras, generalmente confusas y difíciles de comprender. Según expresan los mismos difuntos, como antes hemos podido constatar en directo, les es muy importante ser escuchados y aún más lo es para nosotros saber lo que nos dicen, no para cultivar los viejos recuerdos y los históricos rencores, algo absolutamente deleznable, sino por los avisos de futuro. Fíjese qué paradoja: a los difuntos, Manuel, el pasado les importa un bledo y en cambio, su mayor preocupación es el futuro, a diferencia de lo que piensan la mayoría de los vivos, que asocian los muertos con el pasado. ¿No lo encuentra extraordinario?

Tenía razón Quinqué, y por eso aquella presencia de los muertos que aparecían a cada paso que daba, encajaba en la construcción de su Extravagancia, la cual era una manera de articular el presente con el futuro, ya que el pasado a Manuel no le interesaba para nada, aunque reconocía su importancia. Disponer de un presente abierto era quizás uno de los objetivos del huevo y de su plan, por muy plan sin plan que fuera, para poder vivir con ciertos aires de libertad.

- Piense, Manuel, que el futuro es uno de los campos de batalla más disputados de la actualidad, con muchas facciones potentísimas que luchan por colonizarlo cada uno a su manera y según sus intereses. Por eso es oportuno escuchar la opinión de los finados que gozan de perspectivas insólitas y sin intereses materiales de ningún tipo. Asimismo, yo diría que hoy en día no sólo es oportuno sino necesario que las personas vivas dispongan de su propia extravagancia, si uno no quiere que te obliguen a marcar el paso por caminos que no se han elegido.

- Mucho me temo, Quinqué, que es bastante difícil hoy en día no marcar el paso según la música que suena.

- Ni que lo diga, Manuel, ni que lo diga, pero al menos hay que intentarlo. Por eso es tan importante tratar bien al turista y mostrarle rutas y modos de ver las cosas que se escapen de las guías oficiales. Una simple gota de frescura en un mar de lugares comunes, me dirá usted, y tiene toda la razón del mundo, pero estas gotas de diferencia pesan mil veces más que las corrientes de las aguas ordinarias. Y digo esto, Manuel, sin despreciar los lugares de obligada visita, que a pesar de ser comunes, tienen el fulgor de la singularidad que los hace extravagantes, como es de cajón reconocer.

Se levantaron finalmente de las dos tumbonas, que los Pericos, surgidos de no se sabe dónde, hicieron desaparecer al instante. Estaba admirado el titiritero de la logística desplegada por sus personajes. Se dijo que habían tenido un buen maestro: siempre había destacado por su obsesión en tenerlo todo a punto. Claro que ahora este asunto le caía lejos.

Cruzó el cementerio con la sensación de encontrarse en un lugar familiar, de resonancias entrañables, como si fuera una parte de la ciudad que resumía muchas de sus características que ya se habían perdido, detalles nimios y ridículos que sin embargo hablaban de épocas y modos de vida diferentes: el vestuario abigarrado de aquellas presencias fantasmales, los jardines entre las tumbas, los reboques viejos, destartalados y sin pintar de las paredes y de los nichos, algunos epitafios pasados de rosca o de una banalidad abrumadora, los desaliñados ornamentos egipcios de pórticos y tumbas, el caminar pausado y filosófico de los enterradores, el fulgor abrillantado de las tumbas de los gitanos con sus detalles de glamour, y una atmósfera general de tristeza institucionalizada que se convertía de inmediato en factor de alegría y luminosidad. Quizás porque asociaba la familiaridad de todos estos detalles con el futuro desenvuelto que buscaba, no sometido a las modas del día, sino abierto a las excentricidades del futuro.

- Vea, Quinqué, como podemos llegar a cambiar nuestras formas de pensar y de ver las cosas, que ahora miro este cementerio y me encuentro como en casa, después de haber presenciado la función de mis amigos títeres y escuchado las palabras de los difuntos. Y a pesar de saber que un día acabaré instalado en el nicho que me corresponde y que pago cada año al Ayuntamiento, también le tengo que decir que no tengo ninguna prisa en ocuparlo, sobre todo ahora que la Extravagancia se levanta y me abre las ópticas del futuro.

21è Capítol (2a part): Els morts i el futur





El canvi lumínic de l'atmosfera va posar fi a la sessió, però en Manuel i en Quinqué es van quedar clavats a les gandules, impressionats els dos per la magnitud d'allò que havien viscut.

Al cap d'una llarga estona, el guia turístic va trencar el silenci.

- Li haig de dir, Manuel, que els seus titelles m'han sorprès per la qualitat musical de la funció, ja que no és normal obtenir aquestes sonoritats ni amb les millors orquestres del món. No sé com s'ho fan, però em deixen del tot admirat!

Cosa que també havia sorprès al mateix Manuel, el qual ignorava l'origen d'aquesta qualitat sonora. És veritat que ell, en els seus anys de titellaire, havia cuidat aquest element de l'espectacle, amb músiques que moltes vegades feia ell mateix, però mai amb aquest domini i aquesta mestria dels resultats. Recordà també la funció que van veure al teatret del Poble Espanyol, amb els xocs orquestrals d'unes magnituds absolutament fora de sèrie.

- Sàpiga Quinqué, que no hi trobo cap explicació. Ara, també li haig de dir que des de l'aparició de l'ou, la música ha estat present d'una manera del tot insòlita.

- Ni qu'ho digui, Manuel, ni qu'ho digui, només cal recordar la nostra darrera estada a Volcà, amb un sol que semblava un batalló infinit de bandes de música valencianes. I cal aquí tenir present que potser la seva Extravagància tingui un fort component musical, cosa per altra part que no deixa de ser comuna quan es viatja amb el vistiplau de la casa Mercuri, ja que no hi ha res com la música per explicar determinades qüestions que no es deixen fixar per les paraules, fugint així de la nostra tendència a clavar els continguts amb les banderilles d'uns bons significants. No, no sempre és possible i per això el Sol, en el seu desig de fer-se entendre, emet aquestes sonoritats bàrbars i grandiloqüents que ho diu tot sense dir res. Crec que la música constitueix, ara per ara, el llenguatge conegut més elevat per expressar realitats que s'escapen a la comprensió humana, que és la terràqüia per naturalesa. I fixi's que si una crítica podríem fer a l'extravagància del senyor Gaudí amb la seva Sagrada Família, és la manca de música real que produeix, per molt que ell la considerés un orgue de pedra, el qual potser soni per a determinades oïdes molt evolucionades, però que pel comú dels mortals calla com un musclo. Clar que també ens podria dir ell que la pedra vibra quan es manifesta espiritualment, que era el seu objectiu principal, i que en ser l'esperit una substància tan subtil i desconeguda, li podem suposar tota mena de qualitats, per molt dura que sigui la pedra que el conté.

- Potser sí, Quinqué. Haurem de tornar a la Sagrada Família per veure si emet alguna nota. Quan hi vam anar, era el vent el que la feia xiular. Ara, ni a la Lluna ni a Mercuri vam sentir res.

- Té raó. Aquests planetes, que podríem qualificar de psíquic i mental respectivament, no són gens musicals, llevat de la música que cadascú porta a dins. Venus, en canvi, ja deixava sentir els seus trons descomunals i l'esclat de les erupcions volcàniques, de ritmes barrocs i aleatoris, tot i que amb una sonoritat sensual i esmorteïda per aquella atmosfera tan pesada que la cobreix com una sordina. Respecte al Sol, jo francament m'atreviria a definir-lo com un gegantesc instrument de música capaç de produir tots els sons que li ve de gust, siguin de vent, de corda o de fusta. Per això anar a Volcà és tan interessant, no sols per les visions espectaculars que ens ofereix sinó perquè és com seure a la sala de concerts més gran del Sistema Solar, per escoltar la música del Sol, d'un virtuosisme sense parió, amb una forta predisposició al caos creatiu i a les turbulències de l'esperit, això sí.

Es quedaren callats un instant, buscant explicacions plausibles a aquella música tan subtil i intel·ligent que havien sentit durant la representació.

- Sap què li dic, Manuel? Que potser la forma de la seva Extravagància sigui la de l’òpera, cosa que explica no sols la qualitat sonora de la que parlàvem sinó també les immenses panoràmiques que l’acompanyen, amb uns esplendors tan espectaculars que recorden els dels moderns teatres de l’òpera d’avui en dia, no li sembla?

- Potser sí, Quinqué, encara que de moment no he sentit a ningú cantar...

El silenci del cementiri s’imposà sobre els mausoleus que els envoltaven, asseguts els dos a les gandules. Era un silenci somort, propi del lloc on es trobaven.

Va dir el titellaire en veu baixa:

- Escolti, Quinqué, creu vostè que aquelles aparicions eren morts de veritat?

- Jo diria que sí, Manuel, tot i que els he vist una mica borrosos. Potser eren les seves ombres, que en pau descansin, cosa però que té una certa lògica, ja que dels cossos a la majoria no els en deu quedar gaires parts que siguin presentables. És de caixó que si tenien ganes de parlar i ser tangibles, s'hagin presentat de la manera més discreta i agradable possible.

Va mirar de reüll al seu entorn per veure si algú l'escoltava, i va constatar que s'havien quedat sols, sense cap dels titelles esfumats feia una estona. I parlant baixet i acostant-se-li com a vegades feia en Quinqué, digué al titellaire:

- Sobre aquesta qüestió els entesos han elaborat diverses teories. Jo no les conec totes, per descomptat, però sembla que una de les més reconegudes ens diu que els finats poden, en ocasions excepcionals, fer-se de cos present i interactuar amb els humans vius de la nostra ciutat. Un sense sentit com una catedral, tot s'ha de dir, però que s'explica pel simple fet que així ho volen aquests finats, els quals ho veuen com una excepció que confirma la regla general, i amb això es queden tan tranquils. Diuen que en esdevenir difunts amb ganes encara de seguir funcionant, ni que sigui des de la ultratomba, té sentit que vulguin deixar de ser difunts i es converteixin en uns morts funcionals amb ganes de fer i dir la seva, sense trencar més lleis de les considerades fonamentals, per descomptat. És a dir, viuen sense viure, ja que estan morts, i si són visibles, ho fan amb normalitat, per no espantar els vius, els quals els veuen i no els veuen, com és habitual en aquests casos. No ho troba admirable al cent per cent?

- No sé què dir-li, la veritat...

- No digui res, Manuel,  perquè sobre aquests assumptes el millor és emmirallar-se en el silenci dels difunts i callar com una tomba, per molt que ells xerrin pels descosits. D'entrada perquè suposant que no estigui d'acord en el que diuen, seria absurd i de molt mala educació discutir amb ells i portar-los la contrària. Noblesse oblige, com diuen els francesos amb molt de seny, i els morts sempre ens mereixen un respecte, per molt errats que estiguin. Per altra banda, la dita xerrameca de cementiri constitueix un dels fenòmens més interessants de les necròpolis, siguin antigues o modernes, i al llarg del temps sempre hi ha hagut persones sensibles que s'han especialitzat a escoltar-la i a transcriure les seves paraules, generalment confoses i difícils de comprendre. Segons expressen els mateixos difunts, com abans hem pogut constatar en directe, els és molt important ser escoltats i encara més ens ho és a nosaltres de saber què ens diuen, no per conrear els vells records i els històrics rancors, cosa absolutament negligible, sinó pels avisos de futur. Fixi's quina paradoxa aquesta: als difunts, Manuel, el passat els importa un rave i en canvi, la seva major preocupació és el futur, a diferència d'allò que pensen la majoria dels vius, que associen els morts amb el passat. No ho troba extraordinari?

Tenia raó en Quinqué, i per això aquesta presència dels morts que sortien a cada pas que feia, encaixava en la construcció de la seva Extravagància, la qual era una manera d'articular el present amb el futur, ja que el passat a en Manuel no li interessava gens, tot i que reconeixia la seva importància. Disposar d'un present obert era potser un dels objectius de l'ou i del seu pla, per molt pla sense pla que fos,  per poder viure amb uns certs aires de llibertat.

- Pensi, Manuel, que el futur és un dels camps de batalla actuals dels més disputats, amb moltes faccions potentíssimes que lluiten per colonitzar-lo cadascun a la seva manera i segons els seus interessos. Per això és oportú escoltar l'opinió dels finats que gaudeixen de perspectives del tot insòlites i sense interessos materials de cap mena. Així mateix, jo diria que avui en dia no sols és oportú sinó necessari que les persones vives disposin de la seva pròpia extravagància, si un no vol que t'obliguin a marcar el pas per camins que no s'han triat.

- Molt em temo, Quinqué, que és ben difícil no marcar el pas avui en dia segons la música que sona.

- Ni qu'ho digui, Manuel, ni qu'ho digui, però com a mínim s'ha d'intentar. Per això és tan important tractar bé el turista i mostrar-li rutes i maneres de veure les coses que s'escapen de les guies oficials. Una simple gota de frescor en un mar de llocs comuns, em dirà vostè, i té tota la raó del món, però aquestes gotes de diferència pesen mil vegades més que els corrents de les aigües ordinàries! I dic això, Manuel, sense menysprear els llocs d'obligada visita, que tot i ser comuns, tenen el fulgor de la singularitat que els fa extravagants, com és de caixó reconèixer!

S'aixecaren finalment de les dues gandules, que els Pericos, sorgits de no se sap on, van fer desaparèixer en un instant. S'admirà el titellaire de la logística desplegada pels seus personatges. Es digué que havien tingut un bon mestre: sempre havia destacat per la seva obsessió en tenir-ho tot a punt. Clar que ara tot això li queia lluny.

Va creuar el cementiri amb la sensació nova de trobar-se en un lloc familiar, de ressonàncies entranyables, com si fos una part de la ciutat que resumia moltes de les característiques de les que ja s'havien perdut, detalls nimis i ridículs que tanmateix parlaven d'èpoques i maneres de viure diferents: el vestuari bigarrat d'aquelles presències fantasmals, els jardinets entre les tombes, els arrebossats vells, tronats i sense pintar de les parets i dels nínxols, alguns epitafis passats de rosca o d'una banalitat aclaparant, els desmenjats ornaments egipcis de pòrtics i tombes, el caminar pausat i filosòfic dels enterradors, el fulgor abrillantat de les tombes dels gitanos amb els seus detalls d'un Kitsch exaltat, i una atmosfera general de tristesa institucionalitzada que es convertia d'immediat en factor d'alegria i lluminositat. Potser perquè associava la familiaritat de tots aquests detalls al futur desimbolt que buscava, no sotmès a les modes del dia, sinó obert a les excentricitats del futur.

- Vegi, Quinqué, com podem arribar a canviar en les nostres formes de pensar i veure les coses, que ara miro aquest cementiri i m'hi sento com a casa, després d'haver presenciat la funció del meus amics titelles i escoltat les paraules dels difunts. I malgrat saber que un dia acabaré instal·lat en el nínxol que em correspon i que pago cada any a l'Ajuntament, també li haig de dir que no tinc cap pressa d'ocupar-lo, sobretot ara que l'Extravagància s'aixeca i m'obre l'òptica del futur!

domingo, 17 de junio de 2018

20º Capítulo (2a parte): El Cementerio del Poble Nou





Hubo un tiempo, hacía bastantes años de ello, que solía pasear Manuel  por este cementerio, el más viejo de la ciudad, no sólo porque estaba enterrado su padre, sino porque le gustaba su silencio y la decadencia de sus partes monumentales, allí donde se acumulaban estatuas y mausoleos. Recordaba el viejo sector de las tumbas protestantes, desaparecido en una de las obras de remodelación, un lugar lleno de encanto, con palmeras enanas y tumbas reventadas por el tiempo, donde la mayoría de  nombres eran ingleses y alemanes. Había también las hileras de nichos subterráneos, galerías oscuras y siniestras, que hablaban de una época en que la ciudad creció como a escondidas, de modo que debieron ampliar el cementerio por abajo. Ahora mostraba un aire más o menos renovado, con muchos nichos vacíos, al detenerse los pagos de muchas familias de los finados. Él siempre pagaba religiosamente la tasa municipal del nicho donde residía su padre y algunos parientes lejanos. Un año lo arregló con un jarrón de flores de plástico para que no las tuviera que cambiar cada año, bien cerrado con llave tras un cristal que le daba un aire distinguido.

La verdad es que cada vez había menos entierros al estar de moda la incineración entre las familias modernas, y pensó que pronto los cementerios serían una reliquia del pasado, un anacronismo de los viejos tiempos en que la muerte se asociaba a los huesos y a los esqueletos. Los vivos modernos no querían saber nada de estas estructuras calcáreas del cuerpo que duran más que la carne, les producen asco y angustia. Prefieren la purificación del fuego, que les parece más limpio, moderno y expeditivo. Si te vas al otro barrio, mejor ir sin lastre. Así pensaba su madre, que siempre lo había tenido muy claro. Manuel prefería el nicho, como su padre, sin saber porqué, por tradición familiar quizás, por llevar la contraria, o para alargar los protocolos de la muerte y darles un poco de la teatralidad de antaño. Sin estos protocolos, no habría cementerios en el mundo, ni estos extraños cultos a los muertos que florecen donde menos te lo esperas. El mismo cementerio del Poblenou tenía a su Santet, un nicho donde estaba enterrado un joven que hacía milagros. Su padre, sin ser creyente, le mostraba siempre el nicho, lleno de exvotos en su entorno y con muchas señoras que lo visitaban a diario para renovar ramos de flores y añadir alguna estampita.

Sin darse cuenta había llegado frente al Santet. Se maravilló al ver que todo seguía más o menos igual. Las velas encendidas, los exvotos amontonados en los nichos y en los arbolitos de alrededor. Dos señoras charlaban de sus cosas mientras sacaban el polvo y ordenaban flores y velas. A un lado, apoyado en la pared, lo miraba el Aedo. No hacía ningún caso a las dos mujeres, convencido como estaba de que no lo veían. Pero una de ellas lo miró fijamente e hizo la señal de la cruz, mientras un gato negro se acercaba a la marioneta con los pelos erizados. Las dos mujeres desaparecieron con miradas de reojo al vacío donde se hallaba el Aedo.

- No te pueden ver pero las has asustado.

- Estas mujeres deben venir todos los días, es como si tuvieran un pie aquí y el otro en la tumba. No me extraña de que me hayan visto u olido. ¿Has ido a Mercurio?

- Sí, con el señor Quinqué. ¿Y tu qué haces aquí?

- Huesos y polvo... Este es el teatro del tiempo, Manuel, vamos al escenario.

Cruzó el Aedo los jardines de aquella sección interior de nichos y tiró por la galería lateral que conduce a la parte noble del cementerio, la de los mausoleos y las estatuas de reconocidos escultores.

Se detuvieron frente a un edificio estrecho donde se guardan los archivos más viejos de la gente enterrada, siempre cerrado a cal y canto. En el centro de un pequeño espacio había dos tumbonas, las mismas que los Pericos le habían puesto otras veces. Se sentó y enseguida se instaló a su lado el señor Quinqué, que acababa de llegar.

- Buenos días, Manuel, por nada del mundo me habría perdido la invitación del señor Poeta. Reconozco que es un lugar poco frecuente para asistir a una representación, pero siempre me ha gustado este cementerio, aunque todavía no he podido llevar a ningún grupo de turistas, una lástima. Es un lugar de turismo para la gente local, fíjese qué paradoja.

Aquí no hay ningún escenario, pensó Manuel, pero ya estaba curado de espantos y sabía que la irracionalidad de sus títeres no tenía límites. De repente, vio al Aedo subirse encima de una tumba y declamar los brazos en alto, con gestos de gran solemnidad.

- Oh Tiempo, viejo amigo de los años, tú que apagas y enciendes a voluntad los motores de la creación, para tus máquinas y engranajes que hacen que todo lo que vive, envejezca y muera! Deja que se abran las puertas de este pequeño Gran Teatro del Mundo, para que las criaturas sean libres de hablar y de decir lo que quieran, aunque sea por unos instantes!

Se escuchó entonces un rumor que fue creciendo hasta convertirse en una sonoridad organizada, como si mil engranajes y maquinarias rotas hicieran girar sus ejes, bielas y goznes en un estruendo de mil demonios, hasta que empezó a detenerse en un silencio que no era tal, sino un ruido en suspensión, con un salpicado de chirridos que sonaba como una lluvia que se detiene antes de caer y que se lamenta de su pena física de no llover.

Manuel encendió su pipa, contento de ver que en efecto el Poeta había preparado una función para ellos, mientras Quinqué hizo lo mismo con una de sus brevas, que enseguida empezó a sacar humo.

Arriba, vieron dos nubes oscuras a punto de reventar porque no podían llover, hinchadas como hacen a veces los niños cuando tienen la boca llena de agua y se les prohíbe escupirla. De repente, uno de las nubes habló:

- ¡Estoy harta de hincharme sin poder descargar! ¡Parece que el tiempo se ha parado y no nos deja llover!

- ¡Mira la sombra oscura que hago, las aguas que me pesan son frías y si no puedo llover, acabaré resfriándome!

- Me llega humo de abajo. ¡Si ellos fuman, nosotras también!

- Tienes razón, ¡encendamos nuestras pipas de vapor! ¡Así aguantaremos mejor!

Divertidos, los dos espectadores vieron como las nubes empezaban a sacar vapor que se elevaba cielo arriba. Se echaron a reír y enseguida se dieron cuenta de que eran acompañados por la risa de muchos de los títeres, que habían acudido también para ver la función.

- Muy originales sus títeres, Manuel!

- La verdad es que no sé qué se traen entre manos.

El Perico Perico, que permanecía sentado en un pequeño muro y que contemplaba también la función, dijo:

- Si es verdad que la ocasión la pintan calva, este es el momento de decir que todos estos años de actuación han sido distraídos y satisfactorios.

El Perico Partido por la Mitad saltó al oír las palabras de su compañero:

- Una satisfacción que debemos partir por la mitad. No todas las cifras son redondas.

- Yo me inclino por lo contrario. Ahora, lo que importa es escapar y tomar aire -dijo el Perico del Cohete en el Culo.

- ¡Como añoro las viejas aventuras! Nada como aquellos viajes por el Lejano Oriente en barcos y con divinidades que hinchaban las velas y nos hacían naufragar para acabar en manos de peligrosas tribus llenas de misterios...

Así se expresó Perico Soñador, el que fuera fiel compañero de Agustinet, uno de los personajes más queridos de Manuel. Agustinet, que se asomó detrás de su amigo Perico, dijo:

- Los bellos jardines del emperador de la China, el canto lírico de los pájaros y el cric-cric-cric de los grillos, fue la mejor música de aquellos tiempos. El paraíso, Manuel...

Se hizo un silencio prolongado después de aquellas palabras de Agustinet.

Se oyó entonces un estruendo ronco como surgido del interior de las tumbas. Y vieron consternados como el lugar se llenaba de personas más o menos configuradas, de una consistencia mitad sombra y mitad física, con claras muestras de indefinición. Aquellas apariciones no tenían nada que ver con sus títeres ni con nada conocido.

Comprendió Manuel que las palabras del Aedo habían abierto algunas puertas ocultas que dejaban salir a los fallecidos del cementerio, pues no otra cosa podían ser aquellas figuras. Se concretaban en formas que  deberían asemejarse a las que tenían antes de morir, evitando el desagradable espectáculo de los efectos de la corrupción.

Se le puso la piel de gallina al titiritero, al pensar si habría entre aquellos aparecidos algún rostro familiar, tal vez su padre o algún tío, o alguien que ignoraba que estaba aquí enterrado. Pero las caras se veían difuminadas y comprendió que se mantenía un cierto anonimato en aquella aparición colectiva. Los aparecidos no hacían nada, permanecían de pie, algunos estaban sentados entre las tumbas. Había muchos, con trajes de épocas diferentes.

Entonces oyeron una voz hablar:

- El tiempo ya no nos afana y aún seguimos aquí. La Tierra nos refleja y nos da continuidad. Sólo si se nos escucha podemos ser una ayuda. Una ayuda de corrección equilibrada.

Otro muerto levantó la voz:

- El gozo de presenciar la vida que ya no tenemos es nuestra cordura. Una cordura de muchas lágrimas y pesares. El arrebato es nuestra pasividad. No hacemos ni somos nada. Pero si no contamos en la vida de los vivos, os falta un halo de luz. La luz de nuestro futuro, que también es el vuestro. Si un día volvemos, con otras caras y cuerpos, seremos el presente vivo de vuestro futuro.

De repente se pusieron a hablar desde diferentes ángulos, cada una de las presencias con su voz propia:

- Somos y no somos, no hay dilema. Por eso estamos aquí. Pero estamos lejos, muy lejos. El trabajo lo hacéis vosotros, las palabras de este teatro son vuestras. Pero nuestra presencia es más real que la de los cuerpos que cose el tiempo.

- Cuando morimos nos vamos pero todavía estamos aquí. El espacio se nos traga y el tiempo nos detiene. El alma es la conciencia con la luz del fulgor que queda. Una presencia que es y no es, y se las ingenia para ser más.

- Somos aventureros sin aventura. La muerte devora la épica. Quedan la fortuna y la desgracia. El signo de los tiempos nos marca y nos empuja. Sopla el viento de la bienandanza, que enciende el fulgor de la conciencia, pero la desventura es una losa que nos traga. La fuerza de los vivos que empujan la desgracia es el soplo que apaga la ventura.

- No tenemos tiempo que perder porque ya lo hemos perdido todo. Estar sin tiempo tiene sus ventajas. No hay prisa, nadie se cansa. Pero la conciencia del fulgor de luz capta la urgencia de los vientos de ventura. La urgencia se hace necesidad. Con ella encendemos, por reflejo, las luces siempre débiles de la conciencia, indispensables para que soplen los vientos de la ventura.

Las palabras se trenzaban y hacían una especie de coral de voces que se sobreponía al flujo sonoro en suspensión que el Aedo había parado con su gesticulación teatral. El efecto resultante era estremecedor, como si fuera la misma ultratumba la que hablara desde el eco ronco del más allá.

Las voces se fueron apagando y con ellas las figuras de los finados que regresaron como por encanto a las tumbas, sin que se oyera ruido alguno por encima del continuo de tonalidad grave que sonaba.

De repente la voz aguda de una de las nubes exclamó:

- ¡Eh, de tanto fumar y sacar vapor, me he quedado sin agua!

- A mí me pasa lo mismo. Estoy tan fino que si he de llover, no haré ni un chorrito.

- ¡Nos hemos quedado vacíos, ¡huyamos antes de que sea demasiado tarde!

Y entre las carcajadas de los espectadores que provocaron sus palabras, las dos nubes oscuras desaparecieron del cielo dejando que el sol impusiera su lógica implacable de vida, luz y calor.

20è Capítol (2a part): El Cementiri del Poble Nou




Hi va haver una temporada, feia bastants anys d'això, que solia passejar Manuel per aquest cementiri, el més vell de la ciutat, no sols perquè hi havia enterrat el seu pare, sinó perquè li agradava el silenci i una certa decadència de les seves parts monumentals, on s'aglomeraven estàtues i mausoleus. Recordava el vell sector dels enterraments protestants, ara desaparegut en posteriors obres d'ampliació, un lloc ple d'encant, amb palmeres petites i tombes rebentades pel temps, on la majoria dels noms eren anglesos o alemanys. Hi havia també les fileres de nínxols soterranis, galeries fosques i un pèl sinistres, que parlaven d'una època en què la ciutat va créixer com d'amagat, de manera que per enterrar els seus morts, havien d'ampliar el cementiri per sota. Ara mostrava un aire més o menys renovat, amb molts nínxols buits, en aturar-se els pagaments de moltes famílies dels finats. Ell sempre pagava religiosament la taxa municipal del nínxol on residia el seu pare i alguns parents llunyans. Un any l'havia fet arreglar, amb un gerro amb flors de plàstic perquè no les hagués de canviar cada any, ben tancat en clau amb una porteta de vidre que li donava un aire distingit.

La veritat és que cada vegada hi havia menys enterraments en estar de moda la incineració entre les famílies modernes, i va pensar que ben aviat els cementiris serien una relíquia del passat, un anacronisme dels vells temps en què la mort s'associava als ossos i als esquelets. Els vius moderns no volien saber res d'aquestes estructures calcàries del cos que duren més que la carn, els produeix fàstic i angúnia. Prefereixen la purificació del foc, que els sembla més net, modern i expeditiu. Si te'n vas a l'altre barri, millor anar-hi sense llast. Així pensava la seva mare, que sempre ho havia tingut molt clar. Manuel preferia el nínxol, com el seu pare, sense saber massa el perquè, per tradició familiar, per portar la contrària, o potser per allargar els protocols de la mort i donar-los una mica de la vella teatralitat d'antany. Sense aquests protocols, no hi hauria cementiris al món, ni aquests estranys cultes als morts que floreixen on menys t'ho esperes. El mateix cementiri del Poblenou tenia el seu Santet, un nínxol on hi havia enterrat un jove que feia miracles. El seu pare, sense ser creient, li mostrava sempre el lloc, un nínxol ple d'exvots al seu entorn i amb moltes senyores que el visitaven a diari per renovar els gerros i els rams de flors.

Sense adonar-se'n, havia arribat davant del Santet. Es meravellà en veure que tot seguia igual. Les espelmes enceses, els exvots amuntegats als nínxols i als arbrets del voltant. Dues senyores xerraven de les seves coses mentre treien la pols i endreçaven flors i espelmes. A un costat, recolzat a la paret, el mirava l'Aede. No feia cas de les dones, convençut com estava de que no el veien. Però una d'elles el mirà fixament i es feu el senyal de la creu, mentre un gat negre s'acostava a la marioneta amb els pèls eriçats. Les dues dones desaparegueren amb mirades de reüll el buit on estava el titella.

- No et poden veure però les has espantat.

- Aquestes dones deuen venir cada dia, és com si tinguessin un peu aquí i l'altre a la tomba. No m'estranya que m'hagin vist o ensumat. Has anat a Mercuri?

- Sí, amb el senyor Quinqué. I tu què fas aquí?

- Ossos i pols... Aquest és el teatre del temps, Manuel. Vine, et portaré a l'escenari.

Creuà l'Aede els jardins d'aquella secció interior de nínxols i tirà per la galeria lateral que porta a la part noble del cementiri, la dels mausoleus i les estàtues de reconeguts escultors. S'aturaren davant d'un edifici estret on es guarden els arxius més vells de la gent enterrada, sempre tancat a pany i clau. Al centre d'un petit espai obert hi havia dues gandules, les mateixes que els Pericos ja li havien posat altres vegades. Va seure i de seguida s'hi instal·là el senyor Quinqué, que acabava just d'arribar.

- Bon dia, Manuel, per res del món m'hauria perdut la invitació del senyor Poeta. Reconec que és un lloc una mica estrany per assistir a una representació, però sempre m'ha agradat molt aquest cementiri, ho haig de reconèixer, tot i que encara mai hi he pogut portar cap grup de turistes, una llàstima. És un lloc de turisme per a la gent local, fixi's quina paradoxa!

Enlloc hi havia cap escenari, va pensar en Manuel, però ja estava curat d'espants i sabia que la irracionalitat dels seus titelles no tenia límits. De sobte, va veure a l'Aede enfilar-se dalt d'una tomba i aixecar els braços enlaire, amb senyal de gran solemnitat.

- Oh Temps, vell amic dels anys, tu que apagues i encens a voluntat els motors de la creació, atura les teves màquines i els teus engranatges que fan que tot allò que viu, envelleixi i mori! Deixa que s'obrin les portes d'aquest petit Gran Teatre del Món, perquè les criatures siguin lliures de parlar i de dir el que volen, ni que sigui per uns instants!

Se sentí llavors una remor créixer i a poc a poc convertir-se en una sonoritat organitzada, com de ferralles i maquinàries que feien girar els seus eixos i bieles amb un terrabastall de mil dimonis, fins que començà a llanguir en un silenci que no era tal, sinó un brogit en suspensió, amb un escarritx constant de grinyols i de garranyics que sonava com una pluja que s'atura abans de caure i es lamenta de la seva pena física de no ploure.

En Manuel va encendre la seva pipa, animat de veure que en efecte el Poeta havia preparat una funció per a ells, mentre en Quinqué féu el mateix amb una de les seves breves, que de seguida començà a treure fum.

A dalt, van veure dos núvol foscos a punt de rebentar perquè no podien ploure, inflats com a vegades fan els nens quan tenen la boca plena d'aigua i se'ls prohibeix escopir-la. De sobte, un dels núvols va parlar:

- Estic fart d'inflar-me sense poder descarregar! Sembla que el temps s'ha parat i no ens deixa ploure!

- Mira l'ombra fosca que faig, les aigües que em pesen són fredes i si no puc ploure, m'acabaré refredant!

- M'arriba fum de baix. Si ells fumen, nosaltres també!

- Tens raó, encenguem les nostres pipes de vapor! Així aguantarem millor!

Divertits, els dos espectadors van veure com els núvols començaven a treure vapor que s'enlairava cel amunt. Van esclatar a riure i de seguida s'adonaren que eren acompanyats pels riure de molts dels titelles, que s'havien acostat també a veure la funció.

- Molt originals els seus titelles, Manuel!

- La veritat és que no sé què es porten entre mans.

El Perico Perico, que romania assegut en un petit mur i que contemplava també la funció, va dir:

- Si és veritat que a l'ocasió la pinten calba, aquest és el moment de dir que tots aquests anys d'actuació han estat distrets i satisfactoris.

El Perico Partit pel Mig va saltar en oir les paraules del seu company:

- Una satisfacció que s'ha de partir per la meitat. No totes les xifres són rodones.

- Jo m'inclino pel contrari. Ara, el que compta, és poder escampar la boira -va dir el Perico del Coet al Cul.

- Com enyoro les velles aventures! Res com aquells viatges a l'Extrem Orient en vaixells de vela i amb divinitats bufadores que ens les inflaven i ens feien naufragar per acabar en mans de perilloses tribus plenes de misteris...

Així s'expressà el Perico Somiatruites, que havia estat company de l'Agustinet, un dels personatges més estimats per en Manuel. L'Agustinet, que va treure el cap darrere del seu amic Perico, va dir:

- Els bells jardins de l'emperador de la Xina, el cant líric dels ocells i el ric-ric dels grills va ser la millor música d'aquells temps. El paradís, Manuel...

Es feu un silenci melangiós després d'aquelles paraules de l'Agustinet.

De sobte es va sentir un terrabastall ronc, com sorgit de l'interior de les tombes. I van veure consternats com el lloc s'omplia de persones més o menys configurades, d'una consistència meitat ombra i meitat física, amb clares mostres d'indefinició. Aquelles aparicions no tenien res a veure amb els seus titelles ni amb res de conegut.

Va comprendre Manuel que les paraules de l'Aede havien obert algunes portes ocultes que deixaven sortir als finats del cementiri, ja que no podien ser altra cosa aquelles figures. Es concretaven en formes que deurien assemblar-se a les que tenien abans de morir, evitant el desagradable espectacle dels efectes de la corrupció. 

Se li posà la pell de gallina al titellaire, en pensar si hi hauria entre aquells apareguts algun rostre familiar, potser el seu pare o algun oncle, o algú que ignorava que estava aquí enterrat. Però les cares eren difoses i va comprendre que es mantenia un cert anonimat en aquella aparició col·lectiva. Els apareguts no feien res, romanien de peu, alguns seien entre les tombes. N'hi havia molts, amb vestits d'èpoques diferents.

Llavors van sentir una veu parlar:

- El temps ja no ens afanya i encara seguim aquí. La Terra ens emmiralla i ens dóna continuïtat. Només si se'ns escolta podem ser una ajuda. Una ajuda de correcció equilibrada.

Un altre mort va aixecar la veu:

- El goig de presenciar la vida que ja no tenim és el nostre seny. Un seny de moltes llàgrimes i recances. La rauxa és la nostra passivitat. No fem ni som. Però si no comptem en la vida dels vius, us manca un costat de llum. La llum del nostre futur, que també és el vostre. Si un dia tornem, amb altres cares i cossos, serem el present viu del vostre futur.

De sobte es van posar a parlar des de diferents llocs, cada una de les presències amb la seva veu pròpia:

- Som i no som, no hi ha dilema. Per això som aquí. Però som lluny, molt lluny. La feina la feu vosaltres, les paraules d'aquest teatre són vostres. Però la nostra presència és més real que la dels cossos que cus el temps.

- Quan morim marxem però encara som aquí. L'espai se'ns empassa i el temps se'ns atura. L'ànima és la consciència amb la llum del fulgor que queda. Una presència que és i no és, i se les empesca per ser més.

- Som aventurers sense aventura. La mort devora l'èpica. Queden la fortuna i la dissort. El signe dels temps ens marca i ens empeny. Bufa el vent de la benanança, que encén el fulgor de la consciència, però la desventura és una llosa que se'ns empassa. La força dels vius que empeny la desgràcia és el buf que apaga la ventura..

- No tenim temps per perdre perquè ja l'hem perdut tot. Estar sense temps té els seus avantatges. No hi ha pressa, ningú es cansa. Però la consciència del fulgor de llum capta la urgència dels vents de ventura. La urgència es fa necessitat. Amb ella encenem, per emmirallament,  els llums sempre febles de la vostra consciència, indispensables perquè bufin els vents de la ventura.

Les paraules es trenaven i feien una mena de coral de veus que es sobreposava al flux sonor en suspensió del temps que l'Aede havia aturat amb la seva gesticulació teatral. L'efecte resultant era escruixidor, com si fossin les mateixes tombes les que parlessin des del ressò ronc de la ultratomba.

Les veus s'anaren apagant i amb elles les figures del finats que retornaren com per encant  a les tombes, sense que s'oís cap soroll per damunt del continu de tonalitat greu que sonava.
De sobte la veu aguda d'un dels núvols s'exclamà:

- Ep, de tant fumar i treure vapor, m'he quedat sense aigua!

- A mi em passa el mateix. Estic tan fi que si haig de ploure, no faré ni un rajolí.

- Ens hem quedat buits, fugim abans no sigui massa tard!

I entre les riallades dels espectadors que van provocar les seves paraules, els dos núvols foscos van desaparèixer del cel deixant que el sol imposés la seva lògica implacable de vida, llum i calor.

miércoles, 13 de junio de 2018

19º Capítulo (2a parte): Conversación de terraza





Le era difícil a Manuel calcular los días de huevo, por llamarlos de algún modo, que llevaba vividos, es decir, desde el día en que apareció el huevo en el Aposento. Se dio cuenta, sin embargo, que aún era agosto, por el calor que hacía y por el tráfico de turistas que de vez en cuando reclamaban la atención de su guía. También porque un día pescó un periódico en un café y se puso más o menos al día en las cosas de este mundo.

Sabía que cada verano los periódicos escogían un tema al que iban dándole vueltas como quien se pone un chicle en la boca para entretenerse, y que ese año habían elegido el tema del Referéndum y de la Independencia, del que él sólo sabía lo que le habían explicado sus Pericos. Se entretuvo un rato y enseguida lo abandonó, al darse cuenta de que ya estaba muy masticado, como si fuera uno de esos chicles al que ya no le encuentras ningún gusto. Pero valoró la tenacidad de sus conciudadanos, capaces de mantener vivo un tema tan peliagudo como éste, cultivando la ilusión general, como si también ellos hubieran puesto un huevo que les obligaba a cumplir la correspondiente extravagancia, que era la Independencia.

El señor Quinqué, que tomaba una horchata a su lado y lo escuchaba con atención, situados ambos en una pequeña terraza del Poble Nou, asentía con ganas evidentes de intervenir en el hilo de pensamiento de su cliente.

- Don Manuel, ha vuelto a dar en el clavo con esta sencilla descripción del tema independentista. Piense que yo lo sigo con atención cada día, ya que soy un lector fiel de La Vanguardia, un diario de los mejores que he conocido, cargado de contradicciones que es como me gustan a mí los periódicos y siempre preocupado por los beneficios y por las cuentas de resultados. Y creo que el huevo colectivo puesto por los independentistas, al romperse, es lo que ha generado este relato que funciona tan bien, el cual tiene como problema principal el hecho de pedir una participación global de la ciudadanía. La extravagancia de la Independencia, para describirla con sus palabras, sólo se cumpliría con una mayoría de participantes. ¿Pero es esto posible, me pregunto? ¿Puede una extravagancia ser colectiva y mayoritaria? Sobre todo en una sociedad en la que cada individuo tiene ganas de poner su propio huevo y tomar el atajo que más le apetece. Y fíjese que para que ello sea posible, se necesita un estímulo exterior que ayude a mantener la presión y aglutinar este deseo de suma. No hay duda de que esta presión de fuera es la que proviene de Madrid y de su gobierno, que hasta ahora ha ganado las elecciones gracias al problema catalán, por lo que se ha especializado como quien dice en mantenerlo vivo para conservar el poder. Y por el bando contrario, pasa lo mismo, pegado el gobierno catalán y las fuerzas independentistas a esta presión que los mantiene unidos y garantiza su extravagancia, además de su supervivencia, claro está. Ahora bien, el problema sigue siendo el de la mayoría, el hueso de todo el asunto, y ya sabe por experiencia que las mayorías son tan volátiles hoy en día como lo es el tiempo, que un día llueve y el otro hace calor.

Bebió un trago de horchata y al ver que Manuel le escuchaba sin escuchar, que era la mejor manera de seguir sus palabras, continuó hablando Quinqué sobre la cuestión.

- Hay además aquí otro problema, y es la tendencia de los humanos de hoy en día de llevar la contraria a todo lo que se les pide o se les propone o se les da para escoger, de manera que los gustos, las tendencias y las inclinaciones se parten siempre por la mitad, al ser una ley de las actuales sociedades que nunca los unos estén de acuerdo con los demás, una característica que en absoluto debe entenderse como perniciosa. Y es por eso que los defensores de causas difíciles o imposibles buscan siempre un referéndum, porque saben que lo que importa a la gente no es la causa que se defiende, sino enrocarse a favor o en contra, es decir, buscar equivalencias contradictorias, porque no ganen ni el uno ni el otro, y menos el vecino de enfrente. Pero al decidirse los referendos por la mitad más uno de los votos, la cosa se decide a cara y cruz, y gana el que fortuna ayuda y según como sopla el viento de las emociones.

- Caramba, Quinqué, este punto de vista nunca lo había oído.

- Piense, Manuel, que la agencia Mercurio tiene por costumbre estudiar la evolución de los mercados, y estas cuestiones de la estadística y de la contabilidad electoral nos interesan mucho, ya que tocan puntos claves de nuestra cultura. Ahora bien, ¿significa ello que estos intentos de afirmación colectiva son una pérdida de tiempo? En absoluto. Ya le he dicho antes que hoy en día las sociedades necesitan moverse con decisión y sobre todo con conciencia de saber aquello de lo que son capaces de hacer, y cuando una región como Cataluña se pone en pie y pide su porción de responsabilidad planetaria en los asuntos de este mundo, no hay duda de que nos encontramos ante un importante avance de civilización. El problema es hacerlo con los vecinos, los de dentro y los de fuera, la asignatura más difícil que tienen los convencidos, ya que una buena parte de estos vecinos interiores se oponen a sus planes y buscan la misma afirmación pero por otros derroteros, y no veo muchos intentos de quererlos convencer por parte de los independentistas más recalcitrantes. Al contrario, cada vez se los ve más convencidos de sus posiciones y enemigos de las de sus contrincantes. Y por eso son tan importantes estos aspectos de las mayorías, que se encargan de inclinar la balanza hacia uno u otro lado.

- Pues en eso parece que hay una especie de empate.

- En efecto, Manuel, se trata de un típico caso de choque de oposiciones enfrentadas, que suelen alargar la solución del problema por secula seculorum, como diría un latinista. Y son este tipo de realidades complejas cargadas de contradicciones irresolubles las que a la larga pedirán soluciones más imaginativas. Hoy, los dilemas principales están basados en el número dos, quiero decir, que cuando dos se oponen, la solución buscada es que el uno gane y el otro pierda. Pero eso, Manuel, no deja de ser la lógica de la cachiporra, que usted que es titiritero conoce a la perfección. Desde la agencia Mercurio pensamos que lo que no tardará mucho en imponerse es la nueva cultura del tres, que quiere decir que cuando dos se oponen, la solución no es ninguna de las dos opciones sino una tercera que debe crearse sobre la base de la aportación o del cruce de los dos. Hoy por hoy esto parece imposible, porque los humanos se resisten a ser creativos y además les gusta mucho empeñarse en sus convicciones verdaderas. Y la razón de que esto sea así, es que ayuda a la gente a ser más de lo que son, en una época de vacas flacas como la actual, en que las antiguas verdades religiosas han desaparecido del mapa y todo el mundo debe ingeniárselas a ser algo por su cuenta. Estas tomas de posición que son las patrias y los convencimientos colectivos no dejan de ser una especie de muletas que ayudan a mantenerse en pie, pero sin demasiadas alegrías y mucho desgaste vital. Y yo me pregunto, ¿es esto inteligente? Yo diría que en lo más mínimo, sino todo lo contrario, pero qué quiere hacer, Manuel, si los problemas irresolubles de nuestra época se resisten a encontrar solución, enrocadas como están las partes opuestas en sus verdades y convicciones, tal vez esperando que alguien con más imaginación y emprendimiento sea capaz algún día de inventar la manera de pasar del dos al tres.

De cajón, se dijo con una sonrisa Manuel al oír aquellas palabras de Quinqué. Y pensó si todo este asunto de la pipa, del fumar y del tercero que se va de paseo por el Sistema Solar no sería también una manera de pasar del dos al tres, como decía el guía turístico, pero a título personal, al resolver contradicciones interiores con un proceder que abre espacios a la imaginación operativa. Permite ver la ciudad como un lugar de dimensiones ocultas desde las que puedes saltar de planeta en planeta y descubrir algunos secretos del Universo. En este sentido, la Extravagancia sería el desarrollo del tres a modo particular, al crear una especie de ciudad doble con capacidad de acoger lo visible y lo invisible, los títeres y el titiritero, los vivos y los muertos, es decir, un espacio dinámico de resolución de estas contradicciones irresolubles, que sin dejar de serlo, se comportan como si no lo fueran.

- Tiene toda la razón del mundo, Manuel. Así lo veo yo también. Y no me negará que la Sagrada Familia no es un tres como una catedral, que resolvió aquellas contradicciones internas del señor Gaudí, entre el clasicismo y el modernismo, a base de excitar su religiosidad, para contraponer así el espíritu a la piedra. Incluso me atrevería a pensar si la razón de que el genial arquitecto abrazara con tanto fervor la fe religiosa, no fuera otra que la pura necesidad instrumental, ya que para crear una extravagancia como la suya jamás se lo hubieran permitido con un proyecto de edificio civil, mientras que la polaridad espiritual, cuyas contradicciones irresolubles son exorbitantes, justifica la irracionalidad de hacer volar la piedra por encima del cielo de Barcelona. Y la prueba de que el resultado ha sido una extravagancia de las que despegan en un tres de los grandes, es esta capacidad de atracción que tiene de la que ya hemos hablado con profusión, con los millones de turistas que no dejan de ser los modernos peregrinos que vienen a ver este monumento contemporáneo a la creatividad futura del Tres! ¿No encuentra que es de cajón, Manuel?

Hacía un rato que el titiritero había dejado de escucharlo, aunque no se perdía ninguna de las palabras del guía, inmerso como estaba en el tema de los vivos y de los muertos, que había tratado en alguna de sus obras, pero del que nunca había conseguido sacar nada en limpio. Pensó que era lógico que fuera así, al ser un asunto de los más oscuros que puede haber, pero no se resignaba a la evidencia del escepticismo que le era propio, obsesionado como estaba en llevar siempre la contraria, aunque fuera consigo mismo.

- Señor Quinqué, usted cree que los muertos viven?

La pregunta sorprendió al guía turístico, ya que no estaba acostumbrado a clientes de ese tipo, que por estar tan en contacto con personajes que eran y no eran como son los títeres, con vida y movimiento a pesar de ser de madera, se hacen preguntas de este estilo.

- Don Manuel, esto es una contradicción como una casa en sus propios términos, ya que si alguien está muerto significa que no está vivo, y al revés, se dice que uno está vivo porque no está muerto. Todo esto es de cajón. Ahora bien, ya sabe que en esto de las contradicciones hay muchas sorpresas, y no puede imaginarse como le gusta a la realidad saltarse sus propias leyes a la torera, sobre todo las que son de signo mental y significativo, quizás por este espíritu de contradicción que nos caracteriza a los humanos y que hoy florece con tanta alegría en la mayor parte de las sociedades del mundo. Quizás esto explique que algunos muertos quieran estar vivos, y también al revés, algunos vivos muertos, aunque sea para hacer la puñeta y tocar las narices a todos, hablando claro y catalán. Pero importa también estudiar la cuestión desde perspectivas más innovadoras. Por ejemplo, yendo a la cultura del tres que nos espera en la próxima esquina de la Historia, o simplemente estudiando las posibles evoluciones retrógradas de la cultura del dos. Aquí, Manuel, entramos en terrenos resbaladizos y nuevos, muy nuevos, al ser muy poco lo que podemos llegar a saber. Y sin embargo, permítame que me atreva a decir lo que pienso, que siempre me maravilla cuando lo cuento.

Pidió otra orchata el titiritero con ganas de escuchar a Quinqué.

- Fíjese, Manuel, que hoy en día la ciencia se ha puesto entre ceja y ceja convertir a los humanos en inmortales, a través de las intervenciones tecnológicas de la genética, la robótica, la biología, la química, y todas estas parafernalias, capaces de meterse sin problemas hasta el corazón mismo de las células de nuestro cuerpo. Todo este atrevimiento responde a su pregunta, ya que estos señores de la ciencia podrían decir que los vivos a partir de ahora no morirán, o bien que los muertos estarán vivos toda la vida. Sin duda, es una manera de ver las cosas y es muy posible que no sea ninguna tontería y que se salgan con la suya. Ahora bien, ¿es este el camino del tres? O mejor dicho, ¿qué representa este alargamiento de la vida en relación a la mejora de la cultura y de la civilización humana? Aquí es donde la ciencia empieza a patinar. Claro que todo depende de lo que se entienda por cultura y civilización humana. Para mí, Manuel, más que la salud y la seguridad de una vida sin mácula, que en absoluto debemos despreciar, importa sobre todo la libertad y esta opción de creatividad que es el tres. Fíjese que la propuesta de la ciencia tecnológica es como si pasáramos del dos al uno, es decir, en vez de ir adelante, vamos hacia atrás, al convertir la vida de las personas en una línea recta asegurada por las intervenciones exteriores del complejo tecnológico encargado de gestionar estas líneas rectas. Y pasar del dos al uno es una pérdida terrible, antes es preferible seguir en el dos, a pesar de las peleas y de las contradicciones que tenemos a diestro y siniestro. Pasar al uno de la tecnología significa que el dos que antes teníamos como dualidad interior, ahora es ocupado por la mano científica que te marca el recto camino de la salud y la longevidad, lo que significa pasar de la libertad a la dependencia. Una persona llegada a inmortal por la vía del dos que pasa al uno, yo diría que más que un vivo inmortal, es un muerto vivo que no puede morir porque ya está muerto. ¿Me sigue, Manuel?

- Al pie de la letra, Quinqué.

- Imagínese crear un mundo poblado de muertos que no acaban nunca de morir, lo encontraría espantoso. Ahora bien, si la vía que elegimos los humanos es pasar del dos conflictivo al tres resolutivo, entonces las cosas empiezan a ponerse más interesantes, sobre todo porque se mantienen las dualidades y las contradicciones que son la sal de la vida, pero a la vez se abren nuevos espacios de libertad y de resolución de las contradicciones por la vía creativa del tres. Pero sobre todo lo que más alegra de la opción del tres es que aporta novedades inesperadas, como le está resultando a usted su extravagancia, que a pesar de ser un fenómeno largamente conocido en el sistema solar y en el planeta, no deja de sorprendernos a cada minuto.

Escuchaba Manuel y comprendió que no necesitaba más respuestas, porque era evidente que la mecánica del huevo y de la pipa que fumaba por dentro, capaz de generar al tercero que se lo mira desde fuera, servía para entender cómo las distintas dualidades en oposición pueden generar terceros, siempre que se ponga en ello la mirada, la distancia suficiente y el deseo creativo. Y eso explica que uno pueda dirigirse a un muerto que sin embargo está vivo aunque esté muerto, o a un animal irracional capaz de pensar y discurrir, o a una piedra que te habla del Espíritu Universal, sin perder la razón, y manteniendo unos mínimos de realismo, contradictorio pero real al fin y al cabo.

- Lo ha entendido a la perfección. Ya ve que en cierto modo mucha gente vive en la época del tres, pero sin saberlo y bajo los dictados y las directrices del dos contradictorio e irresoluto.

- Usted es un revolucionario, Quinqué!

- No lo crea, Manuel, quizá el señor Mercurio lo sea un poquito más, por sus hábitos y costumbres, muy evolucionados en los temas del fumar, pero yo valoro mucho la estabilidad, indispensable para el negocio turístico, ¿cómo sino podríamos recibir y atender a nuestros clientes? Nos gusta mucho la estabilidad que da la inteligencia y piense que el mercado no está para monsergas. Una buena contabilidad es lo que cuenta, sí señor, y tan importante es un euro, como diez, como cien o como un simple centavo. El secreto de las cuentas son los céntimos, ¡quién controla los céntimos lo controla todo, Manuel!