lunes, 23 de julio de 2018

27º Capítulo (2a parte): Los intestinos de la Extravagancia




Salió disparado Manuel más adentro aún de su Extravagancia, por unas zonas inexploradas que se extiendían hacia los límites de lo humano, unos límites que se bifurcaban y se entrecruzaban en un montón de vueltas, afluentes y espirales que configuraban una malla que se estiraba a lo largo del tiempo y que en su conjunto constituye el tejido oculto de lo que somos y hacemos.

Supo entonces que lo que Vulcano le había implantado en las manos eran dos fuerzas distintas y opuestas, las que correspondían a aquellos dos rostros de Kalim y Kilam, que siempre habían sido un misterio para él, y que ahora actuaban como un par de motores que revolucionaban su alma, tirando con fuerza salvaje cada uno por su lado. Unas fuerzas que lo empujaban hacia adentro y que removían todo lo que podían remover. Creaban un caos conocido, ya que en el vértigo de la caída aparecieron los personajes que había el titiritero, con sus risas, gritos y voces que procedían todos de sí mismo, así como las historias donde habían actuado, con los decorados de paisajes que se cruzaban y se sucedían como si un loco maquinista teatral se entretuviera en subir y bajar telones, mientras accionaba todos los trucos y los mecanismos escénicos, con un alboroto de mil demonios y un trasfondo sonoro que sumaba las músicas utilizadas para las mil escenas compuestas.

Comprendió que aquellos dos rostros de Kalim y Kilam no eran más que la personificación de fuerzas interiores suyas, que se distinguían por su género y por la actitud que tenían de cordura y locura, intercambiables pero diferenciadas, una especie de polarización dinámica de su hacer, entre la risa y la parodia, la euforia y la tristeza, la alegría y la desgracia, el vivir y el morir. Se escondían tras sus creaciones escénicas y plásticas, eran parte de la dinámica que lo había alzado hacia las alturas de su profesión. Pero ahora actuaban como motores de destrucción, al derribar los edificios levantados.

Y entonces oyó sus voces:

- ¡Manuel, se acabó lo que se daba! ¡Lo que funcionaba antes, hoy no funciona!

- ¡Jugar a las oposiciones te ha dado un buen resultado, pero ya estamos hartos!

- ¡Tanto hacer para no ir a ninguna parte, es de burros!

- ¡Ala, a trabajar! ¿Es que lo tenemos que hacer todo nosotros?

- ¿Pero qué queréis que haga? ¡En ningún lugar está escrito que tenga que hacer más de lo que hago! –contestó.

- ¡Necesita órdenes por escrito!

- ¡Y se las da de titiritero independiente!

- ¡Tu obra está muerta, Manuel! ¡Tus personajes son difuntos que hablan como cotorras!

- ¡Al fondo, a las mazmorras de tu alma seca!

- ¡Al hoyo de tus miserias!

- ¡Eres un vivo en la sala de espera de los que ya no quieren estar vivos!

- Esperar, siempre esperar, ¿para qué? ¿Para morir? ¡Cuánta estupidez!

- ¡Todo lo que haces nace muerto! ¡Eres un cadáver viviente!

- ¡Es un titiritero de los de antes, aburrido, de los que siempre hacen lo mismo!

- ¡Ah, cómo os gusta encerrarnos en las jaulas que llamais retablos!

- ¡Apestas a cerrado!

- ¡Abajo va! ¡A los sótanos, a ver si nos lo sacamos de encima!

- ¡Sí, sí, a las cloacas del alma!

Y en efecto, se sentía Manuel arrastrado a un fondo que no tenía fin, hacia unos sótanos jamás visitados de su interior. Por ambos lados, veía las caras conocidas de algunas de las figuras que habían representado a los viejos dioses de los humanos, utilizados en algunas de sus obras: el perro Anubis, Thot el de cabeza de ibis, Apis el dios toro, el escarabajo solar Khepri, Poseidón con su tridente, y otros de nombres rebuscados y de aspectos pavorosos. ¿Qué hacían allí? ¿Se reían también? Sus caras aparecían y desaparecían superpuestas en la oscuridad del vacío. Y detrás, asomaban divinidades aún más antiguas y malévolas, aquellas que proceden de las regiones caóticas, con cabezas deformes y nombres horribles, que le hacían muecas.

Pensó aterrizado que su Extravagancia le había puesto una trampa, aquel viejo Saco de Truenos le había abierto una de estas trampillas que hay en los escenarios pero que daba a un agujero sin fondo, lejos de cualquier teatro y de la ciudad, mientras los dos seres primigenios que Vulcano le había clavado en la carne lo arrastraban hacia abajo sin piedad.

Se paró de golpe y porrazo. Había tocado fondo. A su alrededor, un atroz silencio y una oscuridad total. Quizás había llegado al callejón sin salida de sí mismo, donde ya no había nada más a descubrir ni ver ni tocar, una zona cero de su persona, hueca y vacía. Una angustia profunda, como nunca había sentido, lo poseyó. Quizás se encontraba en el agujero negro de la muerte, no la muerte de los que salen a pasear por la Luna y por el Sistema Solar sino la de los que están hasta las narices de vivir y simplemente quieren terminar y desaparecer en un cero total y absoluto. Un cero, sin embargo, que más bien era un bajo cero, de tan negro y angustioso que lo sentía. Impulsado por la sensación de haber llegado a algún final de su existencia, decidió detenerse, sin hacer caso a las dos fuerzas que lo habían empujado hacia las profundidades. Y entonces, sucedió algo inaudito: la angustia, después de llegar a su pico, se estabilizó. Poco a poco, el silencio absoluto se convirtió en un reposo que sólo podía ser un 'callejón sin salida'. El cero se había impuesto y se lo comía. Y por un agujero de la oscuridad, vio a la Muerte que se le acercaba, aquel rostro que conocía tan bien porque lo había tallado con sus propias manos. Se acercaba y parecía sonreír. Pero a Manuel no le hacía ninguna gracia. Sabía que no habría ninguna posibilidad de escapar esta vez, como tampoco habría ninguno de sus títeres con ganas de zurrarla con la cachiporra, la pálida se lo llevaría esta vez al pudridero o allí donde van a parar los que morían como él, atrapados por el cero.

Y mientras veía su fin perfectamente dibujado, como si lo hubiera planificado en alguno de sus espectáculos, notó que la angustia, estabilizada hacía rato, iniciaba aquella curiosa transformación que le era conocida, especialmente desde que había comenzado a fumarse en pipa, de pasar poco a poco a una absurda alegría, aquélla que no tardaría en subir hacia la euforia. En efecto, se sentía mejor, la Muerte se acercaba implacable, pero él no sólo estaba contento sino que se echó a reír, cada vez con más ganas, lo que sorprendió a la Señora, que se detuvo un momento confusa, para reiniciar de nuevo su marcha. La euforia fue subiendo y subiendo, con el rumor que siempre la acompañaba, un eco de mil timbales y trompetas que crecían en línea recta hacia la exaltación sonora, cuando de repente estalló en su interior una especie de explosión, una bomba que sin embargo no era más que aquel agujero negro donde se había metido que saltaba por los aires, una explosión que lanzó a la Muerte al quinto pino y que lo hizo salir a él disparado hacia arriba, buscando la luz de día mientras se encendían millones de kilovatios y se llenaba el ambiente de los decibelios de las orquestas que lo inundaban y lo incendiaban todo por dentro.

Horas tardó, pero al fin salió, cada vez más cargado de fuerzas, del agujero directamente a lo que parecía la torreta del patio del Castillo de Montjuic, con un grito que surgió de la garganta como nunca había gritado, llevado por aquella explosión de euforia que lo tenía en pie con los brazos estirados y los dos títeres de hierro candente calzados en sus extremos, ¡que ahora tenían el color y la textura del oro! ¡Se habían convertido en dos títeres de oro, que se movían blandos como la carne! ¡Eran, sin ninguna duda, Kalim y Kilam, quienes no paraban de hacer muecas con unos chillidos que se confundían con su grito! Y de pronto vio que los dos títeres desaparecían para dejar paso a sus manos que también se habían vuelto de oro. Las veía brillar a la luz de los focos del sol, con la extraña sensación de sentirlas vivas y trémulas. Las tuvo alzadas mientras sonaba a su alrededor la música festiva y exultante de mil instrumentos, con apotesosis de cuerdas y metales. Le pareció oír aplausos. Bajó las manos entonces para mirarlas de cerca, y vio que el oro ya no estaba y que volvían a tener el color y la textura de la carne. Respiró aliviado. Levantó la cabeza pensando que se encontraba en la torreta del Castillo de Montjuic cuando de repente vio que en realidad estaba en un escenario, cegado por los focos, que reconoció de inmediato como los del teatrillo del Pueblo Español donde sus títeres hacían función. Estos llenaban la platea y aplaudían con sus manos de madera. Atónito vio que Quinqué ocupaba la primera fila junto al Aedo, que subió a saludarlo.

- ¡Fantástico, Manuel, fantástico, el Secreto del Gran Vivo, una gran función!

En un rincón estaba el viejo Saco de Truenos que desapareció en la oscuridad de los laterales. Quinqué subió también para felicitar al titiritero.

- ¡Felicidades, Manuel, ha sido un placer verlo en el escenario! ¡Nunca me hubiera perdido esta función! ¡Impresionante la escena con Vulcano y los dos títeres soldados en sus manos, de antología, Manuel, de antología!

Buscaba por la sala a Kilam y Kalim, quienes no aparecían por ninguna parte. Los Pericos y los demás títeres empezaron a vaciar la platea.

- ¡Creo que nos merecemos un ágape, Manuel, aunque sólo sea para podernos fumar después unos buenos puros!

El viejo Poeta se acercó a quien le había hecho y le tendió la mano. Encajaron y el títere desapareció por la platea.

27è Capítol (2a part): Els budells de l'Extravagància




Sortí disparat Manuel encara més endins de la seva Extravagància, per unes zones inexplorades que s'estenien fins als límits de l'humà, uns límits que es bifurcaven i s'entrecreuaven en un fotimer de voltes, d’afluents i d’espirals que configuraven una malla que s'estirava al llarg del temps i que en el seu conjunt constitueix el teixit ocult d’allò que fem i som.

S'adonà llavors que allò que Volcà li havia implantat a les mans eren dues forces distintes i oposades, les que corresponien a aquells dos rostres de Kalim i de Kilam, que sempre havien sigut un misteri per a ell, i que ara actuaven com un parell de motors que revolucionaven la seva ànima, tirant amb força salvatge cadascun pel seu costat. Unes forces que l'empenyien cap endins i que remenaven tot allò que podien remenar. Creaven un caos conegut, ja que en el vertigen de la caiguda van aparèixer tots els personatges que havia creat el titellaire, amb els seus riures, crits i veus que procedien totes de sí mateix, així com les històries on havien actuat, amb els decorats de paisatges que es creuaven i es succeïen com si un foll maquinista s'entretingués a pujar i baixar telons, mentre accionava tots els trucs i els mecanismes escènics, amb un xivarri de mil dimonis i un rerefons sonor que sumava les mil músiques utilitzades per a les mil escenes composades.

I de sobte va comprendre que aquells dos rostres d'en Kalim i d'en Kilam no eren més que exterioritzacions de forces interiors seves, que es distingien pel seu gènere i per l'actitud que tenien de seny i rauxa, intercanviables però diferenciades, una mena de polarització dinàmica del seu fer, entre el riure i la paròdia, l'alegria i la tristesa, la joia i la desgràcia, el viure i el morir. Havien estat al darrere de les seves creacions escèniques i plàstiques, part de la dinàmica que l'havia alçat vers les altures de la seva professió. Però ara actuaven com motors de destrucció, en enderrocar els edificis aixecats. I llavors va sentir les seves veus:

- Manuel, s'ha acabat el bròquil! El que funcionava abans, ara ja no rutlla!

- Jugar a les oposicions t'ha donat un bon resultat, però ja en tenim prou!

- Tot aquest fer per no anar enlloc, és de rucs!

- Au, a pencar, gandul! És que tot ho hem de fer nosaltres?

- Però què voleu que faci? Enlloc està escrit que hagi de fer més del que faig! –va contestar.

- Necessita ordres per escrit!

- I se les dóna de titellaire independent!

- La teva obra està morta, Manuel! Els teus personatges són difunts que parlen com cotorres!

- Avall va, a les masmorres de la teva ànima seca!

- Al forat de les teves misèries!

- Ets un viu a la sala d'espera dels que ja no volen estar vius!

- Esperar, sempre esperar, per a què? Per morir! Quanta estupidesa!

-Tot ell que fas neix mort! Ets un cadàver vivent!

- És un titellaire dels d'abans, avorrit, dels que sempre fan el mateix!

- Com us agrada tancar-nos a les gàbies que dieu castellets!

- Fas pudor de resclosit!

- Avall va! Als soterranis, a veure si ens el traiem de sobre!

- Sí, sí, a les clavegueres de l'ànima!

I en efecte, es sentia Manuel arrossegat a un fons que no tenia fi, a uns soterranis mai visitats al seu interior. Pels costats, veia les cares conegudes d'algunes de les figures que havien representat els vells déus dels humans, utilitzats en algunes de les seves obres: el gos Anubis, Thot el de cap d'ibis, Apis el déu bou, l'escarabat solar Khepra, Posidó amb el seu trident, i altres de noms rebuscats i d'aspectes horribles. Què feien allà? Se'n reien també? Les seves cares apareixien i desapareixien superposades en la foscor de la baixada. I al seu darrere, treien el nas divinitats encara més antigues i malèvoles, d'aquelles que procedeixen de les regions caòtiques, amb caps deformes i noms terribles, que li feien ganyotes.

Va pensar aterrat que la seva Extravagància li havia posat una trampa, aquell vell Sac de Trons li havia obert una d'aquestes trapes que hi ha als escenaris però que donava a un forat sense fons, lluny de qualsevol teatre i de la ciutat, mentre els dos éssers primigenis que Volcà li havia clavat a la carn l'arrossegaven cap avall sense pietat.

De sobte, s'aturà en sec. Havia tocat fons. Al seu entorn, un atroç silenci i una foscor total. Potser havia arribat al cul de sac de si mateix, on ja no hi havia res més a descobrir  ni a tocar, una zona zero de la seva persona, buida de tot. Una angoixa profunda, com mai havia sentit, el posseí. Potser allò era el forat negre de la mort, no la dels que se'n van a passejar per la Lluna i pels Sistema Solar sinó la mort dels que estan fins als nassos de viure i simplement volen acabar i desaparèixer en un zero total i absolut. Un zero, però, que més aviat era un sota zero, de tan negre i angoixant que el sentia. I empès per la sensació d'haver arribat a alguna mena de final de la seva existència, va decidir aturar-se, indiferent a les dues forces que l'havien conduït fins a les profunditats. Succeí llavors quelcom d'estrany: l'angoixa, després d'arribar al seu pic, s’estabilitzà. A poc a poc, el silenci absolut es convertí en un repòs que només podria definir de 'cul de sac'. El zero s'havia imposat i se'l cruspia. I per un forat de la foscor, va veure la cara de la Mort que se li acostava, aquell rostre que coneixia tan bé perquè l'havia tallat amb les seves pròpies mans. S'acostava i semblava somriure. Però a en Manuel no li feia cap gràcia. Sabia que no hi hauria cap possibilitat d’escapat aquesta vegada, com tampoc hi hauria cap dels seus titelles amb ganes d’estomacar-la amb el garrot, i que la pàl·lida se l'emportaria al podrimener o allà on van a parar els que morien com ell, atrapats pel zero.
I mentre veia la seva fi perfectament dibuixada, com si l'hagués planificat en algun dels seus espectacles, va notar que l'angoixa, estabilitzada feia una estona, iniciava aquella curiosa transformació que li era coneguda, especialment des de que havia començat a fumar-se en pipa, de passar a poc a poc a una alegria absurda, la qual no trigaria gaire a enfilar-se vers l'eufòria. I en efecte, se sentia millor, malgrat veure que la Mort se li acostava implacable, però ell ja no sols estava content sinó que començà a riure, cada vegada més fort i en veu alta, cosa que va sorprendre a la Senyora, que s'aturà un moment confosa, per reiniciar de nou la seva marxa. L'eufòria anà pujant i pujant, amb la remor que sempre l'acompanyava, un ressò de mil timbales i trompetes que creixien en línia recta vers l'exaltació sonora, quan de sobte esclatà dins seu una mena d'explosió, una bomba que tanmateix no era res més que aquell forat negre on s'havia ficat que saltava pels aires, una explosió que engegà la Mort a la quinta forca i que el va fer sortir disparat cap a dalt, buscant la llum de dia mentre s'encenien milions de quilowatts i s'omplia l'ambient dels decibels de les orquestres que l'inundaven i ho incendiaven tot per dins.

Hores trigà, però a la fi va sortir, cada vegada més carregat de forces, del forat directament a allò que semblava la torreta del pati del Castell de Montjuic, amb un crit que li sortí de la gola com mai havia cridat, dut per aquella explosió d'eufòria que el tenia dempeus amb els braços estirats i els dos titelles de ferro roent calçats als seus extrems, que ara tenien el color i la textura de l'or! S'havien convertit en dos titelles d'or, que es bellugaven tous com la carn! Eren sense cap mena de dubte en Kalim i Kilam, els quals no paraven de fer ganyotes amb uns xiscles que es confonien amb el seu crit! I de sobte va veure que els dos titelles s'esfumaven per deixar pas a les seves mans que també s'havien tornat d'or!

Les veia brillar a la llum dels focus del sol, amb l'estranya sensació de sentir-les vives i trèmules. Les va tenir alçades mentre sonava al seu entorn la música festiva i exultant de milers d'instruments, amb apoteosis de cordes, metalls i timbales. Li va semblar oir aplaudiments. Va baixar les mans llavors per mirar-les d'a prop, i va veure que l'or ja no hi era i que tornaven a tenir el color i la textura de la carn. Respirà alleugit. Aixecà el cap pensant que es trobava a la torreta del Castell de Montjuic quan de sobte va veure que en realitat era en un escenari, cegat pels focus, que va reconèixer d'immediat com els del teatret del Poble Espanyol on els seus titelles hi feien funció! Aquests omplien la platea i aplaudien amb les seves mans de fusta. Atònit va veure que en Quinqué ocupava la primera fila junt amb l'Aede. Aquest pujà a saludar-lo.

- Fantàstic, Manuel, fantàstic,  el Secret del Gran Viu, una gran funció!

En un racó hi havia el vell Sac de Trons que desaparegué en la foscor dels laterals. En Quinqué va pujar també per felicitar al titellaire.

- Felicitats, senyor Manuel, ha estat un plaer veure'l en un escenari! Mai m'hagués perdut aquesta funció! Impressionant l'escena amb Volcà i els dos titelles soldats a les seves mans, d'antologia, Manuel, d'antologia!

Buscava per la sala a Kilam i Kalim, els quals però no apareixien per enlloc. Els Pericos i els demés titelles començaven a buidar la platea.

- Crec que ens mereixem un àpat, ni que sigui per poder-nos fumar després uns bons puros!

El vell Poeta s'acostà a qui l'havia fet i li allargà la mà. Encaixaren i el titella desaparegué per la platea.

domingo, 22 de julio de 2018

26º Capítulo (2a parte): Bajo tierra





Se encontró con el Aedo en el Castillo de Montjuic, un lugar donde las marionetas parecían sentirse a gusto. Había mucho espacio vacío y además estaba cerca del Pueblo Español, donde tenían su Teatro de los Mundos, como lo había llamado el Poeta, lugar donde Manuel sospechaba que residían sus títeres. Se sentaron en la torreta superior del patio del castillo, desde donde había contemplado varias veces el cielo nocturno y subido a la Luna.

Tenía aún frescas las imágenes de las Ramblas abiertas en canal por el atentado, del que los periódicos habían explicado todos los detalles. Aquella bajada a la realidad de Barcelona y del mundo le había trastornado más de lo que se pensaba. Había visto como determinadas líneas de conexión hasta entonces invisibles, se hacían patentes al relacionar geografías y conflictos alejados entre si.

Se había excusado el señor Quinqué ese día, por el trabajo que tenía en la agencia, debido a los retornos inesperados de muchos turistas y a los cuidados que algunos de los afectados necesitaban. Según le explicó, toda la agencia se volcó en asistir y ayudar a los visitantes, al considerar que se trataba de una situación de urgencia y que la prioridad era satisfacer las necesidades de sus clientes.

Se sentía Manuel un 'vivo que aún está vivo' al comprender que había escapado por un pelo de la muerte, o tal vez de una cadera rota, o de ser un cojo de por vida. Y eso le dio una sensación de urgencia en cuanto a la Extravagancia. Lo que se empieza debe terminarse y muy en su interior sabía que le quedaba todavía un paso importante para rematar el trabajo. La clave la tenían los títeres, por supuesto, y por eso había acudido a la cita en la torreta, con el Aedo al que también llamaba Poeta sentado en la tumbona de al lado.

- Es es hora de ir al grano, ¿no crees Aedo?

Este permanecía callado y quieto como el muñeco que era, con su pipa en la boca que sacaba humo sin quemar tabaco. Manuel había encendido un puro, entregado de lleno al nuevo hábito que le había enseñado Quinqué.

- ¿Llevas más puros? -preguntó de pronto el Aedo.

- ¿Quieres uno?

- No, sólo quería saber si llevas más.

- Sí, tengo la petaca llena.

- Entonces podemos bajar.

Se levantó de la tumbona y él lo siguió. Roc y Guinardó los esperaba y juntos bajaron las escaleras. Al llegar a la puerta, el fantasma la abrió y se hizo a un lado para dejar pasar a los otros dos. La cerró de nuevo.

Vivió entonces la misma bajada rápida que ya hizo una vez, como si alguna fuerza lo succcionara hacia la cueva donde días atrás se había encontrado con la parodia de aquel consejo de ancianos hecho con los títeres más oscuros y retorcidos de su autoría. Pertenecían a un espectáculo fallido aunque les había dedicado mucho tiempo. Sentado en uno de los gastados tronos de piedra, les esperaba el más viejo de los viejos, de rostro tosco y desencajado con unos ojos de cristal que brillaban en la profundidad de sus arrugas. Ni se acordaba del nombre que le había puesto.

- ¿Quién eres? - le preguntó.

- Soy el Sin Nombre, pero me puedes llamar Saco de Truenos.

Y mirándolo fijamente, le espetó:

- ¿Estás preparado?

- Sí, terminemos cuanto antes.

No tenía ninguna idea sobre qué significaba terminar, pero era eso lo que sentía Manuel. Vio que el Poeta hacía un signo con la cabeza. El viejo Saco de Truenos, constituido simplemente por una cabeza de madera, dos rústicas manos que parecían ramas mal cortadas, y un vestido medio desgarrado de color ceniza, con dos pies aún más mal cortados que las manos, se dirigió a la parte oscura de la cueva. Se apoderó de la antorcha que colgaba en la pared y se metieron por un agujero.

No sabría decir cuánto caminaron, no mucho, calculó Manuel, porque pronto salieron a la luz del día. Se encontraban en las afueras del cementerio de Montjuic, en la cara sur de la montaña, a poca distancia del castillo. La vista del mar era espectacular, con el puerto de carga de la ciudad abajo.
Cruzaron una puerta y se encontraron dentro de la necrópolis, en una de sus partes más altas y nobles.

No lo conocía tan bien el titiritero como la del Poble Nou, pero sí que había venido varias veces a enterrar a algún pariente, y siempre le había admirado la excelente posición de aquel cementerio con vistas al mar. Lástima que sus habitantes no pudieran disfrutarlo, aunque tal vez se equivocaba. Sin embargo, no vio ninguna silueta como las que había visto en el otro cementerio, y se olvidó de la idea.

Llegaron a una tumba sin lápida, una especie de nicho más alto que los demás. El Poeta movió la piedra y ésta se giró como si fuera una puerta.

- Te dejo con Saco de Truenos, Manuel.

Vio sorprendido que el Poeta le abrazaba, en realidad abrazaba sus piernas, ya que no le llegaba a la cintura. Con la mano le tocó la cabeza. El Aedo lo miró fijamente a los ojos y sin decir nada más, dio media vuelta y se fue. Le había parecido ver una lágrima en los ojos de cristal de su marioneta, algo imposible, pero también era imposible que hablara y que sacara humo de una pipa de atrezzo.

Saco de Truenos, con la antorcha en la mano siempre encendida, lo esperaba junto a la tumba abierta.

- ¿Estás preparado? -le volvió a preguntar con voz grave y ronca.

- Sí, vamos!

Oyó el cloc de la piedra que volvía a su sitio y la oscuridad los tragó. Avanzando paso a paso, cruzaron varias galerías que el títere de madera examinaba de frente y de reojo, como si temiera algún peligro. Vio Manuel que el pasillo se inclinaba cada vez más. Llegaron a un punto que parecía un laberinto de corredores que se trenzaban sin orden alguno, con algunas calaveras y huesos incrustados en las paredes.

- ¡Esto es un mareo, Saco de Truenos!

- Xisssst ... -dijo el interpelado, con un dedo en los labios.

Y de pronto la vio cruzar por uno de los pasillos.

- La has visto? -preguntó el títere

- Sí.

- ¡Malo!

- No temas, Saco de Truenos.

Volvió a sacar la nariz esfumándose detrás de una vuelta. Se detuvo Manuel.

- La esperaremos aquí.

El títere no contestó, pero no dejaba de mirar por todas partes. Se encontraban en una plazoleta con nichos llenos de huesos y calaveras.

Y entonces apareció. Era la Muerte, la marioneta que él había construido y vestido con tanta elegancia, con su hoz de mango de madera y hoja de acero. Recordaba todos los detalles que le había puesto, una de sus marionetas más impactantes. Se había quitado los hilos como las demás y ejercía sus funciones en los aledaños del cementerio.

- Hola, Muerte. Me alegro de verte.

Vio que Saco de Truenos tenía la antorcha cogida como si fuera un garrote, pero también veía a la Muerte muy atenta a los movimientos del viejo, de quien conocía todos los trucos.

- Hoy no habrá batallas, amiga mía. Tú y yo nos conocemos desde hace tiempo. Los dos sabemos que todo tiene un comienzo y un final. Pero todavía no ha llegado mi hora. Déjanos pasar, por la vieja amistad que nos une.

Oyeron el silbido ronco de la Muerte, el sonido con el que Manuel la había hecho hablar años atrás cuando salía en sus espectáculos, una especie de voz con sordina que casi no se entendía.

- Pasa.

Sabía que no habría más ocasiones. El trato distinguido y respetuoso que le había dedicado recibía ahora su recompensa.

- Gracias Muerte. Espero no verte pronto.

No se inmutó el esqueleto, falto como estaba de sentimientos por imperativos profesionales, como habría dicho Quinqué, y al acto desapareció entre los pasillos de aquella cueva del cementerio.

Saco de Truenos, que había contemplado la escena siempre con el garrote de la antorcha a punto, cogió por el pasillo que bajaba con más pendiente.

- ¡Nos espera un largo camino, Manuel!

Bajaron y bajaron pendiente abajo hasta que llegaron a unas grutas de techo alto con fuegos en las esquinas. Y de pronto sintió voces extrañas, o más bien gemidos lastimosos. Y forzando la vista en la penumbra, vio uns cuerpos delgados y estirados entre las llamas. Abrían las bocas y los ojos con señales de terror.

- ¿Qué es eso, Saco de Truenos?

- ¡Estamos en el infierno, Manuel!

- No me digas que esto es el infierno, estamos a dos pasos del cementerio.

- Es una antesala de los infiernos, un servicio de la necrópolis, para los que se resisten a morir y necesitan estar cerca de los vivos. Aquellos que deberían ir de cabeza al infierno, por ineptos y por malandrines, se entretienen en estos fuegos donde purgan sus penas, antes de dejar este mundo de una manera definitiva. No les tenemos que hacer demasiado caso, Manuel.

Comprendió entonces que el mundo de los difuntos era más complejo de lo que creía y que uno podía esperarlo todo en estos ámbitos, sujetos como estaban los difuntos a las creencias de cada uno. Se dio cuenta que el desinterés que mostraba Saco de Truenos por aquellos condenados denotaba el desprecio que sentían los títeres por la truculencia de la imaginación humana, poco creativa según ellos y demasiado concentrada en mirarse el ombligo. En eso estaba bastante de acuerdo, pensó.

Aquel infierno de transición, por decirlo de alguna manera, tenía unas extensiones bastante grandes y tardaron horas en cruzarlo, con un repertorio impresionante de torturas y de lamentos de los condenados, lo que impactó profundamente al titiritero. Pero saber que respondían más a condenas queridas aunque inconscientes de los afectados, y no a ninguna decisión ajena, permitió a Manuel continuar su camino.

Llegaron a una zona que parecía estar al aire libre, por la claridad que reinaba y por la altura de las paredes, pero al mirar hacia arriba, descubrieron un techo lejano con espectaculares estalactitas. Le recordó a Manuel los dibujos de viejas novelas que leyó de niño, como Viaje al Centro de la Tierra, de Julio Verne, tal era el esplendor de aquellos espacios interiores del planeta. De repente se encontró caminando por entre montañas con profundos barrancos de los que salían humos sulfurosos. El camino era tortuoso y tuvieron que descansar un par de veces, quizás más para contemplar el paisaje que por necesidad. Avistó en las alturas unas aves que parecían de la familia de los murciélagos pero de dimensiones descomunales. Por suerte, ninguno de ellos se interesó por los dos viajeros. Al cabo de muchas horas, volvieron a adentrarse por una cueva estrecha que se los tragó tierra adentro.

Oyeron entonces un ruido crecer, un ritmo de golpes de metal contra metal envuelto en un rumor de fondo que recordaba el crepitar del fuego, aunque el conjunto parecía interpretado por lo que sólo podría calificarse de decenas de orquestas infernales, tal era la disonancia y la intensidad de los timbales y los metales. Y sin solución de continuidad, entraron en una inmensa cueva interior de la montaña, de techo altísimo y que estaba ocupada por lo que parecía una forja y el herrero trabajando en ella, cubierto sólo con un delantal y armado de un inmenso mazo de hierro. Marcaba con el mazo el ritmo de la caótica música, y el fuego que salía de las profundidades parecía adaptarse a los golpes y a sus gritos salvajes. Al darse cuenta de que alguien entraba en sus dominios, se detuvo y la música cesó de inmediato, salvo el runrún grave del fuego hecho de miles de violoncelos y contrabajos rascando sus arcos con furia.

- ¡Te he traído al titiritero, Vulcano!

Se aterrorizó Manuel al ver el rostro de aquel personaje que respondía al nombre de Vulcano y que se ajustaba a las funciones que le eran propias: cejas que parecían bigotes, dos ojos grandes y lacrimosos en estado de furia a punto de estallar, cabeza rapada al cero, una nariz digna del más feroz polichinela y una barba negra como el carbón, un aspecto tan salvaje que a su lado todos los piratas de la historia parecían niños de escolanía. Sudando como si saliera de una ducha, dejó las herramientas y se secó las manos en el delantal roñoso que llevaba. Vio que era bajo y que cojeaba un poco.

Por un instante se preguntó  si no estaría en alguna obra de títeres de esas que representan a los viejos personajes de la mitología, con sus fisonomías arquetípicas y referencias clásicas. Pensó que el decorado se parecía a los que había utilizado para escenas luciferinas de cuevas infernales en sus obras. Quizás toda la Extravagancia no fuera más que un montaje que se había empeñado en hacer, en el que las cosas y las personas eran y no eran lo que decían ser, como aquel Vulcano de aspecto estrafalario, el cual sin embargo no había salido de su taller del Poble Nou ni tampoco parecía estar hecho de madera.

El aludido Vulcano miró fijamente al titiritero, quién se sintió vaciado por dentro como si alguien hubiera entrado por sus ojos y hubiera hurgado en el interior por sus cuatro costados. Y con una voz ronca que parecía salir del fuego, dijo:

- ¿Tienes puros?

Sorprendido pero a la vez contento de poder satisfacer su petición, Manuel sacó la petaca que llevaba, bien cargada de cinco Brevas de Quintero, y ofreció una al herrero. Este cogió dos:

- Una por ahora y otra para después.

También le ofreció una a Saco de Truenos, que aceptó para sorpresa del titiritero. Con unas enormes pinzas de hierro cogió Vulcano una brasa y encendió el cigarro. Manuel utilizó su encendedor, con el que también dio fuego a la marioneta. Pronto los tres sacaban humo como unas chimeneas.

- Ah, qué maravilla! -exclamó Vulcano cerrando los ojos y echando humo por la nariz y por las orejas, una habilidad que nunca había Visto.- ¡Nada como un puro habano! ¡La próxima vez tienes que traerme una caja entera, Saco de Truenos! Sin duda es Mercurio quien te ha llevado a Vulcano, mi planeta.

- Sí, he ido con el señor Quinqué.

- ¡Quinqué, un buen elemento! Mortal, veo que eres del gremio del hacer, y llegar hasta aquí no es fácil. No me negaré a lo que me pide Saco de Truenos. ¡Sube a la silla de piedra!

El títere indicó a Manuel que lo siguiera hasta un trono rústico de piedra, con muchas señales oscuras, como si se hubiera encendido fuego encima. No le gustó nada ese detalle, pero poseído por el convencimiento irracional de su Extravagancia, se sentó con el puro en la mano.

Permanecieron un rato sin hacer nada, simplemente saboreando los cigarros. Comprendió Manuel la importancia que tenían los puros habanos en la órbita de su Extravagancia, influencia sin duda del señor Quinqué, para quién un cigarro reúne todos los sabores de la Tierra en un grado superlativo. Quizás esto explicaba que Vulcano, que en su planeta no puede fumar puros porque se consumen en un santiamén, haya elegido instalarse en la Tierra para ejercer de herrero en sus profundidades. El cigarro le permitía saborear los potentes aromas del sol que se acumulan en la hoja de tabaco, al tiempo que sumaba los sabores de la tierra, que en realidad contiene los de los demás planetas, ya que el nuestro es el único que reúne la infinita variedad de formas y elixires que da la vida y de la que es capaz de generar el Sistema Solar, motivo por el que los señores de los diferentes planetas la han elegido para residir o pasar las vacaciones.

Entró Manuel en un estado que no sabría cómo definir, ya que de repente toda la escena de la cueva se convirtió en un espacio inconcreto, lejos de la Tierra, que le pareció ser Vulcano, aquel planeta inexistente del que era oriundo el señor de la barba y del mazo, sobre todo al ver la bola del Sol como la había visto aquella vez en que acudió con el señor Quinqué. Pero al mismo tiempo, se sentía también en las profundidades de su planeta, sentado en ese trono de piedra ante un fuego que procedía de sus fondos telúricos. Fuego que se juntaba al del Sol que veía desde su asiento en Vulcano, el casi planeta aún por encontrar. Como la física y la química no eran su fuerte, no se entretuvo en analizar los fuegos sino que simplemente vio las similitudes, y comprendió que aquel fuego era el mismo, en su estado de sutileza humana, que empujaba a las personas cuando se empeñan en emprender algo. Pero también se dio cuenta de que por mucho que se empujara con más o menos fuerza, aquel fuego de la voluntad era para la mayoría de los mortales como el viento que sopla cuando le da la gana. Y de pronto comprendió que quizás muy en el interior de las personas había algún tipo de depósito de este fuego primordial que encendía el Sol y calentaba la Tierra.

Y en ese momento vio, desde la distancia de aquel mirarse a sí mismo situado en dos lugares diferentes, como Vulcano le calzaba en las manos dos títeres de hierro fundido, aún incandescente, que se ajustaban y se fundían en la carne, en sus manos y en sus dedos, con un dolor de una intensidad inusual que sin embargo sentía lejano y ajeno, ya que si lo hubiera sentido de verdad no hubiera durado ni un minuto, tal era la mordedura de aquel fuego de hierro fundido que se incrustaba en su cuerpo. Notó que Saco de Truenos lo sujetaba por detrás con una fuerza que nunca le habría supuesto, clavándolo al trono de piedra, mientras Vulcano ejecutaba su trabajo. Miró a los dos títeres de metal, que se movían como si acabaran de ser fundidos y el metal aún estuviera vivo y blando, y de pronto pareció reconocer sus caras: ¡eran Kalim y Kilam o una réplica suya, no había error posible! Aquellos dos títeres traviesos que habían forzado a Sam escapar de la muerte, ¡eran los mismos que le estaban implantando en su carne!

Y entonces vio horrorizado como Vulcano se armaba del mazo y empezaba a moldearle las almas de los títeres para soldarlos a sus dos brazos y manos. Y mientras lanzaba gritos de dolor como nunca jamás había emitido, y huyendo quizás de aquella escena de horror visual, ya que en realidad lo miraba todo de lejos y el dolor físico lo tenía circunscrito a una parte de su cuerpo que gemía sin gemir, afectado profundamente a pesar de la independencia del dolor que sentía en sus dos manos y brazos, Manuel salió disparado por unos espacios que pertenecían y no pertenecían a su persona, amplificados por la Extravagancia en la que se hallaba inmerso.

26 Capítol (2a part): Sota terra






Havia quedat amb els seus titelles al Castell de Montjuic, un lloc en el qual semblaven sentir-se a gust. Hi havia molt d'espai buit i a més estava a prop del Poble Espanyol, on tenien el seu Teatre dels Móns, com l'havia anomenat el Poeta, lloc on Manuel sospitava que hi residien els seus titelles. Per la seva banda, a la torreta superior del pati del castell estava el seu punt d'observació, on hi havia anat diverses vegades per contemplar el cel i fer alguna excursió a la Lluna.

Hi seia ara amb les imatges encara fresques de les Rambles obertes en canal per l'atemptat, del qual els diaris n'havien explicat tots els detalls. L'havia trastocat més del que es pensava, una baixada de morros a la realitat de Barcelona i del món. Havia vist davant seu com determinades línies de connexió fins llavors invisibles, es feien de sobte patents en relacionar geografies i conflictes allunyats entre sí.

S'havia excusat el senyor Quinqué aquell dia, per la feina que tenia a l'agència, a causa dels retorns inesperats de molts turistes i de les atencions que alguns dels afectats necessitaven. Segons li explicà, tota l'agència s'havia entregat a la feina d'assistir i ajudar els visitants, en considerar que es tractava d'una situació d'urgència i que la prioritat era satisfer les necessitats dels seus clients.

Se sentia Manuel un 'viu que encara està viu' en comprendre que en efecte havia escapat d'un pèl de la mort, o potser d'un maluc trencat, o de ser un coix de per vida. I això li donà una sensació d'urgència pel que feia a l'Extravagància. Allò que es comença s'ha d'acabar i molt dins seu sabia que li quedava encara un pas important per rematar la seva feina de construcció. La clau la tenien els seus titelles, per descomptat, i per això era a la torreta, amb el Poeta assegut a la gandula del costat.

- És hora d'anar al gra, no trobes Aede?

Aquest romania callat i quiet com el ninot que era, amb la seva pipa a la boca que treia fum sense cremar tabac. En Manuel havia encès un puro, entregat de ple al nou hàbit que li havia ensenyat en Quinqué.

- Tens més de puros? -li preguntà de sobte l'Aede.

- És que en vols un?

- No, només volia saber si en portes més.

- Sí, tinc la petaca plena.

- Llavors podem baixar.

S'aixecà de la gandula el Poeta i ell el seguí. En Roc i Guinardó els esperava i tots plegats van baixar les escales. En arribar a la porta, el fantasma l'obrí i es feu a un costat per deixar passar als altres dos. La tancà de nou.

Va viure llavors aquella mateixa baixada ràpida, com si alguna força el xuclés cap avall fins arribar a la cova on feia dies s'havia trobat amb la paròdia d'aquell consell d'ancians fet dels titelles més foscos i recargolats de la seva autoria. Pertanyien a un espectacle fallit tot i que els hi havia dedicat molt de temps. Assegut en una de les poltrones de pedra els esperava el més vell dels vells, de rostre tosc i desencaixat amb uns ulls de vidre que brillaven en la profunditat de les seves arrugues. Ni se'n recordava del nom que li havia posat.

- I tu qui ets? - li va preguntar.

- Sóc el Sense Nom, però em pots dir Sac de Trons.

I mirant-lo fixament, li etzibà:

- Estàs preparat?

- Sí, enllestim quan abans millor.

No tenia cap idea de què volia dir això d'enllestir, però era realment el que sentia en Manuel. Va veure que el Poeta feia un signe amb el cap. El vell Sac de Trons, constituït simplement pel seu cap de fusta, dues rústiques mans que semblaven branques mal tallades, i un vestit mig estripat de color cendra, amb dos peus encara més mal tallats que les mans, es dirigí a una concavitat que donava a un túnel fosc com la nit. S'emparà de la torxa que penjava a la paret i s'endinsà pel forat.

No sabria dir quan caminaren, no gaire, calculà en Manuel, perquè aviat sortiren a la llum del dia. Eren a les afores del cementiri de Montjuic, a la cara sud de la muntanya, a poca distància del castell. La vista del mar era espectacular, amb el port de càrrega de la ciutat a baix. Van creuar una porta i es trobaren de sobte dins de la necròpolis, en una de les seves parts més altes i nobles. No la coneixia tan bé el titellaire com la del Poble Nou, però sí que hi havia vingut diverses vegades a enterrar algun parent, i sempre l'havia admirat l'excel·lent posició d'aquell cementiri amb vistes al mar. Llàstima que els seus habitants no ho poguessin gaudir, però potser s'equivocava. Tanmateix, no va veure cap silueta com les que havia vist a l'altre cementiri, i s'oblidà de la idea.

Arribaren a una tomba sense cap làpida, una mena de nínxol més alt que els demés. El Poeta va moure la pedra i s'adonà que girava com si fos una porta.

- Et deixo amb en Sac de Trons, Manuel.

I sorprès, va veure que el Poeta l'abraçava, en realitat abraçava les seves cames, ja que no li arribava a la cintura. Amb la mà li tocà el cap. L'Aede el mirà fixament els ulls i sense dir res més, girà cua. Li havia semblat veure una llàgrima als ulls de vidre de la seva marioneta, cosa impossible, però també era impossible que parlés i que tragués fum d'una pipa d'atrezzo.

Sac de Trons, amb la torxa a la mà sempre encesa, l'esperava, la pedra de la tomba oberta.

- Estàs preparat? -li tornà a preguntar amb la seva veu greu i ronca.

- Sí, som-hi!

Sentí el cloc de la pedra que tornava al seu lloc i la foscor els cruspí. Avançava a poc a poc el titella de fusta, mentre creuaven diverses galeries que examinava de front i de reüll, com si temés algun perill. S'adonà Manuel que el passadís subterrani s'inclinava cada vegada més. Arribaren a un punt que semblava un laberint de corredors que es trenaven sense cap ordre, amb algunes calaveres i ossos incrustats a les parets.

- Això és un mareig, Sac de Trons!

- Xisssst... -va fer l'interpel·lat, amb un dit als llavis.

I de sobte la va veure creuar per un dels passadissos.

- L'has vista? -preguntà el titella

- Sí.

- Malament!

- No pateixis, Sac de Trons.

Tornà a treure el nas esfumant-se darrere d'una volta. S'aturà en Manuel.

- L'esperarem aquí!

El titella no contestà, però no deixava de mirar per tot arreu. Era una mena de placeta amb nínxols plens d'ossos i calaveres.

I llavors va aparèixer. Era la Mort, la marioneta que ell havia construït i vestit amb tanta elegància, amb la seva falç de mànec de fusta i fulla d'acer. Recordava tots els detalls que li havia posat, una de les seves marionetes més impactants. S'havia tret els fils com les demés i complia amb la seva feina als voltants dels cementiri.

- Hola, Mort. M'alegro de veure't.

Va veure que Sac de Trons tenia la torxa agafada com si fos un garrot, però també veia la Mort molt atenta als moviments del vell, del qual coneixia tots els trucs.

- Avui no hi haurà batalles, amiga meva. Tu i jo ens coneixem des de fa temps. Els dos sabem que tot té un començament i un final. Però encara no ha arribat la meva hora. Deixa'ns passar, per la vella amistat que ens uneix.

Oïren el xiulet ronc de la Mort, el so amb el que en Manuel l'havia fet parlar anys enrere quan sortia als seus espectacles, una mena de veu amb sordina que quasi bé no se l'entenia plena de recança.

- Passeu.

Sabia que no hi hauria més opcions. El tracte distingit i respectuós que li havia dedicat rebia ara la seva recompensa.

- Gràcies Mort. Espero no veure't aviat.

No s'immutà l'esquelet, mancat com estava de sentiments per imperatius professionals, com hauria dit en Quinqué, i a l'acte desaparegué entre els passadissos d'aquella cova del cementiri.

Sac de Trons, que havia contemplat l'escena sempre amb el garrot de la torxa a punt, va enfilar pel túnel que baixava amb més pendent.

- Ens espera un llarg camí, Manuel!

Baixaren i baixaren pendent avall fins que van arribar a unes grutes de sostres alts amb focs encesos pels cantons. I de sobte sentí unes veus estranyes, o més aviat uns gemecs llastimosos, i forçant la vista en la penombra, va veure una mena de cossos prims i estirats entremig de les flames. Obrien les boques i els ulls amb signes de terror.

- Què és això, Sac de Trons?

- Som a l'infern, Manuel!

- No em diguis que això és l'infern, som a dos passos del cementiri!

- És una avantsala dels inferns, un servei de la necròpolis, pels que es resisteixen a morir i necessiten estar a prop dels vius. Els que haurien d'anar de cap a l'infern, per rucs i per malandrins, es poden entretenir en aquests focs on purguen les seves penes, abans de deixar aquest món d'una manera definitiva. No els hem de fer massa cas, Manuel.

Va comprendre llavors que el món dels difunts era més complex del que es pensava i que un s'ho podia esperar tot en aquests àmbits, subjectes com estaven els finats a les creences de cadascú. S'adonà que el desinterès que mostrava Sac de Trons per aquelles realitats denotava el menyspreu que sentien els titelles per la truculència de la imaginació humana, poc creativa segons ells i massa concentrada en mirar-se el melic. En això hi estava força d'acord, pensà.

Aquell infern de transició, per dir-ho d'alguna manera, tenia unes extensions força grans i van trigar hores en creuar-lo, amb un repertori impressionant de tortures i de laments dels condemnats, el qual impactà profundament al titellaire. En saber però que responien més a condemnes volgudes tot i que inconscients dels afectats, i no a cap decisió aliena, va permetre a en Manuel continuar el seu camí.

Arribaren a una zona que un hauria dit ser a l'aire lliure, per la claror que hi regnava i per l'altura de les parets, però en mirar enlaire, descobriren un sostre llunyà fet d'espectaculars estalactites. Li recordà a Manuel els dibuixos de velles novel·les que llegia de petit, com Viatge al Centre de la Terra, de Julio Verne, tal era l'esplendor d'aquells espais interiors del planeta. De sobte es va trobar caminant per entre muntanyes amb profunds barrancs dels que sortia fums sulfurosos. El camí era tortuós i van haver de descansar un parell de vegades, potser més per contemplar el paisatge que per necessitat. Albirà a les altures unes aus que semblaven de la família dels rats penats però de dimensions descomunals. Per sort, cap d'ells s'interessà pels dos viatgers. Al cap de moltes hores, tornaren a endinsar-se per una cova estreta que se'ls empassà terra endins.

Sentiren llavors un soroll créixer, un ritme de cops de metall contra metall envoltat d'una remor de fons que recordava el crepitar del foc, interpretat però pel que només podia qualificar de dotzenes d'orquestres infernals, tal era la dissonància i la intensitat de les timbales i dels metalls. I sense solució de continuïtat, entraren en una immensa cova interior de la muntanya, de sostre altíssim i que estava ocupada pel que semblava una forja i el ferrer que hi treballava, cobert només  amb un davantal i armat d'un immens mall de ferro. Marcava amb el mall el ritme de la caòtica música, i el foc que eixia de les profunditats semblava adaptar-se als cops i als seus crits salvatges. S'aturà en adonar-se que algú entrava als seus dominis i la música cessà en sec, llevat del rum-rum del foc fet de milers de violoncels i contrabaixos rascant els seus arcs amb insòlita fúria.

- T'he portat el titellaire, Volcà!

S'esparverà Manuel en veure el rostre d'aquell personatge que responia al nom de Volcà i que s'ajustava a les funcions que li eren pròpies: selles que semblaven bigotis, dos ulls grans i llagrimosos en estat de fúria a punt d'explotar, cap rapat al zero, un nas digne del més ferotge putxinel·li i una barba negra com el carbó, un aspecte tan salvatge que al seu costat tots els pirates de la història semblaven nens d'escolania. Suant com si sortís de la dutxa, deixà les eines i s'eixugà les mans en el davantal ronyós que portava. Va veure Manuel que era baix i que coixejava una mica.

Es preguntà per uns instants si no es trobava dins d'alguna obra de titelles d'aquestes que els personatges representen les velles històries de la mitologia, amb fisonomies arquetípiques i referències clàssiques. Pensà que el decorat s'assemblava als que havia utilitzat per escenes luciferines de coves infernals en les seves obres. Potser tota l'Extravagància no era més que un muntatge que s'havia entestat a fer, en el que les coses i les persones eren i no eren allò que deien ser, com aquell Volcà d'aspecte estrafolari, el qual però no havia sortit del seu taller del Poble Nou ni tampoc semblava estar fet de fusta. 

L'al·ludit Volcà mirà fixament al titellaire, el qual es va sentir foradat com si algú hagués entrat pels seus ulls i l'hagués furgat per tots quatre cantons. I amb una veu ronca que semblava sortir del foc, exclamà:

- Tens puros?

Sorprès però alhora content de poder satisfer la seva petició, en Manuel va treure la petaca que duia, ben carregada de cinc Breves de Quintero, i n'oferí una al ferrer. Aquest n'agafà dues:

- Una per ara i una per després.

També n'oferí a Sac de Trons, que acceptà per sorpresa del titellaire. Pescà una brasa  Volcà amb unes pinces i s'encengué el cigar. Manuel utilitzà el seu encenedor, amb el que també donà foc al titella. Aviat tots tres treien fum com unes xemeneies.

- Ah, quina meravella! -va exclamar tancant els ulls i traient fum pel nas i per les orelles, una habilitat que mai havia vist.- Res com un puro havà! La pròxima vegada m'has de portar una caixa, Sac de Trons! Sens dubte és Mercuri qui t'ha dut a Volcà, el meu planeta.

- Sí, hi he anat amb el senyor Quinqué.

- Quinqué, un bon element! Mortal, veig que ets del gremi del fer, i arribar fins aquí no és fàcil. No em negaré a allò que em demana Sac de Trons. Seu a la cadira de pedra!

El titella va indicar a Manuel que el seguís fins a un tro rústic de pedra, amb moltes senyals fosques, com si s'hi hagués encès foc al damunt. No li va agradar gens aquell detall, però posseït pel convenciment irracional de la seva Extravagància, s'assegué amb el puro a la mà.

Van romandre una estona sense fer res, simplement assaborint els cigars. Va comprendre Manuel la importància que tenien els puros havans en l'òrbita de la seva Extravagància, influència sens dubte del senyor Quinqué, segons el qual un cigar reuneix tots els gustos de la Terra en un grau superlatiu. Potser això explica que Volcà, que al seu planeta no pot fumar puros perquè es consumeixen en un tres i no res, hagi escollit instal·lar-se a la Terra per exercir de ferrer a les seves profunditats. El cigar li permet assaborir els potents aromes del sol que s'acumulen a la fulla de tabac, i alhora s'hi sumen els sabors de la terra, que en realitat conté tots els dels demés planetes, ja que és el nostre l'únic que reuneix la infinita varietat de formes i sabors que dóna la vida i de la que és capaç de generar el Sistema Solar, motiu pel qual els senyors dels diferents planetes l'han triat per residir-hi o passar-hi les vacances.

Entrà Manuel en un estat que no sabria com definir, ja que de sobte tota l'escena de la cova es convertí en un espai inconcret, lluny de la Terra, potser al mateix Volcà, el planeta aquell inexistent del qual era oriünd el senyor de la barba i el mall, sobretot en veure la bola del Sol com l'havia vist aquella vegada en què hi va acudir amb el senyor Quinqué. Però alhora, se sentia també a les profunditats del seu planeta, assegut en aquell tro de pedra davant d'un foc que procedia del seu fons tel·lúric. Foc  que s'ajuntava al del Sol que tenia al davant assegut a Volcà, el quasi planeta imaginari. Com que la física i la química no eren el seu fort, no es va entretenir a analitzar els focs sinó que simplement en va veure les similituds, i comprengué que aquell foc era el mateix, en el seu estat de subtilesa humana, que empenyia a les persones quan s'obstinen a emprendre alguna cosa. Però també s'adonà que malgrat empenyia amb més o menys força, aquell foc de la voluntat era per a la majoria dels mortals com el vent que bufa quan li dóna la gana. I de sobte va comprendre que potser molt a l'interior de les persones hi havia alguna mena de dipòsit d'aquest foc primordial que encenia el Sol i escalfava la Terra.

I en aquest moment va veure, des de la distància d'aquell mirar-se a si mateix instal·lat a dos llocs diferents, com Volcà calçava a les seves mans dos titelles de ferro colat, encara incandescents, els quals s'ajustaven i es fonien a la carn així com a les mans i als seus dits, amb un dolor d'una intensitat inusual que tanmateix el sentia llunyà i aliè, ja que si l'hagués sentit de veritat no hauria durat ni un minut, tal era la mossegada d'aquell foc de ferro colat que s'incrustava al seu cos. Va notar que Sac de Trons el subjectava per darrere amb una força que mai li hauria suposat, clavant-lo com qui diu al tro de pedra, mentre Volcà executava la seva feina. S'hi va fixar i va veure els dos titelles de ferro, que es movien com si els acabessin de fondre feia poc i el metall encara estigués viu i tou, i de sobte li semblà reconèixer les seves cares: eren en Kalim i en Kilam o una rèplica seva, no hi havia error possible! Aquells dos titelles trapelles que havien salvat a Sam de la mort per engegar-lo més tard a l'altre barri, eren els mateixos que li estaven implantant a la seva carn!

I llavors va veure esgarrifat que Volcà s'armava d'un mall i donava cops a les ànimes dels titelles per soldar-los-hi fermament als seus dos braços i mans. I mentre llançava un crit de dolor com mai havia fet, i fugint potser d'aquella escena d'horror visual, ja que en realitat s'ho mirava tot de lluny i el dolor físic l'havia circumscrit a una part del seu cos que gemegava sense gemegar, afectat profundament tot i la independència del dolor que sentia als seus dos braços i mans, en Manuel sortí escopetejat per uns espais que pertanyien i no pertanyien a la seva persona, amplificats per l'Extravagància en la que es trobava immers.

domingo, 15 de julio de 2018

25 Capítulo (2a parte): Las Ramblas


Las Ramblas, año 1915.

Citarse en la Fuente de Canaletas era un tópico barcelonés que el señor Quinqué consideraba de los más entrañables de la ciudad, motivo por el que no dudó en proponer este lugar para encontrarse con su cliente titiritero. Llegó puntual Manuel y enseguida vio al guía turístico sentado en una de las sillas que hay cerca de la fuente. Se sentó a su lado, sorprendido de encontrarse donde se encontraba, ya que hacía meses que no pisaba las Ramblas y menos aún ocupando uno de sus escasos asientos.

- Manuel, lo primero que hice al llegar a Barcelona fue beber agua de la Fuente de Canaletas, y fíjese hasta qué punto se ha cumplido la ley que dice que quien bebe, vuelve siempre a la ciudad, que desde entonces no me he movido de ella. Una fuente excepcional, que a lo largo de la historia las ha visto de verdes y de maduras, siendo quizás el único de los mobiliarios urbanos del paseo que ha permanecido más o menos idéntico, ya que por lo demás, el tiempo, la historia y el diseño le han pasado el peine, a las Ramblas, día sí y día también. Una calle que se caracteriza por algo muy singular: a pesar de los profundos cambios que vive y ha vivido, sigue siendo la misma, lo que no hay quien lo entienda. Tal vez su secreto sea la gente, o los árboles, o la arquitectura que la configura, o el hecho de contener un mercado todavía en activo, el teatro de la ópera y el Barrio Chino, separados los tres por escasa distancia, y acogiendo tanto a la población canalla como a la culta y a la normal, más los millones de turistas que acuden para resolver el misterio y entenderlo sin entenderlo, que es la mejor manera de resolver los misterios.

Escuchaba Manuel el panegírico de las Ramblas de quien era su convencido guía turístico vocacional, lo que le hacía mucha gracia, en una época en la que los periódicos y las inteligencias de la ciudad no pasaban un día sin criticar aquella calle legendaria, que según ellos había perdido sus esencias.

- No lo crea, Manuel, porque a pesar de las razones que sustentan estos detractores, que son muchas y yo comparto plenamente, no ven la otra cara de la moneda, que sigue siendo la misma de toda la vida y que coincide con su cara oscura, aquella que aparece en los intersticios de día y la ocupa entera de noche, no siempre agradable, pero de una vitalidad y de un dramatismo fuera de lo común. Y a pesar de que no todo sea un camino de rosas, y que las carencias y los desaciertos sean mayúsculos por no decir descomunales, las Ramblas siguen siendo las Ramblas dígase lo que se diga.

- Señor Quinqué, nunca había oído una defensa de las Ramblas tant convencida y vehemente como la suya, créame.

- No hacerlo sería una injusticia por mi parte, Manuel. Piense que yo he vivido en miles de ciudades del mundo, y en ninguna parte he encontrado esta mezcla de familiaridad casera, de bienestar burgués, de canallismo simpático de barrio y de delincuencia rutinaria como la que he visto en esta calle. Unos complementos que hoy en día se elevan a una prominente potencia cosmopolita, al ser tantas las nacionalidades diferentes que la usufructúan, en todas sus distintas especialidades. Quizás sea este cosmopolitismo subido de tono y de una composición tan bizarra, más la banalización que siempre conlleva el turismo masivo, lo que la ha distanciada de los barceloneses cultos y sentimentales, a los que les cuesta adaptarse a su éxito internacional, que ven como una confiscación. Y quizás haga falta una sacudida de éstas que a veces hace la historia, para que las distancias se fundan y los de dentro y los de afuera se abracen en el reconocimiento mutuo de las desemejanzas y de los desencuentros, porque si algo tiene las Ramblas de básico es esta capacidad de juntar en un solo caudal aguas procedentes de mil lugares distantes y distintos, lo que induce a la exaltación de las diferencias, como si fuera un escenario teatral donde las excentricidades se exhiben, se admiran y se aplauden.

Pensó el titiritero que visto desde esta perspectiva, las Ramblas de Barcelona constituían otra extravagancia de la ciudad, por su capacidad de atraer públicos de procedencias tan dispares y de saberlos conjugar tan bien, lo que no es nada fácil y que nunca se consigue desde ninguna voluntad política o urbanística expresa. El huevo de esta extravagancia debería buscarse en el tiempo y en una voluntad inconsciente de los barceloneses, que a lo largo de la Historia la han ido modelando quizás con un único objetivo: disponer de una calle mayor y dinámica de la ciudad, llena de bares, restaurantes, hoteles, teatros, ópera, cabarets, sindicatos, mercados, tiendas, centros de arte y clubes deportivos, todo a mano y en íntima compañía, sin ningún orden ni concierto, con un final que le viene como anillo al dedo: la estatua de Colón que señala hacia América en la lejanía, invitando a los comerciantes catalanes y a sus líneas de navegación a salir y a hacer negocios. En este sentido, las Ramblas es un hilo que cose todos estos espacios, una especie de teatro de teatros, donde el público se convierte en el verdadero actor.

- Estoy totalmente de acuerdo con usted, Manuel, creo que lo ha explicado muy bien. Con un añadido: sus medidas humanas, más bien reducidas, ya que muchas veces este cúmulo de lugares las ciudades los ponen en grandes avenidas, lo que les va muy bien pero que sufren de una gran carencia: la proximidad que dan las dimensiones humanas. Y ya que ha hablado de las Ramblas como de una extravagancia y del huevo que lo ha creado, también le diré que este paseo es quizás uno de los pocos en el mundo que sabe pasar del dos al tres sin decirlo ni hacer ninguna publicidad, una calle por tanto paradójica, capaz de conjugar las oposiciones del dos creando por generación espontánea el tres que sabe cómo encajar la pluralidad. Un tres que los turistas encarnan de manera natural, fruto de esta extravagancia que sabe cómo trascender las convicciones opuestas de las personas.

Escuchaba el titiritero con el puro en la mano aún sin encender que para él representaba el tercero que se fumaba y se sabía fumado, lo que lo hermanó con aquellos turistas anónimos que caminaban a su lado, unos terceros que gozaban de la misma distancia que les daba aquel tres invisible de las Ramblas.

- Y es por eso, Manuel, que esta calle se hace tan difícil de ser enseñada por nosotros, los guías, no sólo por el obstáculo de encontrarnos con tanta gente, sino porque la gracia es conocerla y pasearla cada uno a su aire, para ver si se es capaz de captar la distancia de sus encantos, siempre y cuando vigile, eso sí, con los rateros y los carteristas, de una profesionalidad única en el mundo. ¿Pero qué le parece si vamos bajando? Una de las maravillas de las Ramblas es que uno puede bajar fumándose un puro, más o menos a todas horas y especialmente de noche, lo que le invito a hacer.

Encendieron las Brevas de Quintero que tenían ya en la boca y se levantaron para caminar Ramblas abajo. Deberían ser las cinco de la tarde y el nivel de gente era bastante alto pero soportable, tal vez por el poco calor que hacía y porque los turistas de un solo día ya se habían retirado.

- Tienen razón, Manuel, los detractores de las Ramblas en destacar cómo ha bajado el nivel de bares y restaurantes, que buscan el rendimiento fácil y rápido, sin pensar en lo importante, que es el bienestar de la gente y en servir bien al cliente. Pero me extraña que no hayan encontrado aún la solución, cuando es tan fácil: pongan restaurantes y bares de una cierta categoría, con un mimo en cuanto a la calidad de los productos y del diseño, y verá de inmediato como las cosas cambian. Las Ramblas deberían ofrecer calidad, no es necesario que sea de la gama más alta, sino que con una media basta. En cuanto a las opciones más baratas, yo las pondría en las calles circundantes, fomentando así su deriva popular. Esencial que los quioscos de periódicos abran toda la noche, una pérdida terrible de los últimos tiempos, esto es de capital importancia. Y el gran error: haber eliminado los puestos de de venta de pájaros. Aquí se han equivocado de pleno los responsables municipales. La excentricidad de aquellas tiendas llenas de periquitos, canarios, loros, tortuguitas y otros animales de gallinero era mayúscula, y simplemente hubiera bastado con buscar alguna mejoría en sus condiciones de vida. Fíjese en qué han degenerado: venta de helados, de camisetas del Barça, de souvenirs trasnochados, de golosinas azucaradas e insanas, unas paradas que han crecido en espesor, que obstaculizan el paso de los viandantes y que no son más que una pura redundancia del mal gusto que ya encontramos por doquier. Para mejorar la condición animal, han degradado la humana. ¡Incomprensible! Ya ve, Manuel, que también soy crítico con las cosas que no funcionan, las cuales son la hojarasca que no debe tapar el conjunto del paisaje.

- ¡Caramba, Quinqué, usted podría presentarse para alcalde!

- No sé qué decirle, creo que antes me haría bombero. Una cosa son las soluciones, y otra las ejecuciones. Por eso yo siempre he respetado a los cargos públicos, por la poca envidia que me dan. Para mí, nada es más admirable que ocuparse de los asuntos públicos con el ojo del contribuyente clavado encima. Más difícil de lo que nos pensamos. Y debo reconocer que si buscamos la media, el balance de las actuaciones municipales de Barcelona es sin duda positivo. Esto no quiere decir que no podría serlo aún más, ya que muy a menudo para llegar a las medias, se afeitan no pocas singularidades absolutamente imprescindibles pero que la razón urbana ignora y desprecia, siempre con la excusa del bien común, cuando muy a menudo se trata del simple afán de justificar un sueldo y un puesto de trabajo. Pero no quiero ser quisquilloso, hoy toca disfrutar de las Ramblas, Manuel, por eso estamos aquí.

Al pasar frente al edificio de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, se detuvo Quinqué:

- Mire, Manuel, la hora oficial (1). Yo siempre me paro y la miro, y así me pongo al día, porque conviene de vez en cuando estar en la hora oficial, sí señor, que es la común de los mortales, aunque sea por un minuto, ya que una por una las personas disponemos de tiempos muy diferentes y difíciles de encajar. En eso nos parecemos a los planetas y a los astros, que tienen tiempos particulares cada uno, aunque ellos suelen mantener pautas regulares y fijas, a diferencia de los humanos, que parecemos ir todos por donde nos da la gana. Y sin embargo, si lo miráramos desde arriba, nos sorprendería ver las regularidades que también existen en nuestra anarquía aparente, un poco como hacen las hormigas, que cumplen con sus designios de especie mediante una computación estadística inconsciente, por lo que los objetivos se cumplen hagan lo que hagan. En este sentido, las Ramblas son un laboratorio perfecto para estudiar estos misterios del comportamiento, donde se llega casi siempre a la media por la combinación equilibrada entre las conductas regulares y las irregulares. Pero fíjese como algunos individuos con ganas de elevar la computación a las alturas de la singularidad se esfuerzan para llamar la atención y hacer de las suyas, una constante en la historia de las Ramblas, que siempre ha tenido a estos esforzados actores de la originalidad, convertidos en legendarios algunos, como la famosa Moños, un patrón que se ha mantenido firme hasta hoy, siendo quizás una de las características más propias y particulares de esta calle.

Hay que decir que el personal que constituía la densa muchedumbre del paseo central resumía muy bien esta mezcla de normalidad y de excentricidad, con paseantes de lo más normal y bien alimentados junto a otros que más bien parecían lo contrario, algunos con ofertas estrambóticas de objetos a un euro, de artefactos luminosos que se tiran al aire, de cervezas escondidas en las papeleras, entre otras especialidades.

- Algo que quizás no sabe, Manuel, es que el actual Teatro Poloriama, que acabamos de dejar en el mismo edificio de la hora oficial, fue el primer cine de la ciudad abierto en 1899, con el nombre de Cine Martí. Yo siempre lo cuento a mis clientes, que suelen apreciar mucho estos detalles.

Debía reconocer Manuel su ignorancia en la historia antigua de Barcelona, lo que se explica por el hecho de no ser natural de ella, al haber nacido en Murcia, aunque de muy niño se instaló aquí con su familia. De todos modos se había esforzado mucho en conocerla, debido sobre todo a su profesión, ya que muy a menudo le habían encargado obras de temática local.

- Lo que me impresiona de esta calle es la variedad tan extraordinaria de sus usufructuarios, piense que en este momento, si tuviéramos que hacer una lista de los países que están aquí representados, pasaríamos de la cincuentena, ¡y quizás me quede corto! ¿No le parece admirable? Y aunque no todo el mundo lo vea así, para mí no deja de ser un verdadero lujo para la ciudad. De entrada, ver como culturas tan distintas participan de este espíritu mediterráneo de la calle río que hierve alrededor del comercio, del teatro, de las flores, antes de los pajaritos, del mercado, de la ópera, del cabaret, de las ofertas culturales y de las canallas ... y por otro lado, disponer de tantos puntos de vista diferentes, que a pesar de no expresarse todos y no llegarnos por la vía directa, sabemos que están y que se manifiestan aunque sea subliminalmente, como dicen los entendidos. Y eso, Manuel, es como disponer de una palanca que abre y amplía el significado de las cosas, para el bien de todos, de las Ramblas y de Barcelona.

- Lástima que los beneficios vayan a parar siempre a las mismas manos, Quinqué.

- En eso tiene toda la razón, sí señor, ya lo comentamos otra vez. Pero una cosa no priva la otra. Reivindicar la redistribución de las ganancias está al orden del día y creo que tarde o temprano, por la simple supervivencia del negocio, se deberá llegar a ello.

Pasaban en ese momento delante del Mercado de la Boqueria, lleno a esa hora de turistas que entraban y salían.

- Pasemos de largo, Manuel, este mercado lo quiero mucho pero a estas horas se ha vuelto inviable para nosotros, demasiada gente y demasiados puestos de venta de golosinas para los turistas. Yo vengo a comprar a menudo, pero siempre antes de las diez de la mañana. Y le aseguro que sigue siendo de los más baratos de Barcelona.

Al llegar al cruce con la calle Hospital, se detuvo Quinqué.

- Este punto, considerado por los entendidos como 'el rovell de l'ou', es decir, la 'yema del huevo' de las Ramblas y de Barcelona, es una maravilla que la Historia nos ayuda a valorar aún más, un claro que se abre de repente sin los plátanos, con este dibujo del señor Miró que sale en todas las fotos de los turistas y las dos entradas del metro. Es el centro y al mismo tiempo la bisagra de las Ramblas, partida por el eje de las calles Hospital y Boqueria, el cruce donde termina la zona del Mercado y de las tiendas, y comienza la más nocturna y canalla, la de los bares, teatros, cabarets y restaurantes. Y fíjese la inteligencia espontánea de esta calle, que enseguida y quizás para neutralizar los lados oscuros de esta parte baja, se tropieza con el Liceo, la Ópera de la ciudad, una maravillosa incongruencia que da carácter y ayuda a equilibrar las cosas. Yo le sugeriría sentarnos en una mesa del Café de la Ópera, el único bar que queda con un poco de carácter antiguo. Y como a mí me gusta servir bien al cliente, le invito a un café en la terraza de enfrente.

Había una mesa libre y la ocuparon de inmediato. Los puros estaban en su apogeo de humo y placer y, una vez servidos los dos cafés, se relajaron mirando la riada de gente que bajaba tranquilamente por las Ramblas. A esa hora de la tarde, resaltaba una presencia tranquila de familias con sus niños y una gran variedad de colores en los atuendos.

- No hay nada que más me emocione que ver a estas familias de turistas pasear por las Ramblas. Cuando pienso en el esfuerzo que significa viajar hoy en día con criaturas, cogiendo aviones con todas las colas de los aeropuertos, los controles de pasajeros, las horas de espera y de retraso, uno se maravilla de que haya tantas familias en el mundo que quieran venir a Barcelona. ¡Inexplicable al cien por cien! Y sin embargo, esta es la realidad del caso, que yo casi califico de milagro, y que me hace pensar que quizás haya unos atractivos de la ciudad mundialmente conocidos y que nosotros todavía no hemos descubierto, por eso me esfuerzo cada día en descubrirlos, unos atractivos que quizás lo son para mentalidades diferentes a las locales, y así, una vez descubiertos, los podemos añadir a los encantos de nuestro patrimonio, que yo incorporo enseguida a los programas de visita.

Hacía un rato que Manuel había dejado de escuchar a Quinqué, saturado como estaba de tantos elogios de la ciudad, lo que se explicaba por su origen extranjero, de alguien que había encontrado en Barcelona un paraíso para su vocación de guía. Miraba él también a la gente y se fijaba en los detalles de los vestidos, de los peinados y de los colores de las caras. Veía que todos eran diferentes y a la vez iguales, y pensó si no sería aquella una de las sensaciones típicas de las Ramblas, de poder pasar de lo general a lo singular y de lo singular a lo general sin moverse de la silla. Vio entre el gentío a algunos de sus títeres, paseando tan tranquilos como unos turistas más, o como unos barceloneses de toda la vida, y se dio cuenta que aquellas personitas de madera que sólo él podía ver se  habían incorporado al paisaje de su vida, como un complemento exterior y con una independencia total.

De repente escucharon un ruido extraño y gente corriendo por todos lados. Se imaginó por un momento Manuel si no sería alguna jugada de su pipa interior, que hacía rato quemaba a todo gas, pero no, la gente gritaba y corría. Vio al Perico Perico que se les acercaba y con un grito al oído les decía:

- ¡Corred, alguien está arrollando a la gente!

Y entonces vieron una furgoneta que después de llevarse parte del quiosco de periódicos que hay al final de la Rambla de las Flores, se detenía ante el dibujo de Miró, a unos pasos de donde estaban ellos. Alguien abrió la puerta y saltó, para desaparecer entre el tumulto.

- Un ataque terrorista! - gritó un camarero.

- ¡Manuel, se impone movernos, salgamos de aquí!

Cruzaron la calle y se vieron arrastrados por la gente ante la entrada de uno de los hoteles, el Internacional que hace esquina con la calle Boqueria. Subieron y unos camareros les indicaron que tenían que ir al salón. Allí se dirigieron al balcón y pudieron ver la Rambla medio vacía y asustada, y, al acto, convertida en un caos, con las sirenas de la policía que empezaban a sonar. La gente corría sin saber adónde ir y más arriba vieron a varias personas tiradas por el suelo, víctimas de aquella furgoneta, según habían comprendido.

- Manuel, veo que todo el mundo está en estado de shock. No sé usted, pero yo también lo estoy, ya que nunca me hubiera imaginado que alguien quisiera atentar contra la pobre gente que pasea por las Ramblas. Pero ya ve como nos equivocamos a veces. También es cierto que el señor Mercurio nos lo advertía desde hace tiempo, que el éxito de Barcelona es como la miel que atrae a las moscas del terror y que tarde o temprano podía pasar algo. Pero ya sabe que uno nunca se imagina las desgracias, sobre todo cuando se es de tipo optimista, como lo yo soy.

Tenía que reconocer Manuel que esta preocupación nunca se le había pasado por la cabeza. Sabía que había guerras en el mundo, y que Oriente Medio estaba encendido por los cuatro costados, pero como la mayoría de las personas, nunca había sospechado que alguien escogiera Barcelona para atentar.

- Parece que hay muchos muertos y heridos. Piden médicos aunque las ayudas ya están llegando -así se expresó un camarero que parecía filipino en un español muy correcto.

Habían lanzado los puros al subir las escaleras y estaban sentados alrededor de una de las mesitas que el hotel tiene junto a los balcones. La policía ocupaba ya toda la calle y prohibía a la gente salir de los bares y de los hoteles. Buscaban al conductor de la furgoneta y no sabían si se había refugiado en algún local y si había aún más peligro de atentados.

- Manuel, nos hemos escapado por un pelo, ya que no hace ni cinco minutos que usted y yo bajábamos tan tranquilos por las Ramblas con los puros encendidos y seguro que no nos hubiéramos dado cuenta de que alguien nos embestía por detrás. Y la furgoneta se ha parado a unos escasos diez metros del lugar donde estábamos sentados. Me alegro especialmente por usted, ya que yo por mi oficio las he visto de todo tipo y tengo como los gatos seis y siete vidas de repuesto, pero debo decirle que me habría sentido muy consternado y culpable si alguna desgracia le hubiera acaecido. Ahora, me pregunto cuánta gente ha quedado herida por esta salvajada, y quizás muerta ...

Un camarero que miraba la Rambla a su lado dijo:

- Según dicen, hay unos cuantos muertos y muchos heridos. ¡Nunca había visto algo así!

Se volvió para atender a la multitud de personas que se había resguardado en el hotel.

El atentado había disparado los efectos de la pipa de Manuel, que veía como su tercero despegaba y contemplaba el horror de la Rambla con mucha gente tirada por el suelo, sangrando mientras los primeros auxilios llegaban y algunas ambulancias comenzaban a sacar sus enseres de asistencia. Sí, más que un atentado era una salvajada, como había dicho Quinqué. Recordaba las palabras de su guía mientras bajaban por las Ramblas y pensó que aquella singularidad de la furgoneta asesina había roto todo el hechizo de la calle, aquel juego de equilibrios entre la normalidad y la excentricidad que manos secretas combinaban como si se tratara de un cóctel de los más refinados. El fanatismo de la pulsión criminal lo había roto, tirando por tierra la balanza que permitía la mágica composición.

Quinqué, que se había acostumbrado a escuchar los pensamientos de su cliente, dijo:

- Estoy totalmente de acuerdo con usted, Manuel. Y también le diré que hoy acabamos de ver como la Rambla, que es una calle que sabe pasar del dos al tres, como antes hemos comentado, acaba de bajar del dos al uno, que es cuando aquel que se enfrenta a los demás pretende imponer su razón a sangre y fuego, con el fin de que el mundo se convierta en un uno como una casa, en el que no tenga cabida quien piense de una manera diferente. Es decir, la rica dinámica de la oposición del dos cuando se infecta de fanatismo, degenera en el uno dogmático de las verdades únicas, que para imponerse necesitan matar y aterrorizar a los demás. Para estos terroristas, no hay más que su razón, ya que así funcionan los poseídos por las grandes verdades.

- Quizá por eso han actuado en las Ramblas, que son conocidas como un paseo donde todo encaja a pesar de sus diferencias.

- De cajón, Manuel, pero fíjese en la impotencia de su acto, que para mí es lo más patético de todo este triste espectáculo, ya que pasado el terror, las Ramblas han saltado directamente del uno al tres de golpe y porrazo sin ni siquiera pasar por el dos, con una intensidad inusual, borrando la pretendida acción del conductor terrorista, ya que no otra cosa es la sensación que sentimos en nuestro entorno, este tipo de hermandad que impregna a los vivos que se saben vivos después de escapar de la muerte y que une a todos, camareros, vendedores de latas, turistas, transeúntes locales, ricos, pobres, tenderos y rateros, a pesar de que algunos de ellos, por su profesionalidad visceral, no puedan evitar seguir cumpliendo con sus deberes de vaciar los bolsillos, como acabo de ver ahora mismo. Por eso es importante advertir a los visitantes que nunca dejen de vigilar sus pertenencias, por muchos atentados y fiestas mayores que se hagan.

Y pudo ver Manuel que las palabras de Quinqué se cumplían al pie de la letra, con una reacción de la gente absolutamente ejemplar, entregados todos a ayudar al vecino, a consolarlo, los camareros a servir cafés y aguas sin cobrar nada, algunos de los rateros mostrando sus virtudes más franciscanas, o los policías ordenando el tráfico y ayudando a las personas que no sabían adónde ir.

- Vea aquí de nuevo los efectos de las dimensiones humanas de esta calle, que hacen que todo lo que pasa sea cosa de todos, al sentirse todos más o menos protagonista de su historia, la pequeña Historia en mayúscula que hoy ha dejado su huella de fuego en sus anales. ¡Admirable al cien por cien, Manuel!

Pensó el titiritero que aquel susto inesperado había sido como una bajada drástica a la realidad, una caída a la tangibilidad del mundo, que de pronto adquiría una presencia que hasta entonces se había mantenido alejada. Y comprendió que la Extravagancia nacida del huevo puesto en el Aposento tenía por función conectarlo no sólo con los planetas, con los muertos que hacían turismo de ultratumba por el Sistema Solar o con los animales del Zoo que hablaban como filósofos, sino también con las cosas de este mundo, las que seguían la misma lógica del uno que pasa al dos, y del tercero que sale y se fuma un puro, a pesar de que la realidad no se fume ninguno. La lógica del dos que pasa al tres era la lógica por la que pugnaba el mundo en su conjunto, sean vivos o difuntos, y una profunda emoción le embargó al comprender que habían sido los títeres los responsables de esta transformación del huevo en la retorta interior que lo subía al tres.

Pasaron más de tres horas acurrucados en el balcón del hotel, sin que la policía dejara salir a nadie, con la sensación de estar viviendo unos momentos especiales que tenían que ver con ellos, con la ciudad, con las dinámicas del mundo y con las Ramblas. Finalmente, la tensión se relajó y pudieron bajar a la calle, donde fueron obligados a desfilar por la calle Boqueria, ya que el paseo central se mantenía cerrado al público.


(1)  Referencia al reloj que hau en la fachada de la Real Academia de Cienias y Artes de Barcelona, que indica la hora oficial en Barcelona.

25 Capítol (2a part): Les Rambles



Les Rambles, l'any 1915

Trobar-se a la Font de Canaletes era un tòpic barceloní que el senyor Quinqué considerava dels més entranyables de la ciutat, motiu pel qual no dubtà a citar a aquest lloc al seu client titellaire. Arribà puntual Manuel i de seguida va veure al guia turístic assegut a una de les cadires que hi ha prop de la font. Hi havia la del costat buida de manera que l'ocupà, sorprès de veure's on es veia, ja que feia mesos que no trepitjava les Rambles i menys encara ocupant un dels escassos seients que tenia.

- Manuel, el primer que vaig fer en arribar a Barcelona va ser beure aigua de la Font de Canaletes, i fixi's fins a quin punt s'ha complert la llei que diu que qui en beu, torna sempre a la ciutat, que des de llavor no m'hi he mogut. Una font del tot excepcional, que al llarg de la història les ha vist de verdes i de madures, sent potser l'únic dels mobiliaris urbans del passeig que ha romàs més o menys idèntic, ja que pel demés, el temps, la història i el disseny li han passat la pinta, a les Rambles, dia sí i dia també. Un carrer que es caracteritza per quelcom de ben singular: malgrat els profunds canvis que viu i ha viscut, segueix sent el mateix, cosa que no hi ha qui ho entengui. Potser el seu secret sigui la gent, o els arbres, o l'arquitectura que la configura, o el fet de contenir un mercat encara en actiu, el teatre de l'òpera i el Barri Xino, separats els tres per escassa distància, donant cabuda tant a la població canalla com a la culta i a la mitjana, amb els milions de turistes que hi acudeixen per resoldre el misteri i entendre'l sense entendre'l, que és la millor manera de resoldre els misteris.
Escoltava Manuel el panegíric de les Rambles de qui era el seu convençut guia turístic vocacional, cosa que li feia molta gràcia, en una època en la que els diaris i les intel·ligències de la ciutat no paraven de criticar aquell carrer llegendari, que segons ells havia perdut les seves essències.

- No ho cregui, això, Manuel, perquè tot i les raons que sustenten aquests detractors, que són moltes i jo comparteixo plenament, no veuen l'altra cara de la moneda, que segueix sent la mateixa de tota la vida i que coincideix amb la seva cara fosca, aquella que apareix als intersticis del dia i l'ocupa sencera de nit, no sempre agradable, però d'una vitalitat i d'un dramatisme com es troba a pocs llocs. I malgrat no tot ser flors i violes, i que les mancances i els desencerts són majúsculs per no dir descomunals, les Rambles segueixen sent les Rambles peti qui peti i passi el que passi.

- Senyor Quinqué, mai havia vist una defensa de les Rambles tant convençuda i vehement, cregui'm.

- No fer-ho seria una injustícia per la meva part, Manuel. Pensi que jo he viscut a milers de ciutats del món, i enlloc he trobat aquesta barreja de familiaritat casolana, de benestar burgès, de canallisme de barri i de delinqüència rutinària com la que he vist en aquest carrer. Uns complements que avui en dia s'enfilen a una elevada potència cosmopolita, en ser tantes les nacionalitats diferents que l'usufructuen, en totes les seves distintes especialitats. Potser sigui aquest cosmopolitisme pujat de to i d'una composició tan bigarrada, més la banalització que sempre comporta el turisme massiu, allò que l'ha distanciada dels barcelonins cultes i sentimentals, als quals els costa adaptar-se al seu èxit internacional, que veuen com una confiscació. I potser manqui una sacsejada d'aquestes que fa a vegades la història, perquè les distàncies es fonin i els de dins i els de fora s'abracin en el reconeixement mutu de les dissemblances, perquè si alguna cosa té les Rambles de bàsica és aquesta capacitat d'ajuntar en un sol caudal aigües procedents de mil llocs distants i distints, excitant l'exaltació de les diferències, com si fos un escenari teatral on les excentricitats s'exhibeixen, s'admiren i s'aplaudeixen.

Pensà el titellaire que vist des d'aquesta perspectiva, les Rambles de Barcelona  constituïen una altra extravagància de la ciutat, per la seva capacitat d'atraure públics de procedències tan dispars i de saber-los conjugar tan bé, cosa que no és gens fàcil i que mai s'aconsegueix des de cap voluntat política o urbanística expressa. L'ou d'aquesta extravagància s'hauria de buscar en el temps i en una voluntat inconscient dels barcelonins, que al llarg de la Història l'han anat modelant potser amb un únic objectiu: disposar d'un carrer major i dinàmic de la ciutat, és a dir, ple de bars, restaurants, hotels, teatres, òpera, cabarets, sindicats, mercats, botigues, centres d'art i clubs esportius, els quals estiguin tots a mà i es succeeixin un al costat dels altres, sense ordre ni concert, amb un final que li ve com anell al dit: l'estàtua de Colon que assenyala Amèrica envers la llunyania, invitant els comerciants catalans i les seves línies de navegació a sortir i a fer negocis. En aquest sentit, les Rambles és un fil que cus tots aquests espais, una mena de teatre de teatres, on el públic es converteix en el verdader actor.

- Estic totalment d'acord amb vostè, Manuel, crec que ho ha explicat molt bé. Amb un afegit: les seves mides humanes, més aviat reduïdes, ja que moltes vegades aquest cúmul de llocs les ciutats el posen a les grans avingudes, cosa que els hi va molt bé però que pateixen d'una gran mancança: la proximitat que donen les dimensions humanes. I ja que ha parlat de les Rambles com d'una extravagància i de l'ou que l'ha creat, també li diré que aquest passeig és potser un dels pocs al món que sap passar del dos al tres sense dir-ho ni fer-ne cap publicitat, un carrer per tant paradoxal, capaç de conjugar les oposicions del dos tot creant per generació espontània el tres que sap com encaixar la pluralitat. Un tres que els turistes encarnen de manera natural, fruit d'aquesta extravagància que sap com transcendir les conviccions oposades de les persones.

Escoltava el titellaire amb el puro a la mà que encara no havia encès i que per a ell representava el tercer que es fumava i se sabia fumat, cosa que l'agermanà amb aquells turistes anònims que caminaven al seu costat, uns tercers que gaudien de la mateixa distància que els donava aquell 'tres' invisible de les Rambles.

- I és per això, Manuel, que aquest carrer es fa tan difícil de ser ensenyat per nosaltres, els guies, no sols per l'obstacle de trobar-nos amb tanta gent, sinó perquè la gràcia és conèixer-lo i passejar-hi per si mateix, per veure si un és capaç de pescar la distància dels seus encants, sempre i quan es vigili, això sí, amb els pispes i els carteristes, d'una professionalitat única al món. Però què li sembla si anem baixant? Una de les meravelles de les Rambles és que un hi pot baixar fumant-se un puro, més o menys a totes hores i especialment de nit, cosa que el convido a fer.

Es posà a la boca la seva Breva de Quintero, i un cop encesos els puros, s'aixecaren per posar-se a caminar Rambles avall. Deurien ser les cinc de la tarda i el nivell de gent era força alt però suportable, potser per la calor que feia i perquè els de visita d'un sol dia ja havien marxat.

- Tenen raó, Manuel, els detractors de les Rambles en destacar com ha baixat el nivell de bars i restaurants, que busquen el rendiment fàcil i ràpid, sense pensar en l'important, que és el benestar de la gent i en servir bé el client. Però m'estranya que no hagin trobat encara la solució, quan és ben fàcil: posin restaurants i bars d'una certa categoria, amb un mim pel que fa a la qualitat dels productes i del disseny, i es veuria d'immediat com les coses canviarien. Les Rambles haurien d'oferir qualitat, no cal que sigui de la gama més alta, sinó que amb una mitjana n'hi hauria prou. Pel que fa a les opcions més barates, jo les posaria als carrers circumdants, fomentant així la seva deriva popular. Essencial que els quioscos de diaris obrin tota la nit, una pèrdua terrible dels últims temps, això és de capital importància. I el gran error: haver eliminat les paradetes d'ocells. Aquí s'han equivocat de ple els responsables municipals. L'excentricitat d'aquelles botiguetes plenes de periquitos, canaris, lloros, tortuguetes i altres bestioles de galliner era majúscula, i simplement n'hi hagués hagut prou de buscar unes condicions més adients a la vida dels animals. Fixi's en què han degenerat: venda de gelats, de samarretes del Barça, de souvenirs tronats, de llaminadures ensucrades i gens sanes, unes parades que han crescut en gruix i  que obstaculitzen als vianants i que no són més que una pura redundància del mal gust i del que ja trobem al costat. Incomprensible! Ja veu, Manuel, que també sóc crític en les coses que no funcionen, les quals són la fullaraca que no ens ha de tapar el conjunt del paisatge.

- Caram, Quinqué, vostè es podria presentar per alcalde!

- No sé què dir-li, crec que abans em faria bomber. Una cosa són les solucions, i una altra les execucions. Per això jo sempre he respectat als càrrecs públics, per la poca enveja que em fan. Per a mi, res de més admirable que voler ocupar-se dels afers públics amb l'ull del contribuent clavat a sobre. Més difícil del que ens pensem. I haig de reconèixer que si busquem la mitjana, el balanç de les actuacions municipals de Barcelona és sens dubte positiu. Això no vol dir que no podria ser-ho més encara, ja que molt sovint per arribar a les mitjanes, s'afaiten no poques singularitats absolutament imprescindibles però que la raó urbana ignora i menysprea, sempre amb l'excusa del bé comú, quan molt sovint es tracta del simple afany de justificar un sou i una feina. Però no vull ser primmirat, avui toca gaudir de les Rambles, Manuel, per això som aquí.

En passar davant de l'edifici de la Reial Acadèmia de Ciències i Arts de Barcelona, s'aturà en Quinqué:

- Miri, Manuel, l'hora oficial (1). Jo sempre em paro i la miro, i així em poso al dia, perquè convé de tant en tant estar a l'hora oficial, que és la comuna dels mortals, ni que sigui per un minut, ja que una per una les persones disposem de temps molt diferents i difícils d'encaixar. En això ens assemblem als planetes i als astres, que tenen temps particulars cadascú, tot i que ells solen mantenir pautes regulars i fixes, a diferència dels humans, que semblem anar tots per on ens dóna la gana. I tanmateix, si ho miréssim des de dalt, ens sorprendria veure les regularitats que també hi ha en la nostra anarquia aparent, una mica com fan les formigues, que compleixen amb els seus designis d'espècie mitjançant una computació estadística inconscient, de manera que els objectius s'acompleixen facin el que facin. En aquest sentit, les Rambles són un laboratori perfecte per estudiar aquests misteris del comportament, on s'arriba quasi sempre a la mitjana per la combinació equilibrada entre les conductes regulars i les irregulars. Però fixi's com alguns individus amb ganes d'elevar la computació a les altures de la singularitat s'esforcen per cridar l'atenció i fer de les seves, una constant en la història de les Rambles, que sempre ha tingut aquests esforçats actors de la originalitat, esdevinguts llegendaris alguns, com la famosa Monyos, un patró que s'ha mantingut ferm fins avui, sent potser una de les característiques pròpies i particulars d'aquest carrer.

S'ha de dir que el personal que poblava la densa munió de gent del passeig central resumia molt bé aquesta barreja de normalitat i d'excentricitat, amb passejants d'allò més normals i ben alimentats al costat d'altres que més aviat semblaven el contrari, alguns amb ofertes estrambòtiques d'objectes a un euro, d'artefactes lluminosos que es llencen a l'aire, de cerveses amagades a les papereres, entre altres especialitats.

- Una cosa que potser no sàpiga, Manuel, és que l'actual Teatre Poloriama, que acabem de deixar en el mateix edifici de l'hora oficial, va ser el primer cinema de la ciutat obert el 1899, amb el nom de Cinema Martí. Jo sempre ho explico als meus clients, que solen apreciar molt aquestes dades.

Havia de reconèixer en Manuel la seva ignorància en la història antiga de Barcelona, cosa que s'explica pel fet de no ser-ne oriünd, en haver nascut a Múrcia, tot i que de molt jovenet s'instal·là aquí amb la seva família. Això no volia dir que no s'hi havia esforçat, a causa sobretot de la seva professió, ja que força sovint li havien encarregat obres de temàtica local.

- Allò que m'impressiona d'aquest carrer és la varietat tan extraordinària dels seus usufructuaris, pensi que en aquest moment, si haguéssim de fer una llista dels països que estan aquí representats, passaríem de la cinquantena, i potser em quedi curt! No li sembla admirable? I encara que no tothom ho vegi així, per a mi no deixa de ser un verdader luxe per a la ciutat. D'entrada, veure com cultures tan distintes participen d'aquest esperit mediterrani del carrer riu que bull a l'entorn del comerç, del teatre, de les flors, abans dels ocellets, del mercat, de l'òpera, del cabaret, de les ofertes culturals i de les canalles... I per altra banda, disposar de tants punts de vista diferents, que malgrat no tots s'expressin i no ens arribin directament, sabem que hi són i es manifesten ni que sigui subliminalment, com diuen els entesos. I això, Manuel, és com disposar d'un calçador que obre i amplia el significat de les coses, per al bé de tots, de les Rambles i de Barcelona.

- Llàstima que els beneficis vagin a parar sempre a les mateixes mans, Quinqué.

- En això té tota la raó, sí senyor, ja ho vam comentar una vegada. Però una cosa no priva l'altra. Reivindicar la redistribució dels guanys està a l'ordre del dia i crec que tard o d'hora, per la simple supervivència del negoci, s'hi haurà d'arribar

Passaven en aquell moment davant del Mercat de la Boqueria, ple a aquella hora de turistes que entraven i sortien.

- Passem de llarg, Manuel, aquest mercat me l'estimo molt però a aquestes hores s'ha tornat inviable per a nosaltres, massa gent i masses parades de venda de llaminadures pels turistes. Jo hi vinc a comprar sovint, però sempre abans de les deu del matí. I li asseguro que segueix sent dels més barats de Barcelona.

En arribar a la cruïlla amb el carrer Hospital, s'aturà en Quinqué.

- Aquest punt, considerat pels entesos com el rovell de l'ou de les Rambles i de Barcelona, és una meravella que la Història ajuda a valorar encara més, una clariana que s'obre de sobte sense els plàtans, amb aquest dibuix del senyor Miró que surt a totes les fotografies dels turistes i les dues entrades del metro. És el pinyol i alhora la frontissa de les Rambles, partit per l'eix dels carrers Hospital i Boqueria, la cruïlla on s'acaba la zona del Mercat i de les botigues, i comença la més nocturna i canalla, la dels bars, teatres, cabarets i restaurants. I fixi's la intel·ligència espontània d'aquest carrer, que de seguida i potser per neutralitzar els costats foscos d'aquesta part baixa, s'ensopega amb el Liceu, l'Òpera de la ciutat, una meravellosa incongruència que dóna caràcter i ajuda a equilibrar les coses. Jo li suggeriria d'asseure'ns en una taula del Cafè de l'Òpera, l'únic bar que queda amb una mica de caràcter antic. I com que a mi m'agrada servir bé al client, el convido a un cafè a la terrassa de fora.

Hi havia una taula miraculosament lliure i la van ocupar d'immediat. Els puros estaven en el seu apogeu de gust i fum, i un cop servits els dos cafès, es van relaxar mirant la riuada de gent que baixava i pujava xino-xano per les Rambles. A aquella hora de la tarda, s'imposava una presència tranquil·la de famílies amb els seus nens i una gran varietat de colors i vestits.

- No hi ha res que més m'emocioni que veure aquestes famílies de turistes passejar per les Rambles. Quan penso l'esforç que significa viatjar avui en dia amb criatures, agafant avions amb totes les cues dels aeroports, els controls de passatgers, les hores d'espera i de retard, un es meravella de veure que hi hagi tantes famílies al món que volen venir a Barcelona. Inexplicable al cent per cent! I tanmateix, aquesta és la realitat del cas, que jo quasi bé la qualifico de miracle, i que em fa pensar que potser hi hagi uns atractius de la ciutat mundialment coneguts i que nosaltres encara no hem descobert, per això m'esforço cada dia a descobrir-los, atractius que potser ho són per a mentalitats diferents a les locals, i així, un cop descoberts, els podem afegir als encants del nostre patrimoni, que jo incorporo de seguida als programes de visita.

Feia una estona que Manuel havia deixat d'escoltar a Quinqué, saturat com estava de tants elogis de la ciutat, cosa que s'explicava pel seu origen estranger, el qual havia trobat en Barcelona un paradís per a la seva vocació de guia. Mirava ell també la gent i es fixava en els detalls dels vestits, dels pentinats i dels colors de les cares. Veia que tots eren diferents i alhora iguals, i va pensar si no seria aquella una de les sensacions típiques de les Rambles, de poder passar del general al singular i del singular al general sense moure's de la cadira. Va veure entre la gentada a alguns dels seus titelles, passejant tan tranquils com uns turistes més, o com uns barcelonins de tota la vida, i s'adonà que aquelles personetes de fusta que només ell podia veure s'havien incorporat al paisatge de la seva vida, com un complement exterior, amb una independència total.

De sobte van sentir un soroll estrany i gent corrent por totes bandes. S'imaginà per un moment Manuel si no seria alguna jugada de la seva pipa interior, que feia estona cremava a tot gas, però no, la gent cridava i corria. Va veure al Perico Perico que se'ls acostava i amb un crit a l'orella els deia:

- Correu, algú està atropellant la gent!

I llavors van veure una furgoneta que després d'emportar-se part del quiosc de diaris que hi ha al final de la Rambla de les Flors, s'aturava davant del dibuix de Miró, a poques passes d'ells. Algú obrí la porta i saltà, per desaparèixer entre el tumult.

- Un atac terrorista! - cridà un cambrer.

- Manuel, s'imposa moure'ns, sortim d'aquí!

Creuaren el carrer i es van veure arrossegats per la gent  davant l'entrada d'un dels hotels, l'Internacional que fa cantonada amb el carrer Boqueria. Pujaren i uns cambrers els indicaren que havien d'anar al saló. Allà s'adreçaren al balcó i van poder veure la Rambla mig buida i espantada, i de seguida feta un caos, amb les sirenes de la policia que començaven a sonar. La gent corria sense saber on anar i més amunt van veure diverses persones tirades pel terra, víctimes d'aquella furgoneta i del seu conductor terrorista, segons havien comprès.

- Manuel, veig que tothom està en estat de xoc. No sé vostè, però jo també ho estic, ja que mai m'hauria imaginat que algú volgués atemptar contra la pobre gent que passeja per les Rambles. Però ja veu com ens equivoquem a vegades. També és cert que el senyor Mercuri ens ho advertia des de fa temps, que l'èxit de Barcelona és com la mel que atrau les mosques del terror i que tard o d'hora pot passar-hi alguna cosa. Però ja sap que un mai s'imagina les desgràcies, sobretot quan s'és de mena optimista, com jo sóc.

Havia de reconèixer en Manuel que aquesta preocupació mai li havia passat pel cap. Sabia que hi havia guerres al món, i que l'Orient Mitjà estava encès per tots quatre cantons, però com la majoria de les persones, mai havia sospitat que algú escollís Barcelona per atemptar.

- Sembla que hi ha molts morts i ferits. Demanen metges tot i que les ajudes ja estan arribant -així s'expressà un cambrer que semblava filipí en un espanyol molt correcte.

Havien llançat els puros en pujar les escales i seien a l'entorn d'una de les tauletes que l'hotel té al costat dels balcons. La policia ocupava ja tot el carrer i prohibia a la gent sortir dels bars i dels hotels. Buscaven el conductor de la furgoneta i no sabien si s'havia refugiat en algun local i si hi havia encara més perill d'atemptats.

- Manuel, ens hem escapat ben bé d'un pèl, ja que no fa ni cinc minuts que vostè i jo baixàvem tan tranquils per les Rambles amb els puros encesos i de ben segur no ens haguéssim adonat de que algú ens envestia pel darrere. I la furgoneta aquesta s'ha parat a uns escassos deu metres del lloc on sèiem. Me n'alegro especialment per vostè, ja que jo pel meu ofici n'he vist de totes i tinc com els gats sis i set vides de recanvi, però li haig de dir que m'hauria sentit molt consternat i culpable si alguna desgràcia li hagués succeït. Ara, em pregunto quanta gent ha quedat ferida per aquesta salvatjada, i potser morta...

Un cambrer que mirava la Rambla al seu costat va dir:

- Segons diuen, hi ha uns quants morts i molts ferits. Mai havia vist una cosa així!

Girà cua per atendre a la multitud de persones que s'havia protegit a l'hotel.

L'atemptat havia disparat els efectes de la pipa d'en Manuel, que veia com el seu tercer s'enlairava i contemplava l'horror de la Rambla amb molta gent estirada per terra, sagnant mentre els primers auxilis arribaven i algunes ambulàncies començaven a treure els seus estris d'assistència. Sí, més que un atemptat era una salvatjada, com havia dit en Quinqué. Recordava les paraules del seu guia mentre baixaven per les Rambles i pensà que aquella singularitat de la furgoneta assassina havia trencat tot l'encanteri del carrer, aquell joc d'equilibris entre la normalitat i l'excentricitat que mans secretes combinaven com si es tractés d'un còctel dels més refinats. El fanatisme de la pulsió criminal l'havia esberlat, tirant per terra la balança que permetia la màgica composició.

En Quinqué, que s'havia acostumat a escoltar els pensaments del seu client, va dir:

- Estic totalment d'acord amb vostè, Manuel. I també li diré que avui acabem de veure com la Rambla, que és un carrer que sap passar del dos al tres, com abans hem comentat, acaba de baixar del dos a l'u, que és quan aquell que s'enfronta als demés pretén imposar la seva raó a foc i a sang, amb la finalitat de que el món esdevingui un u com una casa, en el que no hi tingui cabuda qui pensi d'una manera diferent. És a dir, la rica dinàmica de l'oposició del dos quan s'infecta de fanatisme, degenera en l'u dogmàtic de les veritats úniques, que per imposar-se necessita matar i terroritzar als demés. Per a aquests terroristes, no hi ha més que la seva raó, ja que així funcionen els posseïts pel fanatisme de les grans veritats.

- Potser per això han actuat a les Rambles, que són conegudes com un passeig on tot hi encaixa malgrat les seves diferències.

- De caixó, Manuel, però fixi's en la impotència del seu acte, que per a mi és la cosa més patètica de tot aquest trist espectacle, ja que passat el terror, les Rambles han saltat directament de l'u al tres de cop i volta sense ni tan sols passar pel dos, amb una intensitat inusual, esborrant la pretesa acció del conductor terrorista, ja que no altra cosa és la sensació que sentim al nostre entorn, aquesta mena de germanor que impregna als vius que se saben vius després d'escapar de la mort i que uneix a tothom, cambrers, venedors de llaunes, turistes, locals passavolants, rics, pobres, botiguers i pispes, malgrat aquests últims, per llur professionalitat visceral, no puguin evitar seguir complint amb els seus deures d'escurar les butxaques, com acabo de veure ara mateix. Per això és important advertir als visitants que mai deixin de vigilar les seves pertinences, per molts atemptats i festes majors que es facin.

I va poder veure Manuel que les paraules d'en Quinqué es complien al peu de la lletra, amb una reacció de la gent absolutament exemplar, entregats tothom a ajudar el veí, a  consolar-lo, els  cambrers a servir cafès i aigües sense cobrar res, alguns dels pispes mostrant llurs virtuts més franciscanes, o els policies ordenant el tràfic i ajudant les persones que no sabien on anar.
-
 Vegi aquí de nou els efectes de les dimensions humanes que dèiem de les Rambles, que fan que tot allò que hi passa sigui cosa de tots, en sentir-se tothom més o menys protagonista de la seva història, la petita Història en majúscula que avui ha deixat la seva empremta de foc als seus anals. Admirable al cent per cent, Manuel!

Va pensar el titellaire que aquell ensurt inesperat havia estat com una baixada dràstica a la realitat, una caiguda a la tangibilitat del món, el qual de sobte adquiria una presència que fins llavors s'havia mantingut allunyada. I va comprendre que l'Extravagància que procedia de l'ou posat a la Cambreta tenia per funció connectar-lo no sols amb els planetes, amb els morts que feien turisme d'ultratomba pel Sistema Solar o amb els animals del Zoo que parlaven com filòsofs, sinó també amb les coses d'aquest món, les quals seguien la mateixa lògica de l'u que passa al dos, i del tercer que surt i es fuma un puro, malgrat la realitat no se'n fumi cap de puro. La lògica del dos que passa al tres era la lògica per la que pugnava el món en el seu conjunt, siguin vius o difunts, i una profunda emoció l'embargà en comprendre que havien estat els titelles els responsables d'aquesta transformació de l'ou en la retorta interior que l'enfilava cap el tres.

Van passar més de tres hores arraulits al balcó de l'hotel, sense que la policia deixés sortir a ningú, amb la sensació d'estar vivint uns moments especials que tenien a veure amb ells, amb la ciutat, amb les dinàmiques del món i amb les Rambles. Finalment, la tensió es relaxà i van poder baixar al carrer, on van ser obligats a desfilar pel carrer Boqueria, ja que el passeig central es mantenia tancat al públic.


(1) Referència al rellotge que hi ha a la façana de la Reial Acadèmia de Ciències i Arts de Barcelona, que indica l'hora oficial a Barcelona.